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lunes, 8 de julio de 2013

Imagine: Salto de fe



Imagino que se lo explicaron en algún momento de su vida. La educación, el respeto, el trabajo y la actitud adecuada. Conceptos utilizados para construir un edificio pero generalmente insuficientes para amueblarlo. La proteína del hombre no asegura el triunfo. Lo que antiguamente se conocían como valores se ha extinguido con el paso de los años, engullidos por la falta de barreras, la educación sin tiempo y la información sin comunicación. Lo que se conoce como los efectos menos beneficiosos de la democracia menos hiriente. Tantos “menos” y “sin” no pueden ser buenos.

A pesar de presentarse aquella noche con el aval de su ideario perfectamente claro, le iba a costar al míster contener sus instintos y no envenenarse a sí mismo. Era uno de esos momentos en los que todos nos preguntamos el motivo de que nos sucedan ciertas desgracias, el porqué de padecer decisiones discutibles y giros caprichosos de suerte. Hay gente que piensa que el azar es duro con aquellos que pecan de buenos. De silenciosos o de complacientes, incluso de tibios. En el fútbol también pasa. Los mártires se crean solos.

El entrenador caminaba parcialmente deshecho por el túnel de vestuarios. Se intuía cierta endeblez en su movimiento, un desaire a su formalidad y a la injusticia que, en opinión de la afición, había sufrido su equipo. Retenía sus impulsos, escondía sus puños, mostraba su sonrisa de un modo constante y nervioso, como quien acaba de subir por primera vez a la montaña rusa más peligrosa.

Apoyó su cuerpo en el pasillo antes de hacer acto de presencia en la rueda de prensa. Daba la sensación de que el cuerpo respiraba porque su dueño le dejaba, forzado e insurrecto a dejarse llevar por la maquinaria. Decenas de piernas recorrían sin parar aquel doloroso pasillo como un torrente sanguíneo alterado. Pero, para el entrenador, el tiempo se había detenido. Buscaba respuestas pero no tenía claro qué preguntas formular, así que se dio un minuto para pensar en sí mismo. Para recordar su carrera y preguntarse el porqué de sus cimientos. Intentó recordar por qué había antepuesto siempre la palabra al grito, por qué prefería esconderse tras el humo de las bombas ajenas a lanzar las suyas propias.

En esos segundos, concluyó el entrenador que lo suyo era un cuento de hadas entre redes, una especie de utopía clásica que sobrevive en la sociedad de las conspiraciones por whatsapp. Le pareció bonito y digno de mención. Le pareció tan ingenuo como elegante. La pareció un camino tan precioso que siempre existirían tramposos, vagos y prácticos que le pondrían barreras. Pero para eso estaban los caballeros como él, para saltarlas y abrumar con su fe. Replanteándose si había elegido la profesión correcta, el míster entró en la sala de prensa, se sentó, aclaró su garganta y ante la primera pregunta respondió:


-     Han sido mejores, no tengo nada que objetar.


Artículo extraído de Lineker Magazine 11:

lunes, 3 de junio de 2013

Imagine: Beckham, el humano





Imagino que no hay cansancio sin esfuerzo, como no existe la riqueza sin la pobreza. La presencia del término medio no se entiende sin el egoísmo de los extremos, reflejos de miserias y de pecados y espejos de la condición humana. La percepción de altitud que tiene un piloto no puede ser la misma que la concebida por alguien que jamás ha volado. Y precisamente de alturas vamos a hablar, con la diferencia de identificar el objeto volador y, ya que estamos, el responsable de elevarlo a la soledad más bella. Aquello ocurrió una tarde de septiembre en el sur de Europa. Lo llamaré “aquello” pecando de simplista, me disculparán. Fue un golpeo, una idea. No fue necesariamente lo mejor que exhibió a lo largo de su carrera, pero con el tiempo se ha convertido en la postal de recuerdos que tengo de este ya exfutbolista.

Se movía siempre como una gacela, ansiando libertad. Y aquella tarde no fue una excepción. Corrían ríos de tinta alimentados por los debates externos sobre la posición más adecuada para realizar su trabajo. Él, ajeno a ello (por desinterés o por causas idiomáticas, vaya usted a saber), iba a mostrar lo que siempre supo hacer mejor que nadie. En pleno ataque y entre trote y trote por la banda, recibió un balón suave del tipo con el que compartía demarcación, sueldo, padrino y -apuesto que- crema de afeitar. En ese preciso momento, comenzó.

En apenas una décima de segundo, la mirada encontró su objetivo. Sin dejar de avanzar, ejecutó el movimiento de golpeo más maravilloso visto en este siglo. La perfección hecha armonía. Más sutil que rápido, más preciso que veloz. Y sin embargo, sucedió en apenas un instante. El 23 mandó el balón a unos cuarenta metros de distancia, con una trayectoria diagonal al rectángulo de juego y con la caída planeada (y ejecutada) en la paralela al punto de penalti, ligeramente escorada al lado izquierdo. Tras menos de dos segundos en el aire, el objeto volador caía “casualmente” a los pies del maestro francés, agradecidos ambos de encontrarse en el lugar y momento adecuados. Lo que pasó después es otra historia dominical de final feliz.

La característica que más destaca en aquellas personas que alcanzan la élite profesional es, sin duda, la naturalidad. A veces nos asombra comprobar la apariencia de normalidad con la que algunos firman tratados de paz, descubren vacunas, actúan en estadios repletos o marcan goles en finales. Bendita llaneza con la que nos damos cuenta de que los detalles completan la vida, la nuestra y la suya. Bendita imaginación con la que me convenzo de que estrellas, como el aquí recordado, hacían del trabajo diario su gasolina; tiraban de orígenes para recordar el sudor, base y componente de su estatus. Luego, durante, y alrededor, vino todo lo demás. Pero abandonen la superficialidad para echar un vistazo al fondo. Aquel que nos dice que en el libro de instrucción de vuelo, el primer capítulo nos ayuda a fijar los pies en el suelo.

Todos somos iguales ante un balón. Pero a la hora de golpearlo, dentro de los superdotados, hay un hombre que ha hecho del proceso la mejor película, de la fotografía la pintura más admirada. Todo muy manual, sumamente artístico, demasiado elegante para emparentarlo con silogismos industriales.

Ya no habrá más carreras del 23. Ha decidido disfrutar de la libertad sin fin, golpear cuando le plazca, vivir de su don sin explotarlo como hasta ahora. De lo más natural, como las lagrimas en el cielo. Imagino que los balones lloran porque no volverán a volar como antes.


Artículo extraído del nºX de Lineker Magazine:

jueves, 15 de noviembre de 2012

La mejor unión posible



Cuentan que John Lennon sintió envidia de Paul McCartney al conocerle durante la adolescencia. Le costaba encontrar su propio talento y le imponía el aura de McCartney. Lo que John jamás llegó a visualizar fue la reacción de Paul, veinte años más tarde, cuando se enteró de la muerte de Lennon. Había perdido una parte de sí mismo. Lo que fueron (y firmaron) juntos se convirtió en algo irrepetible, intangible e inalcanzable. Esa maravilla temporal y circunstancial fue fruto de la unión de dos talentos y caracteres que, de algún modo (caprichoso y bienintencionado) intentamos asemejar en este artículo a uno de los dúos más importantes de la historia del fútbol inglés. Brian Clough y Peter Taylor.

El fútbol tiene un componente que eleva el sentimiento de unión y desunión al máximo exponente. Nada provoca más amistades y rivalidades que este viejo y popular deporte. Todo niño en época escolar reconoce como uno de sus mejores amigos al gamberrete que, (solamente) durante los momentos del recreo, olvidaba su estatus superior para celebrar de manera apegada un gol, siempre dudoso, entre chaquetas y piedras. El recuerdo se repite en la adolescencia; ese largo partido entre las hormonas y el alcohol, generalmente expulsado de un modo forzoso durante aquellos córneres del domingo por la mañana, cuando los compañeros de frenesí nocturno se mostraban vomitivamente solidarios. Y qué decir de esa época de la vida en la que la expresión “los pequeños placeres” cobra su sentido total. Las terrazas de cualquier ciudad se llenan de parejas de adultos de mediana edad (expresión que no molesta a nadie) cuya mayor afinidad se disfraza con los colores del equipo local, dejando de lado por unos momentos aquellas convergencias personales que pueden resultar más dolorosas. Convendrán conmigo en que las celebraciones en el patio del colegio, los córneres dominicales y las cañas callejeras serían imposibles sin compañía. Y con demasiada serían algo peores. Y es que, aunque recordemos tridentes, rombos, defensas de cinco, onces y plantillas de veintitrés, el fútbol es un deporte múltiplo de dos.


Será la solidaridad colectiva tornada en seriedad la que nos lleve a buscar ese gran amigo sobre el césped. Ese sentido casi militar del fútbol que ninguna conquista bélica puede igualar en motivación. Ese delantero ratonero que depende del talentoso buscador de espacios; aquel tanque llegador que mantiene una relación de mutualismo con el lateral, siempre voluntarioso. O la simple conveniencia. En el palco de honor y la grada rasa, de la necesidad se hace virtud; se busca respectivamente cerrar negocios y repartir abrazos, con el cinismo como firma en la parte noble y la honestidad como garantía humana en los bajos fondos. Pero las cuestiones y curiosidades más ninguneadas se pegan al muro de división entre el verde y el gris. El dichoso y tan traído banquillo. ¿Cómo encontrar a una media naranja allí? Y, sobre todo, ¿por qué?
Brian Clough y Peter Taylor fueron un perfecto ejemplo de encaje de piezas en la dirección de un equipo de fútbol. Juntos enseñaron lo que puede definirse como la sinergia técnica en la gestión de una plantilla. 

Hablar de humanidad en el deporte moderno puede rayar lo obsceno, pero el trabajo de Clough y Taylor, tecnificado y sin margen de improvisación en sus colegas del siglo XXI, estuvo siempre fundamentado en dos cualidades del todo intocables e inalcanzables por una máquina. Carácter y talento. Eran conscientes de sus dotes y de la necesidad de mantenerlas juntas y en la misma dirección para alcanzar las cotas más altas; a pesar de ello, la propia identidad tiró de significado en el diccionario y agotó los caminos hasta las últimas consecuencias. El carácter de Clough nunca cedió un ápice de su personalidad mientras que el talento de Taylor quiso explorar sus límites fuera del laboratorio casero. Los resultados fueron tan decepcionantes para los protagonistas como lógicos por su naturaleza. Pero comencemos por la época feliz.


Brian Clough y Peter Taylor se conocieron en Middlesbrough en 1956. Clough llevaba una temporada en el Boro, demostrando ser uno de los mejores delanteros del país tras sus trabajos eventuales como mensajero y el servicio militar a su nación. Taylor llegaba ese verano del Coventry City con la intención de convertirse en el portero titular. Clough marcaría 222 goles en 204 partidos en la ciudad del capitán Cook hasta romperse el ligamento cruzado anterior y ver afectada el resto de su carrera. No hubo títulos. El mayor logro de ambos en aquella época fue simplemente encontrarse, congeniar y mantener larguísimas charlas sobre fútbol. Sin embargo, los triunfos no se harían esperar demasiado. Tras comenzar su idilio en el Hartlepool United, Clough & Taylor tomarían las riendas en 1967 del Derby County, que llevaba diez temporadas seguidas atrapado en el fango de la segunda división. Tres años después estaba jugando una competición europea. Y en 1972, el Derby County ganó la liga. Tras divergencias con la directiva, en 1973 marcharon a Brighton, donde los pobres resultados separarían nuestra querida pareja por primera vez en su historia. Taylor quedó al mando del equipo y Clough, tras un pequeño descanso, se dispuso a afrontar su mayor reto individual, entendido con el tiempo como su fracaso superlativo. El Leeds United le contrató para sustituir a Don Revie y Clough duró en el cargo aquellos famosos cuarenta y cuatro días. El choque de estilos y la falta de Taylor fueron las principales causas de una caída perfectamente reflejada en el conocido film “The Damned United” (Tom Hooper, 2009).

The Damned United (2009)

La no tan extraña pareja se reencontraría en Nottingham para firmar la escalada más triunfal de un club en la historia del fútbol moderno. Abanderado de un visionario y exótico, por entonces, juego de toque, Clough comenzó con el Forest en segunda división en 1975. En 1977 subieron a la First Division. En 1978 lograron su primer título de Liga y de Copa tras permanecer un año natural sin perder un partido. En 1979 levantaron su primera Copa de Europa, título que repetirían en 1980. Dos temporadas para subir a la First Division y tres más para ganar nueve competiciones. Tan inédito resultaba por entonces como increíble resultaría ahora. La historia dichosa termina en 1982. No lo hacen los triunfos (más espaciados en el tiempo) ni los titulares en prensa (menos centrados en el juego), pero sí la relación laboral conjunta de Clough y Taylor en el Nottingham Forest. La senda de la felicidad se iba a convertir en un trazado angustioso que marcaría de por vida a ambos protagonistas. Peter Taylor dejó Nottingham para volver a Derby donde protagonizó un par de irregulares temporadas y llegó a derrotar al propio Forest de su amigo. Sin Taylor, Clough tardaría siete años en lograr un nuevo título. Su avanzado alcoholismo, sus crecientes rarezas y el paso del tiempo hicieron mella en el entrenador, que se retiraría definitivamente en 1993.


Brian Clough es considerado, por muchos, el mejor entrenador inglés de la historia del fútbol. No cabe duda de que sus meteóricos resultados han contribuido a tan excesiva definición. Sin embargo, fue su enorme carácter el que le provocó y continúa provocando la menor de las indiferencias. Para Clough el fútbol era, ante todo, un juego creado y compartido entre caballeros. Se erigió con el tiempo como el mayor defensor de este deporte, imponiéndose como su legítimo representante. Siempre creyó personalizar el grito del fútbol ante los entrenadores antideportivos, los directivos entrometidos y los tramposos clubes grandilocuentes de aquella época. Y para ello no dudaba en utilizar métodos realmente curiosos. Clough fichaba constantemente jugadores sin comunicárselo a la directiva y tras una simple charla con ellos. En 1973 acusó a la Juventus de amañar una eliminatoria europea contra el Derby County al ver entrar a un bianconeri en el vestuario arbitral, cabreado por comprobar que los italianos vieron tarjetas a propósito restándole toda importancia al partido de vuelta (la ida en Turin terminó 3-1). Sus roces con la afición y directiva en Derby fueron constantes. Ya en Nottingham su autocomplacencia con sus métodos se vio potenciada por los triunfos. ¿Quién podía discutirle a Clough la decisión de llevar a Peter Shilton a entrenar a una rotonda madrileña porque el césped del Bernabéu no estaba en buenas condiciones antes de la final de su segunda Copa de Europa? Solamente una persona. Peter Taylor.

The Damned United (2009)

El fútbol unió durante mucho tiempo lo que la inercia, el destino y hasta el azar quisieron separar. Solo las diferencias fuera del campo pudieron ensanchar la distancia en una comunión que resultaba perfecta cuando el foco estaba en el césped. La curiosidad y ganas de volar solo de Taylor le llevaron a abandonar la compañía de su amigo en varias ocasiones, con inerte resultado. Sus proyectos resultaban bienintencionados pero faltos de creencia, algo así como equipos probeta. No estaba allí Clough para aportar su carácter incendiario, su magia para involucrar a todos los presentes en el triunfo. No estaba Brian para convencer a Peter de que podían hacerlo. Del mismo modo, en su propio monólogo Brian Clough se revolcó en el fracaso de sus métodos en Leeds y pareció disfrutar de su gradual decadencia laboral y humana en Nottingham. No faltaron piques, encontronazos y peleas, una de ellas causada por la publicación de la biografía de Peter Taylor sin avisar a Clough. El traspaso en 1983 de una de las estrellas del Forest de Clough al Derby de Taylor finiquitó la relación. Clough declaró: “Nos vemos casi todos los días de camino al trabajo por la autopista A52. Pero si su coche se averiase y me pidiera que le llevara, no lo haría. Le atropellaría”.


Los entrenadores no volvieron a trabajar juntos. Los amigos no se dirigirían más la palabra. La sabiduría futbolística se mostró distante con la comprensión más pura de este deporte. A su vez, el triunfalismo pecó de prepotencia creyendo que podía saltar sin red. No caigamos en ser políticamente correctos. La historia ha sido injusta con el papel de Peter Taylor en toda esta fábula. Y es que la humanidad resulta fría e implacable con los segundos. En realidad, el cuento de Brian y Peter es la dicotomía de nuestra vida diaria. Sin tímidos, no habría focos para los populares. Sin la luz de los protagonistas, no se reconocerían las sombras de los secundarios.

En 1990, Taylor escribió un artículo sobre Clough, aconsejándole retirarse de un modo digno. Cuatro años después, Peter murió repentinamente en la costa mallorquina. Brian quedó afectadísimo con la noticia y se dejó llevar en su lamentable y lamentada excentricidad. Fue consciente entonces de que ya no se repetirían aquellos largos viajes en coche para intentar fichar a espaldas de la directiva a un jugador treintañero y gordo. Clough nunca volvió a ser el mismo y falleció en 2003 tras acentuarse gravemente sus problemas con el alcohol.


Brian Clough dejó para la posteridad una enorme colección de frases punzantes, dignas todas de su posición en el Olimpo futbolístico inglés. Pero de todas ellas, destaca sobremanera una. Seguramente la más simple y sincera que salió jamás de su boca. Un pensamiento que expulsó en 1993 al dejar los banquillos, pero que podía haber repetido durante ciertos momentos de su carrera.  Aquel día, Brian Clough definió su relación con Peter con una frase que también podía haber pronunciado su gran amigo:

 “Mi único lamento es que mi compañero no está aquí”.

Seguro que el entrenador podrá encontrarlo en la autopista A52, curiosamente renombrada con el tiempo como Autopista Brian Clough. A través de ella, Brian construyó el equipo más apasionante que ha visto Inglaterra.

Eso sí, conducía Peter.


Artículo extraído de Lineker Magazine nºIII:
http://es.calameo.com/books/001709736ee1beb528bab





martes, 6 de noviembre de 2012

Un partido brillante





Hay partidos de colores brillantes. Más atractivos de lo normal. Partidos a los que el azar de los sorteos cuida concienzudamente, añadiéndolos de un modo tan caprichoso como juicioso en determinadas fechas del calendario. El destino entiende y aplica el placer de lo puntual, de lo sucinto. La ocasionalidad de ciertos choques resulta especialmente seductora para el aficionado clásico; aquel que valora ver a su equipo en un estadio inédito, que supedita su simpatía a los gestos durante su niñez, aceptando su criterio infantil como el más válido de todos. Ese gourmet del fútbol bien entendido que prefiere equipos y partidos de muchos colores.

El BVB siempre fue diferente para la mayoría de nosotros. Para empezar, eran alemanes vestidos de amarillo. Esto ya parecía una contradicción cuando en España lo más parecido que habíamos visto a ese color era la camiseta de Carmelo en el Cádiz. La Alemania dura, el mítico rodillo, la salsa agridulce y triunfante que envolvía todos los platos…era blanca. Un blanco neutral y demasiado limpio para nuestro siempre desordenado país. También podía ser verde. Pero nunca amarillo. Resultaba complicado aliar la alegría con los hipotéticos villanos. Era preferible meter al Borussia en el mismo saco que el Bayern de Munich. Altos, malos, toscos, poderosos, oportunistas, orgullosos, superiores…pero, de repente, cuando ya había conseguido olvidar el color de su camiseta, aparece un tipo bajito y castaño. Quejicoso en sus formas, pero delicioso en su fútbol. Se llamaba Andy Möller y para mí siempre será una de las caras de este club. Un futbolista distinto, irregular, uno de los primeros a los que comenzaba a aplicarse el término mediapunta como algo innovador por entonces. La posición era indiferente, lo importante era que tocara la pelota. Y si lo hacía, yo era del Borussia. Vestían de amarillo y negro y jugaba Andy Möller. Y cuando no hacían falta más argumentos para convencerme, la televisión digital se encargó de mostrarme uno de los estadios más imponentes del fútbol mundial. El Westfalenstadion (no me da la gana llamarlo de otra manera) es precioso, sublime y grandioso. Es uno de esos escenarios que hacen los partidos más grandes de lo que son.




El tiempo se ha encargado de facilitar mis simpatías. España ha endulzado sus ideas futbolísticas, pasándole parte de la diabetes a Alemania, derrotada por nuestra selección en dos ocasiones (Eurocopa y Mundial). El Borussia de Dortmund se ha convertido (si es que no lo era antes) en un club moderno, justificante directo de la existencia de una competición como la Champions League. Aglutina un conjunto de jugadores jóvenes, veloces, carismáticos y de gran calidad. Le presumimos política social, títulos y buen fútbol. Y todo ello visualizado en la sonrisa de su entrenador, Jürgen Klopp. Un tipo feliz con su vida y generoso con mostrársela al resto, un hombre seguramente consciente de la alegría y simpatía que despierta su club. No nos engañemos, Klopp cae bien; y mejor aún si se le compara con colegas suyos abandonados al discurso de la excusa, a la dramatización continua y a la confrontación como origen y fin. ¿Podrían, tan solo, callarse y sonreír?

Hoy hay partido y de los buenos. Siéntense y disfruten de la mejor historia y de la intensidad más punzante. De todo lo bueno de la juventud y de la experiencia. Exijan valentía, condenen la dejadez. Olviden porterías y palabras y quédense con el balón. Y sonrían. Amarillos y blancos en un estadio azul al rojo vivo. Un partido brillante.

























lunes, 2 de julio de 2012

Mi generación




Nací en 1981. Pocos meses después del  infarto de una nación, mis padres decidieron felizmente traerme a este convulso país. Viví la alegría de los ochenta sin entenderla en su mayor parte, pero impulsado por el entusiasmo infantil. La vida era la luz del sol en el descampado de mi casa, era la protección de mis padres, eran la alegría de la navidad y el coche fantástico. Crecí en los noventa limitándome a disfrutar mi ciclo de adolescencia, sin pensar demasiado a donde iba este mundo y dónde podría acabar yo mismo. Las primeras copas, los primeros malentendidos buscados con chicas, las decisiones a primera vista intrascendentes...todo ello regado con la confusa banda sonora de la década. Con el nuevo milenio, empecé a formularme preguntas más complicadas y no por ello encontré respuestas más simples. Me resulta de una pereza sideral el resumir lo pasado y sentido durante los últimos doce años y seguramente a la mayoría de los lectores les suceda lo mismo; y es que la era de los nuevos dígitos milenarios ha traído una nueva disposición infinitamente menos entrópica que el anterior. Se define con un extraordinario desorden, entre otras cosas porque no tenemos tiempo para hacer las cosas como nos gustaría.

Comparto generación con la actual selección española de fútbol. En el primer bienio de la década de la movida madrileña, aterrizaron en este país Iker Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso y David Villa. Ellos y todos los que nacieron posteriormente lo hicieron regados por la educación inicial de la democracia, aquella corriente blanca y sin alcohol que abogaba por el trabajo más correcto para llegar el mejor fin posible. Se trataba de una sociedad curiosa, recién iniciada en la élite de la civilización supuestamente avanzada, que tan pronto descubría la música dance como el achique de espacios. Y aunque lo hacía siempre con un poso de sorpresa, quedaba en al aire esa parte de ingenuidad española, ese momento de querer subirse al carro como modo de supervivencia. Sin embargo, algo estaba cambiando. Entre injusticias arconadiles, penaltis de Eloy, errores de Cardeñosa y golpes francos de Stojkovic, el giro del núcleo giraba poco a poco en contra de la tendencia fatalista. Aunque lo manteníamos al margen del conocimiento general, todos los miembros de la generación lo compartíamos. Queríamos dominar el mundo en sus múltiples vertientes y confiábamos en que algún día nuestros conocimientos e iniciativa nos permitirían hacerlo. 

Sabíamos que sería una guerra. Somos gente que se ha sentido desprotegida en muchos momentos de su vida, por las circunstancias, por el sistema y, por qué no decirlo, por nuestras dudas, por nosotros mismos. Tenemos la sensación de haber llegado tarde a todos los sitios. Somos los contenedores de basura inservible de nuestros hermanos mayores y los conejillos de indias de nuestros hermanos pequeños. ¿Conocen la expresión "eran otros tiempos"? Nosotros nacimos en esos tiempos; resulta paradójico el hecho de que solamos ser los principales damnificados por el uso de esta frase hecha. Somos una generación a la que nos falta descaro y nos sobra educación. No sabemos lo que es el talante, pero conocemos de sobra lo que significa el respeto, algo que procesamos y repartimos en la misma manera que exigimos. Representamos la impaciencia bien entendida, esa que se asienta en las bases de la confianza en uno mismo y en el gusto por hacer algo en la vida. Aceptamos las bases por las que nos regimos, pero buscamos el significado verdadero de las normas, sin mancharnos en demasía de esa practicidad que contagia las prisas modernas. Somos hijos de la ESO y, aún así, queremos e intentamos hacer las cosas bien. Y lo hemos llevado a la práctica durante nuestra existencia. La interrogante nos acompañará siempre, pero nunca dejaremos de añadirle una respuesta que, acertada o no, nos diga el camino por el que marchar.

Tenemos bastantes más de veinte; en algunos casos (como el mío), más de treinta. Mi generación es convergente, prefiere la unión a la división. Serán los mundos de Yupi aquellos que me hacen preguntarme si la generación de la España futbolística ha compartido inquietudes conmigo y con mi grupo de amigos. El último romanticismo que nos dio el siglo XX me hace pensar que sí, que así fue. Que la clarividencia que muestra Xavi con la pelota me recuerda a la determinación de Rodrigo, mi amigo enfermero que conoce mejor que nadie el destino a seguir en su trabajo para llegar a buen puerto. La madurez, cualidad de la que vamos sobrados pero no presumimos porque no consideramos una virtud, me dice que la bonanza de mi amigo Andrés se define en la afabilidad de Reina, un tipo tan necesario que se hace imprescindible allá donde va. Consideramos la lealtad a una misión uno de los mayores dones que se pueden tener, tan representada por Puyol sobre el césped como por Javi y Felipe en sus múltiples papeles de emigrantes, buscando la prosperidad y tranquilidad personal e intentando vivir en paz con ellos mismos, algo tan fácil de decir como laborioso de obtener. Casillas comparte con Juan el ángel que siempre sobresale, la estrella que brilla por encima en cualquier situación. Y qué decir de la resistencia metálica de los ochenteros, aquella que lleva a saltar con éxito cualquier valla que te ponga el destino. Lo saben Fernando Torres, objetivo de los  láseres críticos, y mi amigo Miguel, un hombre cuya sonrisa y afán de superación derriba cualquier mal espíritu.

Todos son de mi generación. Unos cuantos privilegiados han invadido hoy Europa, vía Kiev, y han regalado unos momentos de gran alegría a este país. No nos están arreglando la vida pero nos están dulcificando el camino que irremediablemente hemos de caminar. ¿Cómo me siento yo? Pues escribiendo estas líneas no puedo evitar conciliarme con el carácter bonachón de Del Bosque, un tipo tan modesto en su forma como hermético en sus quehaceres. Interioriza una definición muy clara del bien, de un modo tan inflexible que hasta el mal le respeta. Admiro cómo domina ese pequeño espacio entre el placer de la corrección y el de la rebeldía y cómo, además, se convierte en un ejemplo para personas, jefes y trabajadores de cualquier edad. La moralina bien entendida, la Biblia sin Iglesia, la vivienda sin hipoteca. Los valores sin precio, ése es Vicente del Bosque. 

A todos los protagonistas de este 1 de julio y de las anteriores citas en Johannesburgo y Viena, solo me queda agradecerles esos ligeros y breves momentos de alegría que me han otorgado cada cierto tiempo. La felicidad es un término excesivo planteado de un modo continuo, pero yo fui feliz el día en que vi a España ganar la Eurocopa de 2008 junto a mi madre pocos meses antes de que ella se marchara para siempre. La vida no será solo fútbol, ni siquiera es una gran parte. Pero el fútbol es vida, siempre lo será y mantendré un duelo a muerte con quien me lo niegue, aunque sea en la parte más intrascendente y minúscula del discurso.

Muchos son desconocidos, pero todos los aquí nombrados tienen parte de mí. Pertenecen a mi promoción natal y no paran de preguntarse por qué. Por qué no pudieron haber nacido en otra época más fácil. Pero lo hacen con naturalidad. Respetan el destino, conscientes de la estupidez del debate (hoy en día se crean tantos...) y de la más que probable injusticia de la respuesta. Y es que saben que, tarde o temprano, la historia te acaba situando en el lugar que mereces. Y aunque no lo haga, da lo mismo, estaremos preparados. Mi generación es tan romántica como capaz. Entendemos nuestras presencias por el sacrifico de las ausencias. Y además, damos las gracias. Somos cojonudos.






martes, 12 de junio de 2012

Roles cambiados




Alemania trabaja y optimiza su improvisación mientras Holanda imagina la disciplina deseada sobre su lienzo impresionista. Se enfrentan dos selecciones históricas embarcadas en el proceso de hacer evolucionar su fútbol hacia objetivos antes establecidos pero nunca logrados. La practicidad y el preciosismo intercambian orillas en el Mar del Norte.

Holanda y Alemania sobre un mismo césped. Mucho más que un partido. Es la batalla centroeuropea por el cetro de un deporte cuya ejecución suele definirse bipolarmente, entre la calidez de latitudes mediterráneas y la niebla propia de las islas británicas. Es la mayor de las menores rivalidades futbolísticas a nivel de naciones. Es una pelea vecinal entre aspirantes a liderar el asalto al trono español. Estamos en 2012 y lo que distingue este duelo de los dirimidos en otras épocas no está en el chasis de los aspirantes, sino en el motor que utilizan y en la disposición de las piezas. Nuestros perseguidores en la carrera  futbolística europea (y padres condicionantes en la económica) se han intercambiado el librillo de estilo. Y, seamos sinceros, no les va mal...¿o sí?

Alemania ha modernizado su ideario. La disciplina sigue siendo básica, pero ahora añade el aditivo decisorio de la calidad. El fútbol germano cambió su rumbo con la oportunidad a Klinsmann y lo ha asentado del todo con el protagonismo de Joachim Löw. Un tipo con las ideas claras y con las bases asentadas. Conoce su país y su fútbol; ha sido el principal responsable de las modificaciones en la estructura de la cantera alemana, consciente de que ése ha sido el punto clave en el triunfo de la actual generación española. Alemania sigue jugando como un bloque pero ha focalizado la velocidad de sus jugadores hacia un ataque más estético y con más efectivos. La flecha se ha convertido en un acordeón. La habitual determinación germana se ve ahora acompañada por la libertad para obtener resultados. Si la jugada se piensa en la cabeza del futbolista, hay más posibilidades de éxito que si simplemente se automatiza. Por fin la improvisación recibe su premio.


Pero Löw sabe que esto es posible gracias al talento futbolístico del que dispone en este siglo. Özil, Reus, Götze o Kroos simbolizan la nueva Alemania. Aquella que no conoció el Muro de Berlin pero que trabaja para que no vuelva a repetirse. Por fin esta selección gusta fuera de su país. El alma y orgullo germana están saciados de triunfos. Lo que ahora ansían es el reconocimiento, la sonrisa, el abrazo del neutral. En definitiva, representan como nadie las necesidades humanas de la buena posición futbolística. Y parece que están en disposición de encontrar su tesoro. A falta de un gran torneo, la rutina clasificatoria lo ha dejado claro. Alemania gana como siempre y juega como nunca.

Con Holanda se abre el ancestral debate sobre el juego y el resultado. Jamás hubiera pensado que el país de las jóvenes figuras preparadas durante años en la verde y lisa llanura amable acabaría cuestionando, precisamente sobre el césped, las ideas que cimentaron su personalidad durante décadas. Me dirán que Holanda suele jugar bien. Tocando el balón, presionando arriba, achicando espacios, abriendo a bandas...les responderé que hay idearios que, en ciertos contextos, resultan sagrados. Y no pueden traicionarse ni para ir al baño. Aunque sea durante 120 minutos en los que se está jugando una Copa del Mundo. Nadie conoce una Holanda alejada de esos argumentos. Van Marwijk fue el sacrílego responsable de que la selección naranja se olvidara de jugar al fútbol durante aquella final.


Ni todos los títulos del planeta harían olvidar aquella maravilla dinámica que fue la Holanda de Cruyff. Si se acepta la inscripción eterna de los campeones en la historia, también se ha de considerar la fidelidad y veracidad a un discurso que es el que realmente creó el producto. Un producto sin fecha de caducidad y reutilizable si nos atenemos a futbolistas de la talla de Gullit, Van Basten, Rijkaard, Bergkamp, Overmars, Seedorf ó Kluivert, todos ellos dignos sucesores del sentido hiperestético de la Naranja Mecánica.  A lo mejor me equivoco y plantear un ajedrez con una selección con Van Persie, Robben, Sneijder o Van der Vaart es poco práctico y conviene más pasar a los términos de batalla táctica, donde la oscura y sobrevalorada posición del mediocentro defensivo ponga a todos en su sitio y acabe siendo considerado la figura más decisiva del partido. Si así es, déjenme soñar hasta que la realidad me despierte.

Alemania goza de desordenar velozmente su talento, mientras que Holanda se entrega a la búsqueda del orden que jamás le hizo falta. Es una charla entre viejos enemigos cuya vida ha cambiado, aunque sigan entregados a los mismos objetivos. Mucho más que un partido.





miércoles, 6 de junio de 2012

La hora de Iniesta

Iniesta en el amistoso ante China (Foto: Eduardo Abad, EFE)

Es el momento de Andrés. Todos los futbolistas tienen su hora. A todos, sin excepción, les llega su instante pero sin incluir un matiz funesto en la expresión. Suelen ser recuerdos intensos, rápidos, que la memoria tiende a acortar en breves e indefinidos fotogramas. Imágenes sueltas que evocan olores pero no sonidos, sensaciones pero no hechos. Son las escenas que un profesional acaba teniendo como álbum cerebral de imágenes, lo que viene significando su mayor legado a la gloria colectiva de un club o selección.

El reloj se para en función de una serie de factores que creemos estimables pero que acaban siendo impredecibles. Sin trampear la inclusión de la tan traída suerte, el hambre de victoria termina siendo determinante en los milímetros, centésimas de segundo, que separan el triunfo absoluto del odiado rol de secundario. O como dirían algunos, del primer perdedor. Solo a la mínima distancia de la última meta, únicamente en esos momentos, las dudas entran en la cabeza de los supervivientes. Es ahí cuando se puede establecer un diferencial entre los muy grandes y los grandísimos. La reacción humana entre los superdotados y los inalcanzables termina siendo más grande de lo que parece.

La edad es esa pregunta ambigua del examen que todos hemos sufrido. Dependiendo del enfoque que uno le dé a la respuesta, el resultado variará de un modo determinante. Si creemos en el destino, tenderemos a pensar que la carrera de un futbolista da más oportunidades a aquellos que acaban de empezar. Sin embargo, este factor es susceptible de transformarse en una especie de hermano mayor, más coherente, razonable y mejor entendido. La madurez del jugador se antoja clave en la consecución del mayor potencial posible en el momento buscado. Es un tipo de carga que se convierte en ventaja competitiva cuando uno deja de sostenerla. Llega un día en el que uno abandona la sospecha, deja de jugar con las hipótesis y adquiere la certeza. Y lo hace con la mayor de las seguridades, ¿qué es la madurez sino confianza en los actos propios? Conjugar los primeros momentos en que aparece esa experiencia, comprobada desde fuera y sentida desde el interior, con un período de bonanza y plenitud física asegura estar cerca del triunfo. La inscripción a la carrera histórica queda más próxima.

Pero en algún momento tiene que parar el razonamiento. En el lugar exacto en que florece el instinto, la determinación y, por qué no decirlo, la suerte. Como decía al principio, hay factores intangibles; se trata de cualidades que aparecen cuando no se les llama, rescatando al afortunado del océano de la mediocridad. Por ejemplo, el talento. Continuando con el ángel con el que algunos nacen. Y en plena demagogia sentimental, cito al destino.

Y es que son pocos los afortunados y muy escasos los señalados públicamente. Aquellos cuyo resultado en la ecuación resulta positivo en los momentos más importantes. Esos futbolistas con una valoración superlativa por parte de todos los aficionados y expertos. Son casi únicos los que hacen sonreír y exclamar con sus slalom al mismo tiempo que siembran frustraciones en el verde. Sus pies reparten ilusión en la grada y a través de las pantallas. Su cuerpo se mueve sobre el césped como si viviera allí. Como si hubiera estado esperando al resto para empezar a jugar. Conoce el rectángulo de juego como si fuera su hogar e imparte clases como alumno, profesor y catedrático aventajado.

Si consideran esta humilde divagación como válida y tienen en cuenta los factores de la ecuación, el resultado que obtendrán será parecido al mío. Cambien el orden, el producto no se altera. Fuera del rectángulo de juego, se tiene una sospecha. En Barcelona, Madrid, Sevilla, Bilbao…y también fuera de España, aunque en ese caso la definición se acerca a temor. Comienza la Eurocopa y él tiene la certeza absoluta de que ha llegado su momento. Es la hora de Andrés Iniesta.







miércoles, 9 de mayo de 2012

Simplemente Cruyff




La huella directa de Johann Cruyff en el torneo continental de selecciones no se ha impregnado en forma de leyendas de míticos goles, finales ganadas o picarescas triquiñuelas. De hecho, Cruyff tan sólo participó en la edición de 1976, en la que Holanda finalizaría tercera. En pleno apogeo ideológico de la Naranja Mecánica y con Johann como máximo valedor, los neerlandeses fueron eliminados en semifinales por los checoslovacos y terminaron conquistando el simbólico bronce ante Yugoslavia.

La importancia de Cruyff va mucho más allá como para limitarla a su simple presencia en el césped. Es evidente que la impronta del holandés y su forma de ver y leer el fútbol ha traspasado fronteras y ha creado un estilo, perfeccionado por sus sucesores, que ha caracterizado algunos de los mejores momentos de esta competición desde los años setenta. La abrumadora personalidad de Cruyff protagonizó importantes momentos fuera del campo, relacionados con su forma de ver la vida y la selección. Desde jugar el mundial´74 con una camiseta diferente a sus compañeros por temas publicitarios hasta no participar en la siguiente Copa del Mundo mostrando su condena a la dictadura argentina, pasando por continuas divergencias con la Federación Holandesa por las concentraciones e incluso un intento de secuestro en Barcelona sobre la familia Cruyff. Una vida apasionante que se reflejó sobre el césped.


Johann Cruyff es un hombre inquieto. Lo es ahora, con 65 años, y lo era cuando debutó en el combinado holandés. Inconformista y orgulloso, desde el principio entendió el fútbol de una forma casi inédita hasta entonces. De la mano de Rinus Michels desde el banquillo, Cruyff empezó a creerse y mostrarse como el líder de una selección que haría historia en las biblias futbolísticas. Holanda exhibió su ideario completo durante la década de los setenta; algo transgresor dentro de un mundo que ya estaba cambiando. Un fútbol olisqueado ligeramente en el River Plate de los años cuarenta (“La máquina”), pero transportado al mainstream futbolístico por los vitales holandeses.

La idea básica consistía en tener el balón el máximo tiempo posible, intercambiar continuamente posiciones y llegar a posiciones de ataque mediante triangulaciones continuas, amparándose en la gran condición técnica de los holandeses. Todo ello aderezado con recetas tácticas adicionales, como la presión a la defensa contraria, los delanteros colocados como extremos, la incorporación de centrocampistas ofensivos, la defensa de tres, etc. Hoy en día no hay idea que suene a novedad, pero en el anquilosado fútbol de entonces estos conceptos suponían un aire fresco dentro de la mediocridad táctica general. Jamás un futbolista había pensado que los rondos fueran a suponer la parte más importante del entrenamiento.



Cruyff era elegante, un cisne en el campo. Más que jugar, bailaba con el balón; veía lo que nadie, corría lo que todos e improvisaba como el que más. Defendía y atacaba con la cabeza, disponía de una técnica singular y una aceleración brutal. Mejoraba a sus compañeros y se movía con libertad por el frente ofensivo de su equipo. Generalmente arrancaba como falso delantero para comenzar el intercambio de posiciones y el consecuente despiste de las marcas rivales. Un todocampista, un volante, un goleador completo, un cerebro. Para muchos, el mejor jugador europeo de la historia.

El riesgo y la innovación suelen pagarse y el legado en forma de premisas que ha dejado aquella Holanda no se vio acompañado por éxitos bajo la piel de títulos. La crueldad de la derrota en las finales de las Copas del Mundo de Alemania´74 y Argentina´78 hirió las intenciones de los Países Bajos pero su orgullo se sobrepuso. Cruyff figuraba ya como máximo exponente de un nuevo fútbol. Un juego donde la técnica y el físico se combinaban en una trabajada fluidez de movimientos para resultar en una belleza deportiva de singulares características.

El destino pone a cada uno en su sitio. Y el valiente Rinus Michels, con su soldado Johann al frente, idearon un movimiento que dio a Holanda su única Eurocopa en 1988 y supuso la primera semilla que germinó en una época gloriosa para el Dream Team (con el propio Cruyff de entrenador), una idiosincrasia de por vida para el Ajax de Amsterdam, decenas de trofeos para el Barça de Guardiola y la tan ansiada gloria continental y mundial para la España del siglo XXI. Evidentemente, Cruyff no es el único pilar en sostener estos éxitos, pero sí la base ideológica en la que sustentar buena parte del juego. Él escribió un manual de instrucciones que, anteriormente, había probado como jugador y que en los últimos años ha sido sensiblemente mejorado por su alumno más aventajado, Josep Guardiola.


El legado de El Flaco debe figurar como uno de los más importantes en la historia del fútbol y, por ende, en la tradición de la Eurocopa de selecciones. La portada del libro de Holanda en la Euro la ocupa la volea de Marco Van Basten aquella soleada tarde de junio del 88 en Münich. Y el principal autor de la obra es Johann Cruyff.






lunes, 9 de abril de 2012

El fútbol de antes


Recuerdo un día en el que todo era concordia. O casi todo. Aquella época en la que los árbitros apenas eran noticia. Nadie sabía sus nombres ni conocía su currículum, ni solicitaba su inmersión en la nevera (horrible expresión moderna). Hubo un tiempo en que los futbolistas parecían más humanos que extraterrestres, jugaban a una velocidad terrenal. Por entonces, había miércoles libres. Sí, créanme. Cinco o seis por temporada. El aficionado respiraba y servía para recibir con más ganas la visita a la familia futbolística.

Las tácticas eran cosa de entrenadores. Al aficionado le bastaba leer la alineación en el marcador del estadio o escucharla por la radio. El dibujo del equipo era algo propio de entendidos o neófitos a la causa futbolística, algo bastante más selecto que ahora (por interés y por difusión). Era bonito escuchar ruedas de prensa en las que un entrenador admitía la superioridad del equipo contrario sin ningún tipo de justificación. Debe ser que no existían los agarrones en los saques de esquina, los céspedes altos, los lloros injustificados, los jocosos altavoces mediáticos, los amiguismos presidenciales o las comparaciones presupuestarias.

Un fútbol más lento, menos profesional y más espontáneo. Aún era un juego por encima de un negocio, actualmente tecnificado hasta en el número de estrías de las botas del mediocentro. Un fútbol en el que eran noticia los piscinazos, por ocasionales. Más duro, sin dudarlo. Más agresivo; en ocasiones violento. Pero infinitamente más noble. “Denme un leñero, que les vendo un teatrero”, decían los entrenadores de los ochenta. Por entonces, el técnico trabajaba cinco días a la semana con cierta tranquilidad. No debía dar explicaciones de sus alineaciones al resto de estratos del núcleo del equipo. A saber, jugadores, segundo entrenador, directivos, presidente, afición…ni siquiera el hijo del entrenador quería saber por qué no había jugado la estrella ese domingo. El respeto por ciertas decisiones de estado era primordial.


Aún había bombas periodísticas. Nadie iba por la calle con un teléfono, una cámara y un medio de comunicación propio. Ahora sí. ¿Qué es noticia en el fútbol actual y quién genera el interés? La nostalgia se apodera de aquellos rumores con telarañas sobre el hipotético traspaso de Míchel al Milan, la personalidad de Cruyff en el Barcelona o las concentraciones de la selección española en Sevilla. El entorno mediático tenía más que callar de lo que hablaba. Era una actitud y situación totalmente contraria a la que vivimos en nuestros días, cuando, por no tener nada que esconder, se cuenta todo y se finge guardar las cartas en la manga.

Faroles mediáticos aparte, la mirada meticulosa y escéptica del español medio a Europa aumentaba exponencialmente en temas futbolísticos; todo lo venido de fuera era lo mejor. Claro, que antes había un cupo de extranjeros, sin distinguir entre comunitarios, no comunitarios o veintañeros con pasaporte italiano gracias a un bisabuelo emigrante casado con una siciliana de los años treinta. Españoles o no españoles. Una selección con dos cojones y las medias negras.

Resumiendo. Hemos ganado miles de cámaras y un seguimiento mediático casi universal. El fútbol sale y llega de todas las partes del mundo. Tenemos una rigurosa profesionalización en el césped y una ampliación de 30-40 partidos más al año, con el estrés y las prisas que esto conlleva. Se ha producido un aumento del elitismo económico y social alrededor de las profesiones que viven del fútbol, consecuencia también del auge de la importancia de la imagen en el que estamos actualmente inmersos.

Hemos perdido buena parte del sabor de la comida. Falta honestidad, humor, ingenuidad y autocrítica. No se entiende que en un negocio tan serio como éste, los protagonistas (dentro y fuera del campo) se comporten como niños de colegio. Si nos ponemos serios, vamos a hacerlo bien. El fútbol ha perdido protagonismo, redireccionado a su vez a entrenadores, jugadores y árbitros con alma de actor principal y ego oscarizado. Quizá hemos perdido las ganas al aceptar de mal grado el “todo vale”. Algunos equipos han tocado techo y succionado fondo en menos de cinco años. Las emociones se concentran y eso hace que pierdan valor. Más de todo, generalmente, quiere decir menos intenso siempre. Sobran guiones y falta autenticidad.

Aquellos que buscan un significado más allá de las polémicas pueden ser tildados de cursis, frustrados o snobs. Resulta pedante entender el fútbol más lejos de los goles o de las tertulias trasnochadas de bar. El antes elogiable “experto” ha pasado a ser el ahora freak “parabólico”, el más moderno en lo despectivo de la acepción. La democratización del fútbol en las nuevas redes y comunicaciones amplía el número de voces pero exige una mayor y mejor selección de contenidos. Y es que no todo en esta vida son números y audiencias. Ni siquiera goles. En el deporte también hay una vida oculta tras las portadas.

El fútbol actual es una mala digestión, reconozcámoslo. Antes te quedabas con ganas de más, ahora te aturde en el sofá del salón tras cinco días seguidos de televisión, polémicas, dimes y diretes y trending topics que no valen una mierda. Todo ello envuelto en un calendario de locos dictado por los presuntos cuerdos. Este es el fútbol de hoy en día. Ahora actúa Messi. Antes jugaba Maradona. Y sobre todo, había hueco para gente como el Tato Abadía. Un centrocampista respetado por empatía y admirado por su pundonor. Agustín llegó a jugar durante setenta minutos de partido con el astrágalo roto, marcando el gol de la victoria para su equipo. El fútbol de antes. ¿Más vulgar?, ¿mejor? Diferente.