jueves, 28 de junio de 2012

El grito de Italia



Y llegó el día en que Italia gritó. Con la genialidad de Cassano, el discurso de Pirlo y la escritura de Prandelli, los representantes del Calcio enseñaron a Europa su nuevo ideario. Y lo hicieron en plenitud de condiciones, ante el mejor rival posible y a la hora indicada. La potencia alemana se convirtió en frustración ante los goles de Super Mario y el resto de la orquesta azzurra. Italia abraza al fútbol y espera una generosidad mutua el próximo domingo ante España

Cuando más susurros emitió Italia, más fuerte resultó su nueva entrada en el olimpo futbolístico europeo. La delicadeza de su juego contrasta con la claridad de sus ideas, con el brusco y agradecido viraje de sus objetivos. La maquinaria y la humanidad intercambiaron orillas, pero la condición de implacable se tiñó más de azul que nunca.

En los onces iniciales pareció verse parte del temor de Löw, que luego se confirmaría. La presencia de Kroos para compensar una posible pérdida del balón no sería suficiente ante la interfaz italiana de la primera parte. La determinación y pasión de los azzurri durante el himno se vería continuada con un comienzo casi perfecto. La paradoja que provocaron Khedira rematando un corner y Pirlo sacando el balón bajo palos no resultaría más que una ligera piedra en el camino, más senda romana que nunca. Tras un comienzo de lógico tanteo, Alemania cogió el mando por obligación y convicción; sin embargo, pronto comprobó que se encontraba ante el primer gran rival de esta Eurocopa. Y aún sabiendo que se presentaría disfrazado a la fiesta, los germanos comenzaban a pecar de falta de alternativas para superar el planteamiento italiano. 

Il fratelli d´Italia bajó al campo para desnaturalizar los preámbulos, para cambiar el rumbo previsto. El genius interruptus de Cassano surgió cuando más se le requería, completando una primera parte casi primososa. Con una maniobra tan simple de estética como complicada de ejecución, Antonio dejaba atrás al central revelación del torneo y ponía un balón que Balotelli cabecearía ante las limitaciones de Badstuber. Italia comenzaba a girar su mundo. Tenía el balón y se lo daba a su máximo añadido. Pirlo lo manejaba como un niño su juguete, con soltura, divirtiéndose y descubriendo cada nuevo detalle que aparece. Seguramente, en no muchas ocasiones habría querido Andrea imaginar lo que sería una selección amante del toque, gustosa de la caricia. Una Italia con Pirlo en el índice.


El gol dañó a Alemania, lo normal en estas circunstancias. En una semifinal de Eurocopa, un gol es oro. Lo peor para los teutones es que fueron muriendo poco a poco en plena consciencia de sus facultades y, sobre todo, de las del contrario. Las réplicas alemanas estaban encabezadas por Khedira y Özil, como hermanos mayores de responsabilidad del once inicial, con Boateng entrando por la banda derecha ante la incomparecencia ofensiva de Lahm. Pero el problema seguía siendo el mismo. Italia defendía como le apelaba su historia y atacaba como le estimula su nueva droga, la asociación. Una mezcla tremendamente competitiva que acabaría en su segundo gol. El magnífico balón largo de contragolpe de Montolivo se continuaría del fallo de movimiento de Lahm y del golpeo misilesco de Balotelli.


El gol de Mario fue el golpe encima de la mesa de Italia. Su grito al fútbol europeo, el primero que asustaba a Alemania en mucho tiempo. La figura hercúlea del italiano simbolizaba la fuerza de esta Italia. Su sempiterna potencia con una nueva inteligencia, más allá de los aspectos picarescos del juego. El cambio de destino futbolístico de Italia estaba resultando imparable para la Mannschaft, frustrada y sintiéndose incomprendida. El descanso llegó en pleno lamento herido de Alemania, intentando llegar al área italiana sin más resultado que el propio anhelo de voluntad.

El ajedrez italiano contuvo sin problemas el previsto ciclón alemán en el comienzo de la segunda parte, movimiento que no fue más allá de una simple ventisca veraniega. El trasiego de cambios en ambos equipos no influyó en demasía en la pérdida de intensidad, ya que Alemania se vio siempre en el abismo e Italia jamás cayó en la relajación. Los germanos empujaron, con la actividad decreciente de Özil y la vitalidad de los nuevos, Reus, Klose y Müller. Sin embargo, la azzurra nunca pareció fuera de sitio. El balón era germano pero el control de fondo era italiano. A pesar de que los mediterráneos recularon en la última media hora, Alemania no pudo más que insistir en las mismas acciones inoperantes de la primera parte. Mientras tanto, continuaba la clase magistral de Pirlo, el auténtico conductor del partido. Mejorando a Marchisio, colocando a Motta, complementando a De Rossi y asombrando al planeta entero. En un mundo justo, jugar con el talento de Pirlo debería estar prohibido o ser expuesto públicamente.


Alemania iba a morir con el partido. Sin terminar de definir las armas a utilizar, el combate era propiedad de Italia, que perdonaba el K.O consciente de su gran superioridad a los puntos. Hasta tres contragolpes clarísimos tuvo la azzurra para matar a su rival, pero no pudo. O no quiso, en ese compadreo histórico que evita la humillación entre las dos grandes depredadoras del clásico fútbol europeo. La caída resultó superlativamente cruel para Alemania, cuyos méritos de formación y estructuración antes y durante la Eurocopa han quedado en nada ante la nueva vitalidad italiana. El destino preparó una receta de dos minutos de emoción ante el penalti claro por mano de Balzaretti y posterior gol de Özil.

Italia reposó en los estudios preparados durante un siglo para no pasar problemas en los últimos instantes del partido. Había ganado con justicia ante una Alemania impotente, ante un Löw que se sentirá maldito por compartir generación con una selección superlativa que ha tomado como espejo y un equipo emergente que le impide asaltar el trono. El problema para el entrenador germano es que la respuesta es la misma que la pregunta, el fútbol, tan intencionadamente buscado como cruelmente encontrado. En tiempos de división europea, asistiremos a una justa final mediterránea. 2-1 en Varsovia.





miércoles, 27 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (II): Italia vs Alemania




Italia juega en el patio del triunfo. Disfruta atrapada entre los barrotes de la competitividad y orgullosamente alojada en la cárcel de la defenestración histórica por convertirse en el mayor exponente de esa definición ante la que, incluso, los más profanos al fútbol tuercen el gesto. Catenaccio. La simple pronunciación de la palabra avecina muescas de desagrado y debates incendiarios sobre la moralidad de un juego, una auténtica paradoja. Italia no se arrepiente de nada y realmente no tiene motivo, sus cuatro estrellas así lo atestiguan. Supo jugarle a la brillante España y, por momentos, lució más. Compitió contra Croacia y superó a Inglaterra. La concesión de Prandelli al talento futbolístico no esconde sus cartas reales. Italia lanza su póquer sobre el tablero de juego pero apunta con una pistola por debajo de la mesa. ¿Legal? Todo. ¿Lícito? Lo que diga el árbitro. No es trampear, es jugar a ganar. Y tienen al mayor mago de la competición, al menos el que ha realizado el mejor truco. El simple gesto de Pirlo al lanzar su penalti debería convalidarse como cátedra futbolística completa. Sólo al ver su lanzamiento entiendes por qué en Italia lo llaman fare il cucchiaio (hacer la cuchara). La historia popular define a Italia como un equipo rudo mientras que el toque de Pirlo es lo más parecido a una caricia vista en un campo de fútbol. Las leyendas hablan de antideportividad y falta de honorabilidad italiana, cuando resulta que la decisión de Pirlo vino motivada por las frivolidades de Hart, que además no tuvo que aguantar ni un mínimo gesto de il metronomo al encajar el gol. Llegados a este punto, la niebla ambiental prejuiciosa sobre Italia y la probada personalidad de Andrea se enfrentan en ángulos totalmente opuestos. ¿Alguien se atreve a llevarle la contraria a Pirlo?


Al principio fue Alemania. Eternamente pionera y convencida. Siempre les gustó a los germanos el rol de liderazgo, del chauvinismo bien entendido (al menos por ellos), del orgullo por la idiosincrasia que les produce frutos en las primaveras futbolísticas. La impresión es que Alemania fue gestada en una cadena de montaje, con una enorme capacidad para autogestionar sus sacrificios y de una perfección tal que incluso esos mismos impulsos mecánicos son los que en esta competición le indican la conveniencia de tener hambre, factor en ocasiones depauperado y esencial en un deporte de élite. Cuesta asociar el apetito con la productividad. Löw es el constructor responsable del ejército, el albañil reciclado a ingeniero. Lo que le ha hecho diferente en su entorno es su acercamiento al otro lado de los muros de la oficina alemana, su querencia por la literatura futbolística, movimiento de actualidad mediterránea y originario del imaginario carioca, en todo caso a miles de kilómetros de la cuenca del Rhur. El bueno de Joachim extendió su fe de monaguillo infantil hasta creer en un ideario que los germanos habrían calificado en otro tiempo de improvisado y propio de una dejadez casi pre-industrial. ¿Qué quieren los alemanes? Su lógica vanidad deportiva y el esfuerzo estructural que les ha hecho redefinir su altivez futbolística les dice que solo les vale conquistar el campeonato. Si pudieran ilustrar su escenario preferido, imaginarían la victoria más hostil dibujada con el más fino de los trazos; aquel triunfo en  terreno enemigo que más que suponer un trofeo temporal, significaría de cara al mundo, y a ellos mismos, que Alemania tenía razón. Que en ese preciso momento, concreto lugar y calculada rotación de la Tierra, la forma correcta de actuar era la suya. El ingrediente aditivo es el que pone en duda precisamente su condición biónica y les refrenda como simples y sangrantes humanos. Alemania quiere venganza.






martes, 26 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (I): España vs Portugal

España es la nueva rica de la urbanización. Suena frívolo, demagógico, extremo, oportunista y hasta ilógicamente envidioso. Sí. Bienvenidos a España, les presento a su debate nacional preferido. El salto de calidad y de aspiraciones de España se torna evidente. La furia española era como aquel alumno que estudia lo que puede y suspende por ejercicios que no habíamos visto en clase, manía del profesor o cualquier problema ajeno a mi responsabilidad. La selección española ha merecido llegar en alguna ocasión más lejos de lo que lo ha hecho en ciertas fases finales, pero no hasta el punto de crearse la leyenda victimista que su entorno más autocomplaciente ha querido escribir en los libros de historia. Solo en este momento de la sucesión de sucesos podría quejarse España de no llegar a las semifinales; sería como reunir en una sala a Dalí, Velázquez, Picasso o Goya y que no se atisbara ningún vestigio de locura transitoria, de genialidad artística. El problema viene cuando Dalí tiene su propio museo en Cataluña y Goya y muchas de sus pinturas descansan eternamente en Madrid. La conciliación y la consecución del simple respeto de los múltiples entornos de este país se antoja tan improbable como, algunos dicen, innecesaria. No nos gusta la tranquilidad ni el conformismo y en una época como ésta, en la que nos toca renunciar a múltiples muestras de bienestar, no queremos perder ni un ápice de aquello que, por una vez, nos hizo salir a la calle sin prejuicios. Quizá perseguir ese objetivo sea tan inocuo como triste la situación, según los ojos que la observen. Ya lo dijo la estanquera de Vallecas: "España solo hay una porque si hubiera dos, nos iríamos todos a la otra".

El caso es que España ha recibido un bonus en la barra de vidas de la máquina de fútbol internacional. Es mucho más fuerte. Es una España lista, que se anticipa a los movimientos, que maneja a los rivales como peonzas y los desplaza como canicas. Suple sus carencias corporales y de desgaste físico como lo haría Muhammad Ali. "Float like a butterfly, sting like a bee" (flota como una mariposa, pica como una abeja). Aunque late la opinión de que falta apuntalar el aguijón, otros tribunales sabios dictan que la picadura comienza desde el posicionamiento, el movimiento y la seguridad. Iker Casillas suma más de trece horas de fútbol en fases finales de Eurocopa y Copa del Mundo sin encajar un solo gol. Él más que nadie simboliza la nueva cara de ganadores de España. La mirada siempre al frente, el cambio de la excusa por la autocrítica y el nuevo cuadro de los artistas españoles. El más admirado por el mundo entero (menos por nosotros mismos).


Portugal suele mirar al cielo cuando sale de la cueva, como si ese irregular y bellísimo trapecio de la Península Ibérica fuera el agujero, negro para ellos y amable para sus vecinos, donde diez millones de personas buscan sobrevivir al capitalismo más feroz mientras unos cuantos elegidos mantienen alto el pabellón en las batallas homéricas de la pelotita. Quizá sea defecto de fábrica española o simplemente una ilusión mía, pero la sensación es que los lusos están, dentro y fuera del campo, agradecidos con la vida que les rodea, complacientes con los momentos que justifican que todos estemos aquí y tratables con el deporte rey. La soga social se rompe cuando el portugués corre hacia el balón. Lo mima, lo quiere, lo cuida como un regalo. Se trata del semifinalista más festivo, en comparación con la tensión competitiva y presión de victoria que arrastran los grandes favoritos (excepto Italia, que vive las grandes competiciones como su eterno Jardín del Edén). Sin embargo, la ambición tiene un precio y lustro tras lustro, Portugal sufre la necesidad y obligación de examinarse, iluminada del todo en su figura superdotada, en su patrimonio personal, en la calidad colonial y macaronésica de Cristiano Ronaldo. Los aires subtropicales y relajados de la región debieron dejar de rodear al bueno de Ronaldo cuando pisó la concentración de Opalenica y se empapó del sudor competitivo que tanto le pone. Los lusos quieren, más que un partido, un lanzamiento de misiles. Desean una partida de turnos, despreocupados de la posesión y confiados en la efectividad y pegada de su embajador. Creen suficientemente curtidos a sus peones pródigos, los Pepe, Meireles, Moutinho...experimentados en mil y una noches y con la demostración de orgullo nacional por saciar. Portugal ansía la gloria como inyección de desahogo. Quiere el triunfo como altavoz de la esperanza. Cristiano jugará como ninguno y gritará por todos. 






viernes, 15 de junio de 2012

Xabi siempre tiene la respuesta correcta


Ante el debate, aporta trabajo. En la duda, aparece su clarividencia. Con el agobio, regala espacios. Para la relajación, siempre guarda intensidad. Xabi Alonso es, probablemente, el futbolista de este país que mejor lee las necesidades de sus equipos. La tran traída definición "extensión del entrenador" cobra su mayor crédito en el caso de Xabi. Sí, me considero un enamorado de su juego y creo firmemente que cualquier amante de este deporte debería valorar sus cualidades como merece el de Tolosa. Su aparición ilusionó a San Sebastián, formó un mediocentro irrepetible con Mascherano en Anfield y se ha convertido en uno de los españoles con más internacionalidades de su generación, así como en el jugador fundamental de la plantilla del Real Madrid desde su llegada hace ya tres temporadas.

Foto: 4bp.blogspot.com
Lo de Xabi Alonso es una aportación de CALIDAD, en mayúsculas. Lo hace prácticamente todo bien. Su sentido del juego es extraordinario. Su primer toque se alía con la conveniencia; los posteriores vienen marcados por su solvencia. Alonso hace respirar al equipo como nadie. Es el padre del mediocampo español. Quince metros por detrás de la pandilla de medianos deslumbrantes (me resisto a llamarles "bajitos"), Xabi les regala confianza en el bloque. El 14 español es la red  de seguridad de las piezas ofensivas, tan artistas como  trapecistas. Cuando se trata de sacar el balón jugado, es él el que elige moverse en la cuerda del ancho del campo. Sin esconderse jamás, Piqué y Ramos tienen en Alonso el aliado dentro de sus filas. Ese primer y último apoyo que asea la jugada desde el principio. Ese amigo del que te copias en un examen porque dudas entre la B y la C. Y es que cuando hay un balón por medio, Xabi siempre tiene la respuesta correcta.

Ante las acusaciones de rigidez (algo que él mismo reconoce y con lo que suele bromear), Alonso oposita con su posicionamiento. Siempre está donde debe. Allá donde el balón quiera aparcar, habrá llegado Xabi antes. Ni tiene un imán, ni el césped inclinado a su favor. Se trata del policía que mejor regula el tráfico, del base que más se ofrece a sus aleros. Es la contribución más inteligente a la continuidad del estilo de España. La fluidez del caudal ibérico no se desbordará mientras Alonso aporte su filtro de sensatez y perspicacia futbolística. Además, el puesto de Xabi sobre el césped exige un liderazgo que él acepta y potencia con enorme tenacidad. Casillas sabe que su voz nunca sonará sola en el rectángulo de juego mientras Xabi sea su compañero.

Foto: Marca.comComo buen centrocampista puro y pivote a la antigua usanza, Alonso tiene un archivo táctico-histórico tremendo. No hay nadie que conozca los movimientos de Arbeloa mejor que él, ayudado por sus andanzas juntos en Liverpool. El lateral ha gozado del toque del donostiarra en muchas ocasiones, la mayor parte de sus contribuciones ofensivas tienen su firma. Al igual que el inicio de los fabulosos contragolpes del Real Madrid o los numerosos hachazos de Fernando Torres en la ciudad de The Beatles. Cuando le explique a mis hijos quién era este hombre, el inventario audiovisual de youtube me ayudará con su legado mainstream. Aquel que suele definirse con su gol  al Newcastle y similares logros de distancias versallescas. Sin embargo, el verdadero catálogo de Xabi Alonso es otro más exquisito. Uno que comprende giros, pisadas de balón, cambios de orientación, ayudas, exquisitos golpeos y todo ello aderezado de la inteligencia, clase y elegancia que el pivote lleva demostrando durante toda su carrera. Hablamos, además, del tipo que mejor ha representado y escenificado fuera de Inglaterra el tackling bien entendido. Su nobleza vasca de nacimiento y la ortodoxia adquirida en el fútbol británico le han permitido moverse en el fútbol de élite con tanta dignidad y honorabilidad como rendimiento ha ofrecido. Entiende mejor que nadie la grandeza de los clubes en los que juega y así la manifiesta. Siempre ha mostrado una militancia cargada de respeto, sin perder en su mirada ni un ápice del carácter desafiante y westerniano que le caracteriza.

Fuera del campo, Xabi Alonso continúa dando clases magistrales de buenas decisiones y cargadas de un gusto exquisito. En tiempos de tatuajes trasnochados, declaraciones malsonantes y escándalos mediáticos, la profesionalidad, la cordura y la elegancia marcan los andares de este treintañero cuya inquietud cultural no se puede disociar de su amor por la profesión que entiende y practica de un modo sublime. El donostiarra está jugando uno de los mejores torneos de selecciones de su vida.

Xabi Alonso, un señor futbolista. Un futbolista señor.

Foto: suitsandshirts.blogspot.com





martes, 12 de junio de 2012

Roles cambiados




Alemania trabaja y optimiza su improvisación mientras Holanda imagina la disciplina deseada sobre su lienzo impresionista. Se enfrentan dos selecciones históricas embarcadas en el proceso de hacer evolucionar su fútbol hacia objetivos antes establecidos pero nunca logrados. La practicidad y el preciosismo intercambian orillas en el Mar del Norte.

Holanda y Alemania sobre un mismo césped. Mucho más que un partido. Es la batalla centroeuropea por el cetro de un deporte cuya ejecución suele definirse bipolarmente, entre la calidez de latitudes mediterráneas y la niebla propia de las islas británicas. Es la mayor de las menores rivalidades futbolísticas a nivel de naciones. Es una pelea vecinal entre aspirantes a liderar el asalto al trono español. Estamos en 2012 y lo que distingue este duelo de los dirimidos en otras épocas no está en el chasis de los aspirantes, sino en el motor que utilizan y en la disposición de las piezas. Nuestros perseguidores en la carrera  futbolística europea (y padres condicionantes en la económica) se han intercambiado el librillo de estilo. Y, seamos sinceros, no les va mal...¿o sí?

Alemania ha modernizado su ideario. La disciplina sigue siendo básica, pero ahora añade el aditivo decisorio de la calidad. El fútbol germano cambió su rumbo con la oportunidad a Klinsmann y lo ha asentado del todo con el protagonismo de Joachim Löw. Un tipo con las ideas claras y con las bases asentadas. Conoce su país y su fútbol; ha sido el principal responsable de las modificaciones en la estructura de la cantera alemana, consciente de que ése ha sido el punto clave en el triunfo de la actual generación española. Alemania sigue jugando como un bloque pero ha focalizado la velocidad de sus jugadores hacia un ataque más estético y con más efectivos. La flecha se ha convertido en un acordeón. La habitual determinación germana se ve ahora acompañada por la libertad para obtener resultados. Si la jugada se piensa en la cabeza del futbolista, hay más posibilidades de éxito que si simplemente se automatiza. Por fin la improvisación recibe su premio.


Pero Löw sabe que esto es posible gracias al talento futbolístico del que dispone en este siglo. Özil, Reus, Götze o Kroos simbolizan la nueva Alemania. Aquella que no conoció el Muro de Berlin pero que trabaja para que no vuelva a repetirse. Por fin esta selección gusta fuera de su país. El alma y orgullo germana están saciados de triunfos. Lo que ahora ansían es el reconocimiento, la sonrisa, el abrazo del neutral. En definitiva, representan como nadie las necesidades humanas de la buena posición futbolística. Y parece que están en disposición de encontrar su tesoro. A falta de un gran torneo, la rutina clasificatoria lo ha dejado claro. Alemania gana como siempre y juega como nunca.

Con Holanda se abre el ancestral debate sobre el juego y el resultado. Jamás hubiera pensado que el país de las jóvenes figuras preparadas durante años en la verde y lisa llanura amable acabaría cuestionando, precisamente sobre el césped, las ideas que cimentaron su personalidad durante décadas. Me dirán que Holanda suele jugar bien. Tocando el balón, presionando arriba, achicando espacios, abriendo a bandas...les responderé que hay idearios que, en ciertos contextos, resultan sagrados. Y no pueden traicionarse ni para ir al baño. Aunque sea durante 120 minutos en los que se está jugando una Copa del Mundo. Nadie conoce una Holanda alejada de esos argumentos. Van Marwijk fue el sacrílego responsable de que la selección naranja se olvidara de jugar al fútbol durante aquella final.


Ni todos los títulos del planeta harían olvidar aquella maravilla dinámica que fue la Holanda de Cruyff. Si se acepta la inscripción eterna de los campeones en la historia, también se ha de considerar la fidelidad y veracidad a un discurso que es el que realmente creó el producto. Un producto sin fecha de caducidad y reutilizable si nos atenemos a futbolistas de la talla de Gullit, Van Basten, Rijkaard, Bergkamp, Overmars, Seedorf ó Kluivert, todos ellos dignos sucesores del sentido hiperestético de la Naranja Mecánica.  A lo mejor me equivoco y plantear un ajedrez con una selección con Van Persie, Robben, Sneijder o Van der Vaart es poco práctico y conviene más pasar a los términos de batalla táctica, donde la oscura y sobrevalorada posición del mediocentro defensivo ponga a todos en su sitio y acabe siendo considerado la figura más decisiva del partido. Si así es, déjenme soñar hasta que la realidad me despierte.

Alemania goza de desordenar velozmente su talento, mientras que Holanda se entrega a la búsqueda del orden que jamás le hizo falta. Es una charla entre viejos enemigos cuya vida ha cambiado, aunque sigan entregados a los mismos objetivos. Mucho más que un partido.





miércoles, 6 de junio de 2012

La hora de Iniesta

Iniesta en el amistoso ante China (Foto: Eduardo Abad, EFE)

Es el momento de Andrés. Todos los futbolistas tienen su hora. A todos, sin excepción, les llega su instante pero sin incluir un matiz funesto en la expresión. Suelen ser recuerdos intensos, rápidos, que la memoria tiende a acortar en breves e indefinidos fotogramas. Imágenes sueltas que evocan olores pero no sonidos, sensaciones pero no hechos. Son las escenas que un profesional acaba teniendo como álbum cerebral de imágenes, lo que viene significando su mayor legado a la gloria colectiva de un club o selección.

El reloj se para en función de una serie de factores que creemos estimables pero que acaban siendo impredecibles. Sin trampear la inclusión de la tan traída suerte, el hambre de victoria termina siendo determinante en los milímetros, centésimas de segundo, que separan el triunfo absoluto del odiado rol de secundario. O como dirían algunos, del primer perdedor. Solo a la mínima distancia de la última meta, únicamente en esos momentos, las dudas entran en la cabeza de los supervivientes. Es ahí cuando se puede establecer un diferencial entre los muy grandes y los grandísimos. La reacción humana entre los superdotados y los inalcanzables termina siendo más grande de lo que parece.

La edad es esa pregunta ambigua del examen que todos hemos sufrido. Dependiendo del enfoque que uno le dé a la respuesta, el resultado variará de un modo determinante. Si creemos en el destino, tenderemos a pensar que la carrera de un futbolista da más oportunidades a aquellos que acaban de empezar. Sin embargo, este factor es susceptible de transformarse en una especie de hermano mayor, más coherente, razonable y mejor entendido. La madurez del jugador se antoja clave en la consecución del mayor potencial posible en el momento buscado. Es un tipo de carga que se convierte en ventaja competitiva cuando uno deja de sostenerla. Llega un día en el que uno abandona la sospecha, deja de jugar con las hipótesis y adquiere la certeza. Y lo hace con la mayor de las seguridades, ¿qué es la madurez sino confianza en los actos propios? Conjugar los primeros momentos en que aparece esa experiencia, comprobada desde fuera y sentida desde el interior, con un período de bonanza y plenitud física asegura estar cerca del triunfo. La inscripción a la carrera histórica queda más próxima.

Pero en algún momento tiene que parar el razonamiento. En el lugar exacto en que florece el instinto, la determinación y, por qué no decirlo, la suerte. Como decía al principio, hay factores intangibles; se trata de cualidades que aparecen cuando no se les llama, rescatando al afortunado del océano de la mediocridad. Por ejemplo, el talento. Continuando con el ángel con el que algunos nacen. Y en plena demagogia sentimental, cito al destino.

Y es que son pocos los afortunados y muy escasos los señalados públicamente. Aquellos cuyo resultado en la ecuación resulta positivo en los momentos más importantes. Esos futbolistas con una valoración superlativa por parte de todos los aficionados y expertos. Son casi únicos los que hacen sonreír y exclamar con sus slalom al mismo tiempo que siembran frustraciones en el verde. Sus pies reparten ilusión en la grada y a través de las pantallas. Su cuerpo se mueve sobre el césped como si viviera allí. Como si hubiera estado esperando al resto para empezar a jugar. Conoce el rectángulo de juego como si fuera su hogar e imparte clases como alumno, profesor y catedrático aventajado.

Si consideran esta humilde divagación como válida y tienen en cuenta los factores de la ecuación, el resultado que obtendrán será parecido al mío. Cambien el orden, el producto no se altera. Fuera del rectángulo de juego, se tiene una sospecha. En Barcelona, Madrid, Sevilla, Bilbao…y también fuera de España, aunque en ese caso la definición se acerca a temor. Comienza la Eurocopa y él tiene la certeza absoluta de que ha llegado su momento. Es la hora de Andrés Iniesta.







jueves, 31 de mayo de 2012

El largo aprendizaje de Peter Shilton



En este fútbol que tanto nos gusta, la gloria se suele repartir utilizando el filtro de los títulos, no siempre justo. Así lo reflejan los libros de historia deportiva o las nuevas wikipedias de la falsa edad moderna, la que estamos viviendo. Sin embargo, esta regla no funciona del mismo modo con el hincha. Él sí que recuerda las sensaciones y las asimila de un modo natural en sentimientos. El aficionado es más de amores que de bodas; más de fogonazos que de relaciones consentidas. En definitiva, más de la fugaz Holanda de Cruyff que de la Alemania de las tres últimas décadas del siglo XX. Pero el envoltorio más protocolario, profesional y, en verdad odioso, de este deporte establece como base y premisa de su ideario una simple palabra. Victoria.

A estas alturas del texto, se hace más necesario que nunca un "pero" para reconciliarme con el fútbol. Mi enfado con él podría resultar tan inconsistente como el de Homer Simpson con su televisión. Y es que este juego aporta de un modo frecuente (y parece que cálculado automáticamente por una fuerza superior) suficientes razones para creer en su dignidad, su justicia y su naturaleza más deportiva que empresarial. Cuando estos motivos aparecen, todos nos ponemos de acuerdo. O deberíamos. Surgen las excepciones que justifican cualquier regla. A veces vienen basadas en el envidiado talento y en otras ocasiones fundamentadas en el trabajo puro y en la determinación, junto a otras cualidades nada brillantes ante el espejo de los palacios futbolísticos. Y entre todas ellas, se desborda una característica que otorga todo tipo de ventajas en la vida a cambio de un concentrado sacrificio. Es difícil asociar la palabra aprendizaje con un futbolista de élite. Tanta artificialidad, discurso vacío, fanatismo irascible y polémica absurda han provocado agujeros negros en la reputación de este deporte. Pero la existencia de personas como Peter Shilton hace ver que quizá se trate de un prejuicio equivocado. 



Peter Leslie Shilton es un portero inglés y esto es lo peor que se puede decir de él. Es un tipo con el que han convivido hasta tres líneas familiares. Un abuelo pudo verle debutar escuchando embobado el Revolver de The Beatles. Un padre, a su vez, disfrutó su rectitud (tan admirada en los porteros de los ochenta) y plenitud deportiva mientras The Jam le hacía vibrar. Y un hijo reconoció su alicaída figura con los himnos de Oasis y la colorida explosión del brit-pop. Sus 30 años en el fútbol son uno de sus datos más conocidos, así como las 125 internacionalidades con Inglaterra y los 1390 partidos jugados durante toda su carrera. Hasta aquí la intervención de los números, que ayuda a mitificar al hombre nacido en Leicester.

Las peculiaridades de Shilton comienzan con su posición en el campo. Sí, es portero. Y sí, es inglés. Olvidémonos por un momento de Calamity James, Robert Seaman, Paul Robinson y demás proscritos. Hace muchos años, existía un nutrido arsenal de buenos porteros en las islas. El histórico Gordon Banks aconsejó al entrenador del Leicester que subiera a Shilton al primer equipo a mediados de los sesenta. Resulta curioso que la meteórica evolución de Peter obligara al club a vender a Banks tres temporadas después. La longevidad del portero hizo que jugara hasta en once clubes hasta su retiro en Leyton en 1997. En Inglaterra y entre los aficionados internacionales con más memoria, Shilton será recordado por ser el portero de aquel mítico Nottingham Forest de finales de los setenta. El dorsal "1" del club que pasó en tres temporadas de militar en la First Division a conquistar dos Copas de Europa. El portero de Brian Clough, que se dice pronto. Sembró muchísimo orgullo Shilton en su estancia en Nottingham.



No sucedió del mismo modo cuando actuó como guardameta de la selección inglesa, donde vivió épocas ciertamente oscuras. El fracaso colectivo sobrevino a Inglaterra durante varios turnos de competición. Las consecuencias personales para Shilton vinieron en sus últimos años como seleccionado. Se convirtió en el damnificado por la mano de Dios y en la víctima del gol del siglo en aquel recordado Mexico´86. Cuatro años más tarde, completó su mejor actuación en una Copa del Mundo y llevó a los pross al cuarto puesto en Italia. La deuda del fútbol de selecciones hacia Shilton quedaba medianamente saldada.

Por un momento, dejemos de lado a Shilton y hablemos de Peter. Decía Séneca que "el joven debe aprender y el viejo aprovechar lo aprendido". Para aquellos puristas de los métodos, resulta una sorpresa grata el comprobar cómo afrontaba Peter su relación con el fútbol, su profesión. Su pensamiento era instruirse continuamente, entrenar más y mejor. Llegar siempre más lejos que el resto. Respetar la ortodoxia del juego y la jerarquía y galones de los superiores. Peter comprendió su carrera deportiva como una licenciatura práctica. Se le conocía como el portero de los brazos largos; con el tiempo se supo que de niño se colgaba todos los días en una barra de gimnasia y quedaba suspendido. Años después, el guardameta confirmó la leyenda, aunque confesó que se había exagerado en parte. Su primer aprobado lo obtuvo ya en el patio del colegio.


Pensándolo bien, el aspecto de Peter Shilton es el de un alumno universitario correcto. Entraría en el cuadro de aquel adolescente encasillado fácilmente en el arquetipo de empollón impopular. Shilton ha mostrado siempre una estética y realizado unas declaraciones propias de un trabajador pero contrarias a un revolucionario. Y es que Peter personifica el respeto a los códigos de este deporte que en Inglaterra se consideran auténticas tablas sagradas. Esa idea del fútbol como cadena industrial la ha explicado el portero en más de una charla (luego hablaremos de su speech). Para él, "el progresivo aumento de la influencia de los futbolistas obliga al entrenador a ganarse su respeto constantemente, porque a menudo es el eslabón más débil. Cuando jugaba en el Nottingham Forest, Brian Clough se duchaba antes que el resto y se secaba sobre mi ropa. Yo tenía que esperar a que terminara y secar todo lo que había mojado. Hacía reír a todo el vestuario menos a mí. Luego me dijo que lo hacía porque me había convertido en la estrella del equipo y debía mantenerme con los pies en el suelo".


El tópico sobre la locura transitoria de los porteros se ha derribado en los últimos años. La cordura y la capacidad de liderazgo se suelen asociar a la posición más dada a la longevidad futbolística. Peter Shilton es un claro ejemplo. Lo destacable de su carácter, más allá de la predisposición al trabajo duro y constante, es su capacidad para ilusionarse durante tanto tiempo. Parece que Shilton buscaba sus motivaciones en aquellos aspectos que enriquecen más la sabiduría y bienestar interiores que la proyección mediática hacia el exterior. Un ejemplo. Peter declara que jamás jugó en un grande porque "para mí lo importante era estar a las órdenes de buenos entrenadores. Bobby Robson era un gran preparador, igual que Alf Ramsey, un excepcional entrenador de jugadores y personas. Brian Clough era ambas cosas". Siguiendo la misma línea, el portero se mostraba orgulloso de la participación de Inglaterra en la Copa del Mundo de Italia´90, pero no especialmente del cuarto puesto: "Volvimos a Inglaterra con el premio al equipo más deportivo en una época marcada por el hooliganismo de los nuestros. Es para sentirse muy satisfecho".


Ese acatamiento honorable al fútbol más básico, esa honestidad tan inofensiva como digna, se plasma en la actitud de Shilton hacia la jugada que marcó su carrera. Sobre la mano de Dios de Diego Maradona, Shilton siente esto:

"Incluso Gary Lineker dijo un día que hubiera hecho lo mismo y en Inglaterra se le considera un santo. Henry lo hizo contra Irlanda. Un portero que saca el balón de dentro de la portería cuando ha cruzado la línea también está haciendo trampa. Lo único que me molestó es que Maradona nunca se disculpara. Al final de los partidos, si se ha hecho algo mal nos pedimos perdón entre los futbolistas. Lo hablamos. Él nunca lo hizo, lo celebró. Su acción fue un acto reflejo, pero su reacción desde ese momento no fue la correcta. Es el mejor jugador contra el que he jugado, pero no le daría la mano si nos encontráramos."


Guste o no, resulta de alabar que el buenismo de Shilton sea el que haya marcado buena parte de las pautas de su carrera en un mundo en el que el dinero y la imagen al resto en forma de posición social sean los estándares habituales. No se libró Peter, que emergió más potente después de importantes devaneos con el mundo del juego tras su retirada. Ya se sabe, aquello de conocer el fondo para llegar mejor al tejado. El caso es que el ciclo didáctico de Peter Shilton se viene completando durante estos últimos años. El alumno se disfraza de profesor y explica ahora su aprendizaje; lo hace dando charlas motivacionales a toda clase de grupos. En su página web, se detalla lo "divertido y fascinante" de los discursos de Peter. Se le define como uno de los "after dinner speakers" más populares de Europa y se emplaza a posibles interesados a requerir sus servicios si buscan "presentaciones personalizadas para maximizar resultados, conseguir objetivos corporativos, entender las presiones del mundo laboral y todo ello aderezado de entusiasmo y del humor inglés más fino".

Parece que el destino laboral ha respetado a Shilton del mismo modo en que él intentó respetar su profesión durante más de treinta años. La vida le ha regalado un aspecto aún más tosco pero su sonrisa hace ver que el portero, al fin, se ha relajado. Incluso participó en la versión inglesa de Mira quien baila en 2010 con controvertidos resultados. Personalmente, me gusta ver profesionales del fútbol ganándose la vida con el verbo tras su retirada, y no me refiero a gritones encerrados en cuatro paredes fantaseando rumores sobre el agente de moda. Aunque la clase haya terminado para él, Peter Shilton nunca dejará de aprender. Solo cabe esperar que la vida le siga premiando por aquello en lo que cree. El fútbol no puede negar la gloria a alguien que lo ama tanto.







viernes, 25 de mayo de 2012

Respiraciones en el río

23:06 del jueves. Sales de casa, algo indigesto tras una cena de remiendos y una tarde inactiva. El ruido de los vecinos se empieza a hacer notar. Necesitas aire y, al salir, una sorpresa reveladora a estas alturas del año. El aire...el viento...ya no es el mismo. Es verano. Ya ha comenzado la época estival. Para mí se inicia en ese momento en el que sales a la calle con una camiseta ligera de manga larga y te encuentras realmente cómodo. La humedad reinante del río ayuda. El verano ha llegado a Madrid.

Pasas por aquellas terrazas de los barrios antiguos, cercanos a estaciones de tren remodeladas (más bien, reseteadas) en centros comerciales. Allí siempre se respira lo mismo. Humo. Durante el día, el dióxido de nitrógeno de los coches que se agolpan para subir precipitadamente a la Plaza de España o girar hacia Puerta del Ángel, donde la mayoría se desviarán hacia la vena más hermética de Madrid, la M-30. Durante el ciclo nocturno, el humo procede de las terrazas. Agobios desatados, declaraciones intensas, alcoholismos inevitables...todo se junta en una atmósfera que nos recuerda  a algunos lo mucho que odiamos el tabaco y a otros lo mucho que lo necesitan. Cada uno mejora o empeora su vida como quiera y según se mire se entenderán diferentes suposiciones. 

Tras las terrazas y la plaza con la puerta más fea de Madrid, al menos vista por sus cuartos traseros, enfilas la rampa que te lleva al río. Para los que venís mañana a ver la final, os explico. El río es ese espacio artificial cubierto de agua (decir "lleno" sería tan generoso como incierto) que ocupa aproximadamente una octava parte de la anchura total del paseo. Pinos, cemento, bancos, cemento, sendas "ciclables" (palabra que seguramente tenga algún tipo de connotación sexual que no acierto a aclarar en este momento), cemento...cuidado, que a mí la zona me gusta, vivo allí y uso el bulevar como cualquier viandante. Pero la física es la física y las proporciones no se alejan mucho de esto. Qué le vamos a hacer, el clima de nuestra ciudad y la faraonización de nuestros alcaldes no permiten  un escenario diferente. Aquí huele como el suelo. Gris...

Llegas al puente de Virgen del Puerto y lo cruzas, para luego girar a la derecha y volver dirección Noroeste por la orilla contraria del río. Es decir, vuelvo a casa. Y aquí sí. Ahora atravieso la carpa del Athletic Club de Bilbao, que no es una parte de su traje de supervascos, sino el recinto que se ha preparado para recibir a los miles de aficionados que vienen mañana a ver la final de Copa. Básicamente, es como una caseta de feria pero de tamaño imperial. Como en toda buena fiesta, la caseta de la Muerte (símil a Star Wars, de nada) va acompañada por pequeñas casetas, que mañana serán los Iturraspe de la zona, trabajo sucio puro, los que librarán la verdadera guerra abasteciendo de bebida y comida a los hinchas mientras los aficionados pijitos, los burgueses de toda fiesta, los que son demasiado limpios para restregarse contra una barra metálica...esos, se concentrarán frente a la pantalla de la megacarpa. Perdón por el trauma de tanta fiesta municipal.

Con un cuadro así a un lado y una alineación de estéticas y fabulosas letrinas al otro (ya sabéis, ese azul cielo que tanto debe tranquilizar y relajar cuando a uno le va a explotar el esfínter uretral), es difícil pensar en un olor agradable a la par que enriquecedor. Los carteles con los precios de los bocadillos y las diferentes acepciones para un mismo objeto (un vaso) me evocan otras actitudes cañís que todos hemos guardado en nuestro cromosoma español. Pero pocos metros más tarde, termina la zona del pecado y puedes ver la tienda oficial del Athletic. Muniaín, Javi Martínez y Llorente posan con sus camisetas sobre un fondo nocturno e iluminados por el reflejo de las gotas de lluvia en sus rostros. Puff...soy madridista y ya me ha impuesto, aquí viene uno de Bilbao y tendrá ganas de cometer un acto impuro con, sobre, bajo y tras esos posters. Mañana me pasaré sin falta.

El caso es que, llegados a este punto, encuentras lo que has salido a buscar. Faltan 22 horas para la final de Copa y ya se respira fútbol. Huele a verde, a balón. Esto es Madrid, este es el verano y mañana se disputa la final de Copa del Rey.  Tiene muy buena pinta. Va a ser frenética, ajedrecística, espectacular, incluso ciclable. Aquí la veré, en el río.





miércoles, 23 de mayo de 2012

Drogba, el guerrero analógico




A veces, el fútbol pierde la clásica concepción con la que fue creado. Se trata de esa tendencia que nos envuelve hoy en día y que consiste en modernizar las formas, procedimientos y objetivos de cualquier proceso en el que intervenimos de cara a ganar en practicidad y rentabilidad. Generalmente, supone una mayor inmediatez. Además, lo actual, lo recientemente creado, suele ser más ágil y visualmente impactante. Pero reconozcámoslo, tiene menos sabor y prescinde de autocríticas y razonamientos. En el nuevo siglo, las cuestiones que comienzan con “¿por qué…” se dejan para el final por miedo a no tener respuestas durante el camino. Y aunque parezca alejado de ello, el fútbol no se libra de los nuevos enfoques de esta vida.

Se nos olvida frecuentemente que esto es un deporte. Un juego. Sí, llevado al profesionalismo y tecnificación más absoluta. Pero en la base sigue siendo un juego. Solemos pensar en los jugadores como máquinas de comportamiento regular, patrones marcados y rendimientos más asociados a motores diesel que a seres humanos (irregulares por naturaleza). Vemos el campo de juego como una pizarra virtual donde superdotados tácticos mueven sus piezas en una especie de ajedrez robótico en el que no se puede fallar. El aficionado se bloquea, como si fuera Windows Vista, al no entender que su equipo pierda disponiendo de mejores jugadores que el contrario. Quizá me equivoque pero creo que el concepto está equivocado. Del revés. Probemos a darle la vuelta al asunto.

En un deporte digital, la influencia humana puede ser la que aporte ese plus decisivo, mínimo y espontáneo que tantas veces separa la gloria del anonimato. El fútbol se sigue jugando sobre césped, naturaleza histórica pura (o casi…pero aquí la responsabilidad es puramente química). Los participantes no reaccionan a raíz de golpes de teclado, sino ante ánimos, provocaciones o motivaciones. El fútbol siempre será analógico, amigos. Una final de Champions League no es Juegos de Guerra. Un partido de fútbol encaja mejor en Braveheart. Didier Drogba es más Mel Gibson que Matthew Broderick. Un guerrero analógico. Un carácter ancestral que destroza cualquier sistema operativo. Un ganador con un destino labrado por él mismo.


Didier Drogba se nos marcha de la Premier League. Con treinta y cuatro años y tras ocho temporadas en Stamford Bridge, Didier es más que un jugador. Ha cruzado la línea de símbolo de club para asentarse en el estatus de personalidad más influyente de su país, habiendo jugado un papel decisivo para asentar oleadas de paz en una deprimida y sangrienta Costa de Marfil. Ahora, sólo tras ganar la Champions League, Drogba recibe el reconocimiento internacional de grado superlativo que se le había negado durante toda su carrera. Fuera de Inglaterra, no siempre fue colocado de un modo unánime en el escalón de los mejores delanteros de una generación excelsa en talento (Ronaldo, Henry, Eto´o, etc).

El africano está siendo condecorado al final de su película. Como el héroe que se recupera de sus heridas tras múltiples peleas (un codazo, una bofetada y un diente roto, su bagaje contra Vidic) o como el soldado que nunca pareció agotar su cupo de resurrecciones. Un hombre que tardó dos semanas en recuperarse de una fractura de cúbito para debutar con su selección en la Copa del Mundo de Sudáfrica, con protección de yeso incluida. Siempre fue consciente de su enorme capacidad de liderazgo y contagioso triunfalismo y nunca permaneció ajeno al sentimiento de responsabilidad que el fútbol le introdujo. Esto se ha agudizado especialmente en esta última temporada, donde Didier ha sido el arma ejecutora de una generación de futbolistas que veían en él la solución para ajusticiar sus intentos de tomar Europa durante la última década.


Treinta y ocho días antes de finalizar su contrato, Drogba ha confirmado que no continúa en el Chelsea. En mi afán de humanizarlo, hasta diría que me parece más identificable esta situación que aquellas que prorrogan contratos a los que aún falta algún lustro por cumplir; tan absurdo como artificioso. Y no nos engañemos, la relación de Drogba con la competitividad de la élite también parece romperse. Y digo “parece” porque de los héroes siempre puedes esperar heroicidades. Es el humano más firme en un mundo cada vez más mecanizado. La apelación a la mística resulta imprescindible.

“Creo mucho en el destino…cuando eres jugador del Chelsea, nunca hay que darse vencido hasta el final”

En la última batalla sobre el verde, la tenacidad del guerrero ha dejado de lado la mal definida justicia futbolística y ha puesto de manifiesto la importancia de la entereza, la perseverancia y la determinación en la vida. Un ganador siempre cree en el destino porque cree que puede vencerle y escribir su propia historia. Drogba lo ha logrado.

Mis sinceros agradecimientos y sonoros aplausos para uno de los tipos que más he admirado en el mundo del fútbol. Por fin ha encontrado su merecido descanso. Didier Drogba, el guerrero analógico, por fin ha ganado su guerra.





domingo, 13 de mayo de 2012

Premier League, vida y revancha




El fútbol inglés. Ese manantial de profundas emociones y folclore deportivo arraigado en lo más hondo del corazón de cualquier aficionado al fútbol. La Premier League es vida. La Premier League es intensidad elevada exponencialmente sobre cualquier otro tipo de demostración deportiva. La Premier League es el concepto de deporte colectivo y social expresado con la mayor claridad audiovisual posible. Y otro año más, la Premier League es la competición futbolística más agradecida del planeta. Y con sucesos como el de hoy, continúa aumentando su número de amantes.

Ha ganado el Manchester City. No hablaremos de justicia, inútil es hacerlo cuando el trofeo ya se ha otorgado y los títulos honorables y honoríficos se han grabado ya a fuego en el disco duro de vencedores y vencidos. Pero siempre hay personas y personajes sobre los que reflexionar. El reparto del espectáculo es grande y heterogéneo.

Alguien dijo que Balotelli es el niño malo de la Premier League. No sé si lo comparto, pero sí que opino que Silva podría cumplir en el personaje de aquel veintañero talentoso recién incorporado a la jauría colectiva, al mundo de verdad, y que empieza a ver cumplidos sus sueños. Merecido el triunfo individual y social para el canario. Igual de jubiloso que resulta para el bueno de Yaya Touré, un obrero tan brillante como el mejor de los arquitectos. El jugador que saca la basura con traje se congratula a estas horas de compartir plantilla con el hombre que ha decidido la dirección de la gloria. El Kun.


Debates aparte sobre su rendimiento global, Sergio Agüero le ha dado la alegría del siglo a los miles de citizens que andaban deprimidos por el eterno y punzante carácter de perdedores que la historia mancuniana les había dado. El Kun es una debilidad personal; el mayor talento futbolístico del mundo (tras Messi y Ronaldo) en el país más idóneo futbolísticamente para él. La Premier League es su biotopo general, que no particular, ya que esta competición, como la vida, tiene personajes huraños. Desagradecidos, incomprendidos y amados a partes iguales. Discutidos por sus súbditos y elevados por sus superiores. Roberto Mancini es la cabeza visible de este movimiento.

Mancini no ha sabido exprimir a este equipo. O no con la suficiencia que le merece esta plantilla y la situación histórica de la competición. Repasemos ciclos. Un United anclado en la nostalgia de Scholes y Giggs, cobarde ante las nuevas generaciones y debatiente sobre un mando y un personaje indiscutibles durante décadas. Un Arsenal sumido en la mediocridad que le ancla camino de la élite, empeñado en fagocitarse a sí mismo antes que criticar un modelo que le llena a corto plazo pero le impide soñar a años vista. El histórico Liverpool buscando una base de nombres y un ejército de hombres para reconquistar su terreno. El Chelsea anda en fase de reconstrucción y con la lotería europea a punto de arreglarle la década entera y el Tottenham tiene tantas posibilidades de ganar una Premier como convencimiento tengan sus jugadores de tocar el cielo. Prácticamente ninguna. En la carrera vital de estas naciones propias del fútbol inglés, el Manchester City goza del turno para crear un imperio. Y lo está comenzando a disfrutar a pesar de Mancini.



El italiano está muy lejos de ser el entrenador ideal para este equipo. Nadie le discutirá sus títulos pero sí su forma de gestionar los recursos de la plantilla. Este club no debería llegar a los últimos cinco minutos de la Premier con la obligación de meter dos goles para conquistarla. La experiencia, fantasía y FÚTBOL de sus jugadores se han visto limitadas por los ataques de entrenador del italiano, tan agobiado por su propia personalidad como lanzado por su endémica cobardía. Con Mancini cuesta hablar de justicia, da la impresión de que algo debió hacer bien antes de llegar a este banquillo para ocupar un puesto tan privilegiado. Sin duda, ha sabido aprovechar las oportunidades y esta es la afirmación más elogiosa para el entrenador que podrán leer en este escrito.


Poco antes de que acabara la jornada, leía en múltiples redes sociales que el triunfo liguero del Manchester United podría resultar injusto. Me niego a considerar ilícitos los triunfos del equipo de Ryan Giggs y Paul Scholes, por una cuestión de afinidad moral y justicia divina. Ferguson es como ese vecino que todos hemos tenido. Un señor (por no decir viejo) cascarrabias que no acepta consejos de nadie ya que considera que sus triunfos se deben a su trabajo y sus circunstancias. Razón no le falta al sir, que sabe lo dura que puede llegar a ser la vida; y ésta, como la Premier, te trae difíciles sinsabores con la misma frecuencia que te alegra la existencia. Ferguson acepta lo sucedido en esta Premier como aceptó aquella Champions League que le cayó del mediterráneo cielo de Barcelona en 1999, cuando su equipo le marcó dos goles en el descuento al Bayern de Munich. Te gustará más o menos, pero el entrenador del United acepta las reglas del juego gane o pierda. Lo suyo es fatiga gestual. Y es que nos cansa ver la cara de un tío que no para de ganar, mezcla de envidia asociada al deporte y bombardeo mediático.

Otros personajes de esta vida del rectángulo verde son Robin Van Persie, el muchacho que atina más y mejor que nadie, Wayne Rooney, el hijo malcriado y ya maduro del anciano, y Gareth Bale, representante de la hornada spur aún por medir en sus ambiciones reales. Por el campo pululan también héroes por recolocar (Torres), símbolos contrastados buscando  una dignidad final (Gerrard) y aspirantes a tronos de altura espacial (Luis Suárez). Todos junto a trabajadores recompensados (Roberto Martínez) y nuevos arietes que prometen crear alcurnia (Jelavic, Papis Cissé o Demba Ba).

Esto es la Premier League, esta es la vida. Básicamente, viene a ser lo mismo. Un período de tiempo en el que, en base a unos valores y unos recursos, utilizas toda tu fuerza, moral y conocimientos para llegar allí donde puedas o donde quieras. Siempre junto a compañeros de mayor o menor afinidad y valorando más el camino que la llegada a meta. La vida y el fútbol inglés son una revancha continua. La suerte es que, si el destino nos lo permite, podremos asistir a muchas Premier más en una misma vida. Aunque si el desenlace es como el de hoy, quizá sea el corazón el que no nos deje.






miércoles, 9 de mayo de 2012

Simplemente Cruyff




La huella directa de Johann Cruyff en el torneo continental de selecciones no se ha impregnado en forma de leyendas de míticos goles, finales ganadas o picarescas triquiñuelas. De hecho, Cruyff tan sólo participó en la edición de 1976, en la que Holanda finalizaría tercera. En pleno apogeo ideológico de la Naranja Mecánica y con Johann como máximo valedor, los neerlandeses fueron eliminados en semifinales por los checoslovacos y terminaron conquistando el simbólico bronce ante Yugoslavia.

La importancia de Cruyff va mucho más allá como para limitarla a su simple presencia en el césped. Es evidente que la impronta del holandés y su forma de ver y leer el fútbol ha traspasado fronteras y ha creado un estilo, perfeccionado por sus sucesores, que ha caracterizado algunos de los mejores momentos de esta competición desde los años setenta. La abrumadora personalidad de Cruyff protagonizó importantes momentos fuera del campo, relacionados con su forma de ver la vida y la selección. Desde jugar el mundial´74 con una camiseta diferente a sus compañeros por temas publicitarios hasta no participar en la siguiente Copa del Mundo mostrando su condena a la dictadura argentina, pasando por continuas divergencias con la Federación Holandesa por las concentraciones e incluso un intento de secuestro en Barcelona sobre la familia Cruyff. Una vida apasionante que se reflejó sobre el césped.


Johann Cruyff es un hombre inquieto. Lo es ahora, con 65 años, y lo era cuando debutó en el combinado holandés. Inconformista y orgulloso, desde el principio entendió el fútbol de una forma casi inédita hasta entonces. De la mano de Rinus Michels desde el banquillo, Cruyff empezó a creerse y mostrarse como el líder de una selección que haría historia en las biblias futbolísticas. Holanda exhibió su ideario completo durante la década de los setenta; algo transgresor dentro de un mundo que ya estaba cambiando. Un fútbol olisqueado ligeramente en el River Plate de los años cuarenta (“La máquina”), pero transportado al mainstream futbolístico por los vitales holandeses.

La idea básica consistía en tener el balón el máximo tiempo posible, intercambiar continuamente posiciones y llegar a posiciones de ataque mediante triangulaciones continuas, amparándose en la gran condición técnica de los holandeses. Todo ello aderezado con recetas tácticas adicionales, como la presión a la defensa contraria, los delanteros colocados como extremos, la incorporación de centrocampistas ofensivos, la defensa de tres, etc. Hoy en día no hay idea que suene a novedad, pero en el anquilosado fútbol de entonces estos conceptos suponían un aire fresco dentro de la mediocridad táctica general. Jamás un futbolista había pensado que los rondos fueran a suponer la parte más importante del entrenamiento.



Cruyff era elegante, un cisne en el campo. Más que jugar, bailaba con el balón; veía lo que nadie, corría lo que todos e improvisaba como el que más. Defendía y atacaba con la cabeza, disponía de una técnica singular y una aceleración brutal. Mejoraba a sus compañeros y se movía con libertad por el frente ofensivo de su equipo. Generalmente arrancaba como falso delantero para comenzar el intercambio de posiciones y el consecuente despiste de las marcas rivales. Un todocampista, un volante, un goleador completo, un cerebro. Para muchos, el mejor jugador europeo de la historia.

El riesgo y la innovación suelen pagarse y el legado en forma de premisas que ha dejado aquella Holanda no se vio acompañado por éxitos bajo la piel de títulos. La crueldad de la derrota en las finales de las Copas del Mundo de Alemania´74 y Argentina´78 hirió las intenciones de los Países Bajos pero su orgullo se sobrepuso. Cruyff figuraba ya como máximo exponente de un nuevo fútbol. Un juego donde la técnica y el físico se combinaban en una trabajada fluidez de movimientos para resultar en una belleza deportiva de singulares características.

El destino pone a cada uno en su sitio. Y el valiente Rinus Michels, con su soldado Johann al frente, idearon un movimiento que dio a Holanda su única Eurocopa en 1988 y supuso la primera semilla que germinó en una época gloriosa para el Dream Team (con el propio Cruyff de entrenador), una idiosincrasia de por vida para el Ajax de Amsterdam, decenas de trofeos para el Barça de Guardiola y la tan ansiada gloria continental y mundial para la España del siglo XXI. Evidentemente, Cruyff no es el único pilar en sostener estos éxitos, pero sí la base ideológica en la que sustentar buena parte del juego. Él escribió un manual de instrucciones que, anteriormente, había probado como jugador y que en los últimos años ha sido sensiblemente mejorado por su alumno más aventajado, Josep Guardiola.


El legado de El Flaco debe figurar como uno de los más importantes en la historia del fútbol y, por ende, en la tradición de la Eurocopa de selecciones. La portada del libro de Holanda en la Euro la ocupa la volea de Marco Van Basten aquella soleada tarde de junio del 88 en Münich. Y el principal autor de la obra es Johann Cruyff.






miércoles, 25 de abril de 2012

Convencimiento, personalidad y grandeza

Xabi, brújula y personalidad del Real Madrid
Xabi, brújula y personalidad al frente del Real Madrid























La oportunidad resulta histórica para el club mas laureado del mundo. Guste o no, con la eliminación del Barcelona se ha abierto un hilo de luz en la cueva de esperanza del madridismo, ávida de triunfos europeos en este siglo y cada vez menos oculta. Posiblemente no lo necesitaba.

El triunfo en el Camp Nou ha limpiado complejos y espantado fantasmas, limpiando el ambiente de la intoxicación de derrotas (a veces duras, a veces indignas) de los últimos tres años. Pero gracias a la machada del Chelsea, el siempre necesario aporte de precaución ya está presente en el cuerpo técnico, plantilla y afición madridista.

Diez años después, se vuelve a respirar el ambiente auténtico de trascendencia en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu. La motivación continental supera con holgura cualquier otro tipo de estímulo madridista.  Al Real Madrid le gusta reeditar la historia de Rey de Reyes y el papel de embajador de la causa futbolística ante este tipo de situaciones, como el padre que defiende a sus hijos ante un vecino más guapo, más alto y más fuerte. Sin embargo, esta vez el rival, por frecuente, no deja de perder su condición de ogro feo y fortachón. El Bayern de Múnich, un clásico de la competición y de los duelos a cara de perro con el Real Madrid.

No sé qué pasará hoy en Concha Espina. Espero oír el mayor grito dado nunca en la época moderna por la afición del Real Madrid. Ansío la mejor actitud de Mourinho desde el banquillo y un ideario propio de este club. Nada de conformismos, especulación ni problemas originados en tanteos más artificialmente tácticos que realmente útiles. El Madrid debe salir a arrasar al Bayern. A comerse al rival con fútbol y con inteligencia. A jugar mejor, correr más, chocar más fuerte y gritar más alto. Altísima intensidad con los jefes en el campo marcando revoluciones. La personalidad de los grandes (Iker, Sergio, Xabi y Cristiano) debe imponerse y trazar el camino para aquellos que pueden carecer de inteligencia emocional para sobreponerse a las circunstancias (recordemos los antecedentes de Pepe o Marcelo). Unos deben pensar el partido con la cabeza y otros lo decidirán con los pies.

Y esta vez no. Esta vez el monstruo alemán no supera en belleza al gigante español. El Real Madrid es más guapo que el Bayern, gusta más e impone lo que otros no pueden. El convencimiento está claro en todos los estratos del madridismo, concienciados para que no se convierta en autocomplacencia, como pudo suceder en la ida. Ser mejor equipo se demuestra sobre el césped y ahí tendrá lugar la batalla. Olvidándose por noventa minutos de polémicas, futuros imprevisibles y pasados intocables, el conjunto madridista debe demostrar el peso que se le supone hoy día en el fútbol europeo. Los elegidos deben enseñar que son dignos herederos de la grandeza de la casa y de un escudo que aporta un enorme plus de vitamina en el alma madridista durante las guerras europeas. 

La gloria está cerca. Y aunque el talento, el trabajo, la personalidad y la fuerza formen parte de la receta, no existen secretos para dar con la fórmula secreta. Esto es la Champions League. Mágica e imprevisible. Cruel con los destronados y maravillosa para los jubilosos. Hoy el Real Madrid debe sonreír, jugar al fútbol mejor que el Bayern de Múnich y, sobre todo, creerse que puede optar a ser, de nuevo y una década después, el Rey de Europa.