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lunes, 15 de abril de 2013

Imagine: El mármol de Rooney




Imagino que en una noche de Champions League se intenta mantener la misma concentración, los mismos procedimientos, tan tribales como profesionalizados, algo paradójico. Y todo ello con la idea de normalizar la tensión, un absurdo como concepto y un peligro muscular y vascularmente si se acepta como realidad. Imagino que, en una noche así, todos estamos destemplados. En un vestuario, los nervios fluyen como los conatos de memorizar los deberes que tocará hacer sobre el césped, de aprenderse la lección. Y acaban siendo sólo intentos porque los futbolistas somos instinto y no razón. Incluso los más académicos conocen las respuestas sin tener que repasar el recuerdo. Las tripas les dicen cuando soltar el balón.

En un vestuario, los pechos y las manos chocan, como las miradas se unen fugazmente como gesto inequívoco de confianza. Se agradece esa seguridad en citas como éstas, en las que alguien afortunado como un futbolista puede llegar a sentir miedo. El miedo debería ser un fugitivo en esta profesión.

Me gustan los rituales. Me gusta hacer algo que me lleve a ser alguien. En los instantes previos a los grandes partidos, sólo hay un momento que me haga sentir la grandeza de lo que voy a vivir. Sólo uno. Me siento en el banco helado del vestuario local de Old Trafford, respiro y pienso en lo que vendrá después del partido. En la estrella del equipo contrario con la que intercambiaré mi camiseta, la cantidad de periodistas que me harán las típicas tópicas preguntas, los aficionados con los que me cruzaré a la salida del estadio y la expectación con la que me recibirá mi mujer en casa. Es el último momento de calidez

…que me permite el frío mármol del vestuario, el mismo que me recuerda lo eterno del club y del fútbol y lo efímero de mí mismo. Y ese tacto helado, esa sutil divergencia de texturas y colores entre mi pantalón y el impersonal mármol, es lo que me recuerda lo frío de este deporte. El fútbol es tan duro que el larguísimo y consistente camino que te lleva a la élite se convierte en el barranco más vertical en noches así. La recompensa es tan inabordable como el fracaso. Y eso es lo que me recuerda el mármol y su contagiosa refrigeración.

Entra el míster en el vestuario y da la alineación. Su gesto de nerviosismo se resume en la velocidad de centrifugado del chicle en su boca. Los que le conocemos bien, le calamos en segundos. Cuando llega a la delantera, no pronuncia mi nombre. Pero me mira. Supongo que es un gesto de esos que no deberían doler, pero lo hace. Imagino que busca mi confianza en esa decisión, pero me resulta imposible dársela. Imagino que ese es su ritual, ese es su momento de calidez emocional y es la última concesión que se da antes de su trabajo. No me queda más remedio que aumentar mi temperatura, meterme en el césped sin jugar y rezumar confianza. El mármol me recuerda que es noche de Champions League.


Artículo extraído del nº8 de Lineker Magazine:


martes, 5 de marzo de 2013

¿Qué es un Manchester United - Real Madrid?




Un Manchester United - Real Madrid es un partido de fútbol de los de verdad. De verdad el partido y de verdad el fútbol.

Un Manchester United - Real Madrid es una reverencia a la historia del fútbol moderno, el mejor antídoto para ese odio eterno, muchas veces justificado excepto en noches como ésta. 

Un Manchester United - Real Madrid es un recuerdo dulce para cualquiera, una derrota que regatea lo amargo. Y no solo por el taconazo de Redondo. La invisible presencia de Van Nilsterooy, la perfección de golpeo de Beckham, la confianza en Raúl, la fe de Raúl, los cojones de Keane, el maltratado chicle de Ferguson mientras observa como un profesor en el patio durante el recreo, la clase de Scholes, las piernas de Ronaldo, los aplausos de Old Trafford....y si nos vamos más atrás, son Best, Puskas, Charlton y Di Stefano compitiendo por el trono continental. Casi nada

Un Manchester United - Real Madrid es la exposición pública del poder de una camiseta. Gigantes en los sesenta, volvieron al poder europeo en el primer lustro del nuevo siglo y se convirtieron en la eliminatoria más clásica de la historia de la Champions League para una generación entera. Aquello era un fútbol agradecido, un juego a meter más goles que el contrario. Un combate de ataques.

Un Manchester United - Real Madrid es la intensidad elevada a la enésima potencia. Es el respeto por la grandeza, por la enemistad bien entendida y por el fútbol más puro. Es la noche en la que el escudo de la camiseta parece cosido al cuerpo, bombeando al corazón el esfuerzo más superlativo.

Un Manchester United - Real Madrid es el olor a espectáculo, a historia, a prestigio. Es la sensación de que si nos tomamos el fútbol tan en serio es porque él nos lo agradece con partidos como éste.

Un Manchester United - Real Madrid es el partido que Ryan Giggs merece para salir al campo sintiéndose milenario.

Un Manchester United - Real Madrid es la mejor ocasión para agradecer que el fútbol naciera en Inglaterra.

Un Manchester United - Real Madrid es esa saga cinematográfica que siempre verás sin siquiera fijarte en los actores.

Un Manchester United - Real Madrid es mi mayor razón para sentirme aficionado a este deporte.


Twitter: @JosePortas



martes, 6 de noviembre de 2012

Un partido brillante





Hay partidos de colores brillantes. Más atractivos de lo normal. Partidos a los que el azar de los sorteos cuida concienzudamente, añadiéndolos de un modo tan caprichoso como juicioso en determinadas fechas del calendario. El destino entiende y aplica el placer de lo puntual, de lo sucinto. La ocasionalidad de ciertos choques resulta especialmente seductora para el aficionado clásico; aquel que valora ver a su equipo en un estadio inédito, que supedita su simpatía a los gestos durante su niñez, aceptando su criterio infantil como el más válido de todos. Ese gourmet del fútbol bien entendido que prefiere equipos y partidos de muchos colores.

El BVB siempre fue diferente para la mayoría de nosotros. Para empezar, eran alemanes vestidos de amarillo. Esto ya parecía una contradicción cuando en España lo más parecido que habíamos visto a ese color era la camiseta de Carmelo en el Cádiz. La Alemania dura, el mítico rodillo, la salsa agridulce y triunfante que envolvía todos los platos…era blanca. Un blanco neutral y demasiado limpio para nuestro siempre desordenado país. También podía ser verde. Pero nunca amarillo. Resultaba complicado aliar la alegría con los hipotéticos villanos. Era preferible meter al Borussia en el mismo saco que el Bayern de Munich. Altos, malos, toscos, poderosos, oportunistas, orgullosos, superiores…pero, de repente, cuando ya había conseguido olvidar el color de su camiseta, aparece un tipo bajito y castaño. Quejicoso en sus formas, pero delicioso en su fútbol. Se llamaba Andy Möller y para mí siempre será una de las caras de este club. Un futbolista distinto, irregular, uno de los primeros a los que comenzaba a aplicarse el término mediapunta como algo innovador por entonces. La posición era indiferente, lo importante era que tocara la pelota. Y si lo hacía, yo era del Borussia. Vestían de amarillo y negro y jugaba Andy Möller. Y cuando no hacían falta más argumentos para convencerme, la televisión digital se encargó de mostrarme uno de los estadios más imponentes del fútbol mundial. El Westfalenstadion (no me da la gana llamarlo de otra manera) es precioso, sublime y grandioso. Es uno de esos escenarios que hacen los partidos más grandes de lo que son.




El tiempo se ha encargado de facilitar mis simpatías. España ha endulzado sus ideas futbolísticas, pasándole parte de la diabetes a Alemania, derrotada por nuestra selección en dos ocasiones (Eurocopa y Mundial). El Borussia de Dortmund se ha convertido (si es que no lo era antes) en un club moderno, justificante directo de la existencia de una competición como la Champions League. Aglutina un conjunto de jugadores jóvenes, veloces, carismáticos y de gran calidad. Le presumimos política social, títulos y buen fútbol. Y todo ello visualizado en la sonrisa de su entrenador, Jürgen Klopp. Un tipo feliz con su vida y generoso con mostrársela al resto, un hombre seguramente consciente de la alegría y simpatía que despierta su club. No nos engañemos, Klopp cae bien; y mejor aún si se le compara con colegas suyos abandonados al discurso de la excusa, a la dramatización continua y a la confrontación como origen y fin. ¿Podrían, tan solo, callarse y sonreír?

Hoy hay partido y de los buenos. Siéntense y disfruten de la mejor historia y de la intensidad más punzante. De todo lo bueno de la juventud y de la experiencia. Exijan valentía, condenen la dejadez. Olviden porterías y palabras y quédense con el balón. Y sonrían. Amarillos y blancos en un estadio azul al rojo vivo. Un partido brillante.

























miércoles, 23 de mayo de 2012

Drogba, el guerrero analógico




A veces, el fútbol pierde la clásica concepción con la que fue creado. Se trata de esa tendencia que nos envuelve hoy en día y que consiste en modernizar las formas, procedimientos y objetivos de cualquier proceso en el que intervenimos de cara a ganar en practicidad y rentabilidad. Generalmente, supone una mayor inmediatez. Además, lo actual, lo recientemente creado, suele ser más ágil y visualmente impactante. Pero reconozcámoslo, tiene menos sabor y prescinde de autocríticas y razonamientos. En el nuevo siglo, las cuestiones que comienzan con “¿por qué…” se dejan para el final por miedo a no tener respuestas durante el camino. Y aunque parezca alejado de ello, el fútbol no se libra de los nuevos enfoques de esta vida.

Se nos olvida frecuentemente que esto es un deporte. Un juego. Sí, llevado al profesionalismo y tecnificación más absoluta. Pero en la base sigue siendo un juego. Solemos pensar en los jugadores como máquinas de comportamiento regular, patrones marcados y rendimientos más asociados a motores diesel que a seres humanos (irregulares por naturaleza). Vemos el campo de juego como una pizarra virtual donde superdotados tácticos mueven sus piezas en una especie de ajedrez robótico en el que no se puede fallar. El aficionado se bloquea, como si fuera Windows Vista, al no entender que su equipo pierda disponiendo de mejores jugadores que el contrario. Quizá me equivoque pero creo que el concepto está equivocado. Del revés. Probemos a darle la vuelta al asunto.

En un deporte digital, la influencia humana puede ser la que aporte ese plus decisivo, mínimo y espontáneo que tantas veces separa la gloria del anonimato. El fútbol se sigue jugando sobre césped, naturaleza histórica pura (o casi…pero aquí la responsabilidad es puramente química). Los participantes no reaccionan a raíz de golpes de teclado, sino ante ánimos, provocaciones o motivaciones. El fútbol siempre será analógico, amigos. Una final de Champions League no es Juegos de Guerra. Un partido de fútbol encaja mejor en Braveheart. Didier Drogba es más Mel Gibson que Matthew Broderick. Un guerrero analógico. Un carácter ancestral que destroza cualquier sistema operativo. Un ganador con un destino labrado por él mismo.


Didier Drogba se nos marcha de la Premier League. Con treinta y cuatro años y tras ocho temporadas en Stamford Bridge, Didier es más que un jugador. Ha cruzado la línea de símbolo de club para asentarse en el estatus de personalidad más influyente de su país, habiendo jugado un papel decisivo para asentar oleadas de paz en una deprimida y sangrienta Costa de Marfil. Ahora, sólo tras ganar la Champions League, Drogba recibe el reconocimiento internacional de grado superlativo que se le había negado durante toda su carrera. Fuera de Inglaterra, no siempre fue colocado de un modo unánime en el escalón de los mejores delanteros de una generación excelsa en talento (Ronaldo, Henry, Eto´o, etc).

El africano está siendo condecorado al final de su película. Como el héroe que se recupera de sus heridas tras múltiples peleas (un codazo, una bofetada y un diente roto, su bagaje contra Vidic) o como el soldado que nunca pareció agotar su cupo de resurrecciones. Un hombre que tardó dos semanas en recuperarse de una fractura de cúbito para debutar con su selección en la Copa del Mundo de Sudáfrica, con protección de yeso incluida. Siempre fue consciente de su enorme capacidad de liderazgo y contagioso triunfalismo y nunca permaneció ajeno al sentimiento de responsabilidad que el fútbol le introdujo. Esto se ha agudizado especialmente en esta última temporada, donde Didier ha sido el arma ejecutora de una generación de futbolistas que veían en él la solución para ajusticiar sus intentos de tomar Europa durante la última década.


Treinta y ocho días antes de finalizar su contrato, Drogba ha confirmado que no continúa en el Chelsea. En mi afán de humanizarlo, hasta diría que me parece más identificable esta situación que aquellas que prorrogan contratos a los que aún falta algún lustro por cumplir; tan absurdo como artificioso. Y no nos engañemos, la relación de Drogba con la competitividad de la élite también parece romperse. Y digo “parece” porque de los héroes siempre puedes esperar heroicidades. Es el humano más firme en un mundo cada vez más mecanizado. La apelación a la mística resulta imprescindible.

“Creo mucho en el destino…cuando eres jugador del Chelsea, nunca hay que darse vencido hasta el final”

En la última batalla sobre el verde, la tenacidad del guerrero ha dejado de lado la mal definida justicia futbolística y ha puesto de manifiesto la importancia de la entereza, la perseverancia y la determinación en la vida. Un ganador siempre cree en el destino porque cree que puede vencerle y escribir su propia historia. Drogba lo ha logrado.

Mis sinceros agradecimientos y sonoros aplausos para uno de los tipos que más he admirado en el mundo del fútbol. Por fin ha encontrado su merecido descanso. Didier Drogba, el guerrero analógico, por fin ha ganado su guerra.





miércoles, 25 de abril de 2012

Convencimiento, personalidad y grandeza

Xabi, brújula y personalidad del Real Madrid
Xabi, brújula y personalidad al frente del Real Madrid























La oportunidad resulta histórica para el club mas laureado del mundo. Guste o no, con la eliminación del Barcelona se ha abierto un hilo de luz en la cueva de esperanza del madridismo, ávida de triunfos europeos en este siglo y cada vez menos oculta. Posiblemente no lo necesitaba.

El triunfo en el Camp Nou ha limpiado complejos y espantado fantasmas, limpiando el ambiente de la intoxicación de derrotas (a veces duras, a veces indignas) de los últimos tres años. Pero gracias a la machada del Chelsea, el siempre necesario aporte de precaución ya está presente en el cuerpo técnico, plantilla y afición madridista.

Diez años después, se vuelve a respirar el ambiente auténtico de trascendencia en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu. La motivación continental supera con holgura cualquier otro tipo de estímulo madridista.  Al Real Madrid le gusta reeditar la historia de Rey de Reyes y el papel de embajador de la causa futbolística ante este tipo de situaciones, como el padre que defiende a sus hijos ante un vecino más guapo, más alto y más fuerte. Sin embargo, esta vez el rival, por frecuente, no deja de perder su condición de ogro feo y fortachón. El Bayern de Múnich, un clásico de la competición y de los duelos a cara de perro con el Real Madrid.

No sé qué pasará hoy en Concha Espina. Espero oír el mayor grito dado nunca en la época moderna por la afición del Real Madrid. Ansío la mejor actitud de Mourinho desde el banquillo y un ideario propio de este club. Nada de conformismos, especulación ni problemas originados en tanteos más artificialmente tácticos que realmente útiles. El Madrid debe salir a arrasar al Bayern. A comerse al rival con fútbol y con inteligencia. A jugar mejor, correr más, chocar más fuerte y gritar más alto. Altísima intensidad con los jefes en el campo marcando revoluciones. La personalidad de los grandes (Iker, Sergio, Xabi y Cristiano) debe imponerse y trazar el camino para aquellos que pueden carecer de inteligencia emocional para sobreponerse a las circunstancias (recordemos los antecedentes de Pepe o Marcelo). Unos deben pensar el partido con la cabeza y otros lo decidirán con los pies.

Y esta vez no. Esta vez el monstruo alemán no supera en belleza al gigante español. El Real Madrid es más guapo que el Bayern, gusta más e impone lo que otros no pueden. El convencimiento está claro en todos los estratos del madridismo, concienciados para que no se convierta en autocomplacencia, como pudo suceder en la ida. Ser mejor equipo se demuestra sobre el césped y ahí tendrá lugar la batalla. Olvidándose por noventa minutos de polémicas, futuros imprevisibles y pasados intocables, el conjunto madridista debe demostrar el peso que se le supone hoy día en el fútbol europeo. Los elegidos deben enseñar que son dignos herederos de la grandeza de la casa y de un escudo que aporta un enorme plus de vitamina en el alma madridista durante las guerras europeas. 

La gloria está cerca. Y aunque el talento, el trabajo, la personalidad y la fuerza formen parte de la receta, no existen secretos para dar con la fórmula secreta. Esto es la Champions League. Mágica e imprevisible. Cruel con los destronados y maravillosa para los jubilosos. Hoy el Real Madrid debe sonreír, jugar al fútbol mejor que el Bayern de Múnich y, sobre todo, creerse que puede optar a ser, de nuevo y una década después, el Rey de Europa.




jueves, 19 de abril de 2012

¿Qué es la justicia en el fútbol?


El radicalismo de ideas nos lleva en muchas ocasiones a juzgar lo que vemos bajo el punto de vista del forofo más reacio o del convencimiento de la bondad o legitimidad. Estos dos conceptos resultan incompatibles con un juego que marca sus límites de un modo muy nítido, bajo el objetivo de traspasar determinadas líneas (literalmente, la de gol) en el marco de unas reglas concretas.



El dogma de este escrito es el siguiente: juzgar y repartir justicia en un partido de fútbol resulta moralmente complejo y fácilmente atribuible a la causa individual. Hablaba del bien. ¿Qué es jugar bien? Entiendo que construir, como lo entendemos en otras disciplinas vitales. Tener el balón y gozar del control. En mi opinión, la definición "jugar bien" debe ampliarse a otros conceptos. En un juego en el que gana quien más goles mete, la injusticia no puede existir, por definición. Resulta tan simple como que la pelota entre.

Y para eso hay muchas maneras. No todas son tan constructivas como la que suele proponer el Barcelona, ni tan directas como la que se le atribuye comúnmente al Real Madrid. Como en la vida, hay muchas formas de actuar. La diferencia es que la vida es un camino en el que el resultado no viene marcado por un final. En un partido de fútbol, los profesionales que intervienen buscan la victoria de un modo constante y categórico. La belleza para un futbolista es el gol. La legitimidad viene limitada por un reglamento.

Entiendo que el aficionado medio pueda buscar otras motivaciones en el fútbol. Y además, debemos agradecerlo. Hay que congratularse por la insatisfacción del español por este deporte sin el valor añadido del espectáculo. Pero eso no exculpa la intolerancia asociada al modo de plantear un partido. Focalizándolo en el Chelsea-Barça de ayer, ¿qué es racanería? ¿No intentar atacar? ¿No es el del Chelsea un mayor riesgo para su futuro, ya que apenas buscó la portería blaugrana? ¿No atacó mejor el equipo de Di Matteo, que con muchas menos llegadas metió más goles? ¿Por qué en UK se habla de partido tácticamente perfecto y en España se habla de racanería?



Entramos en un terreno donde se valoran las formas de llegar al área y las apuestas de cada equipo. Unas más loables que otras en función de lo que entendamos por belleza futbolística, que en mi opinión es una definición entendida de un modo muy homogéneo por la mayoría de aficionados. ¿Lo que hizo ayer el Chelsea es bonito? Obviamente, NO. No se crean que en Londres la respuesta sería otra. La afición, la plantilla y el cuerpo técnico sabían perfectamente que esa era la forma de ganar al Barça. Seguramente, la única. Y eso, para el Chelsea, es jugar al fútbol. Es lícito y entra dentro del reglamento, por cierto interpretado de un modo admirable por la mayoría de sus jugadores. Jamás vi a un jugador de la Liga BBVA reconocer a un árbitro que su caída no había sido precedida de falta.

¿La propuesta es tacaña? Si el Chelsea hubiera jugado contra mi equipo del barrio, hubiera sido otra. La frase hecha (odiosa) "que me ganen jugando al fútbol" está construida desde la actitud del que se sabe superior en una determinada faceta. Es de tramposos limitar el fútbol a una propuesta. Métanse con el Manchester City cuando no enlaza dos pases seguidos ante el Bolton. O con una selección brasileña que tira dos veces a puerta contra Perú. Eso puede ser racanería. O falta de trabajo, acomodación al talento, carencia de ambición, etc. Un Chelsea en horas bajas y con lesiones importantes ante el mejor equipo de la historia, con más variantes ofensivas y mejor trabajo de recuperación. ¿Cómo plantearlo? Si el partido acaba 1-0 para los ingleses, es un buen planteamiento. Indiscutible. Los que quieren "jugar al fútbol", quieren imponer un escenario de tendencias favorable a sus colores. Cada uno va a la guerra con sus armas y no por ello deja de ser una guerra.

Entiendo que cuando un equipo llega veinticuatro veces al área suele marcar gol. Más de uno y más de dos. Si no lo consigue, será por una combinación de malas decisiones y mala puntería. Es decir, acierto defensivo y desacierto ofensivo. ¿Justicia? Un tiro al poste es un "casi"; no es gol. Un aficionado del Chelsea dirá que la injusticia sería que un balón que no va dentro de los tres palos se considere gol, porque no lo es. Un lanzamiento al poste es un fallo, nos guste o no. Muy cercano al acierto, pero insuficiente. Y pongo la mano en el fuego a que el propio Guardiola es consciente del dato y ajustará las tuercas para que no se vuelva a producir. Si nos dicen antes del partido que el Chelsea ha estado trabajando durante semanas el repliegue defensivo que mostró ayer y el Barça, en ese mismo período, no ha ejercitado el disparo a puerta, ¿consideraríamos justo el resultado?



Una de las situaciones mas elogiables de un club es aquella en la que demuestra una idiosincrasia y forma de entender el fútbol que va más allá de modas, entrenadores y rivalidades. Y en eso, clubes como el Barça son un ejemplo superlativo. Con esa fuerza y convencimiento se puede viajar al fin del mundo futbolístico y conquistar trofeos y corazones de aficionados. Ahora bien, parte de esa identidad está formada por el respeto y la comprensión de los códigos internos del deporte. Aquellos que dicen que en el fútbol, como en la vida, hay ricos, pobres, clases sociales con distinto reparto de recursos y objetivos totalmente diferentes. Deberíamos mostrarnos totalmente tolerantes con la cantidad de personalidades que se encuentran en los campos. De hecho, si todos fuéramos iguales, anduviéramos del mismo modo y pensáramos lo mismo, no existiría el concepto "personalidad" como tal y ya no habría nada que elogiar a aquellos que en determinados momentos pretenden imponerse.

Hablar de justicia sobre un césped es sesgar y limitar el debate a unos factores de juego (menos discutibles que otros que alteran lo que se ve sobre el césped). Y extrapolar un entendimiento concreto del juego como verdad absoluta es un error clamoroso y un intento de apropiarse de algo que es de todos. Disfrutad del fútbol.