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jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





martes, 3 de abril de 2012

Torres sin etiquetas


Fernando es diferente. No cabe duda. Serán sus orígenes atléticos en un país absorbido por la voracidad de las dos torres del fútbol mundial. O será su melena rubia y piel tímida en una tierra brillantemente bronceada durante trescientos días al año. Incluso habría que considerar que fue el destino el que le hizo distinto. Ese destino que tras endiablarle el control, le dotó de una prodigiosa zancada y un toque divino para conquistar el viejo continente. Aquel día, Fernando se convirtió en patrimonio nacional. Desde entonces, todos tenemos un poco de él y, además, creemos saber cómo administrarlo.

Es el precio a pagar por convertirse en el cartero de la fe nacional. En el entorno de aquella extraordinaria España, Fernando parecía el mejor de los humanos, el instinto rodeado del plasticismo. Sin obviar sus magníficas condiciones, el de Fuenlabrada aportaba, junto a otros, la típica sensación ibérica. La endémica condición terrenal de los españoles frente a los superdotados europeos del siglo XX. Cierta inseguridad mental, una contrastada fragilidad histórica y un complejo fatalmente heredado generación tras generación. Sin embargo, el envoltorio del Niño resultaba de una estética fantástica. Torres, rodeado de escuderos de fantasía y magos del balón, se convertía en la bala más adecuada para el arma más sofisticada del mercado. Y, además, molaba. Y mucho, ¿por qué negarlo?


En realidad, Fernando tan sólo destinaba su talento a la eficacia de su trabajo sin ningún tipo de ataduras más allá del rectángulo de juego, lo cual no es poco. Torres no ha podido hacerlo de un modo continuo durante su carrera. Esa condición de “chico de barrio”, tan traída como odiosa, se cumple en Fernando en la parte positiva de la expresión. Me lo imagino como el típico amiguete del colegio con el que coincides simplemente en el color de las chapas, empatizando así de un modo mutuo hasta límites insospechados. A esa edad, el resultado de estas extrañas asociaciones se llama amistad y una consecuencia de manual es la implicación.

La sangre de Fernando Torres siempre ha sido roja y así lo ha sentido él. Durante los doce años que perteneció al Atlético de Madrid, Fernando pasó de ser del Atleti a ser el Atleti. Tal cual. La circense gestión del club en época de profundidades agudizaba el ansia de búsqueda de símbolos entre la afición. Y Torres, un chico de la casa, joven y sobradamente preparado, estaba allí. El delantero fue asumiendo de un modo gradual un peso que seguramente no le correspondía. La maleta del Niño cargaba con la ineptitud de los dirigentes, el aliento de la afición y su lógica ambición. Y como el fútbol es un deporte de equipo, aquello no podía acabar bien. Como dijo el propio Fernando, no deberían existir capitanes de diecinueve años. La responsabilidad acabó pesando demasiado para Torres, que actúo como cualquiera hubiera hecho varios años antes. Se marchó a un sitio mejor.


El Niño encontró en Liverpool lo que más necesitaba. Espacio. En todos los sentidos. Espacio en el césped para liberar su magnífica punta de velocidad. Y espacio en su vida para disfrutar el fútbol como pocos consiguen hacerlo. Su espalda respiraba ligereza en un lugar donde pronto se le consideraría ídolo. Fijo en España (triunfador en la Eurocopa) y perfectamente adaptado a Liverpool, Anfield asistiría a los mejores momentos de Fernando. Grandes promedios goleadores conjugados con tantos de enorme calidad. Por primera vez, Torres estaba donde sentía que debía estar. Sin embargo, el triángulo Fernando-Liverpool-rendimiento fue apagándose por el vértice imprescindible. Las lesiones, el bajón progresivo del equipo y el desgaste del delantero fueron quemando etapas más rápido de lo normal.



Las lesiones. La verdadera carga moderna de la vida de Fernando. Tobillo, isquiotibiales, rodilla derecha. Condicionada temporada y media en los reds y una Copa del Mundo con España (su convocatoria le hizo campeón del mundo pero le hirió personal y físicamente), el único objetivo del delantero volvía a ser librarse del equipaje que cargaba para poder mostrar su fútbol en estado puro. Sin embargo, el precio era muy alto. Torres cambió la pasión del Pool por la burguesía azul. La familiaridad de Liverpool por la globalidad londinense. Nunca había abandonado el rojo. Nueva vida, nuevas costumbres, nuevas ilusiones. Inconexos amagos de recuperación en las frecuentes vueltas de Torres al campo. Su baja forma, la permanencia de ciertos problemas físicos y la alarmante falta de fútbol del Chelsea lastraban al Niño. La desesperación, la frustración y la mofa hacían acto de presencia en los alrededores de Stamford Bridge, lugar en el que aún siguen conmocionados por la depresión post-Mourinho.


Quince meses se cumplen ya desde su llegada a Londres. Mejor que hacer un resumen es mirar al futuro inmediato. Fernando lleva varios partidos seguidos a un nivel notable. No supremo pero sí muy prometedor. Desde su segunda temporada en Liverpool no había alcanzado este escalón. Puede que sea una falsa esperanza de recuperar al mejor Torres. Se escuchará el “Fernando ha vuelto”. Falso. Nunca se fue. Torres es de los que no abandona el barco ni anclado en el fondo del mar. Las dificultades le han causado problemas de autoestima pero él sabe mejor que nadie que ésta es su liga. Y que él puede hacer del Chelsea su equipo. Confianza, continuidad y fútbol alrededor y volverá a ser considerado uno de los mejores.

Fernando Torres acumula etiquetas en su maleta. El niño del que más se habla. La última esperanza atlética. El ídolo red. El héroe de Viena. El hombre de los 50 millones de libras. El nuevo caso Raúl. Ha tenido que guardar y aguantar apelativos durante toda su vida y soportar entornos incendiarios. Llevamos mucho tiempo regando la actualidad futbolística con la imagen continua de su cabeza agachada. Se acabó. Fernando debe imponerse. El delantero debe fulminar los fantasmas del personaje ahora que vuelve a disponer de continuidad y el Chelsea parece oxigenado. No es el último tren para Torres, pero sí el más conveniente y saludable de todos. Premier, Champions y Eurocopa por delante, la oportunidad para volver a la élite de las élites se antoja irrechazable.

Pronto se cumplen cuatro años desde el gol de Viena. Todos creemos saber lo mejor para Fernando. Él tan solo debe jugar como sabe. Sin traumas. Con la maleta vacía. Corriendo, gritando, asistiendo, marcando…simplemente el delantero centro del Chelsea y de la selección española. Tanto y tan poco.



lunes, 26 de marzo de 2012

Las pasiones del Arsenal




Arsenal Football Club. Tan histórico como moderno. Una biblia de talentos, un revuelto de prestigio e innovación, un equipo al que se le buscan soluciones cuando no siempre existen problemas. Pocos conjuntos despiertan los amores y las iras que provoca el Arsenal. El club gunner es una adolescente del fútbol europeo (cada lector que elija el género que prefiera). Guapa, inteligente, divertida...la más atractiva del continente; sin embargo, su endémica juventud y explosiva personalidad pueden resultar desquiciantes. Metáforas aparte, es precisamente la actual idiosincrasia del club, y por ende del equipo, la que provoca mayores debates.

Los que estrenamos treintena entendemos el Arsenal como juventud, descaro, propuestas (a veces sin respuestas) y frecuentes aterrizajes sobre la pista de las realidades. En los tiempos que corren, la apuesta por la educación, la formación y, futbolísticamente hablando, la creación de generaciones es fuertemente elogiable. Al estilo del F. C. Barcelona, la confianza en primerizos despierta simpatías allá por donde se exhibe. Obviamente, la exhibición no existe si no surge el talento y si no ha habido un trabajo vigilado y perfeccionado durante años. Al fin y al cabo, el Arsenal aporta una opción clara en el debate perpetuo entre el cómo y el cuánto. Las formas contra el resultado. Los principios para la victoria frente a la victoria como principio. En el antiguo Highbury o en el nuevo Emirates han comprendido perfectamente la idea en numerosas ocasiones. Por ejemplo, cuando el Arsenal ganó con The invincibles su 13º título de liga sin perder ningún partido y jugando al fútbol como los ángeles. El buen juego minimiza los riesgos.



Otra buena parte del sentimiento alrededor del Arsenal lo originan los personajes que han pasado o que permanecen en el club. Herbert Chapman y su innovador carácter. Los goles reaccionarios del irlandés Liam Brady. El bigote hecho portero en David Seaman. El capitán alcohólico rehabilitado, Tony Adams. El genial y aerofóbico Dennis Bergkamp. Thierry Henry o el mejor delantero de una generación. Cómo permanecer impasible ante semejantes cuadros humanos en un club en el que importan tanto las personas que serán leyendas como los títulos. Y olvidándonos de tantos, surge el nombre por excelencia de la historia reciente del Arsenal. Arsène Wenger.


El profesor. El francés chiflado, para algunos. El mejor investigador futbolístico del planeta, para otros. El míster enrollado que ha creado tantas polémicas como curtido numerosas carreras de jugadores de élite. Uno no puede parecer indiferente ante Wenger. Ante su propuesta, ante su actitud, ante sus declaraciones o ante sus logros. Es probablemente el entrenador tildado de perdedor en más ocasiones por los medios de comunicación. Injustamente, añade mi opinión. Tres Premier League, cuatro Community Shield y cuatro FA Cup en su haber. El lado oscuro resultadista dice que sólo ha ganado tres ligas en trece años. La cara constructiva piensa que únicamente Ferguson ha ganado más en este período y que Wenger ha creado un estilo colectivo, una forma de entender el deporte y una personalidad de club que asegura la estabilidad y continuidad del género Arsenal. Hoy en día, muchos le cuestionan en su puesto. Indiscutible en su aportación, debatible sobre la compatibilidad de su método con el resultadismo imprescindible de la élite. Juzguen ustedes mismos.

Dentro de la forma de ser del club gunner hay una tendencia que no muchos aficionados conocen. Estamos hablando del equipo más visionario del mundo en numerosos aspectos no necesariamente futbolísticos. La realización de este deporte y su disfrute social y económico han salido delante de un modo tan próspero gracias de un modo especial al empuje del club del norte de Londres. A finales de los años veinte, el Arsenal promovió la primera radiodifusión de un partido gracias al periodista que tenía contratado para cubrir su boletín semanal.


Apenas unos meses después, el ya nombrado Herbert Chapman, por entonces manager del equipo, comenzaba a revolucionar el fútbol de la época al promover “el sistema” (también conocido como WM). Para colaborar a la confusión del equipo contrario sobre las posiciones de los jugadores del Arsenal, Chapman decidió poner números en las camisetas. Fue el primero. Como fue el primer club en poner su nombre a una estación de tren, el primero en televisar un entrenamiento o el primero en aparecer en una novela como protagonista (“The Arsenal Stadium Mistery” de Leonard Gribble). Hace ochenta años, comenzaba a trazarse la enorme autopista que uniría el fútbol con la repercusión social, informativa y cultural y el Arsenal fue el principal promotor.

Escribir sobre sentimientos no deja de ser un quiero y no puedo, ya que no hay mayor emoción que la que no puede expresarse con palabras. A pesar de ello, la lista de argumentos históricos y características corporativas que definen al Arsenal en este artículo tiene un simple objetivo. El respeto. La actual época futbolística transcurre entre polémicas superfluas y bajo la dictadura mediática de los grandes nombres, enormes costes y frágil memoria. Hoy en día, la pureza es oro en el deporte. No todos los clubes pueden permitirse enorgullecerse de sus aportaciones al fútbol. Y además haberlo hecho de un modo coherente y constructivo, acorde a unos valores personales que merecen ser destacados.

Está claro que las manifestaciones deportivas pecan cada vez más de falta de ejemplaridad y de un forofismo desagradable para el público y desagradecido para los aficionados inocentes. Es común sentir vergüenza de jugadores, entrenadores o aficiones propias. Las etiquetas despectivas están a la orden del día. Llegados a este punto, he de expulsar dos confesiones. La primera es que no soy gunner. La segunda es que si hay un club del que jamás podría llegar a avergonzarme, ese es el Arsenal.




jueves, 15 de marzo de 2012

Puro fútbol

Pocas veces el destino ofrece regresiones de este tipo. Dos ciudades de naturaleza industrial y pureza futbolística enfrentadas 55 años después. El respeto al deporte y a sus liturgias fue el afortunado en el sorteo de la Uefa Europa League. El origen británico del Athletic es la respuesta más sentimental a la eterna intensidad que se vive en San Mamés. El partido de ida respondió a las expectativas. Tras la extraordinaria victoria del Athletic en Old Trafford, los bilbaínos reciben al United cargados de ilusión y, sobre todo, confiados en expresar brillantemente el discurso futbolístico de Bielsa.

Este obseso de su profesión propone el toque como armadura, la velocidad como arma y la juventud como característica definitoria del bloque. La presión del Athletic simboliza la respiración del chileno sobre el Manchester United y así lo entendió el bueno de Ferguson tras el partido. Los vascos son un equipo honesto sobre el césped, con un ideario totalmente diáfano para el contrario pero no por ello más abordable. El Athletic abrumó al rival en el Teatro de los Sueños. Aceptó de buen grado el balón y tuvo la actitud más constructiva posible con él. No le faltó paciencia para no desistir, determinación para remontar y personalidad para agotar los más de noventa minutos de partido.

La historia actual del Athletic de Bilbao tiene un excelente guión y los actores más fieles de las últimas décadas. La escena que conjuga talento, juventud, iniciativa y trabajo tiene una secuencia clara. No es otra que la celebración del gol de Muniaín en Old Trafford. Pase lo que pase hoy, los gestores y la afición del club deben ser conscientes de las posibilidades que se disponen en San Mamés en esta era moderna. El Athletic Club de Bilbao vuelve a tener un gran equipo de fútbol, mejor de lo que se le suponía hace meses y de límites indefinidos aún.

Con cualquier resultado hoy en la Catedral, no dejen de felicitarse. Este grupo muestra los resultados más saludables del análisis deportivo. Aquellos a los que nos gusta el fútbol y mentalidad ingleses, soñamos con que nuestro equipo tenga el corazón del Athletic. Puro fútbol en San Mamés.

jueves, 8 de marzo de 2012

La hora de Alemania


¿Qué le falta a los alemanes para imponerse en el fútbol mundial en esta época bien entrada del siglo XXI? Ésta nunca ha sido una pregunta necesaria para un combinado que ha ganado tres Copas del Mundo y tres Eurocopas. Los germanos han llegado siete veces a la final del mundial, más que nadie. Han ganado más trofeos continentales que ninguna selección y se han convertido con total justicia en uno de los ogros del fútbol de selecciones. Fuerza física, potencia, trabajo a destajo y férrea disciplina alemana han sido sus señas a lo largo de la historia.

Sin embargo, los alemanes han venido mirándose en otros espejos desde hace ya varios años. Su fútbol anterior, eficiente pero algo oxidado, se ha reinventado dando lugar a un juego mucho más moderno. Juventud, desparpajo, rapidez y brillantez. A la clásica máquina alemana le apetece ponerse guapa y gustar al resto del mundo. El cambio pasa de buscar la victoria para la propia nación a enseñar al planeta sus cartas para ganar la competición de turno. El fútbol alemán se abre al panorama internacional y lo hace con caras reconocibles y, gracias a ello, reconocidas. Los teutones aportan personajes con carisma, personalidad y determinación.

Joachim Löw es uno de los entrenadores más cotizados y prestigiosos del fútbol europeo. La continuidad en resultados tras la etapa de Klinsmann y el juego atractivo que caracteriza a Alemania le han hecho brillar con luz propia en el siempre complicado escaparate de técnicos. Ya ha saltado su nombre como posible candidato a grandes banquillos de clubes. Su hambre de títulos y su estética moderna le hacen ganar adeptos dentro y fuera de Alemania. Es, sin duda, una de las caras de esta selección.

El aporte de madurez germana lo introducen clásicos, que no mayores, como Lahm, Jansen, Schweinsteiger, Mario Gómez, Podolski o Klose. Competitivos siempre en sus puestos y expertos en batallas anuales en clubes. Tan solo Miroslav Klose, ese eterno y oportunista ariete actualmente en el Lazio, sobrevive de aquella Copa del Mundo en Corea y Japón hace ya diez años. Nadie puede asegurar que no vaya a permanecer diez años más, la involución futbolística parece pasar de largo para futbolistas como él. Mario Gómez siempre ha sido el hombre de los números en Alemania y un pequeño desconocido en el resto de Europa. Parece que esa barrera se romperá esta temporada en la que lleva 34 goles en 39 partidos. Podolski siempre ofrece una mejor versión en la selección que en la rutina de clubes y está cuajando una gran temporada en Colonia. Y entre todos estos nombres, destaca el más complicado de pronunciar y más fácil de recordar. Bastian Schweinsteiger, ese hombre de banda reconvertido a mediocentro. Ese potente guerrero que ha descubierto su capacidad como capitán general. Llega a la Euro 2012 en plena madurez como centrocampista completo que es. Un portento físico con uno de los mejores disparos del mundo. Bastian quiere un mayor reconocimiento internacional, en Alemania ya le adoran. Hace poco Heynckes le colocó en el pedestal de Xavi e Iniesta. El fútbol de selecciones le debe un pedazo de gloria a este chico de Baviera.

La parte de la película que no hemos visto es aquella en la que salen Neuer, Götze, Reus, Muller, Özil, Marin o Toni Kroos. Jóvenes y ligeros. Preparados y con carácter. La nueva hornada de Alemania se caracteriza por su pequeño tamaño y sus grandes cualidades futbolísticas. Por un lado, hablamos de Manuel Neuer. Quizá el portero con mejores cualidades y mayor potencial de Europa; sus reflejos son increíbles. Sólo le lastra una reputación algo polémica en su país (a los aficionados del Schalke no les sentó bien su marcha) y ciertos fallos de juventud cuya repercusión mediática se multiplica exponencialmente al tratarse de la portería. Es el menos alemán de los porteros alemanes, pero al mismo tiempo es, sin duda, el mejor.

Por otro lado, los teutones importan el perfil de centrocampista móvil, hábil y con una inteligencia suprema para entender el juego. Reus y Kroos responden a la definición con algo más de altura y potencia pero un manejo envidiable del balón. Marko Marin, a pesar de su estancamiento, es siempre una figura a seguir por las sorpresas que puede ofrecer con el balón en sus pies. Mario Götze es la última gran aparición del fútbol alemán. Esta pieza de fábrica del Dortmund aporta calidad a raudales, rapidez y una magnífica técnica. Uno de los más destacados, y ya contrastados, jugadores alemanes es Thomas Müller; un todocampista capaz de ocupar varias posiciones atacantes y con magníficas cualidades ofensivas. Su imponente físico y su enorme clase fueron claves para que el fútbol internacional le guardara un lugar en Sudáfrica en el 2010. Es un joven veterano y con mucha hambre.


Y comandándolos a todos está el más experimentado a nivel internacional con tan solo 22 años. El madridista Mesut Özil ha sido uno de los fichajes más alabados en la última década del fútbol español. Tras su magnífica Copa del Mundo en 2010, Florentino Pérez adornó la armadura de Mourinho con la espada más fina del mercado y a un precio casi de saldo, viéndolo con perspectiva. El alemán lleva una temporada y media en Madrid mostrando su genio y luchando contra esa irregularidad que parecía endémica en su juego. Parece que poco a poco lo va logrando. La sensibilidad que muestra Özil con el balón es única; su visión y conducción son privilegiadas y su elegancia es sólo comparable a la de Iniesta. Siempre apetece ver un partido en el que juega Mesut.


Tras reconocer estas caras, uno se vuelve a preguntar qué le falta a Alemania. Quizá habría que invertir la pregunta y darnos cuenta así de que lo que les ha sobrado a los germanos en los últimos años ha sido la presencia de España, una alumna aventajada en el mismo tipo de juego que ha aprovechado una magnífica generación. Una final sin color y un cruce de semifinales letal dejaron a Alemania sin opciones de triunfo en los dos últimos torneos internacionales. En 2006, jugando en casa, los teutones se vieron apeados de su Copa del Mundo por la Italia sobremotivada y sin límites del Calciopoli (caso Moggi).

Alemania cree que éste es su momento. Su liga es la competición más emergente de Europa, sus jóvenes promesas encabezan más portadas que nunca y sus líderes llegan en el mejor estado físico, mental y con un apetito insaciable. Este cruce de generaciones se considera desafortunado por las últimas competiciones. Piensan que el fútbol les debe algo y que ellos son muy capaces. ¿Cómo no serlo? Si hablamos de fútbol y Alemania, la moneda siempre cae de cara.

domingo, 5 de febrero de 2012

Reacción de campeones


Cómo afrontar un aniversario como éste. La solemnidad y el miedo credencial humano hacia la muerte marcan cualquier tipo de referencia. No hay consecuencias positivas en esta clase de hechos. Lo único constructivo que se puede hacer es reflexionar. Y no sobre el qué, el cuándo o el dónde, sino acerca de qué pasó después y por qué sucedió aquello que pasó después.

Cincuenta y cuatro años han llovido ya desde la tragedia de Múnich. Habrán leído mil y una veces los macabros detalles sobre el accidente de aviación que sufrió la expedición del Manchester United que les costó la vida a 23 personas y que sobrecogió la memoria de la ciudad mancuniana durante muchos inviernos. Francamente, no puedo aportar nada nuevo sobre aquella información. Nadie puede. Donde hubo lágrimas y dolor, ahora y por siempre permanecerán las cenizas del orgullo y del respeto por las leyendas que surgieron aquel 6 de febrero de 1958 en perjuicio de las personas que perdieron la vida en tierras alemanas. Aquel equipo venía de empatar a tres tantos ante el Estrella Roja de Belgrado y pasar así una eliminatoria de la antigua Copa de Europa con un global de 5-4 a su favor. Los chicos estaban alegres, ya eran semifinalistas de la competición y máximos aspirantes a plantar cara al rey de Europa, el viejo Real Madrid.




Asociamos el deporte con salud y vitalidad. La buena vida entendida semántica y católicamente. Por eso, cuando suceden este tipo de tragedias, la sociedad reacciona como una madre protectora; la sensación es que estos chicos estaban más lejos del final que la media ciudadana. Inglaterra se ofuscó pensando que alguien que mueve millones de ilusiones no podía irse tan bruscamente, sin haber disfrutado ni haber hecho disfrutar. El escenario ya estaba montado y el público preparado, pero los actores no pudieron acudir.

Esa especial sensibilidad social con los deportistas y en especial con los futbolistas, tan en boga para todo, facilitó la complicada fase de tránsito tras el accidente. El hombre tiende a unirse en el drama y a olvidar desigualdades; todos somos idénticamente diminutos ante lo inevitable. El pensamiento moderno y la pasión de clases tiende a sacar al espejo público lo peor del futbolista; suele ponerse como el ejemplo de injusticia social, despilfarro económico y meritocracia mal entendida y malintencionadamente aplicada. Sin embargo, en Inglaterra el respeto a los ídolos es tan grande como la consideración de los clubs con sus aficionados. En las islas no se buscan las estrellas en el cielo, se construyen estatuas para que compartan la tierra con los supporters. Los colores. Esa es la clave.


No sólo fallecieron ocho futbolistas veinteañeros, sino que también murieron ocho periodistas de distintos medios, tres miembros del cuerpo técnico, dos integrantes de la tripulación, un agente de viajes y un aficionado del Manchester United. Entre los supervivientes, nueve futbolistas, cuatro miembros de la tripulación (incluido el piloto), tres periodistas, un diplomático, la esposa del agente de viajes fallecido, el entrenador y segundo entrenador del equipo y Vera Lukic, una señora embarazada que viajaba con su hija y que fueron salvadas por el futbolista Harry Gregg, que también sobrevivió.

Si la vida es una enorme biblioteca con todos los géneros e historias disponibles, el fútbol tendría una estantería propia de pequeñas y grandes gestas. El fútbol es como la vida, dicen. Yo también lo pienso, lo creo y lo suelo repetir en mi mente cada vez que observo un ejemplo claro y nítido en la actualidad que nos rodea. A veces piensas que un centrocampista que utiliza la cabeza para mover al equipo será un hombre razonable en su vida cotidiana, un padre con la cabeza bien amueblada. Esperaríamos de un lateral rápido una persona impulsiva y de decisiones repentinas, un joven ofuscado ante la vida y ante lo que le espera. La valentía y la determinación se tienen fuera del campo y se observan dentro de él cuando se goza de algo esencial para triunfar, la confianza en uno mismo. Los listillos del instituto caen en fuera de juego; fagocitados por la queja continua, aquellos estudiantes aplicados se quedan en el banquillo sometidos a la dignidad interna que les prohíbe protestar. Ellos piensan que, tanto en la vida como en el fútbol, quien trabaja llega donde quiere. Fuera y dentro del campo hay gente que piensa lo contrario: futbolistas sometidos a eternas lesiones ó personas accidentadas que no pueden cumplir sus sueños. Las segundas oportunidades y las revanchas no siempre existen en la vida, es una gran mentira. Como miente el que se tira. No sé ustedes, yo no le compraría un coche de segunda mano a un piscinero. Se vive como se juega.


Pero sigamos. Hablaba de Múnich. Además de la cicatriz colectiva que dejó la tragedia en el siempre resistente cuerpo inglés, surgieron los nombres propios que tan bien (y también) conocemos por aquello. Cuentan que Duncan Edwards fue, con 21 años, uno de los mejores jugados nacidos en Inglaterra. Edwards fue el símbolo de aquella generación de cantera que el United se vio obligado a utilizar, por causas económicas, y que sorprendería por su calidad, polivalencia y talento. Llegó a disputar 175 partidos con la selección inglesa y quedará para siempre en la retina de los que le vieron como un eterno aspirante al podio de los más grandes; abarcaba todo el campo, mandaba como un sargento, se movía como un bailarín y jugaba con la ilusión de un juvenil. Las comparaciones de la época lo colocaban como un Di Stefano inglés. Charlton dijo de él que “…es la única persona a quien realmente me he sentido inferior…me he enfrentado a los catalogados como mejores del mundo y ningún otro es como él…su muerte lo elevó a mito, pero yo lo seguiré definiendo como el mejor que he visto”. Como el titán que era en el campo, Duncan Edwards aguantó quince días más en el hospital tras el accidente. Su tardía y agónica muerte supuso el puñal más doloroso en el entorno del club. Fue como aquella verdad que llega varias jornadas más tarde cuando la nube del trauma aún no deja pensar con certeza ni sentir sin dolor.


Precisamente, Bobby Charlton representó y simbolizó como pocos el espíritu del Manchester United durante la reconstrucción del club. Fue uno de los cuatro titulares supervivientes y gracias a su fuerza, actitud y afán de superación encabezó al nuevo United y a la nueva Inglaterra. El destino le regaló la presencia de George Best y Denis Law varios años después para que marcaran más de 600 goles en cuatro temporadas y alzaran la tan ansiada Copa de Europa en 1968. Dos años antes había ganado el Balón de Oro y la Copa del Mundo como capitán de Inglaterra. Él vivió la paradoja de la vida como nadie; Charlton y Viollet le cambiaron el asiento a Pegg y a Taylor antes de despegar aquel dichoso avión; sólo sobrevivieron los dos primeros. Charlton fue sacado del avión por el héroe ya citado, Harry Gregg, el portero que, tras evitar la eliminación de su equipo en Belgrado, salvó hasta cuatro vidas en Múnich. Y Charlton se sintió en deuda con sus compañeros, con el club y con la ciudad entera. Nunca pensó Bobby que su vida daría tantas vueltas; lo que sí sabía desde el momento en el que intentaba recuperarse en un hospital alemán era que él debía ser uno de los que honrara la memoria de los caídos; debía ser la cabeza visible del grupo y recuperar lo que todo el viejo continente pensaba que en algún momento hubiera sido propiedad de aquellos chicos. La hegemonía del fútbol europeo. El capitán del barco lo fue hasta el final. Bobby se había convertido en Sir Charlton.


Matt Busby era el entrenador del equipo bombardeado por la fatalidad. Un tipo que definía el fútbol como una alegría constante, quitándole trascendencia a pesar de tomarse su labor muy en serio. Peculiar y totalitarista en la ejecución de su trabajo, exigía a sus jugadores en base al talento que poseían. Quizá por el dominio que demostraba en todas y cada una de las situaciones de su vida, el accidente le desmontó las ideas como no lo hizo con ningún superviviente. Busby estuvo más de dos meses en el hospital y llegó a recibir dos extremaunciones. Se replanteó en numerosas ocasiones el abandonar el mundo del fútbol pero su mujer y su instinto le llevaron a seguir adelante. La porción de personalidad que le había robado Múnich fue siendo recuperada con los años y plasmada en aquel equipo ganador de la década de los 60. En 1969, Busby abandonó, como quien da por concluido su trabajo, que para él consistía en devolver a la ilusión colectiva lo que diez años antes el azar les había robado.

Los dos intentos fallidos de despegue del Elizabethan en la pista de Múnich, el chárter fletado por el club de cara a evitar retrasos, el telegrama que Edwards mandó a su familia (“Todos los vuelos cancelados. Volamos mañana. Stop”), el miedo de varios jugadores del United a volar (el delantero irlandes Whelan solía decir “…esto puede ser la muerte, pero estoy preparado…”) y la polémica posterior sobre la responsabilidad y culpabilidad del accidente forman parte del guión que la realidad-ficción fue escribiendo durante aquel febrero de 1958, con más crueldad y amarillismo que afán real de esclarecimiento.

El partido que afrontó el Manchester United tras la tragedia tenía claros contendientes. La fatalidad del destino frente a la voluntad del ser humano y la fe en las personas. Esa fe fue la base sobre la que se construyó un nuevo equipo, un nuevo club y prácticamente, una nueva actitud colectiva en Manchester. El recuerdo de aquellos chicos muertos en 1958, en el momento más ilusionante de sus vidas y carreras, fortaleció al nuevo United surgido años más tarde.

Ídolos como Edwards, Charlton, Busby ó Gregg padecieron un capítulo inolvidablemente penoso en sus biografías y salieron cómo pudieron ó creyeron de aquello. Como la jugada más brillante de Charlton y Edwards, la mejor alineación de Busby o el paradón más importante de Harry Gregg. La comunión soldada dolorosamente entre club y afición, forjada en la amargura, enseñó al mundo que la unión ayuda a salir de casi todo. Parecieron estatuas de bronce, partidos homenaje, jugadores recuperados y nuevos títulos. Sin embargo, lo que lideró aquella reacción fue la voluntad y la creencia mutua. Aquella afición vivió el fútbol como los jugadores y ellos jugaron con el corazón de un hincha. El fútbol y la vida. Eso no ha cambiado. Se juega como se vive.







martes, 10 de enero de 2012

Denis Law: El goleador apenado


La carrera de un futbolista está llena de picos ocasionalmente coronados y fangos comúnmente pisados. Sabemos que este deporte combina las alegrías y las penas como adopta sin censura a zurdos y diestros; con naturalidad y la ilusión y el miedo enfrentados en la batalla más frecuente que puede librar una persona en el día a día. En el caso de un deportista, el miedo pasa por encontrarse de bruces con el fracaso y, lo que es peor, saber tratarlo, acogerlo y convertirlo en un camino constructivo.

La barrera del éxito de un futbolista es algo intangible de cara al exterior, un sentimiento profundamente personal (como todos). Hoy vamos a hablar en England Calling de un hombre que conoce el cielo y las profundidades de este deporte; un jugador que durante dieciocho años visitó varias ligas, se enamoró de un club y sirvió para varios de ellos. Un balón de oro del que se recuerda, entre grandiosos éxitos colectivos e individuales, una frustración personal de la que sólo se puede culpar al destino. Nos referimos a Denis Law (Aberdeen, 24-2-1940).


Nunca pareció que ese chico estuviera hecho para jugar al fútbol. Sus enormes gafas y su aire desgarbado al correr torcían el gesto de sus primeros técnicos. Sin embargo, en el Huddersfield Town Football Club causó los primeros gestos de admiración; fue allí, en ese modesto club recordado por haberle causado al Liverpool la mayor derrota de su historia (9-0), donde Bill Shankly se fijó en ese jugador sacado de un barrio marginal, mal alimentado y de apariencia más intelectual que atlética, y le vaticinó un futuro marcado por traspasos millonarios. No se equivocaría la leyenda red.


Con dieciocho años debutaba en la selección de Escocia y protagonizaba el mayor traspaso de la historia del fútbol británico, con destino en el Manchester City (55.000 libras). El citizen club le vendería la temporada siguiente al Torino por una cifra doblemente superior. El Calcio se ocuparía de entretenerle durante tan solo un año, abrumado Law por la superprofesionalización que vivía por entonces el fútbol italiano (lujos, mansiones, ostentación) y por el carácter sumamente defensivo de aquella liga. Y como fin del periplo del joven escocés por la Europa futbolística, nuestro protagonista acabaría en 1962 en el Manchester United.


La genialidad de Law, su hambre e irregularidad, sus orígenes y su capacidad de empatizar con el aficionado hicieron que el escocés encajara perfectamente en Old Trafford. Un jugador con ganas de crecer llegaba a un equipo con la necesidad de reconstruirse. Habían pasado cuatro años del fatídico accidente en avión de los Busby Boys; la ciudad y el club vivían aún en una nube melancólica que les impedía competir al máximo nivel que habían alcanzado antes de la tragedia. La decisión de fichar a Denis Law fue uno de los mayores aciertos de su historia.

En su primera temporada, los treinta goles del escocés ayudarían a los Red Devils a ganar Liga y Copa. Comenzaba a fraguarse la leyenda de The King y la Santísima Trinidad (United Trinity) que formaba con George Best y Bobby Charlton; el destino pareció regalarle esa conjunción de talento futbolístico al United con el objetivo de terminar con esa atmósfera de tristeza que embargaba Manchester.

Denis Law vivió todo lo posible en las filas del United. Títulos, goles, peleas, sanciones, trofeos…su elegancia le daría el Balón de Oro en 1964. En el 68, diez años después de la tragedia de Munich, el destino le devolvía al Manchester su Copa de Europa. Era la primera en las vitrinas pero llevaba mucho tiempo en la mente de los aficionados ingleses, conscientes de que la fatalidad les había impedido conquistarla mucho antes.


Law no jugaría la final por dolores en la rodilla. A finales de los 60, el escocés comenzaba ya a dar muestras de cansancio y problemas físicos y su participación en el equipo empezó a reducirse gradualmente. En 1973, el club decide no renovarle el contrato. En un año anterior al mundial, Denis Law se encuentra con un problema. Sólo tiene una oferta y procede del Manchester City, el rival del amor de su vida. Dicen que no se lo pensó pero en declaraciones posteriores, Law dejaba claro que tomó la decisión por una cuestión de supervivencia. No entendía la vida sin jugar al fútbol. Aún se sentía válido para aportar su calidad y además era la mejor opción familiar, asentadas sus hijas en Manchester y él en la cultura de pub de la ciudad y con numerosos amigos.


Completaría Denis Law una buena temporada en el City. Quizá fueron los números menos recordados de su carrera, ya que lo que marcó aquel año fue lo sucedido en la penúltima jornada. El Manchester City visitaba Old Trafford con los locales jugándose el descenso. El partido era pura tensión. Nerviosismo, ocasiones, rivalidad…todo ocurrió en el minuto 80. El City roba el balón en el centro del campo, lo saca aseadamente y traza unas buenas combinaciones cerca del área local, hasta que la pelota le llega a Law, sin marca y de espaldas a la portería.


El escocés pisa prácticamente el área pequeña y su eterno instinto goleador le lleva a rematar de tacón. El balón entra. Gol del City. 0-1. Con ese resultado, el United desciende. Un hecho y varias consecuencias que se pasan por la cabeza de Denis Law en apenas un instante. El justo para darse cuenta de lo sucedido. Su puño se mantiene frágil a la altura del pecho durante un segundo en el que el jugador no termina de asimilar lo acontecido. Comienza a girarse hacia el centro del campo mientras su mente le dibuja la situación. En ese momento, el jugador Law se retira del fútbol y deja solo al hombre, Denis, en su penitencia, tan necesaria como sincera.



Apesadumbrado, triste y cabizbajo, The King estaba totalmente fuera del partido y fue sustituido dos minutos más tarde, en lo que sería la retirada oficial del escocés del fútbol de clubes (aún jugaría la Copa del Mundo con su selección).

Tras dieciocho años de exitosa carrera, con 300 goles a sus espaldas e infinidad de trofeos, Denis Law abandonaba el fútbol con el sabor más amargo que había probado en su vida. Había condenado a su equipo al descenso. Luego se supo que al United ni siquiera le hubiera valido el empate, pero el sentimiento del escocés no variaría por eso. El fútbol, que tanta felicidad le había dado, le obligó a sentirse verdugo por un día y ejecutar aquello con lo que había hecho disfrutar a tanta gente. Y lo hizo de espaldas, sin ver claramente el acto, en lo que pareció ser un ligero arranque de piedad del destino.

Sin embargo, la leyenda de Law es mucho más poderosa que un eventual juego del azar. Sólo a los grandes mitos se les trata como a Denis Law en Manchester. Amado por los reds y querido por los citizens, una estatua suya se levanta majestuosa en los accesos de Old Trafford junto a las de Charlton y Busby. La grandeza del fútbol es la que define estos sentimientos. Su trabajo le dio a Law todo a cambio de marcarle para siempre. Y es que The King era fútbol puro. La ciudad y el club supieron perdonar el acto de servicio de Law, algo que posiblemente el propio Denis no ha logrado.


“...Up there with the all-time greats. Electric. As a bloke and as a pal he´s different class...”George Best, 1974





“...I was inconsolable. I didn´t want it to happen. How long did the feeling last? How long ago was the game? Thirty-odd years. There is your answer...”Denis Law, 2011




domingo, 25 de diciembre de 2011

Boxing day: Esa jornada

Ya está aquí el Boxing Day. 26 de diciembre, San Esteban, familias en los campos, goles...en England Calling os contamos los orígenes, peculiaridades y debates que ha originado esta peculiar acontecimiento de la Premier League, una competición que muchos adoramos precisamente por tradiciones como éstas. Cualquier aficionado medio de la Premier League sabe que el Boxing Day es un día concreto de las fechas navideñas en el que se incrusta una jornada de la liga inglesa, dentro del ya habitual maratón de fútbol en las islas durante esta época. Preguntar sobre el origen, la conveniencia, los beneficiados y perjudicados y el futuro de esta celebración puede resultar más complicado.

No se conoce una causa única y contrastada que diera lugar al comienzo de esta fiesta. Eso sí, queda demostrado que la tradición viene de la Edad Media. Se habla de que los sirvientes habituales de las clases pudientes inglesas no podían celebrar el día de Navidad por estar trabajando y eran sus jefes los que al día siguiente, 26 de diciembre (San Esteban), les llevaban monedas, frutas, objetos inservibles…en definitiva, una ofrenda de caridad entre los más necesitados. Otra teoría supone que eran los sacerdotes los que habían estado recaudando dinero durante las fiestas en cajas de madera (especialmente procedente de exploraciones marítimas) y durante este día las regalaban a los pobres. Incluso existe una tercera vía que sugiere la existencia de una especie de “aguinaldo” voluntario entre empleados, que acudían a su lugar de trabajo con una caja.


En todo caso, estamos hablando de una festividad propia de naciones y lugares de identidad británica, al menos en algún momento de su historia, y ni mucho menos limitada al ámbito futbolístico. La caza, el rugby, los caballos y el principal deporte occidental, las compras en período de rebajas, son prácticas habituales durante el Boxing Day. Es frecuente observar sangrientas guerras entre agencias por ofrecer viajes desde cualquier lugar del mundo a Londres con el propósito de aprovechar los mejores saldos en todo tipo de artículo. Australia y Canadá son partidas y destinos usuales en este frenesí navideño de consumismo.

En lo que nos interesa a nosotros, el Boxing Day supone una jornada diferente dentro de unas fiestas muy homogéneas en cuanto a reparto futbolístico. Se llegan a jugar 40 ó 50 partidos de Premier en apenas 10 días, pero la jornada del 26 de diciembre resulta diferente; tiene identidad y características propias que le confieren un carácter festivo muy deseado por la hinchada inglesa y cada vez más cuestionado por el lado del profesionalismo.

Durante los últimos años, personalidades tan influyentes en el fútbol británico como Alex Ferguson ó Fabio Capello han cuestionado la conveniencia real de seguir celebrando el Boxing Day sobre el césped; incluso han prolongado sus dudas al período navideño completo. Las quejas se amparan principalmente en los malos resultados de la selección inglesa en las fases finales de Copas del Mundo y Eurocopas, entendiéndose el cansancio y la acumulación de partidos entre los internacionales como uno de los principales motivos de los fracasos.


Del mismo modo, utilizan en su beneficio la ya habitual “excepción inglesa” para declarar que, en este caso, los británicos no deberían ir contra corriente europea porque les supone un agravio respecto al resto de selecciones que interrumpen sus torneos nacionales durante la Navidad. No hace falta preguntarse si el provecho al que está enfocado el fútbol inglés es entendido de la misma manera por Ferguson y por un padre que lleva a sus hijos al Britannia Park el 26 de diciembre. La respuesta, obvia, es negativa y los argumentos de ambos en contra y a favor de la celebración del Boxing Day resultarían entendibles.

Desde el punto de vista económico no hay mucho que discutir. La mayoría de aficionados tiene más tiempo y disponibilidad para ver el fútbol; la familia, la tradición y las vacaciones se agrupan para que la Premier League sea observada más que nunca. Ante la carencia de otros acontecimientos deportivos, la atención mediática se centra en el fútbol. Los estadios se llenan y las audiencias se disparan, ¿cómo negarse al Boxing Day?

El matiz sentimental y de identidad resulta importante en esta cuestión. Como aficionado a la Premier League, considero que esta competición muestra una conjunción endémica ideal de tradición y modernidad y tiene grabado en su genética un diferencial de ideales respecto al fútbol en otros países que merece un trato aparte y que así recibe justamente. La Premier League es una tradición social en la que aún es más importante el espectador que el espectáculo. Prima el servicio al que paga sobre el que cobra. Y es esta prioridad la que hace de estos estadios los más poblados de Europa (junto con los alemanes) tanto en el período navideño como durante el resto del torneo. Valga como ejemplo el aplazamiento del Arsenal-Wolverhampton de este Boxing Day debido a la huelga de empleados de metro en Londres. ¿Alguien se imagina algo parecido en España?

Preferiría ver dos equipos menos en la competición. Preferiría que la Premier empezara antes y acabara más tarde. Cualquier cosa antes que terminar con afluencias del 99%, niños y padres disfrazados en la grada y una jornada aleatoria de fútbol cualquier día de la semana navideña. El dinero y los triunfos van y vienen pero la idiosincrasia y personalidad de una competición permanece y le hacen perpetuarse en el tiempo y mostrar una serie de valores sociales importantes a futuras generaciones amantes del deporte rey. Me costaría asimilar una Premier League sin jornadas navideñas. Es tan reconocible en el ADN inglés como imposible de exportar a otros países. Y lo que es peor, la propia Premier League no lo entendería.

Disfruten del Boxing Day antes de que el fútbol se lo robe a la Premier.