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lunes, 29 de octubre de 2012

Sobra el silencio



Existen equipos que crean historia. Y existen otros que viven de ella, o lo intentan a duras penas. El bagaje que pagan los clubes con aspiraciones de personalidad propia es la preocupación continua. Por las acciones, por los valores (tan de moda) y, sobre todo, por el futuro. El presente de un gran club consiste en la búsqueda continua de la garantía futura. Si no es así, entonces se trata de equipos que no se comportan como lo que fueron, como lo que quieren ser o como lo que nunca llegarán a ser.

En esos casos, en aquellas escuadras esclavas de lo conquistado y aspirantes a la tiranía bien entendida, los protagonismos se venden en forma de hipoteca moral. Aquellos salvadores de los imperios futbolísticos depauperados pasan a ocupar repentinamente multitud de marquesinas de autobús, fachadas de gigantes grises de cemento y portadas de periódicos abandonados en bancos de madera. El matiz no viene en la palabra ocupar, sino en el verbo liderar. Sin preguntar por la intención del protagonista, el nuevo aupado padece una fuerza casi gravitatoria hacia el centro de la información, de la responsabilidad.

Debe ser el tipo eficaz, el nuevo práctico, pero sin perder un ápice de ejemplaridad. Esto es algo muy extendido en el fútbol inglés y notablemente complicado de conseguir para un futbolista. Pero se pilla antes a un no tan simple futbolista que a un futbolista simple. Juegos de palabras aparte, me han entendido. Hay jugadores de fútbol cuya presencia alumbra ciudades enteras y cuya firma se extiende más allá de un simple contrato de papel. Su nombre se fusiona con un escudo, sus movimientos se accionan con los gritos y sentimientos de la afición. Su simple figura hiperventila un estadio. Este es un claro ejemplo.


Fuente: Zimbio.com


La valía de este tipo de jugadores suele definirse de un modo más crujiente cuando no están. Falta algo. Sobra el silencio, que siempre está antes y después pero al que nadie quiere ahora. Y algo que no se dice habitualmente es que es trabajo y referencia del propio futbolista gestionar adecuadamente sus ausencias. Es responsabilidad del protagonista de la película contribuir al mejor final posible. Porque no nos engañemos, todo tiene un final. Las cenas se acaban, con o sin postre. El sueño espera, con la más fructífera de las compañías o la más arreglada de las soledades. Cuanto mayor ha sido la grandeza del camino, mayor es la premura del líder por testamentar su legado. Analizar, comunicar, delegar. Y, lo que es peor, despedirse.

A lo mejor hay que borrar, rescribir y volver a borrar enrevesadas tácticas de Ipad´s de modernos segundos entrenadores. Quizá haya que llevar al nuevo canterano a una fiesta de iniciación donde las bocas presentes suelten únicamente improperios al tiempo que engullen roast beef y se alimentan de una buena Samuel Smith. Surgirán consejos en estado de ahogamiento a los candidatos sobrados, palmaditas en el trasero para los menos confiados y gritos de tensión para los edulcorados. Métodos válidos todos, pero con cierto tufillo a plástico deportivo, olor a política de entrenador rancio. Y para figuras de esta magnitud no se entienden guiones que podrían tildarse de prefabricados hasta para una calificación B. Se han ganado tanto el derecho como el deber de atender su sucesión del modo en que crean conveniente, cuando y donde quieran. La confianza en un capitán debe ser máxima cuando su rendimiento y su compañía hayan sido constantes durante muchas temporadas. Además, aquellos futbolistas elegidos, eternos, parecen charlar amigablemente con el paso del tiempo, hablándole cara a cara, sin miedo a quedarse solos.

Decía Shakespeare que algunos hombres nacen grandes, otros logran grandeza, a otros les es impuesta y a algunos les queda grande. Steven Gerrard nació grande y morirá grande. Y es esa cualidad la que le habrá avisado internamente para ir preparando el camino. Él no sabe si queda mucho o poco porque el trazado del fútbol es tan irregular que nunca permite ver la llegada. Sin embargo, la nobleza y envergadura de su club y la dignidad de su condición le impiden mirar hacia delante sin pensar en el futuro. Y aunque ni yo ni ustedes veamos el final, no tengan duda de que Gerrard ya lo prepara. Sin dejación, sin perder intensidad, sin evitar derramar sangre. Pero con la responsabilidad del capitán, corazón y arma del Liverpool Football Club.


Fuente: Zimbio.com    


















Artículo publicado en Premier League Spain:
http://premierleaguespain.com/2012/10/sobra-el-silencio/

sábado, 18 de agosto de 2012

Imagine: Liverpool



La vida son pequeños detalles. Hay márgenes minúsculos de decisión que hacen que la moneda caiga de un lado o del otro. Y ya sabes cómo es el fútbol. No cuenta el trabajo, sino los resultados. Este club tiene una resistencia endémica que su propia afición y su historia han ido realimentando año a año. Hemos pasado por situaciones difíciles pero hemos aguantado. En la vida hay que saber lo que uno quiere…” – me comenta el míster del Liverpool mientras me invita a una buena pinta en su casa.

Hubo un día en que las hojas españolas estuvieron cerca de caerse del árbol inglés con más solera. Por unos pocos momentos, pensamos que el Spanish Liverpool se vendría abajo; sucedió durante aquel verano de 2009, que a punto estuvo de convertirse en un otoño fatídico, futbolísticamente hablando, para los reds. Xabi Alonso rechazó una oferta insuperable de la liga española. ¿Cómo lo hizo? Con sentido común, serenidad y sabiduría, que es como suele resolver el mediocentro la mayoría de las ecuaciones sobre el césped. Cuenta Xabi que cuando un futbolista juega en Anfield, ya no vuelve a ser el mismo. El centro del campo sin él ni Mascherano hubiera sido algo muy diferente durante aquellas temporadas. Lástima que Masche quisiera probar suerte en Barcelona y se marchara para allá en 2011. Fue una despedida triste pero muy agradecida. El jefecito dio lo mejor durante su estancia en Liverpool y consiguió ganar su principal objetivo. Además, la contraprestación de su traspaso fue la llegada de un chico que apuntaba buenísimas maneras y que consolida así la firma hispana del equipo. Oriol Romeu, se llama. El cuerpo técnico quería jugadores a cambio del argentino, dada la delicada situación económica del club.



En 2010, Tom Hicks y George Gillet estuvieron muy tentados de vender el Liverpool a manos de la firma New England Sports Ventures (NESV). Sin embargo, la operación no salió adelante por esos típicos flecos financieros que, de tan pequeños, acaban por arrasar las intenciones de todas las partes. Ya se sabe que la vida son los pequeños detalles. El club consiguió un acuerdo bancario con diferentes entidades, mediante nuevos e interesados patrocinios, para afrontar la deuda y no perder competitividad a nivel deportivo. Tras cambiar el nombre del estadio (“lo importante está en el interior”, afirmó Hicks tras la puñalada al corazón red), el club vio solventada su deuda y pudo comenzar con la reclamada renovación gradual de la plantilla. De aquel equipo que alcanzó dos finales de la Champions en apenas tres temporadas, continuaban en el plantel varias piezas indiscutibles, entre las que se encontraban los españoles Torres, Reina, Arbeloa, Riera, Mikel San José y el propio Alonso. Todos ellos junto a Gerrard, Agger, Skrtel, Carragher y Glen Johnson formaron un bloque sólido que completó la temporada con buen fútbol y clasificándose para la Champions League, aunque sin el premio de los títulos.

El verano pasado, un grupo de hombres trajeados ejercieron una cualidad difícilmente atribuible a su condición. La generosidad. Apoyaron sin reparos un ambicioso proyecto futbolístico mientras se tomaban una taza de té a la orilla del Merseyside. La mayoría de las peticiones del entrenador fueron aceptadas y el plantel pasó así a cumplir con la polivalencia que quería el cuerpo técnico. José Enrique llegaba para cubrir el lateral izquierdo y Raúl Albiol quiso probar la experiencia inglesa a falta de minutos en Madrid. Además de los españoles y de los canteranos ya consolidados en la plantilla (Spearing, Kelly y Stearling), llegaron al club varios jugadores de postín con los que el Liverpool quería aspirar a lo más alto. Luis Suárez, Charlie Adam, Stewart Downing y Ashley Young complementaban una plantilla a la altura de las exigencias del club.


El año no ha sido fácil. El acoplamiento de las piezas nuevas, las lesiones de futbolistas importantes y un fútbol algo más práctico y menos estético que la temporada pasada ha marcado buena parte del curso. Tanto la afición como el cuerpo técnico tenían claro el objetivo desde el comienzo. El Liverpool fue eliminado ante el United en la FA Cup y ante el Aston Villa en la Carling Cup. La ilusión de la Champions League duró hasta que el Chelsea se cruzó en el camino en una eliminatoria tan inexplicable como injusta. Los caminos de Drogba, tituló la prensa. Sin embargo, el verdadero sueño se jugaba en el último mes de competición. La lucha con el Manchester City por el liderato de la Premier se estrechaba cada vez más, llegando al límite cardíaco del empate de puntos a falta de una jornada. El Liverpool visitaba Gales para ganar al Swansea y llevarse la competición. En el minuto ochenta y cinco, el partido marchaba empatado a dos. El City ganaba fácilmente al QPR y los reds necesitaban un gol. El míster decidió hacer su último cambio para buscar el tanto a la desesperada. Miró al banquillo y, entre las miradas nerviosas y los lenguajes corporales dudosos, le sorprendió la determinación del 26. Era además lo que buscaba. Un chico alto para cazar balones por arriba. Tres minutos después, Xabi Alonso sacaba un córner y el recién incorporado, Miki Roqué, remataba a las mallas del Swansea. El Liverpool iba a ganar la Premier League 2011-2012.

“…hemos trabajado mucho para llegar hasta aquí. Y, por qué no decirlo, hemos tenido suerte; al igual que hemos tomado una serie de decisiones que, con el tiempo, hemos considerado acertadas. El mundo del fútbol, como la vida en general, resulta muy cambiante. Y a veces muy efímera. Hay que intentar dar lo máximo en cada momento y en el lugar donde creas que debes estar. Yo, personalmente, creo que éste es mi lugar” – finaliza nuestra charla el míster mientras ultima la preparación de su segunda pinta. Lo hace de un modo exhaustivo. Con cuidado pero con destreza y seguridad en sí mismo, en su método. Está de vacaciones, la jovialidad del momento le permite repetir. Cuesta decirle “no” a este hombre record. Más de cuatrocientos partidos como entrenador del Liverpool. Una FA Cup, una Community Shield, una Supercopa de Europa, una Liga de Campeones…y la vuelta a casa de la liga inglesa. Nada excita más a un red que empatar a títulos con el Manchester United. Y Rafa Benítez ya es un red. Porque siempre lo fue. Porque éste es su sitio.



Artículo extraído del número 1 de Lineker Magazine:

sábado, 14 de abril de 2012

Triunfa la ambición red


Liverpool 2-1 Everton


El Everton fue un dignísimo rival ante un Liverpool que pecó de falta de fútbol durante buena parte del partido. La solidez toffee les puso por delante e hizo rozar la gloria al Everton, hasta que un fallo de Distin permitió el empate y el cambio de rumbo del partido. Un Carroll fallón pero ávido de gol acabó dándole el pase a la final al Liverpool. 2-1 en Wembley.

La mitología de Liverpool unida en una semifinal y expresada en un día importante para esta ciudad. Mañana domingo se conmemora el 23 aniversario de la tragedia de Hillsborough y el destino ha querido unir a los dos clubes scousers en una fiesta futbolística típica de Inglaterra, la FA Cup. Y todo ello en el mejor marco posible, el mítico Wembley. El friendly derby se trasladaba en este ocasión a Londres pero no perdía ni un ápice de emoción, intensidad ni fair play en estado puro.


Los reds empezaron con buenas intenciones, buscando al mejor Carroll potencial, jugando de espaldas y controlando el balón como hacen pocos en el actual fútbol británico. Sin embargo, la solidez de este Everton le permitió afrontar con tranquilidad los primeros minutos y no pasar demasiados apuros ante el empuje histórico del rival. Poco a poco, Cahill, Osman y Fellaini se fueron haciendo con el control del balón y el dominio adquiría tonos azules. Eso sí, los pilares ofensivos del Pool dejaban claro que harían acto de presencia cuando fuera preciso; Gerrard mostraba la chispa adecuada y sobrantes ganas y Suárez pretendía asentar su calidad individual en beneficio de un equipo con la mejor de las actitudes.

El primero que presentó su candidatura a hombre del partido fue Nikica Jelavic. Y lo hizo antes y después de la jugada que definiría la primera parte. Un balón absurdo en la frontal, una falta total de entendimiento entre Carragher y Agger y un mal despeje del primero. La pillería de Jelavic vendría después para posibilitar el gol del Everton. El croata estaba siendo un dolor de cabeza continuo para la defensa del Liverpool; sus movimientos sin balón, sus desmarques profundos y su facilidad para conseguir faltas dejaban en evidencia la falta de cabeza y cintura de la zaga red. Y además, marcaba.


La historia obligaba al Liverpool a responder, pero su atormentado presente le dejó hacer únicamente lo que pudo y no lo que debería. Con una falta notable de precisión y determinación en el juego, los reds intentaron tomar las riendas del partido, pero el Everton tenía las ideas mucho más claras y actuaba más correctamente con la responsabilidad del balón. La pesadilla croata seguía incomodando a la defensa del Pool y el juego ofensivo de los reds se comenzaba a trabar, a falta de alternativas nítidas de profundidad. El Liverpool carecía de capacidad para dañar al Everton y esta es una frase muy dura para los aficionados reds. La escasez de colectividad, la confusión de ideas y la lentitud de la circulación eran los males exactos que el Everton había convertido en cualidades propias. Llegaba el descanso con la mayor de las esperanzas para los toffees.


La mitología de Anfield y el You´ll never walk alone marcaban el inicio de la segunda parte, en la que el corazón del Liverpool buscó incisivamente el empate durante los primeros minutos. Carroll falló un cabezazo claro en lo que suponía un aviso médico para el Everton. Tensión baja en el comienzo del segundo período. Hasta el momento no importaba. Lo de los reds pareció un amago más propio de la frustración que de sus posibilidades reales. El centro del campo estaba siendo completamente de Fellaini. El belga controlaba los movimientos de su equipo, ocultaba lo que quería, mostraba lo inalcanzable, defendía los espacios y distribuía el juego de un modo soberano. Un gran centrocampista en el sentido más amplio de la acepción.

Wembley iba a asistir al segundo regalo del día. El siempre cuestionable Distin regalaba un uno contra uno a Luis Suárez, que no iba a perdonar. El partido cambiaba de rumbo. El Everton iba a perder parte de su competitividad a partir del empate; su capa de solidez no era tan dura como se antojaba, aunque seguía dando una sensación de más empaque que el Liverpool. Pero los reds se mostraban más vitales, veían el objetivo más cerca y eso les daba esperanza.



Los toffees parecieron perder determinación en el centro del campo, a la vez que el Pool mostraba su cara más ambiciosa. Maxi y Bellamy entrarían al campo buscando Dalglish la experiencia en este tipo de partidos y la rapidez por banda. El Everton parecía adormecido e incluso hecho a la idea de una posible prórroga, sabedor además de la falta de consistencia de la zaga del Liverpool y del período de esplendor de Jelavic. Pero los reds asestarían el golpe definitivo.


Gerrard I de Liverpool buscaría la falta de Coleman en la esquina del área y la encontraría. Primer servicio al club. Antes de sacar Bellamy, el ocho le susurraría algo al oido. Tras ello, el galés pone el balón cercano al punto de penalty y Carroll, ese delantero, remata de espaldas y marca el segundo del Liverpool. Andy Carroll, el hombre cuyo partido definió al futbolista moderno; comenzó con buen juego e ilusión, siguió con su descenso forzado de los altares tras varios fallos de culminación y terminó con su no tan nuevo nombramiento como ídolo red al lograr el gol de la victoria. No fue su mejor día pero sí uno de los más productivos. Sin duda, el gol de Carroll en el Liverpool hasta ahora. Gracias a su insistencia.

No daría tiempo para más. Andy había matado el partido. Al Everton le faltaron revoluciones durante toda la segunda parte. Mostró una gran capacidad como equipo y estructura pero el error de Distin le condenó anímicamente; como si le recordara el habitual complejo de inferioridad que le recuerdan sus vecinos constantemente por la calle. A partir de ahí, el Liverpool buscó la victoria, y sólo entonces la encontró. Decidieron los detalles en un partido definido por la dignidad y solidez del Everton y la grandeza final del Liverpool, incluso cuando no ofrece su mejor fútbol. 2-1 para los reds (a pesar de Jelavic) y el pase a la final de la FA Cup el próximo 5 de mayo.


FICHA TÉCNICA
LIVERPOOL: Jones, Carragher, Johnson, Skrtel, Agger, Downing, Henderson, Spearing, Gerrard, Suarez y Carroll Vorn, Rangel, Caulker, Williams, Taylor, Sinclair (McEachran 72´), Britton, Allen, Sigurdsson, Routledge (Lita 71´), Graham (Moore 71´)
Banquillo: Gulacsi, José Enrique, Kelly, Shelvey y Kuyt.
EVERTON: Howard, Heitinga, Neville, Distin, Baines, Gibson, Osman, Gueye, Cahill, Fellaini y Jelavic
Banquillo: Hahnemann, Jagielka, Hibbert, McFadden, Stracqualursi
ÁRBITRO: El colegiado Howard Webb amonestó a Suárez (36´) y Henderson (73´) por el Liverpool y a Jelavic (59´) y Coleman (79´) por el Everton
Goles: 0-1 Jelavic (24´), 1-1 Suárez (62´), 2-1 Carroll (86´)






Liverpool 2-1 Everton por goalsarena2012-3

jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





martes, 3 de abril de 2012

Torres sin etiquetas


Fernando es diferente. No cabe duda. Serán sus orígenes atléticos en un país absorbido por la voracidad de las dos torres del fútbol mundial. O será su melena rubia y piel tímida en una tierra brillantemente bronceada durante trescientos días al año. Incluso habría que considerar que fue el destino el que le hizo distinto. Ese destino que tras endiablarle el control, le dotó de una prodigiosa zancada y un toque divino para conquistar el viejo continente. Aquel día, Fernando se convirtió en patrimonio nacional. Desde entonces, todos tenemos un poco de él y, además, creemos saber cómo administrarlo.

Es el precio a pagar por convertirse en el cartero de la fe nacional. En el entorno de aquella extraordinaria España, Fernando parecía el mejor de los humanos, el instinto rodeado del plasticismo. Sin obviar sus magníficas condiciones, el de Fuenlabrada aportaba, junto a otros, la típica sensación ibérica. La endémica condición terrenal de los españoles frente a los superdotados europeos del siglo XX. Cierta inseguridad mental, una contrastada fragilidad histórica y un complejo fatalmente heredado generación tras generación. Sin embargo, el envoltorio del Niño resultaba de una estética fantástica. Torres, rodeado de escuderos de fantasía y magos del balón, se convertía en la bala más adecuada para el arma más sofisticada del mercado. Y, además, molaba. Y mucho, ¿por qué negarlo?


En realidad, Fernando tan sólo destinaba su talento a la eficacia de su trabajo sin ningún tipo de ataduras más allá del rectángulo de juego, lo cual no es poco. Torres no ha podido hacerlo de un modo continuo durante su carrera. Esa condición de “chico de barrio”, tan traída como odiosa, se cumple en Fernando en la parte positiva de la expresión. Me lo imagino como el típico amiguete del colegio con el que coincides simplemente en el color de las chapas, empatizando así de un modo mutuo hasta límites insospechados. A esa edad, el resultado de estas extrañas asociaciones se llama amistad y una consecuencia de manual es la implicación.

La sangre de Fernando Torres siempre ha sido roja y así lo ha sentido él. Durante los doce años que perteneció al Atlético de Madrid, Fernando pasó de ser del Atleti a ser el Atleti. Tal cual. La circense gestión del club en época de profundidades agudizaba el ansia de búsqueda de símbolos entre la afición. Y Torres, un chico de la casa, joven y sobradamente preparado, estaba allí. El delantero fue asumiendo de un modo gradual un peso que seguramente no le correspondía. La maleta del Niño cargaba con la ineptitud de los dirigentes, el aliento de la afición y su lógica ambición. Y como el fútbol es un deporte de equipo, aquello no podía acabar bien. Como dijo el propio Fernando, no deberían existir capitanes de diecinueve años. La responsabilidad acabó pesando demasiado para Torres, que actúo como cualquiera hubiera hecho varios años antes. Se marchó a un sitio mejor.


El Niño encontró en Liverpool lo que más necesitaba. Espacio. En todos los sentidos. Espacio en el césped para liberar su magnífica punta de velocidad. Y espacio en su vida para disfrutar el fútbol como pocos consiguen hacerlo. Su espalda respiraba ligereza en un lugar donde pronto se le consideraría ídolo. Fijo en España (triunfador en la Eurocopa) y perfectamente adaptado a Liverpool, Anfield asistiría a los mejores momentos de Fernando. Grandes promedios goleadores conjugados con tantos de enorme calidad. Por primera vez, Torres estaba donde sentía que debía estar. Sin embargo, el triángulo Fernando-Liverpool-rendimiento fue apagándose por el vértice imprescindible. Las lesiones, el bajón progresivo del equipo y el desgaste del delantero fueron quemando etapas más rápido de lo normal.



Las lesiones. La verdadera carga moderna de la vida de Fernando. Tobillo, isquiotibiales, rodilla derecha. Condicionada temporada y media en los reds y una Copa del Mundo con España (su convocatoria le hizo campeón del mundo pero le hirió personal y físicamente), el único objetivo del delantero volvía a ser librarse del equipaje que cargaba para poder mostrar su fútbol en estado puro. Sin embargo, el precio era muy alto. Torres cambió la pasión del Pool por la burguesía azul. La familiaridad de Liverpool por la globalidad londinense. Nunca había abandonado el rojo. Nueva vida, nuevas costumbres, nuevas ilusiones. Inconexos amagos de recuperación en las frecuentes vueltas de Torres al campo. Su baja forma, la permanencia de ciertos problemas físicos y la alarmante falta de fútbol del Chelsea lastraban al Niño. La desesperación, la frustración y la mofa hacían acto de presencia en los alrededores de Stamford Bridge, lugar en el que aún siguen conmocionados por la depresión post-Mourinho.


Quince meses se cumplen ya desde su llegada a Londres. Mejor que hacer un resumen es mirar al futuro inmediato. Fernando lleva varios partidos seguidos a un nivel notable. No supremo pero sí muy prometedor. Desde su segunda temporada en Liverpool no había alcanzado este escalón. Puede que sea una falsa esperanza de recuperar al mejor Torres. Se escuchará el “Fernando ha vuelto”. Falso. Nunca se fue. Torres es de los que no abandona el barco ni anclado en el fondo del mar. Las dificultades le han causado problemas de autoestima pero él sabe mejor que nadie que ésta es su liga. Y que él puede hacer del Chelsea su equipo. Confianza, continuidad y fútbol alrededor y volverá a ser considerado uno de los mejores.

Fernando Torres acumula etiquetas en su maleta. El niño del que más se habla. La última esperanza atlética. El ídolo red. El héroe de Viena. El hombre de los 50 millones de libras. El nuevo caso Raúl. Ha tenido que guardar y aguantar apelativos durante toda su vida y soportar entornos incendiarios. Llevamos mucho tiempo regando la actualidad futbolística con la imagen continua de su cabeza agachada. Se acabó. Fernando debe imponerse. El delantero debe fulminar los fantasmas del personaje ahora que vuelve a disponer de continuidad y el Chelsea parece oxigenado. No es el último tren para Torres, pero sí el más conveniente y saludable de todos. Premier, Champions y Eurocopa por delante, la oportunidad para volver a la élite de las élites se antoja irrechazable.

Pronto se cumplen cuatro años desde el gol de Viena. Todos creemos saber lo mejor para Fernando. Él tan solo debe jugar como sabe. Sin traumas. Con la maleta vacía. Corriendo, gritando, asistiendo, marcando…simplemente el delantero centro del Chelsea y de la selección española. Tanto y tan poco.



martes, 13 de marzo de 2012

Dos equipos y un orgullo


La rivalidad tiene muchas caras. La mayoría de ellas suele asociarse, por definición, con términos muy sangrantes. Peleas, enemistad, violencia…pero no todo el panorama es tan oscuro. También existen enfrentamientos que no provocan consecuencias tan dañinas para una ciudad o para unos colores; aunque nos cueste recordar ejemplos, siempre podremos encontrar muestras de choques que no trascienden lo meramente futbolístico y que, incluso, enriquecen la cultura deportiva y cívica de una comarca. En este caso hablamos del condado de Merseyside y de la existencia de dos clubes tan parecidos como distintos. Dos equipos a los que la historia ha separado en muchas ocasiones pero la población de Liverpool se ha encargado de unir. Everton Football Club y Liverpool Football Club. Una ciudad, dos equipos y Stanley Park entre ambos.


Los orígenes de estas enemistades suelen ser de formaciones muy caprichosas y ésta supone un auténtico paradigma. Cómo imaginar que el Everton comenzó jugando en Anfield en el siglo XIX hasta que el dueño del estadio les subió el alquiler y tuvieron que mudarse…y el señor Houlding, sin equipo pero con campo, creó el Liverpool FC. Cómo pensar que Gerrard, Carragher, McManaman y Owen crecieron siendo aficionados del Everton FC. Y quién podría creer que los reds comenzaran su historia vistiendo de azul…

Entre todas estas curiosidades se impone la verdadera creencia y refutado hecho sobre la salud de este choque. Hoy en día se hace difícil asistir a un partido de fútbol sin connotaciones económicas, sociales o religiosas. No hay derbi sin ricos, pobres, católicos, históricos, modernos, violentos o teatreros. En la ribera del Mersey sólo existen colores. El rojo y el azul. Históricamente se ha conocido esta dualidad como “Friendly derby”. Aunque ocasionalmente se han dado algunos incidentes inevitables, el carácter del partido siempre ha sido y será ese. Fuera del césped, todas las familias scousers tienen colores repartidos entre todos sus miembros. Dentro del campo, puro fútbol inglés. Intensidad al 200%. De hecho es el choque con mayor número de tarjetas rojas en la historia de la competición. No es de extrañar. El carácter del condado de Merseyside es orgulloso, aquel que se define por una entrega total y completa a los comienzos de las historias propias. Los orígenes marcan la definición de una personalidad y la ciudad de Liverpool es el mayor orgullo que un aficionado y habitante pueda tener. Por detrás quedan los colores y las etiquetas, leídas siempre con humor y deportividad.

27 títulos de liga suman entre ambos clubes y suponen el mejor guante en la mano de los toffees y reds y en la cara del Manchester United. “Merseyside, Merseyside” es el cántico preferido de ambas aficiones cuando se enfrentan entre ellas, especialmente si es en el ámbito copero, donde la historia nos ha regalado épicas batallas entre ambos. En Inglaterra se recuerdan especialmente las finales de League Cup y FA Cup (dos) ganadas por el Liverpool a finales de los ochenta ante un histórico Everton. Y especial es la mención para la eliminatoria de FA Cup de 1991, donde un agónico empate a cuatro terminaba por costarle el puesto al entrenador del Pool, un no tan mayor Kenny Dalglish.


No es un engaño decir que el Liverpool Football Club ha ganado más partidos (65 frente a 56), más títulos de liga (18 frente a 9), más Copas de Inglaterra (7 a 5) y más torneos internacionales (5 Copas de Europa y 3 Copas de la Uefa frente a una Recopa de Europa). Tampoco se falta a la verdad si se pone a los reds por delante en prestigio internacional, repercusión mediática y número de aficionados a lo largo del mundo. Sin embargo, la historia intenta repartir la ya de por sí injusta desproporción mediática y guarda también grandes momentos del Everton (cuarto equipo inglés en número de títulos), que ha vivido épocas gloriosas que se recuerdan constantemente en la ciudad. Aquel maravilloso equipo de 1985 que triunfó en Inglaterra y en el continente europeo es la conversación más gratificante para los aficionados toffees de mediana edad. Dos ligas, dos Copas de Inglaterra y una Recopa de Europa en cinco temporadas así lo atestiguan. Del mismo modo, todos recuerdan la nueva irrupción del Everton del nuevo siglo de la mano de Rooney y David Moyes y volviendo a poner al club en el digno escalafón de las competiciones europeas. Además, los azules siempre se guardan en la manga el as en forma de hecho constatado (más por unos que por otros) que afirma que en la ciudad de Liverpool hay más toffees que reds.

Justicias futbolísticas (siempre subjetivas) aparte, Everton y Liverpool comparten una ciudad fuerte y con carácter. Quizá sea éste el derby con la definición más agradecida y didáctica de todos los que podemos encontrar en el mundo del fútbol. Si al fair-play habitual en Inglaterra (exponencialmente multiplicado en este caso peculiar) le sumamos una hirviente intensidad, unos colores que la humanidad ha enemistado desde hace siglos y la historia tan rocambolesca que define a estos clubes, sólo nos queda asistir al Liverpool-Everton del próximo lunes para disfrutar de un gran partido de fútbol.

Porque al final tan solo es eso, football. Tan solo y tanto. Pero siempre a la orilla del Mersey y tomándose una pinta en Hope Street. Esa calle separa la catedral católica de la catedral protestante de Liverpool. Y es que en esta ciudad siempre hay sitio para todos.