Mostrando entradas con la etiqueta literatura deportiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura deportiva. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de diciembre de 2012

Bale, rápido y brillante





Parece proceder de un mundo imaginario. Con una velocidad similar a la de un rayo animado y un peinado propio de un dibujo japonés, Bale es la personalización del estereotipo al que aspiran adolescentes soñadores: Joven, alto, rápido, sobresaliente y con un brillante futuro por delante. La naturaleza le ha dado las condiciones; ahora, él deberá tomar las decisiones. ¿A dónde va Gareth?

Todos conocemos al lateral del Tottenham Hotspurs. O extremo. O carrilero. Debates aparte, el hombre que abusa frenéticamente de las bandas de White Hart Lane cumple su sexta temporada allí y su octava temporada en la Premier League con tan solo veintitrés años de edad. Impresiona decir que parece un veterano, como aquellos grandes nombres de todas las ligas que acumulan casi una década en el césped y podrían tener la edad de un hermano pequeño. Bale ha ganado premios individuales destacando por su condición de nacionalidad (mejor jugador galés), juventud (mejor jugador joven de la Premier League) y calidad futbolística (mejor jugador de la competición en la temporada 2010/2011). Ahora bien, existe en torno a su figura la sensación de que algo le falta al bueno de Gareth para completar su licenciatura futbolística, para esculpir su nombre en el muro de aspirantes al respeto absoluto, independientemente de los colores de su camiseta.

Los románticos considerarían un bonito accidente para un futbolista de élite el haber nacido en Gales. Simplemente el tener a Ryan Giggs de compañero y espejo supone un honor con olor de orgullo irrechazable y con imagen de autohomenaje a la profesión. Como si jugar a favor del país propio fuera realmente un descanso dentro de la rutina, la onza de chocolate entre reuniones y visitas forzadas. Si Gareth es un romántico, el País de Gales será su Navidad y el Y Ddraig Goch (dragón rojo) de su bandera ocupará el cuadro principal del salón de su casa paterna. Algo tan edulcorado de imaginar que supone un problema para los competidores y realistas del fútbol, lamentablemente cargados de razón pero no de ilusión. Es complicado alcanzar los últimos metros del Himalaya de los triunfadores si el traje protector, y frecuentemente salvador, es de color blanco, no brilla sobre la nieve y no evoca ningún sentimiento, reflejo o recuerdo. Y si lo hace, resulta inocuo.




Desde el punto de vista futbolístico, el País de Gales apenas existe a nivel internacional. Lleva cincuenta y cuatro años sin jugar ninguna fase final a pesar de haber contado con nombres importantes, como Ryan Giggs, Gary Speed, Ian Rush, Mark Hughes o el propio Gareth Bale. Es difícil imaginar un Maradona sin Argentina, un Gerrard sin asociarse a un león. En cotas más cercanas a la cal, Roberto Carlos difícilmente habría sido Balón de Plata sin su sonrisa amarela. Considerando lo arraigado de los diversos nacionalismos en el Reino Unido, cabe preguntarse hacia qué océano nadará Gareth. O quizás dar por hecho que la amargura por no poder destacar en grandes torneos se esconde tímidamente entre las montañas de Gales, orgullosa de su enorme personalidad y resignada a invadir la casa del vecino y a ennoviarse únicamente mediante el anillo olímpico. Como una novia sin su ramo de rosas.

Sinceramente, no parece Gareth Bale un futbolista con problemas de identidad. Al contrario, sus profesores del colegio e instituto destacaban “su determinación y su carácter para conseguir las metas que se proponga”. En la escuela iba tan sobrado que cuando llegaban los partidos, le obligaban a jugar a un solo toque y con su pierna mala. Los analistas señalan que una de las claves para rematar la madurez de Bale podría ser terminar de definir su posición en el campo. La etiqueta inicial de lateral se le queda tan corta como la superficialidad aplicada a algunos extremos del fútbol internacional. Pizarras fuera, lo único que parece claro es que Gareth necesita espacio para respirar y aire para correr. La velocidad y potencia precisan del recorrido más largo posible para alegría de un mayor número de espectadores. El sentimiento más vital del fútbol no quiere vallas ni desea fronteras para un todoterreno como Bale.

Independientemente de las decisiones de sus entrenadores, el carácter de líder y las cualidades que tiene el galés tomarán su propio camino. Gareth es el aire que inhala el Tottenham y que mantiene su desequilibrada personalidad lejos del riesgo de la mediocridad. Como su condición gaseosa podría reflejar, el fútbol de Bale es incontenible y, en ocasiones, breve y efervescente. Resulta tan atractivo para el gran público como manipulable para los trajeados gurús que pueblan los banquillos. Sin él, la canción tendría letra, pero no estribillo. La película en White Hart Lane sería siempre en blanco y negro. Y es que el éxtasis nunca se alcanzó con contención.



Hay otro pensamiento colectivo que aboga por colocar la pieza que falta en el puzle de Bale en otra ciudad o, a lo sumo, en otro equipo de Londres. La centralización de los poderes periodísticos, el lúdico mercado de agentes y la humana bendición de la imaginación le han colocado varias camisetas diferentes. Una blaugrana cuya filosofía podría no dejar atisbar al mejor jugador y una blanca que exprime los talentos por inanición del entorno. Sea como fuere, no parece que Bale necesite un mejor ecosistema para aprovechar sus condiciones. El ambiente incendiario de los clubes españoles podría acabar afectando a sus pulmones más que el smog londinense. Y ni siquiera se mencionan las variables puramente futbolísticas, aquellas que desaconsejan internar a una estrella fugaz en el planetario. Esas que prefieren un cielo abierto para apenas atisbar un reflejo que imaginan ya delicioso.

Gareth Bale es uno de los gestos de la Premier League. Velocidad, intensidad e imagen son tres sustantivos tan aplicables a la competición como al competidor. La mente del aficionado exige generosidad ante un jugador generoso en sus donaciones, en sus esfuerzos por convertir el fútbol en un espectáculo a medio camino entre la teatralidad del West End y la autenticidad del viejo Wembley. Y es que si Bale busca algo, seguramente lo encontrará más pronto que tarde. Lo hará con amargura u orgullo, en Londres o fuera de UK. Desde la banda izquierda o desde la banda izquierda (no hay elección). Pero nunca dejará de ser rápido y brillante, como una verdadera estrella a la que se deja respirar. Lo que uno imagina sobre Gareth Bale es tan extraordinario que la realidad no podrá abarcarlo. Es lo bueno de la imaginación. Al igual que el cielo, deja espacio de sobra para las estrellas.




Artículo extraído del nº 4 de Lineker Magazine:
http://es.calameo.com/read/00170973675da5ef28b6b




lunes, 3 de diciembre de 2012

Imagine: Goles como sonrisas





Imagina que todos los árboles florecen en octubre. Y que nunca pararán de soltar hojas, siempre de color amarillo. Imagina un disco interminable y emocionalmente inteligente, nunca cautivo de los estados de ánimo ni del equipo de sonido disponible. ¿Y si todos los reencuentros fueran dulces, sin recuerdos de marchas amargas?, ¿y si todos los días tuvieran esos instantes por los que merece la pena aguantar semanas, meses o años? ¿Y si los oasis coparán el desierto? 

Imagina un fútbol cuya gloria se decide cualquier día de cualquier mes. ¿Y unos títulos trasladados a un gris miércoles de finales de octubre? No parece serio, claro. Tampoco lo sería un equipo llamado Reading, un estadio de nombre Majedski y un árbitro de apellido Friend. Pero en nuestra imaginación los clubes de fútbol pueden ser reductos ejemplares del conocimiento y del respeto; como los libros, del silencio más edificante. Serían equipos que tratarían a los árbitros como amigos reales que simplemente quieren mejorar su conducta, como padres con la vara del poder moralista y el altavoz contra las quejas siempre preparado. Y toda esta clase magistral se impartiría en un estadio que podría pertenecer a un magnate inglés relacionado con la industria del automóvil…o bien a un millonario ruso que utiliza el fútbol como ajedrez desengrasante del lujo tóxico que rodea su rutina. Seguimos imaginando, ¿no? Toda esta caterva de nombres parece más propia de un juego sin los derechos de copyright de los verdaderos protagonistas. ¿O es que Damián Martínez podría ser un portero creíble para el Arsenal? 

Imagina que los goles fueran gratis, como las sonrisas. Algunas más bonitas que otras, pero siempre bienintencionadas. Que hubiera más o menos goles durante un partido dependería de los aciertos y errores humanos, del talento, de la ingenuidad de los futbolistas, o simplemente de la inestabilidad de un defensa sobre un verde recién regado. Algunos renegarían de un fútbol sin pizarra como de un vehículo sin sistema de navegación. Otros preferimos pensar en un deporte tan grande y poderoso que no necesita que nadie le diga dónde ir, ni mucho menos cómo llegar. Imaginemos un juego tan auténtico como espontáneo, basado en decisiones personales, sin adulterar por millonarios ególatras de laboratorio cuyo afán por buscar enemigos es solo comparable a sus posibilidades de encontrarlos. ¿Y si Chamakh fuera el Marouane más conocido del fútbol mundial?, ¿podría llegar a estar entre los diez mejores delanteros del planeta? Se sentiría tan confiado en sí mismo que cerraría eliminatorias a base de sangre fría al ejecutar vaselinas. Imagina también que Walcott es aquello que, a veces, parece ser. En otro mundo, la constancia de Theo rescataría al geniecillo del lodo de la irregularidad. Metería los goles de par en par y regalaría múltiples asistencias. Sería el Messi de este lado del Atlántico. 



Imaginemos un fútbol con cinco goles en la primera parte y tres en la segunda. Un juego donde, independientemente de la competición, no existieran los empates y siempre se disputaran prórrogas. Los espectadores asistirían a un deporte inquieto, incauto e hiperventilado, donde Laurent Koscielny tendría la misma facilidad para meter gol en su portería que en la contraria. Una auténtica utopía en la que Giroud sería el mejor cabeceador del mundo y Leigertwood jugaría como titular en la selección inglesa. No menos enrevesado es pensar en un fútbol con el termómetro invertido; aquel en el que los músculos mediterráneos de Cazorla y Arteta se congelan en la grada mientras que los hijos del frío Norte, Arshavin y Pogrebnyak, muestran su sangre caliente en forma de fútbol intenso.

Imagina una competición llamada Capital One Cup en la que el fútbol es como siempre quisimos que fuera. Como un océano inundado de goles. Como un escenario con olor a tierra húmeda dentro de un circo sin carpa, con sonrisas y exclamaciones como fotografía y banda sonora. Es 30 de octubre. Comienza el otoño y las hojas se caen de los árboles. Imagina un miércoles con doce goles.

Artículo extraído del nº4 de Lineker Magazine, pág.68:
http://es.calameo.com/books/00170973675da5ef28b6b


lunes, 29 de octubre de 2012

Sobra el silencio



Existen equipos que crean historia. Y existen otros que viven de ella, o lo intentan a duras penas. El bagaje que pagan los clubes con aspiraciones de personalidad propia es la preocupación continua. Por las acciones, por los valores (tan de moda) y, sobre todo, por el futuro. El presente de un gran club consiste en la búsqueda continua de la garantía futura. Si no es así, entonces se trata de equipos que no se comportan como lo que fueron, como lo que quieren ser o como lo que nunca llegarán a ser.

En esos casos, en aquellas escuadras esclavas de lo conquistado y aspirantes a la tiranía bien entendida, los protagonismos se venden en forma de hipoteca moral. Aquellos salvadores de los imperios futbolísticos depauperados pasan a ocupar repentinamente multitud de marquesinas de autobús, fachadas de gigantes grises de cemento y portadas de periódicos abandonados en bancos de madera. El matiz no viene en la palabra ocupar, sino en el verbo liderar. Sin preguntar por la intención del protagonista, el nuevo aupado padece una fuerza casi gravitatoria hacia el centro de la información, de la responsabilidad.

Debe ser el tipo eficaz, el nuevo práctico, pero sin perder un ápice de ejemplaridad. Esto es algo muy extendido en el fútbol inglés y notablemente complicado de conseguir para un futbolista. Pero se pilla antes a un no tan simple futbolista que a un futbolista simple. Juegos de palabras aparte, me han entendido. Hay jugadores de fútbol cuya presencia alumbra ciudades enteras y cuya firma se extiende más allá de un simple contrato de papel. Su nombre se fusiona con un escudo, sus movimientos se accionan con los gritos y sentimientos de la afición. Su simple figura hiperventila un estadio. Este es un claro ejemplo.


Fuente: Zimbio.com


La valía de este tipo de jugadores suele definirse de un modo más crujiente cuando no están. Falta algo. Sobra el silencio, que siempre está antes y después pero al que nadie quiere ahora. Y algo que no se dice habitualmente es que es trabajo y referencia del propio futbolista gestionar adecuadamente sus ausencias. Es responsabilidad del protagonista de la película contribuir al mejor final posible. Porque no nos engañemos, todo tiene un final. Las cenas se acaban, con o sin postre. El sueño espera, con la más fructífera de las compañías o la más arreglada de las soledades. Cuanto mayor ha sido la grandeza del camino, mayor es la premura del líder por testamentar su legado. Analizar, comunicar, delegar. Y, lo que es peor, despedirse.

A lo mejor hay que borrar, rescribir y volver a borrar enrevesadas tácticas de Ipad´s de modernos segundos entrenadores. Quizá haya que llevar al nuevo canterano a una fiesta de iniciación donde las bocas presentes suelten únicamente improperios al tiempo que engullen roast beef y se alimentan de una buena Samuel Smith. Surgirán consejos en estado de ahogamiento a los candidatos sobrados, palmaditas en el trasero para los menos confiados y gritos de tensión para los edulcorados. Métodos válidos todos, pero con cierto tufillo a plástico deportivo, olor a política de entrenador rancio. Y para figuras de esta magnitud no se entienden guiones que podrían tildarse de prefabricados hasta para una calificación B. Se han ganado tanto el derecho como el deber de atender su sucesión del modo en que crean conveniente, cuando y donde quieran. La confianza en un capitán debe ser máxima cuando su rendimiento y su compañía hayan sido constantes durante muchas temporadas. Además, aquellos futbolistas elegidos, eternos, parecen charlar amigablemente con el paso del tiempo, hablándole cara a cara, sin miedo a quedarse solos.

Decía Shakespeare que algunos hombres nacen grandes, otros logran grandeza, a otros les es impuesta y a algunos les queda grande. Steven Gerrard nació grande y morirá grande. Y es esa cualidad la que le habrá avisado internamente para ir preparando el camino. Él no sabe si queda mucho o poco porque el trazado del fútbol es tan irregular que nunca permite ver la llegada. Sin embargo, la nobleza y envergadura de su club y la dignidad de su condición le impiden mirar hacia delante sin pensar en el futuro. Y aunque ni yo ni ustedes veamos el final, no tengan duda de que Gerrard ya lo prepara. Sin dejación, sin perder intensidad, sin evitar derramar sangre. Pero con la responsabilidad del capitán, corazón y arma del Liverpool Football Club.


Fuente: Zimbio.com    


















Artículo publicado en Premier League Spain:
http://premierleaguespain.com/2012/10/sobra-el-silencio/

lunes, 2 de julio de 2012

Mi generación




Nací en 1981. Pocos meses después del  infarto de una nación, mis padres decidieron felizmente traerme a este convulso país. Viví la alegría de los ochenta sin entenderla en su mayor parte, pero impulsado por el entusiasmo infantil. La vida era la luz del sol en el descampado de mi casa, era la protección de mis padres, eran la alegría de la navidad y el coche fantástico. Crecí en los noventa limitándome a disfrutar mi ciclo de adolescencia, sin pensar demasiado a donde iba este mundo y dónde podría acabar yo mismo. Las primeras copas, los primeros malentendidos buscados con chicas, las decisiones a primera vista intrascendentes...todo ello regado con la confusa banda sonora de la década. Con el nuevo milenio, empecé a formularme preguntas más complicadas y no por ello encontré respuestas más simples. Me resulta de una pereza sideral el resumir lo pasado y sentido durante los últimos doce años y seguramente a la mayoría de los lectores les suceda lo mismo; y es que la era de los nuevos dígitos milenarios ha traído una nueva disposición infinitamente menos entrópica que el anterior. Se define con un extraordinario desorden, entre otras cosas porque no tenemos tiempo para hacer las cosas como nos gustaría.

Comparto generación con la actual selección española de fútbol. En el primer bienio de la década de la movida madrileña, aterrizaron en este país Iker Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso y David Villa. Ellos y todos los que nacieron posteriormente lo hicieron regados por la educación inicial de la democracia, aquella corriente blanca y sin alcohol que abogaba por el trabajo más correcto para llegar el mejor fin posible. Se trataba de una sociedad curiosa, recién iniciada en la élite de la civilización supuestamente avanzada, que tan pronto descubría la música dance como el achique de espacios. Y aunque lo hacía siempre con un poso de sorpresa, quedaba en al aire esa parte de ingenuidad española, ese momento de querer subirse al carro como modo de supervivencia. Sin embargo, algo estaba cambiando. Entre injusticias arconadiles, penaltis de Eloy, errores de Cardeñosa y golpes francos de Stojkovic, el giro del núcleo giraba poco a poco en contra de la tendencia fatalista. Aunque lo manteníamos al margen del conocimiento general, todos los miembros de la generación lo compartíamos. Queríamos dominar el mundo en sus múltiples vertientes y confiábamos en que algún día nuestros conocimientos e iniciativa nos permitirían hacerlo. 

Sabíamos que sería una guerra. Somos gente que se ha sentido desprotegida en muchos momentos de su vida, por las circunstancias, por el sistema y, por qué no decirlo, por nuestras dudas, por nosotros mismos. Tenemos la sensación de haber llegado tarde a todos los sitios. Somos los contenedores de basura inservible de nuestros hermanos mayores y los conejillos de indias de nuestros hermanos pequeños. ¿Conocen la expresión "eran otros tiempos"? Nosotros nacimos en esos tiempos; resulta paradójico el hecho de que solamos ser los principales damnificados por el uso de esta frase hecha. Somos una generación a la que nos falta descaro y nos sobra educación. No sabemos lo que es el talante, pero conocemos de sobra lo que significa el respeto, algo que procesamos y repartimos en la misma manera que exigimos. Representamos la impaciencia bien entendida, esa que se asienta en las bases de la confianza en uno mismo y en el gusto por hacer algo en la vida. Aceptamos las bases por las que nos regimos, pero buscamos el significado verdadero de las normas, sin mancharnos en demasía de esa practicidad que contagia las prisas modernas. Somos hijos de la ESO y, aún así, queremos e intentamos hacer las cosas bien. Y lo hemos llevado a la práctica durante nuestra existencia. La interrogante nos acompañará siempre, pero nunca dejaremos de añadirle una respuesta que, acertada o no, nos diga el camino por el que marchar.

Tenemos bastantes más de veinte; en algunos casos (como el mío), más de treinta. Mi generación es convergente, prefiere la unión a la división. Serán los mundos de Yupi aquellos que me hacen preguntarme si la generación de la España futbolística ha compartido inquietudes conmigo y con mi grupo de amigos. El último romanticismo que nos dio el siglo XX me hace pensar que sí, que así fue. Que la clarividencia que muestra Xavi con la pelota me recuerda a la determinación de Rodrigo, mi amigo enfermero que conoce mejor que nadie el destino a seguir en su trabajo para llegar a buen puerto. La madurez, cualidad de la que vamos sobrados pero no presumimos porque no consideramos una virtud, me dice que la bonanza de mi amigo Andrés se define en la afabilidad de Reina, un tipo tan necesario que se hace imprescindible allá donde va. Consideramos la lealtad a una misión uno de los mayores dones que se pueden tener, tan representada por Puyol sobre el césped como por Javi y Felipe en sus múltiples papeles de emigrantes, buscando la prosperidad y tranquilidad personal e intentando vivir en paz con ellos mismos, algo tan fácil de decir como laborioso de obtener. Casillas comparte con Juan el ángel que siempre sobresale, la estrella que brilla por encima en cualquier situación. Y qué decir de la resistencia metálica de los ochenteros, aquella que lleva a saltar con éxito cualquier valla que te ponga el destino. Lo saben Fernando Torres, objetivo de los  láseres críticos, y mi amigo Miguel, un hombre cuya sonrisa y afán de superación derriba cualquier mal espíritu.

Todos son de mi generación. Unos cuantos privilegiados han invadido hoy Europa, vía Kiev, y han regalado unos momentos de gran alegría a este país. No nos están arreglando la vida pero nos están dulcificando el camino que irremediablemente hemos de caminar. ¿Cómo me siento yo? Pues escribiendo estas líneas no puedo evitar conciliarme con el carácter bonachón de Del Bosque, un tipo tan modesto en su forma como hermético en sus quehaceres. Interioriza una definición muy clara del bien, de un modo tan inflexible que hasta el mal le respeta. Admiro cómo domina ese pequeño espacio entre el placer de la corrección y el de la rebeldía y cómo, además, se convierte en un ejemplo para personas, jefes y trabajadores de cualquier edad. La moralina bien entendida, la Biblia sin Iglesia, la vivienda sin hipoteca. Los valores sin precio, ése es Vicente del Bosque. 

A todos los protagonistas de este 1 de julio y de las anteriores citas en Johannesburgo y Viena, solo me queda agradecerles esos ligeros y breves momentos de alegría que me han otorgado cada cierto tiempo. La felicidad es un término excesivo planteado de un modo continuo, pero yo fui feliz el día en que vi a España ganar la Eurocopa de 2008 junto a mi madre pocos meses antes de que ella se marchara para siempre. La vida no será solo fútbol, ni siquiera es una gran parte. Pero el fútbol es vida, siempre lo será y mantendré un duelo a muerte con quien me lo niegue, aunque sea en la parte más intrascendente y minúscula del discurso.

Muchos son desconocidos, pero todos los aquí nombrados tienen parte de mí. Pertenecen a mi promoción natal y no paran de preguntarse por qué. Por qué no pudieron haber nacido en otra época más fácil. Pero lo hacen con naturalidad. Respetan el destino, conscientes de la estupidez del debate (hoy en día se crean tantos...) y de la más que probable injusticia de la respuesta. Y es que saben que, tarde o temprano, la historia te acaba situando en el lugar que mereces. Y aunque no lo haga, da lo mismo, estaremos preparados. Mi generación es tan romántica como capaz. Entendemos nuestras presencias por el sacrifico de las ausencias. Y además, damos las gracias. Somos cojonudos.






miércoles, 27 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (II): Italia vs Alemania




Italia juega en el patio del triunfo. Disfruta atrapada entre los barrotes de la competitividad y orgullosamente alojada en la cárcel de la defenestración histórica por convertirse en el mayor exponente de esa definición ante la que, incluso, los más profanos al fútbol tuercen el gesto. Catenaccio. La simple pronunciación de la palabra avecina muescas de desagrado y debates incendiarios sobre la moralidad de un juego, una auténtica paradoja. Italia no se arrepiente de nada y realmente no tiene motivo, sus cuatro estrellas así lo atestiguan. Supo jugarle a la brillante España y, por momentos, lució más. Compitió contra Croacia y superó a Inglaterra. La concesión de Prandelli al talento futbolístico no esconde sus cartas reales. Italia lanza su póquer sobre el tablero de juego pero apunta con una pistola por debajo de la mesa. ¿Legal? Todo. ¿Lícito? Lo que diga el árbitro. No es trampear, es jugar a ganar. Y tienen al mayor mago de la competición, al menos el que ha realizado el mejor truco. El simple gesto de Pirlo al lanzar su penalti debería convalidarse como cátedra futbolística completa. Sólo al ver su lanzamiento entiendes por qué en Italia lo llaman fare il cucchiaio (hacer la cuchara). La historia popular define a Italia como un equipo rudo mientras que el toque de Pirlo es lo más parecido a una caricia vista en un campo de fútbol. Las leyendas hablan de antideportividad y falta de honorabilidad italiana, cuando resulta que la decisión de Pirlo vino motivada por las frivolidades de Hart, que además no tuvo que aguantar ni un mínimo gesto de il metronomo al encajar el gol. Llegados a este punto, la niebla ambiental prejuiciosa sobre Italia y la probada personalidad de Andrea se enfrentan en ángulos totalmente opuestos. ¿Alguien se atreve a llevarle la contraria a Pirlo?


Al principio fue Alemania. Eternamente pionera y convencida. Siempre les gustó a los germanos el rol de liderazgo, del chauvinismo bien entendido (al menos por ellos), del orgullo por la idiosincrasia que les produce frutos en las primaveras futbolísticas. La impresión es que Alemania fue gestada en una cadena de montaje, con una enorme capacidad para autogestionar sus sacrificios y de una perfección tal que incluso esos mismos impulsos mecánicos son los que en esta competición le indican la conveniencia de tener hambre, factor en ocasiones depauperado y esencial en un deporte de élite. Cuesta asociar el apetito con la productividad. Löw es el constructor responsable del ejército, el albañil reciclado a ingeniero. Lo que le ha hecho diferente en su entorno es su acercamiento al otro lado de los muros de la oficina alemana, su querencia por la literatura futbolística, movimiento de actualidad mediterránea y originario del imaginario carioca, en todo caso a miles de kilómetros de la cuenca del Rhur. El bueno de Joachim extendió su fe de monaguillo infantil hasta creer en un ideario que los germanos habrían calificado en otro tiempo de improvisado y propio de una dejadez casi pre-industrial. ¿Qué quieren los alemanes? Su lógica vanidad deportiva y el esfuerzo estructural que les ha hecho redefinir su altivez futbolística les dice que solo les vale conquistar el campeonato. Si pudieran ilustrar su escenario preferido, imaginarían la victoria más hostil dibujada con el más fino de los trazos; aquel triunfo en  terreno enemigo que más que suponer un trofeo temporal, significaría de cara al mundo, y a ellos mismos, que Alemania tenía razón. Que en ese preciso momento, concreto lugar y calculada rotación de la Tierra, la forma correcta de actuar era la suya. El ingrediente aditivo es el que pone en duda precisamente su condición biónica y les refrenda como simples y sangrantes humanos. Alemania quiere venganza.






martes, 26 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (I): España vs Portugal

España es la nueva rica de la urbanización. Suena frívolo, demagógico, extremo, oportunista y hasta ilógicamente envidioso. Sí. Bienvenidos a España, les presento a su debate nacional preferido. El salto de calidad y de aspiraciones de España se torna evidente. La furia española era como aquel alumno que estudia lo que puede y suspende por ejercicios que no habíamos visto en clase, manía del profesor o cualquier problema ajeno a mi responsabilidad. La selección española ha merecido llegar en alguna ocasión más lejos de lo que lo ha hecho en ciertas fases finales, pero no hasta el punto de crearse la leyenda victimista que su entorno más autocomplaciente ha querido escribir en los libros de historia. Solo en este momento de la sucesión de sucesos podría quejarse España de no llegar a las semifinales; sería como reunir en una sala a Dalí, Velázquez, Picasso o Goya y que no se atisbara ningún vestigio de locura transitoria, de genialidad artística. El problema viene cuando Dalí tiene su propio museo en Cataluña y Goya y muchas de sus pinturas descansan eternamente en Madrid. La conciliación y la consecución del simple respeto de los múltiples entornos de este país se antoja tan improbable como, algunos dicen, innecesaria. No nos gusta la tranquilidad ni el conformismo y en una época como ésta, en la que nos toca renunciar a múltiples muestras de bienestar, no queremos perder ni un ápice de aquello que, por una vez, nos hizo salir a la calle sin prejuicios. Quizá perseguir ese objetivo sea tan inocuo como triste la situación, según los ojos que la observen. Ya lo dijo la estanquera de Vallecas: "España solo hay una porque si hubiera dos, nos iríamos todos a la otra".

El caso es que España ha recibido un bonus en la barra de vidas de la máquina de fútbol internacional. Es mucho más fuerte. Es una España lista, que se anticipa a los movimientos, que maneja a los rivales como peonzas y los desplaza como canicas. Suple sus carencias corporales y de desgaste físico como lo haría Muhammad Ali. "Float like a butterfly, sting like a bee" (flota como una mariposa, pica como una abeja). Aunque late la opinión de que falta apuntalar el aguijón, otros tribunales sabios dictan que la picadura comienza desde el posicionamiento, el movimiento y la seguridad. Iker Casillas suma más de trece horas de fútbol en fases finales de Eurocopa y Copa del Mundo sin encajar un solo gol. Él más que nadie simboliza la nueva cara de ganadores de España. La mirada siempre al frente, el cambio de la excusa por la autocrítica y el nuevo cuadro de los artistas españoles. El más admirado por el mundo entero (menos por nosotros mismos).


Portugal suele mirar al cielo cuando sale de la cueva, como si ese irregular y bellísimo trapecio de la Península Ibérica fuera el agujero, negro para ellos y amable para sus vecinos, donde diez millones de personas buscan sobrevivir al capitalismo más feroz mientras unos cuantos elegidos mantienen alto el pabellón en las batallas homéricas de la pelotita. Quizá sea defecto de fábrica española o simplemente una ilusión mía, pero la sensación es que los lusos están, dentro y fuera del campo, agradecidos con la vida que les rodea, complacientes con los momentos que justifican que todos estemos aquí y tratables con el deporte rey. La soga social se rompe cuando el portugués corre hacia el balón. Lo mima, lo quiere, lo cuida como un regalo. Se trata del semifinalista más festivo, en comparación con la tensión competitiva y presión de victoria que arrastran los grandes favoritos (excepto Italia, que vive las grandes competiciones como su eterno Jardín del Edén). Sin embargo, la ambición tiene un precio y lustro tras lustro, Portugal sufre la necesidad y obligación de examinarse, iluminada del todo en su figura superdotada, en su patrimonio personal, en la calidad colonial y macaronésica de Cristiano Ronaldo. Los aires subtropicales y relajados de la región debieron dejar de rodear al bueno de Ronaldo cuando pisó la concentración de Opalenica y se empapó del sudor competitivo que tanto le pone. Los lusos quieren, más que un partido, un lanzamiento de misiles. Desean una partida de turnos, despreocupados de la posesión y confiados en la efectividad y pegada de su embajador. Creen suficientemente curtidos a sus peones pródigos, los Pepe, Meireles, Moutinho...experimentados en mil y una noches y con la demostración de orgullo nacional por saciar. Portugal ansía la gloria como inyección de desahogo. Quiere el triunfo como altavoz de la esperanza. Cristiano jugará como ninguno y gritará por todos. 






viernes, 15 de junio de 2012

Xabi siempre tiene la respuesta correcta


Ante el debate, aporta trabajo. En la duda, aparece su clarividencia. Con el agobio, regala espacios. Para la relajación, siempre guarda intensidad. Xabi Alonso es, probablemente, el futbolista de este país que mejor lee las necesidades de sus equipos. La tran traída definición "extensión del entrenador" cobra su mayor crédito en el caso de Xabi. Sí, me considero un enamorado de su juego y creo firmemente que cualquier amante de este deporte debería valorar sus cualidades como merece el de Tolosa. Su aparición ilusionó a San Sebastián, formó un mediocentro irrepetible con Mascherano en Anfield y se ha convertido en uno de los españoles con más internacionalidades de su generación, así como en el jugador fundamental de la plantilla del Real Madrid desde su llegada hace ya tres temporadas.

Foto: 4bp.blogspot.com
Lo de Xabi Alonso es una aportación de CALIDAD, en mayúsculas. Lo hace prácticamente todo bien. Su sentido del juego es extraordinario. Su primer toque se alía con la conveniencia; los posteriores vienen marcados por su solvencia. Alonso hace respirar al equipo como nadie. Es el padre del mediocampo español. Quince metros por detrás de la pandilla de medianos deslumbrantes (me resisto a llamarles "bajitos"), Xabi les regala confianza en el bloque. El 14 español es la red  de seguridad de las piezas ofensivas, tan artistas como  trapecistas. Cuando se trata de sacar el balón jugado, es él el que elige moverse en la cuerda del ancho del campo. Sin esconderse jamás, Piqué y Ramos tienen en Alonso el aliado dentro de sus filas. Ese primer y último apoyo que asea la jugada desde el principio. Ese amigo del que te copias en un examen porque dudas entre la B y la C. Y es que cuando hay un balón por medio, Xabi siempre tiene la respuesta correcta.

Ante las acusaciones de rigidez (algo que él mismo reconoce y con lo que suele bromear), Alonso oposita con su posicionamiento. Siempre está donde debe. Allá donde el balón quiera aparcar, habrá llegado Xabi antes. Ni tiene un imán, ni el césped inclinado a su favor. Se trata del policía que mejor regula el tráfico, del base que más se ofrece a sus aleros. Es la contribución más inteligente a la continuidad del estilo de España. La fluidez del caudal ibérico no se desbordará mientras Alonso aporte su filtro de sensatez y perspicacia futbolística. Además, el puesto de Xabi sobre el césped exige un liderazgo que él acepta y potencia con enorme tenacidad. Casillas sabe que su voz nunca sonará sola en el rectángulo de juego mientras Xabi sea su compañero.

Foto: Marca.comComo buen centrocampista puro y pivote a la antigua usanza, Alonso tiene un archivo táctico-histórico tremendo. No hay nadie que conozca los movimientos de Arbeloa mejor que él, ayudado por sus andanzas juntos en Liverpool. El lateral ha gozado del toque del donostiarra en muchas ocasiones, la mayor parte de sus contribuciones ofensivas tienen su firma. Al igual que el inicio de los fabulosos contragolpes del Real Madrid o los numerosos hachazos de Fernando Torres en la ciudad de The Beatles. Cuando le explique a mis hijos quién era este hombre, el inventario audiovisual de youtube me ayudará con su legado mainstream. Aquel que suele definirse con su gol  al Newcastle y similares logros de distancias versallescas. Sin embargo, el verdadero catálogo de Xabi Alonso es otro más exquisito. Uno que comprende giros, pisadas de balón, cambios de orientación, ayudas, exquisitos golpeos y todo ello aderezado de la inteligencia, clase y elegancia que el pivote lleva demostrando durante toda su carrera. Hablamos, además, del tipo que mejor ha representado y escenificado fuera de Inglaterra el tackling bien entendido. Su nobleza vasca de nacimiento y la ortodoxia adquirida en el fútbol británico le han permitido moverse en el fútbol de élite con tanta dignidad y honorabilidad como rendimiento ha ofrecido. Entiende mejor que nadie la grandeza de los clubes en los que juega y así la manifiesta. Siempre ha mostrado una militancia cargada de respeto, sin perder en su mirada ni un ápice del carácter desafiante y westerniano que le caracteriza.

Fuera del campo, Xabi Alonso continúa dando clases magistrales de buenas decisiones y cargadas de un gusto exquisito. En tiempos de tatuajes trasnochados, declaraciones malsonantes y escándalos mediáticos, la profesionalidad, la cordura y la elegancia marcan los andares de este treintañero cuya inquietud cultural no se puede disociar de su amor por la profesión que entiende y practica de un modo sublime. El donostiarra está jugando uno de los mejores torneos de selecciones de su vida.

Xabi Alonso, un señor futbolista. Un futbolista señor.

Foto: suitsandshirts.blogspot.com





martes, 12 de junio de 2012

Roles cambiados




Alemania trabaja y optimiza su improvisación mientras Holanda imagina la disciplina deseada sobre su lienzo impresionista. Se enfrentan dos selecciones históricas embarcadas en el proceso de hacer evolucionar su fútbol hacia objetivos antes establecidos pero nunca logrados. La practicidad y el preciosismo intercambian orillas en el Mar del Norte.

Holanda y Alemania sobre un mismo césped. Mucho más que un partido. Es la batalla centroeuropea por el cetro de un deporte cuya ejecución suele definirse bipolarmente, entre la calidez de latitudes mediterráneas y la niebla propia de las islas británicas. Es la mayor de las menores rivalidades futbolísticas a nivel de naciones. Es una pelea vecinal entre aspirantes a liderar el asalto al trono español. Estamos en 2012 y lo que distingue este duelo de los dirimidos en otras épocas no está en el chasis de los aspirantes, sino en el motor que utilizan y en la disposición de las piezas. Nuestros perseguidores en la carrera  futbolística europea (y padres condicionantes en la económica) se han intercambiado el librillo de estilo. Y, seamos sinceros, no les va mal...¿o sí?

Alemania ha modernizado su ideario. La disciplina sigue siendo básica, pero ahora añade el aditivo decisorio de la calidad. El fútbol germano cambió su rumbo con la oportunidad a Klinsmann y lo ha asentado del todo con el protagonismo de Joachim Löw. Un tipo con las ideas claras y con las bases asentadas. Conoce su país y su fútbol; ha sido el principal responsable de las modificaciones en la estructura de la cantera alemana, consciente de que ése ha sido el punto clave en el triunfo de la actual generación española. Alemania sigue jugando como un bloque pero ha focalizado la velocidad de sus jugadores hacia un ataque más estético y con más efectivos. La flecha se ha convertido en un acordeón. La habitual determinación germana se ve ahora acompañada por la libertad para obtener resultados. Si la jugada se piensa en la cabeza del futbolista, hay más posibilidades de éxito que si simplemente se automatiza. Por fin la improvisación recibe su premio.


Pero Löw sabe que esto es posible gracias al talento futbolístico del que dispone en este siglo. Özil, Reus, Götze o Kroos simbolizan la nueva Alemania. Aquella que no conoció el Muro de Berlin pero que trabaja para que no vuelva a repetirse. Por fin esta selección gusta fuera de su país. El alma y orgullo germana están saciados de triunfos. Lo que ahora ansían es el reconocimiento, la sonrisa, el abrazo del neutral. En definitiva, representan como nadie las necesidades humanas de la buena posición futbolística. Y parece que están en disposición de encontrar su tesoro. A falta de un gran torneo, la rutina clasificatoria lo ha dejado claro. Alemania gana como siempre y juega como nunca.

Con Holanda se abre el ancestral debate sobre el juego y el resultado. Jamás hubiera pensado que el país de las jóvenes figuras preparadas durante años en la verde y lisa llanura amable acabaría cuestionando, precisamente sobre el césped, las ideas que cimentaron su personalidad durante décadas. Me dirán que Holanda suele jugar bien. Tocando el balón, presionando arriba, achicando espacios, abriendo a bandas...les responderé que hay idearios que, en ciertos contextos, resultan sagrados. Y no pueden traicionarse ni para ir al baño. Aunque sea durante 120 minutos en los que se está jugando una Copa del Mundo. Nadie conoce una Holanda alejada de esos argumentos. Van Marwijk fue el sacrílego responsable de que la selección naranja se olvidara de jugar al fútbol durante aquella final.


Ni todos los títulos del planeta harían olvidar aquella maravilla dinámica que fue la Holanda de Cruyff. Si se acepta la inscripción eterna de los campeones en la historia, también se ha de considerar la fidelidad y veracidad a un discurso que es el que realmente creó el producto. Un producto sin fecha de caducidad y reutilizable si nos atenemos a futbolistas de la talla de Gullit, Van Basten, Rijkaard, Bergkamp, Overmars, Seedorf ó Kluivert, todos ellos dignos sucesores del sentido hiperestético de la Naranja Mecánica.  A lo mejor me equivoco y plantear un ajedrez con una selección con Van Persie, Robben, Sneijder o Van der Vaart es poco práctico y conviene más pasar a los términos de batalla táctica, donde la oscura y sobrevalorada posición del mediocentro defensivo ponga a todos en su sitio y acabe siendo considerado la figura más decisiva del partido. Si así es, déjenme soñar hasta que la realidad me despierte.

Alemania goza de desordenar velozmente su talento, mientras que Holanda se entrega a la búsqueda del orden que jamás le hizo falta. Es una charla entre viejos enemigos cuya vida ha cambiado, aunque sigan entregados a los mismos objetivos. Mucho más que un partido.





miércoles, 6 de junio de 2012

La hora de Iniesta

Iniesta en el amistoso ante China (Foto: Eduardo Abad, EFE)

Es el momento de Andrés. Todos los futbolistas tienen su hora. A todos, sin excepción, les llega su instante pero sin incluir un matiz funesto en la expresión. Suelen ser recuerdos intensos, rápidos, que la memoria tiende a acortar en breves e indefinidos fotogramas. Imágenes sueltas que evocan olores pero no sonidos, sensaciones pero no hechos. Son las escenas que un profesional acaba teniendo como álbum cerebral de imágenes, lo que viene significando su mayor legado a la gloria colectiva de un club o selección.

El reloj se para en función de una serie de factores que creemos estimables pero que acaban siendo impredecibles. Sin trampear la inclusión de la tan traída suerte, el hambre de victoria termina siendo determinante en los milímetros, centésimas de segundo, que separan el triunfo absoluto del odiado rol de secundario. O como dirían algunos, del primer perdedor. Solo a la mínima distancia de la última meta, únicamente en esos momentos, las dudas entran en la cabeza de los supervivientes. Es ahí cuando se puede establecer un diferencial entre los muy grandes y los grandísimos. La reacción humana entre los superdotados y los inalcanzables termina siendo más grande de lo que parece.

La edad es esa pregunta ambigua del examen que todos hemos sufrido. Dependiendo del enfoque que uno le dé a la respuesta, el resultado variará de un modo determinante. Si creemos en el destino, tenderemos a pensar que la carrera de un futbolista da más oportunidades a aquellos que acaban de empezar. Sin embargo, este factor es susceptible de transformarse en una especie de hermano mayor, más coherente, razonable y mejor entendido. La madurez del jugador se antoja clave en la consecución del mayor potencial posible en el momento buscado. Es un tipo de carga que se convierte en ventaja competitiva cuando uno deja de sostenerla. Llega un día en el que uno abandona la sospecha, deja de jugar con las hipótesis y adquiere la certeza. Y lo hace con la mayor de las seguridades, ¿qué es la madurez sino confianza en los actos propios? Conjugar los primeros momentos en que aparece esa experiencia, comprobada desde fuera y sentida desde el interior, con un período de bonanza y plenitud física asegura estar cerca del triunfo. La inscripción a la carrera histórica queda más próxima.

Pero en algún momento tiene que parar el razonamiento. En el lugar exacto en que florece el instinto, la determinación y, por qué no decirlo, la suerte. Como decía al principio, hay factores intangibles; se trata de cualidades que aparecen cuando no se les llama, rescatando al afortunado del océano de la mediocridad. Por ejemplo, el talento. Continuando con el ángel con el que algunos nacen. Y en plena demagogia sentimental, cito al destino.

Y es que son pocos los afortunados y muy escasos los señalados públicamente. Aquellos cuyo resultado en la ecuación resulta positivo en los momentos más importantes. Esos futbolistas con una valoración superlativa por parte de todos los aficionados y expertos. Son casi únicos los que hacen sonreír y exclamar con sus slalom al mismo tiempo que siembran frustraciones en el verde. Sus pies reparten ilusión en la grada y a través de las pantallas. Su cuerpo se mueve sobre el césped como si viviera allí. Como si hubiera estado esperando al resto para empezar a jugar. Conoce el rectángulo de juego como si fuera su hogar e imparte clases como alumno, profesor y catedrático aventajado.

Si consideran esta humilde divagación como válida y tienen en cuenta los factores de la ecuación, el resultado que obtendrán será parecido al mío. Cambien el orden, el producto no se altera. Fuera del rectángulo de juego, se tiene una sospecha. En Barcelona, Madrid, Sevilla, Bilbao…y también fuera de España, aunque en ese caso la definición se acerca a temor. Comienza la Eurocopa y él tiene la certeza absoluta de que ha llegado su momento. Es la hora de Andrés Iniesta.







jueves, 31 de mayo de 2012

El largo aprendizaje de Peter Shilton



En este fútbol que tanto nos gusta, la gloria se suele repartir utilizando el filtro de los títulos, no siempre justo. Así lo reflejan los libros de historia deportiva o las nuevas wikipedias de la falsa edad moderna, la que estamos viviendo. Sin embargo, esta regla no funciona del mismo modo con el hincha. Él sí que recuerda las sensaciones y las asimila de un modo natural en sentimientos. El aficionado es más de amores que de bodas; más de fogonazos que de relaciones consentidas. En definitiva, más de la fugaz Holanda de Cruyff que de la Alemania de las tres últimas décadas del siglo XX. Pero el envoltorio más protocolario, profesional y, en verdad odioso, de este deporte establece como base y premisa de su ideario una simple palabra. Victoria.

A estas alturas del texto, se hace más necesario que nunca un "pero" para reconciliarme con el fútbol. Mi enfado con él podría resultar tan inconsistente como el de Homer Simpson con su televisión. Y es que este juego aporta de un modo frecuente (y parece que cálculado automáticamente por una fuerza superior) suficientes razones para creer en su dignidad, su justicia y su naturaleza más deportiva que empresarial. Cuando estos motivos aparecen, todos nos ponemos de acuerdo. O deberíamos. Surgen las excepciones que justifican cualquier regla. A veces vienen basadas en el envidiado talento y en otras ocasiones fundamentadas en el trabajo puro y en la determinación, junto a otras cualidades nada brillantes ante el espejo de los palacios futbolísticos. Y entre todas ellas, se desborda una característica que otorga todo tipo de ventajas en la vida a cambio de un concentrado sacrificio. Es difícil asociar la palabra aprendizaje con un futbolista de élite. Tanta artificialidad, discurso vacío, fanatismo irascible y polémica absurda han provocado agujeros negros en la reputación de este deporte. Pero la existencia de personas como Peter Shilton hace ver que quizá se trate de un prejuicio equivocado. 



Peter Leslie Shilton es un portero inglés y esto es lo peor que se puede decir de él. Es un tipo con el que han convivido hasta tres líneas familiares. Un abuelo pudo verle debutar escuchando embobado el Revolver de The Beatles. Un padre, a su vez, disfrutó su rectitud (tan admirada en los porteros de los ochenta) y plenitud deportiva mientras The Jam le hacía vibrar. Y un hijo reconoció su alicaída figura con los himnos de Oasis y la colorida explosión del brit-pop. Sus 30 años en el fútbol son uno de sus datos más conocidos, así como las 125 internacionalidades con Inglaterra y los 1390 partidos jugados durante toda su carrera. Hasta aquí la intervención de los números, que ayuda a mitificar al hombre nacido en Leicester.

Las peculiaridades de Shilton comienzan con su posición en el campo. Sí, es portero. Y sí, es inglés. Olvidémonos por un momento de Calamity James, Robert Seaman, Paul Robinson y demás proscritos. Hace muchos años, existía un nutrido arsenal de buenos porteros en las islas. El histórico Gordon Banks aconsejó al entrenador del Leicester que subiera a Shilton al primer equipo a mediados de los sesenta. Resulta curioso que la meteórica evolución de Peter obligara al club a vender a Banks tres temporadas después. La longevidad del portero hizo que jugara hasta en once clubes hasta su retiro en Leyton en 1997. En Inglaterra y entre los aficionados internacionales con más memoria, Shilton será recordado por ser el portero de aquel mítico Nottingham Forest de finales de los setenta. El dorsal "1" del club que pasó en tres temporadas de militar en la First Division a conquistar dos Copas de Europa. El portero de Brian Clough, que se dice pronto. Sembró muchísimo orgullo Shilton en su estancia en Nottingham.



No sucedió del mismo modo cuando actuó como guardameta de la selección inglesa, donde vivió épocas ciertamente oscuras. El fracaso colectivo sobrevino a Inglaterra durante varios turnos de competición. Las consecuencias personales para Shilton vinieron en sus últimos años como seleccionado. Se convirtió en el damnificado por la mano de Dios y en la víctima del gol del siglo en aquel recordado Mexico´86. Cuatro años más tarde, completó su mejor actuación en una Copa del Mundo y llevó a los pross al cuarto puesto en Italia. La deuda del fútbol de selecciones hacia Shilton quedaba medianamente saldada.

Por un momento, dejemos de lado a Shilton y hablemos de Peter. Decía Séneca que "el joven debe aprender y el viejo aprovechar lo aprendido". Para aquellos puristas de los métodos, resulta una sorpresa grata el comprobar cómo afrontaba Peter su relación con el fútbol, su profesión. Su pensamiento era instruirse continuamente, entrenar más y mejor. Llegar siempre más lejos que el resto. Respetar la ortodoxia del juego y la jerarquía y galones de los superiores. Peter comprendió su carrera deportiva como una licenciatura práctica. Se le conocía como el portero de los brazos largos; con el tiempo se supo que de niño se colgaba todos los días en una barra de gimnasia y quedaba suspendido. Años después, el guardameta confirmó la leyenda, aunque confesó que se había exagerado en parte. Su primer aprobado lo obtuvo ya en el patio del colegio.


Pensándolo bien, el aspecto de Peter Shilton es el de un alumno universitario correcto. Entraría en el cuadro de aquel adolescente encasillado fácilmente en el arquetipo de empollón impopular. Shilton ha mostrado siempre una estética y realizado unas declaraciones propias de un trabajador pero contrarias a un revolucionario. Y es que Peter personifica el respeto a los códigos de este deporte que en Inglaterra se consideran auténticas tablas sagradas. Esa idea del fútbol como cadena industrial la ha explicado el portero en más de una charla (luego hablaremos de su speech). Para él, "el progresivo aumento de la influencia de los futbolistas obliga al entrenador a ganarse su respeto constantemente, porque a menudo es el eslabón más débil. Cuando jugaba en el Nottingham Forest, Brian Clough se duchaba antes que el resto y se secaba sobre mi ropa. Yo tenía que esperar a que terminara y secar todo lo que había mojado. Hacía reír a todo el vestuario menos a mí. Luego me dijo que lo hacía porque me había convertido en la estrella del equipo y debía mantenerme con los pies en el suelo".


El tópico sobre la locura transitoria de los porteros se ha derribado en los últimos años. La cordura y la capacidad de liderazgo se suelen asociar a la posición más dada a la longevidad futbolística. Peter Shilton es un claro ejemplo. Lo destacable de su carácter, más allá de la predisposición al trabajo duro y constante, es su capacidad para ilusionarse durante tanto tiempo. Parece que Shilton buscaba sus motivaciones en aquellos aspectos que enriquecen más la sabiduría y bienestar interiores que la proyección mediática hacia el exterior. Un ejemplo. Peter declara que jamás jugó en un grande porque "para mí lo importante era estar a las órdenes de buenos entrenadores. Bobby Robson era un gran preparador, igual que Alf Ramsey, un excepcional entrenador de jugadores y personas. Brian Clough era ambas cosas". Siguiendo la misma línea, el portero se mostraba orgulloso de la participación de Inglaterra en la Copa del Mundo de Italia´90, pero no especialmente del cuarto puesto: "Volvimos a Inglaterra con el premio al equipo más deportivo en una época marcada por el hooliganismo de los nuestros. Es para sentirse muy satisfecho".


Ese acatamiento honorable al fútbol más básico, esa honestidad tan inofensiva como digna, se plasma en la actitud de Shilton hacia la jugada que marcó su carrera. Sobre la mano de Dios de Diego Maradona, Shilton siente esto:

"Incluso Gary Lineker dijo un día que hubiera hecho lo mismo y en Inglaterra se le considera un santo. Henry lo hizo contra Irlanda. Un portero que saca el balón de dentro de la portería cuando ha cruzado la línea también está haciendo trampa. Lo único que me molestó es que Maradona nunca se disculpara. Al final de los partidos, si se ha hecho algo mal nos pedimos perdón entre los futbolistas. Lo hablamos. Él nunca lo hizo, lo celebró. Su acción fue un acto reflejo, pero su reacción desde ese momento no fue la correcta. Es el mejor jugador contra el que he jugado, pero no le daría la mano si nos encontráramos."


Guste o no, resulta de alabar que el buenismo de Shilton sea el que haya marcado buena parte de las pautas de su carrera en un mundo en el que el dinero y la imagen al resto en forma de posición social sean los estándares habituales. No se libró Peter, que emergió más potente después de importantes devaneos con el mundo del juego tras su retirada. Ya se sabe, aquello de conocer el fondo para llegar mejor al tejado. El caso es que el ciclo didáctico de Peter Shilton se viene completando durante estos últimos años. El alumno se disfraza de profesor y explica ahora su aprendizaje; lo hace dando charlas motivacionales a toda clase de grupos. En su página web, se detalla lo "divertido y fascinante" de los discursos de Peter. Se le define como uno de los "after dinner speakers" más populares de Europa y se emplaza a posibles interesados a requerir sus servicios si buscan "presentaciones personalizadas para maximizar resultados, conseguir objetivos corporativos, entender las presiones del mundo laboral y todo ello aderezado de entusiasmo y del humor inglés más fino".

Parece que el destino laboral ha respetado a Shilton del mismo modo en que él intentó respetar su profesión durante más de treinta años. La vida le ha regalado un aspecto aún más tosco pero su sonrisa hace ver que el portero, al fin, se ha relajado. Incluso participó en la versión inglesa de Mira quien baila en 2010 con controvertidos resultados. Personalmente, me gusta ver profesionales del fútbol ganándose la vida con el verbo tras su retirada, y no me refiero a gritones encerrados en cuatro paredes fantaseando rumores sobre el agente de moda. Aunque la clase haya terminado para él, Peter Shilton nunca dejará de aprender. Solo cabe esperar que la vida le siga premiando por aquello en lo que cree. El fútbol no puede negar la gloria a alguien que lo ama tanto.







viernes, 25 de mayo de 2012

Respiraciones en el río

23:06 del jueves. Sales de casa, algo indigesto tras una cena de remiendos y una tarde inactiva. El ruido de los vecinos se empieza a hacer notar. Necesitas aire y, al salir, una sorpresa reveladora a estas alturas del año. El aire...el viento...ya no es el mismo. Es verano. Ya ha comenzado la época estival. Para mí se inicia en ese momento en el que sales a la calle con una camiseta ligera de manga larga y te encuentras realmente cómodo. La humedad reinante del río ayuda. El verano ha llegado a Madrid.

Pasas por aquellas terrazas de los barrios antiguos, cercanos a estaciones de tren remodeladas (más bien, reseteadas) en centros comerciales. Allí siempre se respira lo mismo. Humo. Durante el día, el dióxido de nitrógeno de los coches que se agolpan para subir precipitadamente a la Plaza de España o girar hacia Puerta del Ángel, donde la mayoría se desviarán hacia la vena más hermética de Madrid, la M-30. Durante el ciclo nocturno, el humo procede de las terrazas. Agobios desatados, declaraciones intensas, alcoholismos inevitables...todo se junta en una atmósfera que nos recuerda  a algunos lo mucho que odiamos el tabaco y a otros lo mucho que lo necesitan. Cada uno mejora o empeora su vida como quiera y según se mire se entenderán diferentes suposiciones. 

Tras las terrazas y la plaza con la puerta más fea de Madrid, al menos vista por sus cuartos traseros, enfilas la rampa que te lleva al río. Para los que venís mañana a ver la final, os explico. El río es ese espacio artificial cubierto de agua (decir "lleno" sería tan generoso como incierto) que ocupa aproximadamente una octava parte de la anchura total del paseo. Pinos, cemento, bancos, cemento, sendas "ciclables" (palabra que seguramente tenga algún tipo de connotación sexual que no acierto a aclarar en este momento), cemento...cuidado, que a mí la zona me gusta, vivo allí y uso el bulevar como cualquier viandante. Pero la física es la física y las proporciones no se alejan mucho de esto. Qué le vamos a hacer, el clima de nuestra ciudad y la faraonización de nuestros alcaldes no permiten  un escenario diferente. Aquí huele como el suelo. Gris...

Llegas al puente de Virgen del Puerto y lo cruzas, para luego girar a la derecha y volver dirección Noroeste por la orilla contraria del río. Es decir, vuelvo a casa. Y aquí sí. Ahora atravieso la carpa del Athletic Club de Bilbao, que no es una parte de su traje de supervascos, sino el recinto que se ha preparado para recibir a los miles de aficionados que vienen mañana a ver la final de Copa. Básicamente, es como una caseta de feria pero de tamaño imperial. Como en toda buena fiesta, la caseta de la Muerte (símil a Star Wars, de nada) va acompañada por pequeñas casetas, que mañana serán los Iturraspe de la zona, trabajo sucio puro, los que librarán la verdadera guerra abasteciendo de bebida y comida a los hinchas mientras los aficionados pijitos, los burgueses de toda fiesta, los que son demasiado limpios para restregarse contra una barra metálica...esos, se concentrarán frente a la pantalla de la megacarpa. Perdón por el trauma de tanta fiesta municipal.

Con un cuadro así a un lado y una alineación de estéticas y fabulosas letrinas al otro (ya sabéis, ese azul cielo que tanto debe tranquilizar y relajar cuando a uno le va a explotar el esfínter uretral), es difícil pensar en un olor agradable a la par que enriquecedor. Los carteles con los precios de los bocadillos y las diferentes acepciones para un mismo objeto (un vaso) me evocan otras actitudes cañís que todos hemos guardado en nuestro cromosoma español. Pero pocos metros más tarde, termina la zona del pecado y puedes ver la tienda oficial del Athletic. Muniaín, Javi Martínez y Llorente posan con sus camisetas sobre un fondo nocturno e iluminados por el reflejo de las gotas de lluvia en sus rostros. Puff...soy madridista y ya me ha impuesto, aquí viene uno de Bilbao y tendrá ganas de cometer un acto impuro con, sobre, bajo y tras esos posters. Mañana me pasaré sin falta.

El caso es que, llegados a este punto, encuentras lo que has salido a buscar. Faltan 22 horas para la final de Copa y ya se respira fútbol. Huele a verde, a balón. Esto es Madrid, este es el verano y mañana se disputa la final de Copa del Rey.  Tiene muy buena pinta. Va a ser frenética, ajedrecística, espectacular, incluso ciclable. Aquí la veré, en el río.





miércoles, 23 de mayo de 2012

Drogba, el guerrero analógico




A veces, el fútbol pierde la clásica concepción con la que fue creado. Se trata de esa tendencia que nos envuelve hoy en día y que consiste en modernizar las formas, procedimientos y objetivos de cualquier proceso en el que intervenimos de cara a ganar en practicidad y rentabilidad. Generalmente, supone una mayor inmediatez. Además, lo actual, lo recientemente creado, suele ser más ágil y visualmente impactante. Pero reconozcámoslo, tiene menos sabor y prescinde de autocríticas y razonamientos. En el nuevo siglo, las cuestiones que comienzan con “¿por qué…” se dejan para el final por miedo a no tener respuestas durante el camino. Y aunque parezca alejado de ello, el fútbol no se libra de los nuevos enfoques de esta vida.

Se nos olvida frecuentemente que esto es un deporte. Un juego. Sí, llevado al profesionalismo y tecnificación más absoluta. Pero en la base sigue siendo un juego. Solemos pensar en los jugadores como máquinas de comportamiento regular, patrones marcados y rendimientos más asociados a motores diesel que a seres humanos (irregulares por naturaleza). Vemos el campo de juego como una pizarra virtual donde superdotados tácticos mueven sus piezas en una especie de ajedrez robótico en el que no se puede fallar. El aficionado se bloquea, como si fuera Windows Vista, al no entender que su equipo pierda disponiendo de mejores jugadores que el contrario. Quizá me equivoque pero creo que el concepto está equivocado. Del revés. Probemos a darle la vuelta al asunto.

En un deporte digital, la influencia humana puede ser la que aporte ese plus decisivo, mínimo y espontáneo que tantas veces separa la gloria del anonimato. El fútbol se sigue jugando sobre césped, naturaleza histórica pura (o casi…pero aquí la responsabilidad es puramente química). Los participantes no reaccionan a raíz de golpes de teclado, sino ante ánimos, provocaciones o motivaciones. El fútbol siempre será analógico, amigos. Una final de Champions League no es Juegos de Guerra. Un partido de fútbol encaja mejor en Braveheart. Didier Drogba es más Mel Gibson que Matthew Broderick. Un guerrero analógico. Un carácter ancestral que destroza cualquier sistema operativo. Un ganador con un destino labrado por él mismo.


Didier Drogba se nos marcha de la Premier League. Con treinta y cuatro años y tras ocho temporadas en Stamford Bridge, Didier es más que un jugador. Ha cruzado la línea de símbolo de club para asentarse en el estatus de personalidad más influyente de su país, habiendo jugado un papel decisivo para asentar oleadas de paz en una deprimida y sangrienta Costa de Marfil. Ahora, sólo tras ganar la Champions League, Drogba recibe el reconocimiento internacional de grado superlativo que se le había negado durante toda su carrera. Fuera de Inglaterra, no siempre fue colocado de un modo unánime en el escalón de los mejores delanteros de una generación excelsa en talento (Ronaldo, Henry, Eto´o, etc).

El africano está siendo condecorado al final de su película. Como el héroe que se recupera de sus heridas tras múltiples peleas (un codazo, una bofetada y un diente roto, su bagaje contra Vidic) o como el soldado que nunca pareció agotar su cupo de resurrecciones. Un hombre que tardó dos semanas en recuperarse de una fractura de cúbito para debutar con su selección en la Copa del Mundo de Sudáfrica, con protección de yeso incluida. Siempre fue consciente de su enorme capacidad de liderazgo y contagioso triunfalismo y nunca permaneció ajeno al sentimiento de responsabilidad que el fútbol le introdujo. Esto se ha agudizado especialmente en esta última temporada, donde Didier ha sido el arma ejecutora de una generación de futbolistas que veían en él la solución para ajusticiar sus intentos de tomar Europa durante la última década.


Treinta y ocho días antes de finalizar su contrato, Drogba ha confirmado que no continúa en el Chelsea. En mi afán de humanizarlo, hasta diría que me parece más identificable esta situación que aquellas que prorrogan contratos a los que aún falta algún lustro por cumplir; tan absurdo como artificioso. Y no nos engañemos, la relación de Drogba con la competitividad de la élite también parece romperse. Y digo “parece” porque de los héroes siempre puedes esperar heroicidades. Es el humano más firme en un mundo cada vez más mecanizado. La apelación a la mística resulta imprescindible.

“Creo mucho en el destino…cuando eres jugador del Chelsea, nunca hay que darse vencido hasta el final”

En la última batalla sobre el verde, la tenacidad del guerrero ha dejado de lado la mal definida justicia futbolística y ha puesto de manifiesto la importancia de la entereza, la perseverancia y la determinación en la vida. Un ganador siempre cree en el destino porque cree que puede vencerle y escribir su propia historia. Drogba lo ha logrado.

Mis sinceros agradecimientos y sonoros aplausos para uno de los tipos que más he admirado en el mundo del fútbol. Por fin ha encontrado su merecido descanso. Didier Drogba, el guerrero analógico, por fin ha ganado su guerra.