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lunes, 30 de diciembre de 2013

Imagine: Consecuencias




Corría el verano de 1989 y él no se imaginaba lo que iba a suceder. Se encontraba en Doesburg (Holanda), a unos quince kilómetros de la frontera germana. Tras un buen año laboral –el primero como titular indiscutible en el Ajax-, se veía portando el féretro de un colega, de un desconocido; un tipo del que le separaba su color de piel, sus raíces, y aquello fue precisamente lo que había ordenado tan fatal destino. Él conocía la existencia de aquel amistoso, pero nunca le había prestado mucha atención. No por nada en especial, simplemente era un partido más, en fechas por lo general de vacaciones. Por entonces, él solía aislarse, se quedaba en Ámsterdam y se olvidaba del fútbol durante unos meses, encerrándose gradualmente en su burbuja familiar y de amigos.

Pero ese verano fue distinto. Aquel partido amistoso había ganado una enorme trascendencia mediática a base de sangre. Iba a disputarse en Surinam la cuarta edición del Kleurrijk Elftal (traducido como “equipo de colores”). Se trataba de un partido jugado anualmente que enfrentaba a la selección local con los holandeses de la Eredivisie con raíces en Surinam. Se entendía como una pequeña fiesta en pos del fútbol, la diversidad y la cooperación. Sin embargo, durante las fechas previas, se habían producido continuas discusiones y faltas de entendimiento entre federación, clubes y, por ende, jugadores holandeses.

No todos guardaban la misma postura sobre el partido y aquello desembocó en que buena parte de los futbolistas más mediáticos del momento no llegaron a viajar a Surinam. Internacionales -y campeones de Europa el verano anterior- como Ruud Gullit, Frank Rijkaard o Bryan Roy no cogieron aquel avión. Marcel Liesdek también se quedó en tierra ya que se encontraba negociando con su nuevo club. Aaron Winter estuvo a punto de coger un avión por su cuenta pero finalmente decidió no enfrentarse a su equipo. Stanley Menzo sí que embarcó a Surinam, lo hizo en un vuelo distinto al del resto de la expedición. Entre agraviados, rebeldes y mandados, nadie imaginaba que aquel partido no llegaría a celebrarse.

El vuelo PY-764 de Surinam Airlines llegaba con retraso. En Zanderij, una pequeña aldea cerca del aeropuerto de Paramaribo, había suficiente niebla como para dificultar la maniobra, pero no lo bastante como para aplazar el aterrizaje. El capitán Rodgers decidió intentarlo, tanto de forma manual como a través del sistema automático de aterrizaje, que le avisaba del tremendo riesgo que se corría y de lo bajo que volaba aquel Douglas DC-8. Finalmente, el aparato se estrelló a las 16:27 de aquel fatídico 7 de junio. Murieron 167 pasajeros, sobreviviendo toda la tripulación y un pequeño perro, al que la policía local bautizó como Lucky.

Él pensaba mientras portaba el féretro. No dejaba de darle vueltas a todo lo que había sucedido después, cuando se confirmó que el piloto había mentido sobre su edad y sobre el estado de su licencia de vuelo, suspendida en varios países. Actuó bajo un nombre falso y sin un permiso específico para volar este tipo de avión. La verdad es que aquello le importaba poco. La desolación había invadido Holanda, Surinam y el mundo del fútbol. En aquel verano de 1989, él estaba tan aturdido por lo pasado que no se imaginaba lo que iba a suceder un tiempo después. Sus nervios se convirtieron en ansiedad, en el miedo más racial. Un aviso de bomba en un avión durante el mundial de Estados Unidos se convirtió en el último detonante. Padecía una aerofobia que iba a condicionar sobremanera su posterior vida personal y profesional.

Pero en aquel funeral, él no sabía nada. Con veinte años recién cumplidos, se preguntaba en su interior por las causas del desastre sin pararse a pensar en las consecuencias. De andares elegantes, con escasa e inocente cabellera, las cejas arqueadas y el gesto solemne, el chico continuó portando el féretro de su compañero. Seis años después, tras su paso por Milán, Dennis firmaría un contrato con el Arsenal que incluiría una de las cláusulas más famosas de la historia del fútbol.


@joseportas

Artículo extraído del nºXVI de Lineker Magazine:



martes, 3 de diciembre de 2013

Imagine: La otra decisión




El silencio es absoluto. He acertado con el mejor momento en el mejor lugar. No ha sido difícil. Al terminar un partido, cualquier localidad vacía del estadio te parece la más adecuada para sentarte. La más personal, la más accesible. Incluso crees que alguno de los asientos cobra vida y te susurra al oído, zalamero y con maquillaje de sofá. Ahora, sentado sobre él y sosteniendo mi taza ardiendo de Glengettie, lo sé. Y, repito, esta vez era fácil. Pero no siempre pasa. Por lo general, no sabes lo correcta que es una decisión hasta que puedes valorar las consecuencias. Y es que lo importante, lo que uno debe valorar, no son los riesgos, sino las realidades.

Bebo un sorbo que no me sirve para entrar en calor, pero sí para recrear la sensación de estar en casa. En el norte de Londres, el clima es muy parecido al de Cardiff, aunque diría que allí la humedad te cala hasta el hueso más lejano. La de aquí es otra historia, pero con el tiempo he conseguido convertirla en mi historia. Esbozo una media sonrisa mientras miro a la banda; si hay un lugar en el que me encuentre cómodo es ese. Es como un apartamento que no necesitas decorar ni cerrar cada vez que te marchas. Dominas todos los espacios, entras y sales cuando quieres, te encanta y además, es tu lugar de trabajo; con la mayor diferencia respecto al resto de trabajadores y es que este sitio no me agobia. Al contrario, me hace sentirme independiente, me veo libre corriendo, centrando, marcando, buscando… Respirando.

El cuerpo me pide más té y le obedezco sin recato alguno. Fijo mi mirada en el marcador y veo el 4-1 de hoy. Durante los primeros minutos nos costó, parecíamos oxidados y nos marcaron un gol. Pero si algo tiene este equipo, es su capacidad de respuesta; cuando los partidos se rompen, somos un vendaval. No somos los mejores atacando ni defendiendo, pero da gusto vernos jugar (según dicen la mayoría de aficiones). Están repitiendo los goles por el marcador. Veo como nuestros supporters lo han celebrado. A mí me gusta hacer feliz a la gente. No hay mayor don que ese para un futbolista. Ese es nuestro valor. No el de tambalear un mercado sino el de provocar sonrisas. Esto no va de premios, egos y trofeos; para mí, la idea está en conseguir que los aficionados se levanten orgullosos al día siguiente.

Los pies empiezan a enviarme señales para que me levante. Al Glengettie le está costando, pero no es culpa suya. Juego con el filtro del té hasta que, desenfocando la vista, encuentro junto a mis zapatillas un carné de socio. Brillante como la nieve, era difícil no percatarse. Lo recojo y al darlo la vuelta, identifico a Steven Hurst, un jovencito que se habrá llegado su sentimiento spur adosado a sus pulmones pero se ha olvidado el carné con el que no podrá volver a entrar a White Hart Lane, al menos en el próximo partido.

Me meto el carné en el bolsillo y me levanto. Un último vistazo al estadio, un último trago al Glengettie. Soy un tipo afortunado. Este monstruo de cemento y césped que acoge un griterío ensordecedor cada quince días, es mi casa. Y la gente con la que comparto mi casa es mi familia. Voy a hablar con el delegado del equipo; mañana tras entrenar voy a llevarle personalmente su carné a Steven. No creo que ponga trabas, confía en mí. Él sabe que suelo tomar buenas decisiones, sobre todo cuando estoy seguro de que la consecuencia será la sonrisa más sincera.


@joseportas

Artículo extraído del nºXV de Lineker Magazine:



domingo, 3 de noviembre de 2013

Imagine: El sol de Londres



Imagino que un día así es excepción en Londres. El sol no suele ser el principal motivo para sacar a las familias inglesas a la calle. A pesar de no ser novedad, el ambiente hoy parecía diferente; se olía la oportunidad. Los rayos de claridad de la mañana parecían anunciar la tormenta de la tarde; iba a ser dramática o reconfortante. Pero seguro que resultaría extraordinaria. Tengo tanto olfato como instinto para estas cosas. Sabía que hoy iba a pasar algo en Stamford Bridge.

A las siete de la tarde, aún disfrutaba uno de esa sensación tan mediterránea de gozar el frío del calor, de saborear el “fresquito” que el resto de europeos no llega ni a definir en sus diccionarios. A pesar de ello, decidí ponerme manga larga por resultarme cómoda y por aquello de que no me gusta destacar. Sin embargo, todos tenemos algo que nos hace diferentes, un sello en el juego que jamás debemos perder.

La vida y el destino hacen que, a veces, no recuerde esta premisa sobre el campo. Son muchos los condicionantes en el césped. Un mal día con tu familia, una pelota demasiado juguetona, un rival en racha…sin embargo, las sensaciones de hoy eran buenas. Apenas había tocado un par de balones y me veía rápido. Hacía mucho tiempo que no respiraba tan bien sobre el verde. Me sentía muy animal, llegaba al espacio antes de lo normal y mis zancadas de los primeros minutos llegaron incluso a impresionarme. A pesar de ello, me resistía a lanzarme a la euforia; preferí continuar con el plan del jefe, el de correr por cumplir aunque sin disfrutar. Seguía oliendo la chance.

Hasta que se presentó el momento. Sin avisar, como en los buenos tiempos. Y sin sufrir como en los malos. De repente, como si el sol siguiera brillando, mi regate, animado, se convirtió en una chispa incontrolable para la defensa. Mi velocidad punta pareció redoblarse ante el esfuerzo contrario. Y mi control…mi control me dio la mayor alegría del día. El balón parecía cosido a mi bota como el sudor a la piel hace pocos veranos. Sólo entonces, sólo con esa sensación tan maravillosa, me sentí superior. La primera gran carrera supuso el golpe inicial al contrario, no llevó mi nombre pero sí mi huella. El instinto me seguía dejando llamadas sin tono, aquellas que producen más ansia de respuesta.

Minuto 90. La confianza me llevó a presionar hasta la extenuación. La presión es esa carrera, más azarosa que científica, que muchos piensan que premia al esforzado. Lo cierto es que la suerte no existe; por lo general, la lotería de la presión le toca al que más juega, al más veloz. Recordándome noches gloriosas de junios pasados, evocándome sensaciones, ya casi inéditas, en aquel lado rojo de la vida, me abandoné a la carrera más esplendida. Y marqué. O el azar me marcó, si quieren verlo así. La tormenta había dictado sentencia. La victoria de nuestro lado y el orgullo en mi interior.

Horas después, me relajo al aire libre en una ciudad cuya respiración te acoge aún de madrugada. Algunos piensan que lo de hoy es consecuencia del trabajo, de la constancia y de la suerte. Que el tipo del banquillo, de vocación extirpador de depresiones de club, se ha propuesto (y ha conseguido) sacarme de la mía. Y que de aquí a final de temporada tendré alguna que otra tarde como esta. No se engañen.

Yo no pretendo destacar, pero soy diferente. Yo voy a hacer de lo extraordinario la normalidad. Porque hasta hace no mucho, así lo era. Porque esa es mi identidad. Yo soy el sol de Londres.


Artículo extraído del nºXIV de Lineker Magazine:


@joseportas


sábado, 5 de octubre de 2013

Imagine: El chino





Imagino un hombre algo niño. Mejor dicho, un niño que se atascó en el proceso de maduración. Hay individuos que dan la sensación de quedar para siempre cubiertos por la protección materna, simplemente por su aspecto. Despiertan ternura y le crecen las madres por el mundo entero. Y como madre no hay más que una, los aburridos que cumplimos la regla sentimos envidia de esos suertudos, edipos de todo hombre, más pródigos que hijos y que van robando el amor que debería repartirse equitativamente entre todos los mediocentros mundiales nacidos con gesto de gárgola. Pero cuando eres niño no razonas, te limitas a odiar lo que las vísceras te señalan y a engullir lo que toca en el comedor. Aún sin reflexión, ya notabas en el patio del colegio que él era diferente. Por física, por química y por estática. Y es que el chico no paraba.

Unos ojos (casi) orientales en las escuelas de los ochenta eran lo más exótico que habíamos visto muchos hasta que nos llevaron a la gran ciudad. Y descubríamos el metro y lo que entendíamos peligro entre pieles oscuras y personas muy grandes, de hombros continentales, yo diría. Esa estrechez de miras, la física y real, dio lugar al que posiblemente fue el mote de la década. Antes de que los aparatos de dientes fueran brackets, antes de que las gafas de pasta fueran tendencia en lugar de tortura, todos los barrios tenían un chino. O txino (entenderán que jamás tuvimos que escribirlo). Y el chino, yo creo que por genética, tenía el pelo más compacto e indespeinable del patio. Corría y corría e incluso en los días más ventosos del otoño, al chino no se le movía ni un pelo de la cabellera. Y es que eso era lo que hacía constantemente; correr, correr y correr. Lo malo para el resto es que lo hacía con la pelota entre los pies. Empañando el típico tópico, la llevaba pegada, cosida con ese maldito cariño que nos había robado de un modo ilegítimo.

Seamos incorrectos y dejemos justificar la envidia entre niños. Los pequeñitos más humanos no soportaban que el chino pareciera desaparecido en el partido y, de repente, se presentara como un rayo sin el preaviso del trueno. Era una sombra perfecta. Y eso, por entonces, “no valía”. Se mostraba con la fuerza que su delgadez escondía, con un gesto que denotaba esfuerzo pero nunca límites. Nosotros pensábamos que era porque los chinos corrían más. Y punto. Él partía con ventaja. Respecto a los regates con que nos humillaba o los disparos con que decidía los partidos, no teníamos nada que decir. Así que le insultábamos. Cuando comenzaba a llover el Puto chino por el patio, se acababa el partido porque se acababa la fantasía.

Con el tiempo, algunos nos fuimos retirando y asistíamos al partidillo casi mortificados, sentados y apoyados sobre la pared; de repente, aquella fantasía infantil se convirtió en el sueño de ser adulto. Correr detrás de un balón había perdido su encanto, correr detrás del chino era directamente de gilipollas. No hacía falta ser Monchi para darse cuenta de que había evolucionado muchísimo. Disparaba mejor, corría más rápido y no te dejaba ni oler el balón. El cabrón seguía a lo suyo, jugando como dios y hurtando besos y miradas entre los muros de aquella cárcel de lápices. Creo que queríamos crecer para justificar nuestro odio hacia el chino, para razonar que la perfección no mola. Pero, en el fondo, no queríamos su regate ni su peculiaridad física. Lo que envidiábamos era que sabía pisar el freno de su máquina del tiempo. Se sentía como un niño, mientras que nosotros, adultos fumadores de voz flácida, le analizábamos alicaídos. Nunca asumimos que lo mejor hubiera sido devolverle las paredes. Pero nadie quería renunciar a ese oscuro placer maduro que es el odio. Y es que, en la Arguineguín de los ochenta, odiar era compartir.


Twitter: @joseportas

Artículo extraído del nºXIII de Lineker Magazine:


jueves, 12 de septiembre de 2013

Imagine: Los focos sobre Mourinho




Había imaginado ese momento durante muchos años. Sin embargo, no había preparado nada, siguiendo un modelo contrario a su comportamiento habitual, el de no dejar nada descubierto, como posible presa del azar. Pensó que aquella tarde controlaría las circunstancias. Llegado el instante, dio unos cuantos pasos y se plantó firmemente sobre el césped. El entrenador contrario no había salido aún, así que aún no podía acercarse a saludar al banquillo rival. Resopló ligeramente y, con el ceño fruncido, subió la mirada como quien ajusta las luces de su coche. Paró el movimiento en los focos de Stamford Bridge. La repetición no hace la memoria, así que se tomó su tiempo. Varios segundos después, se giró e hizo un gesto de complicidad con su banquillo, compartiendo ese guiño pícaro y ese salto de ojos tan irónico como característico. En ese momento, las sonrisas surgieron en una de las bandas azules de Londres. “Ya estamos aquí”, parecían decir. Fuera o no nerviosismo, la escena daba para portada propia. Más allá de la fotografía, él quiso buscar en su interior y volvió a fijar su mirada en los focos. Se abstrajo y decidió esforzarse para recordar.

Comenzó a resonar en sus oídos el apoyo unánime de un estadio entero. La lluvia de Londres sobre su chaquetón en los gloriosos miércoles de Champions. Se acordó del idilio que estableció con su corbata, más amante que esposa, de las carreras atravesando las áreas técnicas de toda Inglaterra, del amor en los banquillos y del odio en las ruedas de prensa. Rememoró los regalos en forma de resultados que el fútbol le hacía por entonces; la realidad del comienzo de siglo era suya. La verdad competitiva era su amiga mientras que él se había convertido en el enemigo de mirada Disney que otros clásicos necesitaban. Trabajadores y estrellas del fútbol, por lo general de color rojo, fuera por la indumentaria de sus equipos o por la sangre que él les provocó durante varias temporadas. Y recordó también al holandés en la banda izquierda y al irlandés en la derecha. A Didier resolviendo y a Frank templando. Imaginó con media sonrisa el palco. Aquel palco. De repente, giró la cabeza y visualizó el banco dorado de aquel día, no muy diferente del que se alojaba en su recuerdo.


Y entonces, se acabó el abrazo a la nostalgia. Un tipo tan preparado como él, había estado demasiado tiempo sin controlar el futuro, sin sujetar el presente. Lo consideró su regalo de inauguración y comenzó a mirar hacia delante. Se volvió de nuevo al banquillo y, no sin cierto alivio, encontró cercanía y apoyo, le pareció su mejor amigo, la habitación más acogedora del hogar de sus padres. Pensó que su nombre no entendía de indiferencia, ni su presencia de imposibles. El costamarfileño por el español, el brasileño polivalente, el hambre de los jóvenes, la ayuda de las vacas sagradas…todo eran motivos para el optimismo. Así que volvió a enfrentarse al césped del coliseo y, con la mirada levantada, se sintió querido. Había vuelto, estaba en casa. Los focos, testigos sin secretos, le alumbraban a él. ÉL era el protagonista. Como la afición y él mismo deseaban. Como si nada hubiera cambiado.

Artículo extraído del nº12 de Lineker Magazine:

@Joseportas

lunes, 8 de julio de 2013

Imagine: Salto de fe



Imagino que se lo explicaron en algún momento de su vida. La educación, el respeto, el trabajo y la actitud adecuada. Conceptos utilizados para construir un edificio pero generalmente insuficientes para amueblarlo. La proteína del hombre no asegura el triunfo. Lo que antiguamente se conocían como valores se ha extinguido con el paso de los años, engullidos por la falta de barreras, la educación sin tiempo y la información sin comunicación. Lo que se conoce como los efectos menos beneficiosos de la democracia menos hiriente. Tantos “menos” y “sin” no pueden ser buenos.

A pesar de presentarse aquella noche con el aval de su ideario perfectamente claro, le iba a costar al míster contener sus instintos y no envenenarse a sí mismo. Era uno de esos momentos en los que todos nos preguntamos el motivo de que nos sucedan ciertas desgracias, el porqué de padecer decisiones discutibles y giros caprichosos de suerte. Hay gente que piensa que el azar es duro con aquellos que pecan de buenos. De silenciosos o de complacientes, incluso de tibios. En el fútbol también pasa. Los mártires se crean solos.

El entrenador caminaba parcialmente deshecho por el túnel de vestuarios. Se intuía cierta endeblez en su movimiento, un desaire a su formalidad y a la injusticia que, en opinión de la afición, había sufrido su equipo. Retenía sus impulsos, escondía sus puños, mostraba su sonrisa de un modo constante y nervioso, como quien acaba de subir por primera vez a la montaña rusa más peligrosa.

Apoyó su cuerpo en el pasillo antes de hacer acto de presencia en la rueda de prensa. Daba la sensación de que el cuerpo respiraba porque su dueño le dejaba, forzado e insurrecto a dejarse llevar por la maquinaria. Decenas de piernas recorrían sin parar aquel doloroso pasillo como un torrente sanguíneo alterado. Pero, para el entrenador, el tiempo se había detenido. Buscaba respuestas pero no tenía claro qué preguntas formular, así que se dio un minuto para pensar en sí mismo. Para recordar su carrera y preguntarse el porqué de sus cimientos. Intentó recordar por qué había antepuesto siempre la palabra al grito, por qué prefería esconderse tras el humo de las bombas ajenas a lanzar las suyas propias.

En esos segundos, concluyó el entrenador que lo suyo era un cuento de hadas entre redes, una especie de utopía clásica que sobrevive en la sociedad de las conspiraciones por whatsapp. Le pareció bonito y digno de mención. Le pareció tan ingenuo como elegante. La pareció un camino tan precioso que siempre existirían tramposos, vagos y prácticos que le pondrían barreras. Pero para eso estaban los caballeros como él, para saltarlas y abrumar con su fe. Replanteándose si había elegido la profesión correcta, el míster entró en la sala de prensa, se sentó, aclaró su garganta y ante la primera pregunta respondió:


-     Han sido mejores, no tengo nada que objetar.


Artículo extraído de Lineker Magazine 11:

lunes, 13 de mayo de 2013

Imagine: El carraspeo


Imagino que el cuerpo entiende más de lo que sucede ahí fuera. Y no miente. Es caprichoso y hasta ególatra; se lesiona cuando más lo necesitas y se vuelve hiperactivo cuando debes descansar, como una mascota a la que hay que alimentar a su antojo. Una locura incontrolable, vamos. Cuando las cosas van mal, tienes ese carraspeo. Cuando las cosas van mal (que es un aforismo de ir muy por debajo en el marcador) el cuerpo se destensa, se cabrea más que tu mente por difícil que parezca. Y cuando llega el silbido final, el carraspeo de los días de resfriado se agudiza, por veraniego que luzca, por húmedo que fluya. Ese carraspeo que intenta ortodoxa y fracasadamente evitar el paso del enfado muscular a la patología mental; pero al fin y al cabo, el cuerpo no tira piedras contra su propio tejado y, como el ejército mejor armado, requiere de la mayor uniformidad para tomar decisiones. En el minuto que va desde el pitido final del árbitro hasta el primer halo de sombra del túnel de vestuarios, se concreta la ósmosis de malestar en tu interior. Te sientes hecho una mierda y, además, quieres estarlo. No hay engaños.


Siempre fuiste un tipo constructivo. Para ti nunca se pasan momentos críticos, sino que se preparan los preludios de los buenos. Es por eso por lo que no dramatizas. No lloras, no tuerces el gesto y ni se te pasa por la cabeza teatralizar una derrota, por mucha fuerza con la que angustie a tu sistema digestivo completo. Siempre pensaste que gritar es una pérdida de energía y que saber perder es más práctico que llorar. Así que por el camino al túnel, das la mano a todo aquel que te la ofrece. Incluso acabas estrechándosela a algunos miembros del cuerpo técnico contrario. Gente de la que no conoces la más mínima de sus labores sobre el campo de fútbol. Y, aunque parece darte igual, comienzas a hipocondriar la derrota. Pasan tres crecientes segundos en los que crees de un modo ferviente que te falta carácter. Esa sensación de verdad que sólo has sentido cuando tu padre te habla en serio o cuando estás dominado profundamente por el alcohol. ¿Por qué les das la mano? Asimilas tanto este nuevo viejo mandamiento que sientes hormigueos en las manos, como el que ha recibido una mala noticia. Eres un blando.

A cinco metros del túnel, la nueva fe se muestra invisible y dominadora como la bruma del desierto. Levantas la vista y buscas un apoyo en la grada, una palmada en el hombro, un minuto en el tiempo. Pero la ayuda no llega. El cuerpo te convence de que te cuesta respirar y te roba las respuestas a las preguntas que no quieres hacerte. El carraspeo se acentúa y cementa tu respiración. Y como la marioneta peor maquillada, giras la cabeza a la derecha sin conocer el motivo. Te recibe el entrevistador a pie de campo. Para algunos es la claqueta inicial. Para otros, simplemente el periodista más cercano. Para ti ahora mismo es peor que todo eso. La avispa de la piscina, el metrobús imantado, el trozo de carne con hueso. El cuerpo lo sabe y cuando te dispones a responder amargamente a las estupideces de turno, te impide hablar. El dique que ha montado en tu traquea no te deja conectar palabra. Cuatro segundos después, te disculpas con el entrevistador y enfilas el túnel, agradecido a tu cuerpo, al fiel compañero que te salva sin perder valor, que te permite una salida de total integridad. Sin lágrimas, sin artificialidad. Sin mentiras.

@joseportas

Artículo extraído del nºIX de Lineker Magazine:


lunes, 15 de abril de 2013

Imagine: El mármol de Rooney




Imagino que en una noche de Champions League se intenta mantener la misma concentración, los mismos procedimientos, tan tribales como profesionalizados, algo paradójico. Y todo ello con la idea de normalizar la tensión, un absurdo como concepto y un peligro muscular y vascularmente si se acepta como realidad. Imagino que, en una noche así, todos estamos destemplados. En un vestuario, los nervios fluyen como los conatos de memorizar los deberes que tocará hacer sobre el césped, de aprenderse la lección. Y acaban siendo sólo intentos porque los futbolistas somos instinto y no razón. Incluso los más académicos conocen las respuestas sin tener que repasar el recuerdo. Las tripas les dicen cuando soltar el balón.

En un vestuario, los pechos y las manos chocan, como las miradas se unen fugazmente como gesto inequívoco de confianza. Se agradece esa seguridad en citas como éstas, en las que alguien afortunado como un futbolista puede llegar a sentir miedo. El miedo debería ser un fugitivo en esta profesión.

Me gustan los rituales. Me gusta hacer algo que me lleve a ser alguien. En los instantes previos a los grandes partidos, sólo hay un momento que me haga sentir la grandeza de lo que voy a vivir. Sólo uno. Me siento en el banco helado del vestuario local de Old Trafford, respiro y pienso en lo que vendrá después del partido. En la estrella del equipo contrario con la que intercambiaré mi camiseta, la cantidad de periodistas que me harán las típicas tópicas preguntas, los aficionados con los que me cruzaré a la salida del estadio y la expectación con la que me recibirá mi mujer en casa. Es el último momento de calidez

…que me permite el frío mármol del vestuario, el mismo que me recuerda lo eterno del club y del fútbol y lo efímero de mí mismo. Y ese tacto helado, esa sutil divergencia de texturas y colores entre mi pantalón y el impersonal mármol, es lo que me recuerda lo frío de este deporte. El fútbol es tan duro que el larguísimo y consistente camino que te lleva a la élite se convierte en el barranco más vertical en noches así. La recompensa es tan inabordable como el fracaso. Y eso es lo que me recuerda el mármol y su contagiosa refrigeración.

Entra el míster en el vestuario y da la alineación. Su gesto de nerviosismo se resume en la velocidad de centrifugado del chicle en su boca. Los que le conocemos bien, le calamos en segundos. Cuando llega a la delantera, no pronuncia mi nombre. Pero me mira. Supongo que es un gesto de esos que no deberían doler, pero lo hace. Imagino que busca mi confianza en esa decisión, pero me resulta imposible dársela. Imagino que ese es su ritual, ese es su momento de calidez emocional y es la última concesión que se da antes de su trabajo. No me queda más remedio que aumentar mi temperatura, meterme en el césped sin jugar y rezumar confianza. El mármol me recuerda que es noche de Champions League.


Artículo extraído del nº8 de Lineker Magazine:


lunes, 11 de marzo de 2013

Imagine: Un solo trago


IMAGINO QUE SERÁ ASÍ SIEMPRE. Que el pub esté absolutamente lleno para ver al City jugar en Peterborough una ronda de la FA Cup debe ser lo normal. Llevo un mes en Manchester y estoy en los preámbulos de incorporar la acepción de la normalidad a mi diccionario de vida. Normal es rascar el posavasos mientras esperas que sirvan la cerveza, como normal es comparar, mientras, los adornos y atrezos de las tabernas irlandesas de Inglaterra con las tabernas irlandesas de España. Hasta me empieza a parecer normal la tipología de parroquiano que se destila (y destilan) aquí; más altos, con más pelo y más sociables que en la península. Muestran una sonrisa natural, parece que agradecida con los trescientos días anuales de lluvia en esta ciudad. Y es que dicen que mientras que en España se huye de los problemas en el bar, en Inglaterra se acude al pub a arreglarlos.

Con la cerveza en la mano y cuatro libras menos en el bolsillo, me giro. Apoyo mi espalda en la barra, rematada con esa especie de ola de madera cuyo objetivo, deduzco en ese momento, es incomodar a todo aquel que quiera despreciar la vista del padre alcohol. Curvo la espalda muy despacio para amoldarme y mientras, CIERRO LOS OJOS. Doy un buen trago e intento recordar lo bien que sabe una pinta en los momentos dulces. Siento lo fresco del verano, lo acogedor del invierno. Trato de esforzarme para compatibilizar esas agradables inyecciones con la autonegación del alcoholismo. Intento disfrutar el exceso como si me pareciera a mí mismo un anuncio de Coca Cola. No resulta fácil, pero el ambiente invita a fantasear. Día duro, sudor en la frente… y sigo con los ojos cerrados. El segundo trago de cerveza es el pistoletazo de la carrera mental. Elevo ligeramente la cabeza e inspiro. Lo único que oigo es mi propia respiración, lidiando con el constipado que arrastro. De repente, y como si todos tuviéramos un indicador de volumen, comienzo a oír un murmullo. Alguien está girando mi botón, como si la cámara se acercara lentamente a su dedo y algo fuera a suceder. Se hace tan patente que no me queda más remedio que escucharlo. Son gritos, cada vez más y más fuertes. Parecen reclamos, incluso ánimos. Denotan nervios y emociones. Abro los ojos.

El pub está lleno de bufandas y camisetas celestes. Los ciudadanos han salido de la ciudad y han entrado en el pub, separados por la frontera de la ilusión. Respetan mi espacio vital pero se agolpan entre ellos, buscando el contacto, como si el sudor conjunto les ayudara a pasar un mal trago. Las miradas se concentran en la pantalla gigante, el lugar donde algunos buscan minutos y TODOS BUSCAN HÉROES. Mi respiración se entrecorta notablemente. No sé bien qué es lo que ha pasado. Esto no me parece nada normal. Pero me dejo llevar. Apenas noto la ola de madera en mi espalda y la cerveza parece haber hecho su efecto. Intento buscar un ápice de reflexión interna, algo complicado con la atmósfera de angustia que condensa el pub. Agacho ligeramente la cabeza y pruebo a pensar. Dos segundos de silencio interno hasta que un tsunami humano me engulle literalmente. Un trueno formado por mil gritos acaba con el respeto por mi espacio y, también, con mi preocupación por la más que segura conmoción que acabo de sufrir. No puedo sentirme mal entre tanta algarabía. Esbozo una media sonrisa un tanto nerviosa y me limpio la cara de la cerveza ajena mientras enfoco la mirada a la pantalla. Entre los cuerpos saltando, los hombres besándose y los pisotones de fiesta como si fuera su Nochevieja, apenas acierto a ver un chico moreno corriendo como un loco por la banda mientras parece querer utilizar su camiseta celeste como una honda moderna.

SILENCIO ABSOLUTO. Noto la ola de la barra en mi espalda. Noto la normalidad. He vuelto al miércoles. Al febrero húmedo que estoy más que sufriendo en Manchester. Mi vaso está casi lleno. Noto que los parroquianos me observan y comparten complicidad con sus miradas y con su inglés cuaternario. Y es que tengo la cara impregnada de cerveza, que gotea y gotea sin parar hasta un suelo que parece incluso más limpio que mi rostro. Levanto la vista y me fijo en la televisión. Va a empezar el partido del City y Agüero es titular. Lo normal, vamos. No sé qué ha pasado. No sé si vengo del pasado, del futuro o del viaje más evocador que ofrece la villa de la fermentación. Suelen decir que son fallos cerebrales. Me cuesta creer que algo tan jodidamente especial sea definido como un “fallo”. Pero seamos sinceros. Cuando el Kun te parece normal, es que algo no va bien.





Artículo extraído del nºVII de Lineker Magazine:
http://www.linekermagazine.es/lineker-magazine-7/

Twitter: @JosePortas

viernes, 4 de enero de 2013

Imagine: Verde Navidad


Me gusta el olor a puro. No fumo, nunca he fumado y nunca fumaré. ¿Y por qué lo agradable? Supongo que por los misterios de nuestra mente, por el regusto de cubrirnos de amargura. Por lo cambiantes que, al final, resultamos todos y por la vida que llevamos. No hay época más extrema que la Navidad. Se colorea por sí misma de momentos. Hay algunos instantes que recuerdo como si hubieran pasado en este siglo. En realidad, se repetían sucesivamente cada diciembre de finales de los ochenta. Las tardes terminales del otoño apenas respiraban entre deberes, entrenamientos y clases de inglés. El tacto de la vida era el de la arena del parque; el sabor lo ponía el guiso de mi madre, infravalorado entonces por la inmediatez que exigen los sentidos de un niño. El recuerdo de aquel guiso ha sido para mí como el mejor de los vinos. Cuanto más lejano ha ido quedando, más cerca lo he querido sentir al llegar cada Navidad. En esa época en la que regateas personas por la calle, sueñas regalos en forma de gol y cada noche es tan especial como las primeras veces, como los mejores fichajes, como las noches que se duermen al calor de la mañana más plácida. ¿Y a qué olían aquella vida? Pues olía a puro.

Tras días de espera y de cuentas atrás, llegaba la mejor tarde de miércoles. No importaba que te mandaran ponerte tus pantalones y zapatos más incómodos; ni siquiera que tu madre te peinara regalándote responsabilidad, ya que aquel día apenas ibas a poder mover tu cabeza con el fin de salvaguardar ese tesoro, de valor incalculable en aquel momento y maltratado por ti mismo cualquier tarde del resto del año. Ese pelo que, con el tiempo, indignado, se ha evaporado. Como lo hacía lentamente el tiempo durante aquel atardecer. Los nervios se agudizaban, compartiendo tensión con el coche de mi padre. No ayudaba que mis piernas colgaran del asiento del Opel Omega.

Dicen que en los recuerdos infantiles los espacios se agrandan en tu mente. Yo tengo sensaciones contradictorias al respecto. De camino, pasamos por una enorme y despoblada avenida a la que el tiempo se ha encargado de quitarle el disfraz en mis ojos, pasando a ser peliaguda, estrecha y dolorosamente transitada. Al acabar la experiencia sobre ruedas, comenzó el período sobre poleas. Recuerdo una rapidísima subida a lo alto de un rascacielos en un ascensor repleto con tres simples presencias (la mente continúa jugando con mi percepción espacial). Una vez arriba, las prisas cogieron el mando entre una luz verdosa, un olor a perfume caro y rancio, una abrumadora densidad de corbatas y un apretón de manos, previa cesión de entradas. Vuelta al ascensor, palabra que, por entonces, no formaba aún parte del argot futbolístico en mi simple y feliz mentalidad. Bajamos.

- Ya casi estamos – decía mi padre mientras agitaba gustosamente mi pelo. Mamá se iba a cabrear…

La siguiente etapa de mi recuerdo se define con movimiento. Estrés, ansiedad, electricidad pura alimentando todas las extremidades de mi pequeño cuerpo y resumidas en mi cabeza. No dejaba de mirar hacia arriba, hacia todos esos gigantes que me rodeaban y cerraban el camino. El pulso se agitaba y no podía ni pensar en los viajes de cada uno de ellos; suficiente tenía con apretar con fuerza la mano de mi padre. La noche nos había encerrado ya, como parecía hacerlo el gigante de cemento al que nos acercábamos.

Y entonces vino el momento que ciertos anuncios de televisión se han encargado de adulterar en mi mente. Intentando ser todo lo subjetivo e imparcial que uno puede ser con un recuerdo, soy capaz de evocar unos escalones grises, que incluso desprendían humedad al pisarlos con mis zapatos de gala. Tras una decena, surgió una fila de luces. Blancas, muy brillantes, las reinas del lugar. Y cuando acabaron los escalones, apareció el verde. El color más bonito que existe. Habíamos llegado a una inmensidad de color verde puro que pude disfrutar entre la firmeza de la mano de mi padre y el nervio de mis extremidades, que parecían querer separarse del resto del cuerpo y bajar a correr por el césped. Mi estado era de total y absoluta percepción. Y entonces, solo entonces, anclado al brazo de mi padre, comenzó el olor a puro. Era intenso y nuevo para mí; fue el perfume de aquel día.

El fútbol guarda una cualidad común con la Navidad. El exceso. Sobre excitaciones y ascensores entre emociones. Sobre alegrías y tristezas envueltas en una celebración tan imprescindible como arriesgada. Imagino que lo más saludable es quedarse con los picos de la montaña, sin restar extremismo a las caídas al valle. Imagino que lo mejor del fútbol es que tiene un secreto. Sabe cómo hacerte sentir el protagonista entre más de noventa mil personas. Sabe amordazar a la multitud para dejarte pensar en silencio. Y se disfraza de formol para guardar los recuerdos más especiales. Imagino el olor a puro. Ya es Navidad.


Ilustración de Bea Crespo
www.beacrespo.es


Artículo extraído de Lineker Magazine nº5:
http://es.calameo.com/read/00170973609218aa12d5f



lunes, 3 de diciembre de 2012

Imagine: Goles como sonrisas





Imagina que todos los árboles florecen en octubre. Y que nunca pararán de soltar hojas, siempre de color amarillo. Imagina un disco interminable y emocionalmente inteligente, nunca cautivo de los estados de ánimo ni del equipo de sonido disponible. ¿Y si todos los reencuentros fueran dulces, sin recuerdos de marchas amargas?, ¿y si todos los días tuvieran esos instantes por los que merece la pena aguantar semanas, meses o años? ¿Y si los oasis coparán el desierto? 

Imagina un fútbol cuya gloria se decide cualquier día de cualquier mes. ¿Y unos títulos trasladados a un gris miércoles de finales de octubre? No parece serio, claro. Tampoco lo sería un equipo llamado Reading, un estadio de nombre Majedski y un árbitro de apellido Friend. Pero en nuestra imaginación los clubes de fútbol pueden ser reductos ejemplares del conocimiento y del respeto; como los libros, del silencio más edificante. Serían equipos que tratarían a los árbitros como amigos reales que simplemente quieren mejorar su conducta, como padres con la vara del poder moralista y el altavoz contra las quejas siempre preparado. Y toda esta clase magistral se impartiría en un estadio que podría pertenecer a un magnate inglés relacionado con la industria del automóvil…o bien a un millonario ruso que utiliza el fútbol como ajedrez desengrasante del lujo tóxico que rodea su rutina. Seguimos imaginando, ¿no? Toda esta caterva de nombres parece más propia de un juego sin los derechos de copyright de los verdaderos protagonistas. ¿O es que Damián Martínez podría ser un portero creíble para el Arsenal? 

Imagina que los goles fueran gratis, como las sonrisas. Algunas más bonitas que otras, pero siempre bienintencionadas. Que hubiera más o menos goles durante un partido dependería de los aciertos y errores humanos, del talento, de la ingenuidad de los futbolistas, o simplemente de la inestabilidad de un defensa sobre un verde recién regado. Algunos renegarían de un fútbol sin pizarra como de un vehículo sin sistema de navegación. Otros preferimos pensar en un deporte tan grande y poderoso que no necesita que nadie le diga dónde ir, ni mucho menos cómo llegar. Imaginemos un juego tan auténtico como espontáneo, basado en decisiones personales, sin adulterar por millonarios ególatras de laboratorio cuyo afán por buscar enemigos es solo comparable a sus posibilidades de encontrarlos. ¿Y si Chamakh fuera el Marouane más conocido del fútbol mundial?, ¿podría llegar a estar entre los diez mejores delanteros del planeta? Se sentiría tan confiado en sí mismo que cerraría eliminatorias a base de sangre fría al ejecutar vaselinas. Imagina también que Walcott es aquello que, a veces, parece ser. En otro mundo, la constancia de Theo rescataría al geniecillo del lodo de la irregularidad. Metería los goles de par en par y regalaría múltiples asistencias. Sería el Messi de este lado del Atlántico. 



Imaginemos un fútbol con cinco goles en la primera parte y tres en la segunda. Un juego donde, independientemente de la competición, no existieran los empates y siempre se disputaran prórrogas. Los espectadores asistirían a un deporte inquieto, incauto e hiperventilado, donde Laurent Koscielny tendría la misma facilidad para meter gol en su portería que en la contraria. Una auténtica utopía en la que Giroud sería el mejor cabeceador del mundo y Leigertwood jugaría como titular en la selección inglesa. No menos enrevesado es pensar en un fútbol con el termómetro invertido; aquel en el que los músculos mediterráneos de Cazorla y Arteta se congelan en la grada mientras que los hijos del frío Norte, Arshavin y Pogrebnyak, muestran su sangre caliente en forma de fútbol intenso.

Imagina una competición llamada Capital One Cup en la que el fútbol es como siempre quisimos que fuera. Como un océano inundado de goles. Como un escenario con olor a tierra húmeda dentro de un circo sin carpa, con sonrisas y exclamaciones como fotografía y banda sonora. Es 30 de octubre. Comienza el otoño y las hojas se caen de los árboles. Imagina un miércoles con doce goles.

Artículo extraído del nº4 de Lineker Magazine, pág.68:
http://es.calameo.com/books/00170973675da5ef28b6b