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martes, 5 de marzo de 2013

¿Qué es un Manchester United - Real Madrid?




Un Manchester United - Real Madrid es un partido de fútbol de los de verdad. De verdad el partido y de verdad el fútbol.

Un Manchester United - Real Madrid es una reverencia a la historia del fútbol moderno, el mejor antídoto para ese odio eterno, muchas veces justificado excepto en noches como ésta. 

Un Manchester United - Real Madrid es un recuerdo dulce para cualquiera, una derrota que regatea lo amargo. Y no solo por el taconazo de Redondo. La invisible presencia de Van Nilsterooy, la perfección de golpeo de Beckham, la confianza en Raúl, la fe de Raúl, los cojones de Keane, el maltratado chicle de Ferguson mientras observa como un profesor en el patio durante el recreo, la clase de Scholes, las piernas de Ronaldo, los aplausos de Old Trafford....y si nos vamos más atrás, son Best, Puskas, Charlton y Di Stefano compitiendo por el trono continental. Casi nada

Un Manchester United - Real Madrid es la exposición pública del poder de una camiseta. Gigantes en los sesenta, volvieron al poder europeo en el primer lustro del nuevo siglo y se convirtieron en la eliminatoria más clásica de la historia de la Champions League para una generación entera. Aquello era un fútbol agradecido, un juego a meter más goles que el contrario. Un combate de ataques.

Un Manchester United - Real Madrid es la intensidad elevada a la enésima potencia. Es el respeto por la grandeza, por la enemistad bien entendida y por el fútbol más puro. Es la noche en la que el escudo de la camiseta parece cosido al cuerpo, bombeando al corazón el esfuerzo más superlativo.

Un Manchester United - Real Madrid es el olor a espectáculo, a historia, a prestigio. Es la sensación de que si nos tomamos el fútbol tan en serio es porque él nos lo agradece con partidos como éste.

Un Manchester United - Real Madrid es el partido que Ryan Giggs merece para salir al campo sintiéndose milenario.

Un Manchester United - Real Madrid es la mejor ocasión para agradecer que el fútbol naciera en Inglaterra.

Un Manchester United - Real Madrid es esa saga cinematográfica que siempre verás sin siquiera fijarte en los actores.

Un Manchester United - Real Madrid es mi mayor razón para sentirme aficionado a este deporte.


Twitter: @JosePortas



martes, 6 de noviembre de 2012

Un partido brillante





Hay partidos de colores brillantes. Más atractivos de lo normal. Partidos a los que el azar de los sorteos cuida concienzudamente, añadiéndolos de un modo tan caprichoso como juicioso en determinadas fechas del calendario. El destino entiende y aplica el placer de lo puntual, de lo sucinto. La ocasionalidad de ciertos choques resulta especialmente seductora para el aficionado clásico; aquel que valora ver a su equipo en un estadio inédito, que supedita su simpatía a los gestos durante su niñez, aceptando su criterio infantil como el más válido de todos. Ese gourmet del fútbol bien entendido que prefiere equipos y partidos de muchos colores.

El BVB siempre fue diferente para la mayoría de nosotros. Para empezar, eran alemanes vestidos de amarillo. Esto ya parecía una contradicción cuando en España lo más parecido que habíamos visto a ese color era la camiseta de Carmelo en el Cádiz. La Alemania dura, el mítico rodillo, la salsa agridulce y triunfante que envolvía todos los platos…era blanca. Un blanco neutral y demasiado limpio para nuestro siempre desordenado país. También podía ser verde. Pero nunca amarillo. Resultaba complicado aliar la alegría con los hipotéticos villanos. Era preferible meter al Borussia en el mismo saco que el Bayern de Munich. Altos, malos, toscos, poderosos, oportunistas, orgullosos, superiores…pero, de repente, cuando ya había conseguido olvidar el color de su camiseta, aparece un tipo bajito y castaño. Quejicoso en sus formas, pero delicioso en su fútbol. Se llamaba Andy Möller y para mí siempre será una de las caras de este club. Un futbolista distinto, irregular, uno de los primeros a los que comenzaba a aplicarse el término mediapunta como algo innovador por entonces. La posición era indiferente, lo importante era que tocara la pelota. Y si lo hacía, yo era del Borussia. Vestían de amarillo y negro y jugaba Andy Möller. Y cuando no hacían falta más argumentos para convencerme, la televisión digital se encargó de mostrarme uno de los estadios más imponentes del fútbol mundial. El Westfalenstadion (no me da la gana llamarlo de otra manera) es precioso, sublime y grandioso. Es uno de esos escenarios que hacen los partidos más grandes de lo que son.




El tiempo se ha encargado de facilitar mis simpatías. España ha endulzado sus ideas futbolísticas, pasándole parte de la diabetes a Alemania, derrotada por nuestra selección en dos ocasiones (Eurocopa y Mundial). El Borussia de Dortmund se ha convertido (si es que no lo era antes) en un club moderno, justificante directo de la existencia de una competición como la Champions League. Aglutina un conjunto de jugadores jóvenes, veloces, carismáticos y de gran calidad. Le presumimos política social, títulos y buen fútbol. Y todo ello visualizado en la sonrisa de su entrenador, Jürgen Klopp. Un tipo feliz con su vida y generoso con mostrársela al resto, un hombre seguramente consciente de la alegría y simpatía que despierta su club. No nos engañemos, Klopp cae bien; y mejor aún si se le compara con colegas suyos abandonados al discurso de la excusa, a la dramatización continua y a la confrontación como origen y fin. ¿Podrían, tan solo, callarse y sonreír?

Hoy hay partido y de los buenos. Siéntense y disfruten de la mejor historia y de la intensidad más punzante. De todo lo bueno de la juventud y de la experiencia. Exijan valentía, condenen la dejadez. Olviden porterías y palabras y quédense con el balón. Y sonrían. Amarillos y blancos en un estadio azul al rojo vivo. Un partido brillante.

























miércoles, 25 de abril de 2012

Convencimiento, personalidad y grandeza

Xabi, brújula y personalidad del Real Madrid
Xabi, brújula y personalidad al frente del Real Madrid























La oportunidad resulta histórica para el club mas laureado del mundo. Guste o no, con la eliminación del Barcelona se ha abierto un hilo de luz en la cueva de esperanza del madridismo, ávida de triunfos europeos en este siglo y cada vez menos oculta. Posiblemente no lo necesitaba.

El triunfo en el Camp Nou ha limpiado complejos y espantado fantasmas, limpiando el ambiente de la intoxicación de derrotas (a veces duras, a veces indignas) de los últimos tres años. Pero gracias a la machada del Chelsea, el siempre necesario aporte de precaución ya está presente en el cuerpo técnico, plantilla y afición madridista.

Diez años después, se vuelve a respirar el ambiente auténtico de trascendencia en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu. La motivación continental supera con holgura cualquier otro tipo de estímulo madridista.  Al Real Madrid le gusta reeditar la historia de Rey de Reyes y el papel de embajador de la causa futbolística ante este tipo de situaciones, como el padre que defiende a sus hijos ante un vecino más guapo, más alto y más fuerte. Sin embargo, esta vez el rival, por frecuente, no deja de perder su condición de ogro feo y fortachón. El Bayern de Múnich, un clásico de la competición y de los duelos a cara de perro con el Real Madrid.

No sé qué pasará hoy en Concha Espina. Espero oír el mayor grito dado nunca en la época moderna por la afición del Real Madrid. Ansío la mejor actitud de Mourinho desde el banquillo y un ideario propio de este club. Nada de conformismos, especulación ni problemas originados en tanteos más artificialmente tácticos que realmente útiles. El Madrid debe salir a arrasar al Bayern. A comerse al rival con fútbol y con inteligencia. A jugar mejor, correr más, chocar más fuerte y gritar más alto. Altísima intensidad con los jefes en el campo marcando revoluciones. La personalidad de los grandes (Iker, Sergio, Xabi y Cristiano) debe imponerse y trazar el camino para aquellos que pueden carecer de inteligencia emocional para sobreponerse a las circunstancias (recordemos los antecedentes de Pepe o Marcelo). Unos deben pensar el partido con la cabeza y otros lo decidirán con los pies.

Y esta vez no. Esta vez el monstruo alemán no supera en belleza al gigante español. El Real Madrid es más guapo que el Bayern, gusta más e impone lo que otros no pueden. El convencimiento está claro en todos los estratos del madridismo, concienciados para que no se convierta en autocomplacencia, como pudo suceder en la ida. Ser mejor equipo se demuestra sobre el césped y ahí tendrá lugar la batalla. Olvidándose por noventa minutos de polémicas, futuros imprevisibles y pasados intocables, el conjunto madridista debe demostrar el peso que se le supone hoy día en el fútbol europeo. Los elegidos deben enseñar que son dignos herederos de la grandeza de la casa y de un escudo que aporta un enorme plus de vitamina en el alma madridista durante las guerras europeas. 

La gloria está cerca. Y aunque el talento, el trabajo, la personalidad y la fuerza formen parte de la receta, no existen secretos para dar con la fórmula secreta. Esto es la Champions League. Mágica e imprevisible. Cruel con los destronados y maravillosa para los jubilosos. Hoy el Real Madrid debe sonreír, jugar al fútbol mejor que el Bayern de Múnich y, sobre todo, creerse que puede optar a ser, de nuevo y una década después, el Rey de Europa.