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martes, 26 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (I): España vs Portugal

España es la nueva rica de la urbanización. Suena frívolo, demagógico, extremo, oportunista y hasta ilógicamente envidioso. Sí. Bienvenidos a España, les presento a su debate nacional preferido. El salto de calidad y de aspiraciones de España se torna evidente. La furia española era como aquel alumno que estudia lo que puede y suspende por ejercicios que no habíamos visto en clase, manía del profesor o cualquier problema ajeno a mi responsabilidad. La selección española ha merecido llegar en alguna ocasión más lejos de lo que lo ha hecho en ciertas fases finales, pero no hasta el punto de crearse la leyenda victimista que su entorno más autocomplaciente ha querido escribir en los libros de historia. Solo en este momento de la sucesión de sucesos podría quejarse España de no llegar a las semifinales; sería como reunir en una sala a Dalí, Velázquez, Picasso o Goya y que no se atisbara ningún vestigio de locura transitoria, de genialidad artística. El problema viene cuando Dalí tiene su propio museo en Cataluña y Goya y muchas de sus pinturas descansan eternamente en Madrid. La conciliación y la consecución del simple respeto de los múltiples entornos de este país se antoja tan improbable como, algunos dicen, innecesaria. No nos gusta la tranquilidad ni el conformismo y en una época como ésta, en la que nos toca renunciar a múltiples muestras de bienestar, no queremos perder ni un ápice de aquello que, por una vez, nos hizo salir a la calle sin prejuicios. Quizá perseguir ese objetivo sea tan inocuo como triste la situación, según los ojos que la observen. Ya lo dijo la estanquera de Vallecas: "España solo hay una porque si hubiera dos, nos iríamos todos a la otra".

El caso es que España ha recibido un bonus en la barra de vidas de la máquina de fútbol internacional. Es mucho más fuerte. Es una España lista, que se anticipa a los movimientos, que maneja a los rivales como peonzas y los desplaza como canicas. Suple sus carencias corporales y de desgaste físico como lo haría Muhammad Ali. "Float like a butterfly, sting like a bee" (flota como una mariposa, pica como una abeja). Aunque late la opinión de que falta apuntalar el aguijón, otros tribunales sabios dictan que la picadura comienza desde el posicionamiento, el movimiento y la seguridad. Iker Casillas suma más de trece horas de fútbol en fases finales de Eurocopa y Copa del Mundo sin encajar un solo gol. Él más que nadie simboliza la nueva cara de ganadores de España. La mirada siempre al frente, el cambio de la excusa por la autocrítica y el nuevo cuadro de los artistas españoles. El más admirado por el mundo entero (menos por nosotros mismos).


Portugal suele mirar al cielo cuando sale de la cueva, como si ese irregular y bellísimo trapecio de la Península Ibérica fuera el agujero, negro para ellos y amable para sus vecinos, donde diez millones de personas buscan sobrevivir al capitalismo más feroz mientras unos cuantos elegidos mantienen alto el pabellón en las batallas homéricas de la pelotita. Quizá sea defecto de fábrica española o simplemente una ilusión mía, pero la sensación es que los lusos están, dentro y fuera del campo, agradecidos con la vida que les rodea, complacientes con los momentos que justifican que todos estemos aquí y tratables con el deporte rey. La soga social se rompe cuando el portugués corre hacia el balón. Lo mima, lo quiere, lo cuida como un regalo. Se trata del semifinalista más festivo, en comparación con la tensión competitiva y presión de victoria que arrastran los grandes favoritos (excepto Italia, que vive las grandes competiciones como su eterno Jardín del Edén). Sin embargo, la ambición tiene un precio y lustro tras lustro, Portugal sufre la necesidad y obligación de examinarse, iluminada del todo en su figura superdotada, en su patrimonio personal, en la calidad colonial y macaronésica de Cristiano Ronaldo. Los aires subtropicales y relajados de la región debieron dejar de rodear al bueno de Ronaldo cuando pisó la concentración de Opalenica y se empapó del sudor competitivo que tanto le pone. Los lusos quieren, más que un partido, un lanzamiento de misiles. Desean una partida de turnos, despreocupados de la posesión y confiados en la efectividad y pegada de su embajador. Creen suficientemente curtidos a sus peones pródigos, los Pepe, Meireles, Moutinho...experimentados en mil y una noches y con la demostración de orgullo nacional por saciar. Portugal ansía la gloria como inyección de desahogo. Quiere el triunfo como altavoz de la esperanza. Cristiano jugará como ninguno y gritará por todos. 






miércoles, 25 de abril de 2012

Convencimiento, personalidad y grandeza

Xabi, brújula y personalidad del Real Madrid
Xabi, brújula y personalidad al frente del Real Madrid























La oportunidad resulta histórica para el club mas laureado del mundo. Guste o no, con la eliminación del Barcelona se ha abierto un hilo de luz en la cueva de esperanza del madridismo, ávida de triunfos europeos en este siglo y cada vez menos oculta. Posiblemente no lo necesitaba.

El triunfo en el Camp Nou ha limpiado complejos y espantado fantasmas, limpiando el ambiente de la intoxicación de derrotas (a veces duras, a veces indignas) de los últimos tres años. Pero gracias a la machada del Chelsea, el siempre necesario aporte de precaución ya está presente en el cuerpo técnico, plantilla y afición madridista.

Diez años después, se vuelve a respirar el ambiente auténtico de trascendencia en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu. La motivación continental supera con holgura cualquier otro tipo de estímulo madridista.  Al Real Madrid le gusta reeditar la historia de Rey de Reyes y el papel de embajador de la causa futbolística ante este tipo de situaciones, como el padre que defiende a sus hijos ante un vecino más guapo, más alto y más fuerte. Sin embargo, esta vez el rival, por frecuente, no deja de perder su condición de ogro feo y fortachón. El Bayern de Múnich, un clásico de la competición y de los duelos a cara de perro con el Real Madrid.

No sé qué pasará hoy en Concha Espina. Espero oír el mayor grito dado nunca en la época moderna por la afición del Real Madrid. Ansío la mejor actitud de Mourinho desde el banquillo y un ideario propio de este club. Nada de conformismos, especulación ni problemas originados en tanteos más artificialmente tácticos que realmente útiles. El Madrid debe salir a arrasar al Bayern. A comerse al rival con fútbol y con inteligencia. A jugar mejor, correr más, chocar más fuerte y gritar más alto. Altísima intensidad con los jefes en el campo marcando revoluciones. La personalidad de los grandes (Iker, Sergio, Xabi y Cristiano) debe imponerse y trazar el camino para aquellos que pueden carecer de inteligencia emocional para sobreponerse a las circunstancias (recordemos los antecedentes de Pepe o Marcelo). Unos deben pensar el partido con la cabeza y otros lo decidirán con los pies.

Y esta vez no. Esta vez el monstruo alemán no supera en belleza al gigante español. El Real Madrid es más guapo que el Bayern, gusta más e impone lo que otros no pueden. El convencimiento está claro en todos los estratos del madridismo, concienciados para que no se convierta en autocomplacencia, como pudo suceder en la ida. Ser mejor equipo se demuestra sobre el césped y ahí tendrá lugar la batalla. Olvidándose por noventa minutos de polémicas, futuros imprevisibles y pasados intocables, el conjunto madridista debe demostrar el peso que se le supone hoy día en el fútbol europeo. Los elegidos deben enseñar que son dignos herederos de la grandeza de la casa y de un escudo que aporta un enorme plus de vitamina en el alma madridista durante las guerras europeas. 

La gloria está cerca. Y aunque el talento, el trabajo, la personalidad y la fuerza formen parte de la receta, no existen secretos para dar con la fórmula secreta. Esto es la Champions League. Mágica e imprevisible. Cruel con los destronados y maravillosa para los jubilosos. Hoy el Real Madrid debe sonreír, jugar al fútbol mejor que el Bayern de Múnich y, sobre todo, creerse que puede optar a ser, de nuevo y una década después, el Rey de Europa.