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martes, 10 de julio de 2012

El circo del verano



El mercado veraniego de fichajes es el juego de nombres y de colores al que se prestan prensa y aficionados cada vez que el mes de julio asoma por la ventana dilatada por el calor. Los sueños, sueños son y, como tal, su fuerza e ilusión adjunta suelen atropellar cualquier atisbo de rigurosidad y necesidad, esas cualidades imprescindibles en las obligaciones pero dejadas de lado en los pequeños y grandes placeres de la vida, como el seguimiento deportivo para un gran porcentaje de la población mundial.

Entre nombres, reuniones, verdades sesgadas, mentiras a medias y fogosos debates sobre castillos de naipes, transcurre la época estival. Aunque la verdadera competición comienza a mediados de agosto, el juego de cromos se activa mucho antes y tiene múltiples escenarios. Cada uno tiene el suyo en su mente de entrenador campeón de Europa y los comunes resultan unirnos a todos los míster frustrados, antiguamente en las columnas del papel madrugador, hoy en día en el insomne e implacable timeline de Twitter. La Premier League no es una excepción y las principales peleas entre los ingleses amantes del fútbol (es decir, entre todos los ingleses) se fundamentan en torno al entusiasmo o apatía mostrados por los principales clubes del país a la hora de incorporar nueva mercancía.

La sensación personal es que el dominio de la ciudad de Manchester en la última edición de la Premier está marcando la iniciativa a seguir en el actual mercado de fichajes. El Manchester City espera relajadamente con su trofeo bajo el brazo a la espera de explotar el globo de transacciones con algún alfiler tan llamativo y espectacular como futbolísticamente injustificable. El crédito del título y, por qué no decirlo, del intangible aporte económico de Al Fahim al club, trasciende las causas deportivas y alza la bandera de la anarquía en la tierra de la toma de las decisiones, amparada en un romanticismo discutible, aquel que vota por reunir eun mismo vestuario la mayor cantidad posible de jugadores extraordinarios, independientemente del coste y de su rol en el equipo. ¿Apostamos por una posible bomba? La más sorprendente cayó ayer mismo. Mancini ha renovado como manager hasta 2017, como lo oyen. En el fútbol de élite suena a broma. En el Manchester City, lo inverosímil se vuelve tan frecuente que hasta puede salir bien.

Foto: telegraph.co.uk

En la acera contraria de la ciudad, Ferguson espera. Seguro de sí mismo y de su entorno, ese club llamado Manchester United. Espera como quien fuma pausadamente un cigarro en la parada de autobús, decidiendo qué línea será la más apropiada para subirse. Los nombres pululan por las corrientes aéreas de las cercanías. Atractivos y falsos según quién los mire y quién los pronuncie. Van Persie, Cole, Demba Ba, Gaitán...de momento, Sir Alex ha decidido dar un relevo oriental al existoso merchandising de los red devils, marchándose Park y llegando Kagawa. Y seguirá esperando, se mueve perfectamente en este terreno.

Foto: soccer-magazine.com

Londres toma la iniciativa y la palabra, saca el ideario, la chequera y pone encima de la mesa sus intenciones, como queriendo parecer honesto ante la llegada de los Juegos Olímpicos a la ciudad. ¿Cambiará el Arsenal de rumbo? Parece difícil si uno considera que el propio Arsenal, tal y como lo entendemos, es el mismo rumbo en sí. De momento, los capitanes elegidos para subir al barco son más expertos de lo habitual, dentro de la juventud que mandan las tablas de Arsène. Podolski, Giroud, quién sabe si M´Vila....se marcha Almunia, se espera a Wilshere...lo normal dentro de la anormalidad, que es el anuncio de Robin Van Persie sobre la no renovación de su contrato. De su marcha o su estancia dependerá la identidad del ataque del Arsenal.


Foto: nuevofutbol.com

El Chelsea se ha liberado de sus fantasmas y parece querer empezar a divertirse. El club no puede personalizarse más en Drogba, exiliado voluntariamente a China donde ahogará su desahogo deportivo entre colchones rellenos de yenes. Hasta ahora, el nombre del verano es Eden Hazard. La expectativa hecha regate, descaro y velocidad. El belga lebronizó su marcha hasta límites insospechados. Su capacidad para triunfar parece asociada a su cualidad de no dejar indiferente a nadie. Juntar en la línea ofensiva a Torres, Mata, Hazard y Marin provoca profundos y placenteros sueños a los supporters blues, que empiezan a gustarse con eso de imaginar su nuevo papel de hedonistas de la Premier, amantes del balón y sorprendentes receptores de la diáspora de futbolistas belgas en Inglaterra.


Foto: independent.co.uk

En White Hart Lane, intentan razonar y buscar las causas de un éxito que se resiste, un último escalón que el Tottenham aún no ha podido subir. La cabeza manda en la dirección técnica de un club habitualmente llevado con corazón sobre el césped. Vertonghen, un central de jerarquía, simboliza la seguridad y fiabilidad que buscan los spurs en su inexplorado camino a la gloria de los títulos. La competición regala a André Vilas-Boas una segunda oportunidad que, sin ningún tipo de referencia y basado en una simple e ignorante corazonada, pinta más favorable que su fracaso inicial en el barrio azul de la ciudad. Al igual que sucede con los vecinos del norte, el Tottenham se debate entre las diferencias de contar o no con uno de sus mejores activos. Parece que Modric quiere irse. Veremos de qué lado cae la moneda.


Foto: nuevofutbol.com

¿Y el Liverpool? Cuesta analizar las decisiones de un club en el que no siempre reina la lógica ni la concordia. Llega Brendan Rodgers...se marcha Dirk Kuyt...you´ll never walk alone...vamos, lo de siempre. A mí los veranos del Liverpool me suelen aburrir, ojalá en este me retracte de mis palabras. En cualquier caso, ya ha comenzado el juego. Siéntense, apuesten y disfruten. Lo mejor es que cuanto todo esto haya terminado, comenzará lo bueno. O al revés, lo que ustedes quieran.








miércoles, 23 de mayo de 2012

Drogba, el guerrero analógico




A veces, el fútbol pierde la clásica concepción con la que fue creado. Se trata de esa tendencia que nos envuelve hoy en día y que consiste en modernizar las formas, procedimientos y objetivos de cualquier proceso en el que intervenimos de cara a ganar en practicidad y rentabilidad. Generalmente, supone una mayor inmediatez. Además, lo actual, lo recientemente creado, suele ser más ágil y visualmente impactante. Pero reconozcámoslo, tiene menos sabor y prescinde de autocríticas y razonamientos. En el nuevo siglo, las cuestiones que comienzan con “¿por qué…” se dejan para el final por miedo a no tener respuestas durante el camino. Y aunque parezca alejado de ello, el fútbol no se libra de los nuevos enfoques de esta vida.

Se nos olvida frecuentemente que esto es un deporte. Un juego. Sí, llevado al profesionalismo y tecnificación más absoluta. Pero en la base sigue siendo un juego. Solemos pensar en los jugadores como máquinas de comportamiento regular, patrones marcados y rendimientos más asociados a motores diesel que a seres humanos (irregulares por naturaleza). Vemos el campo de juego como una pizarra virtual donde superdotados tácticos mueven sus piezas en una especie de ajedrez robótico en el que no se puede fallar. El aficionado se bloquea, como si fuera Windows Vista, al no entender que su equipo pierda disponiendo de mejores jugadores que el contrario. Quizá me equivoque pero creo que el concepto está equivocado. Del revés. Probemos a darle la vuelta al asunto.

En un deporte digital, la influencia humana puede ser la que aporte ese plus decisivo, mínimo y espontáneo que tantas veces separa la gloria del anonimato. El fútbol se sigue jugando sobre césped, naturaleza histórica pura (o casi…pero aquí la responsabilidad es puramente química). Los participantes no reaccionan a raíz de golpes de teclado, sino ante ánimos, provocaciones o motivaciones. El fútbol siempre será analógico, amigos. Una final de Champions League no es Juegos de Guerra. Un partido de fútbol encaja mejor en Braveheart. Didier Drogba es más Mel Gibson que Matthew Broderick. Un guerrero analógico. Un carácter ancestral que destroza cualquier sistema operativo. Un ganador con un destino labrado por él mismo.


Didier Drogba se nos marcha de la Premier League. Con treinta y cuatro años y tras ocho temporadas en Stamford Bridge, Didier es más que un jugador. Ha cruzado la línea de símbolo de club para asentarse en el estatus de personalidad más influyente de su país, habiendo jugado un papel decisivo para asentar oleadas de paz en una deprimida y sangrienta Costa de Marfil. Ahora, sólo tras ganar la Champions League, Drogba recibe el reconocimiento internacional de grado superlativo que se le había negado durante toda su carrera. Fuera de Inglaterra, no siempre fue colocado de un modo unánime en el escalón de los mejores delanteros de una generación excelsa en talento (Ronaldo, Henry, Eto´o, etc).

El africano está siendo condecorado al final de su película. Como el héroe que se recupera de sus heridas tras múltiples peleas (un codazo, una bofetada y un diente roto, su bagaje contra Vidic) o como el soldado que nunca pareció agotar su cupo de resurrecciones. Un hombre que tardó dos semanas en recuperarse de una fractura de cúbito para debutar con su selección en la Copa del Mundo de Sudáfrica, con protección de yeso incluida. Siempre fue consciente de su enorme capacidad de liderazgo y contagioso triunfalismo y nunca permaneció ajeno al sentimiento de responsabilidad que el fútbol le introdujo. Esto se ha agudizado especialmente en esta última temporada, donde Didier ha sido el arma ejecutora de una generación de futbolistas que veían en él la solución para ajusticiar sus intentos de tomar Europa durante la última década.


Treinta y ocho días antes de finalizar su contrato, Drogba ha confirmado que no continúa en el Chelsea. En mi afán de humanizarlo, hasta diría que me parece más identificable esta situación que aquellas que prorrogan contratos a los que aún falta algún lustro por cumplir; tan absurdo como artificioso. Y no nos engañemos, la relación de Drogba con la competitividad de la élite también parece romperse. Y digo “parece” porque de los héroes siempre puedes esperar heroicidades. Es el humano más firme en un mundo cada vez más mecanizado. La apelación a la mística resulta imprescindible.

“Creo mucho en el destino…cuando eres jugador del Chelsea, nunca hay que darse vencido hasta el final”

En la última batalla sobre el verde, la tenacidad del guerrero ha dejado de lado la mal definida justicia futbolística y ha puesto de manifiesto la importancia de la entereza, la perseverancia y la determinación en la vida. Un ganador siempre cree en el destino porque cree que puede vencerle y escribir su propia historia. Drogba lo ha logrado.

Mis sinceros agradecimientos y sonoros aplausos para uno de los tipos que más he admirado en el mundo del fútbol. Por fin ha encontrado su merecido descanso. Didier Drogba, el guerrero analógico, por fin ha ganado su guerra.





jueves, 19 de abril de 2012

¿Qué es la justicia en el fútbol?


El radicalismo de ideas nos lleva en muchas ocasiones a juzgar lo que vemos bajo el punto de vista del forofo más reacio o del convencimiento de la bondad o legitimidad. Estos dos conceptos resultan incompatibles con un juego que marca sus límites de un modo muy nítido, bajo el objetivo de traspasar determinadas líneas (literalmente, la de gol) en el marco de unas reglas concretas.



El dogma de este escrito es el siguiente: juzgar y repartir justicia en un partido de fútbol resulta moralmente complejo y fácilmente atribuible a la causa individual. Hablaba del bien. ¿Qué es jugar bien? Entiendo que construir, como lo entendemos en otras disciplinas vitales. Tener el balón y gozar del control. En mi opinión, la definición "jugar bien" debe ampliarse a otros conceptos. En un juego en el que gana quien más goles mete, la injusticia no puede existir, por definición. Resulta tan simple como que la pelota entre.

Y para eso hay muchas maneras. No todas son tan constructivas como la que suele proponer el Barcelona, ni tan directas como la que se le atribuye comúnmente al Real Madrid. Como en la vida, hay muchas formas de actuar. La diferencia es que la vida es un camino en el que el resultado no viene marcado por un final. En un partido de fútbol, los profesionales que intervienen buscan la victoria de un modo constante y categórico. La belleza para un futbolista es el gol. La legitimidad viene limitada por un reglamento.

Entiendo que el aficionado medio pueda buscar otras motivaciones en el fútbol. Y además, debemos agradecerlo. Hay que congratularse por la insatisfacción del español por este deporte sin el valor añadido del espectáculo. Pero eso no exculpa la intolerancia asociada al modo de plantear un partido. Focalizándolo en el Chelsea-Barça de ayer, ¿qué es racanería? ¿No intentar atacar? ¿No es el del Chelsea un mayor riesgo para su futuro, ya que apenas buscó la portería blaugrana? ¿No atacó mejor el equipo de Di Matteo, que con muchas menos llegadas metió más goles? ¿Por qué en UK se habla de partido tácticamente perfecto y en España se habla de racanería?



Entramos en un terreno donde se valoran las formas de llegar al área y las apuestas de cada equipo. Unas más loables que otras en función de lo que entendamos por belleza futbolística, que en mi opinión es una definición entendida de un modo muy homogéneo por la mayoría de aficionados. ¿Lo que hizo ayer el Chelsea es bonito? Obviamente, NO. No se crean que en Londres la respuesta sería otra. La afición, la plantilla y el cuerpo técnico sabían perfectamente que esa era la forma de ganar al Barça. Seguramente, la única. Y eso, para el Chelsea, es jugar al fútbol. Es lícito y entra dentro del reglamento, por cierto interpretado de un modo admirable por la mayoría de sus jugadores. Jamás vi a un jugador de la Liga BBVA reconocer a un árbitro que su caída no había sido precedida de falta.

¿La propuesta es tacaña? Si el Chelsea hubiera jugado contra mi equipo del barrio, hubiera sido otra. La frase hecha (odiosa) "que me ganen jugando al fútbol" está construida desde la actitud del que se sabe superior en una determinada faceta. Es de tramposos limitar el fútbol a una propuesta. Métanse con el Manchester City cuando no enlaza dos pases seguidos ante el Bolton. O con una selección brasileña que tira dos veces a puerta contra Perú. Eso puede ser racanería. O falta de trabajo, acomodación al talento, carencia de ambición, etc. Un Chelsea en horas bajas y con lesiones importantes ante el mejor equipo de la historia, con más variantes ofensivas y mejor trabajo de recuperación. ¿Cómo plantearlo? Si el partido acaba 1-0 para los ingleses, es un buen planteamiento. Indiscutible. Los que quieren "jugar al fútbol", quieren imponer un escenario de tendencias favorable a sus colores. Cada uno va a la guerra con sus armas y no por ello deja de ser una guerra.

Entiendo que cuando un equipo llega veinticuatro veces al área suele marcar gol. Más de uno y más de dos. Si no lo consigue, será por una combinación de malas decisiones y mala puntería. Es decir, acierto defensivo y desacierto ofensivo. ¿Justicia? Un tiro al poste es un "casi"; no es gol. Un aficionado del Chelsea dirá que la injusticia sería que un balón que no va dentro de los tres palos se considere gol, porque no lo es. Un lanzamiento al poste es un fallo, nos guste o no. Muy cercano al acierto, pero insuficiente. Y pongo la mano en el fuego a que el propio Guardiola es consciente del dato y ajustará las tuercas para que no se vuelva a producir. Si nos dicen antes del partido que el Chelsea ha estado trabajando durante semanas el repliegue defensivo que mostró ayer y el Barça, en ese mismo período, no ha ejercitado el disparo a puerta, ¿consideraríamos justo el resultado?



Una de las situaciones mas elogiables de un club es aquella en la que demuestra una idiosincrasia y forma de entender el fútbol que va más allá de modas, entrenadores y rivalidades. Y en eso, clubes como el Barça son un ejemplo superlativo. Con esa fuerza y convencimiento se puede viajar al fin del mundo futbolístico y conquistar trofeos y corazones de aficionados. Ahora bien, parte de esa identidad está formada por el respeto y la comprensión de los códigos internos del deporte. Aquellos que dicen que en el fútbol, como en la vida, hay ricos, pobres, clases sociales con distinto reparto de recursos y objetivos totalmente diferentes. Deberíamos mostrarnos totalmente tolerantes con la cantidad de personalidades que se encuentran en los campos. De hecho, si todos fuéramos iguales, anduviéramos del mismo modo y pensáramos lo mismo, no existiría el concepto "personalidad" como tal y ya no habría nada que elogiar a aquellos que en determinados momentos pretenden imponerse.

Hablar de justicia sobre un césped es sesgar y limitar el debate a unos factores de juego (menos discutibles que otros que alteran lo que se ve sobre el césped). Y extrapolar un entendimiento concreto del juego como verdad absoluta es un error clamoroso y un intento de apropiarse de algo que es de todos. Disfrutad del fútbol.




miércoles, 18 de abril de 2012

Frank Jr. ya es invisible


Hoy juega el Chelsea, hoy juega Frank Lampard. El paso inexorable del tiempo está haciendo perder la verdad material de esta frase de un modo gradual. Pero detrás de la presencia física sobre el césped, sobresale el aura de Frank Jr. Sus méritos acumulados, su raramente valorada personalidad y su riquísima aportación, indisoluble del Chelsea de oro del siglo XXI, le hacen eterno en Stamford Bridge.

Lampard ha mamado fútbol. Ha degustado los bajos fondos y ha saboreado la grandeza. Era difícil prever otro resultado en un chico cuyo tío es Harry Redknapp y cuyo primo, Jamie, jugó durante once años en el Liverpool. Pero sin duda, el superventas del best-seller familiar es su padre. Fue uno de los símbolos de uno de los mejores West Ham de la historia. 660 partidos contemplan a Frank Lampard Sr. De esa cantera, sin duda una de las mejores de Inglaterra, debía salir Frank Jr. The hammers han producido símbolos nacionales como Rio Ferdinand, Joe Cole o Michael Carrick. Lampard no podía ser menos.

Si existiera un sueño inglés de futbolista al modo del sueño americano cinematográfico, el guión sería muy parecido al que ha vivido Frank Jr. Empieza jugando en el equipo donde su padre es el asistente. Se marcha cedido al Swansea para demostrar su valía. Cuando se gana el reconocimiento, se lesiona por toda una temporada. Problemas físicos y síndromes paternales superados, el hijo consigue recordar al padre al elevar al West Ham United a los altares del fútbol británico. Un quinto puesto y la consecución de la Intertoto culminan felizmente la estancia de Frank Lampard Jr. en el norte de Londres. Pocos meses después, su travesía finaliza en un lujoso barrio del sur, ávido de símbolos modernos y ortodoxia futbolística. Títulos, galardones, dinero, selección inglesa…Ken Loach sacaría sonrisas y lágrimas de su historia. Scorsese le habría brillar como oro puro.

Y es que cualidades como la severidad, la rectitud, la discreción con la pelota y la movilidad bien entendida, o dosificada, han sido utilizadas con frecuencia para describir a Lampard. Dotaciones más prácticas que estéticas, más relacionadas con la habitual corrección futbolística de los ingleses que con el valor añadido de espectáculo procedente del fútbol sudamericano y mediterráneo. Es blanco, diestro y seguidor del Partido Conservador. Más alto de lo que parece (1,84). Más rocoso que fuerte, más determinante que decisivo. Lampard es inglés hasta en el peinado, propio de un niño de secundaria de las afueras de Bristol. Como buen british, ha protagonizado los descuidos endémicos a esta profesión en esta zona del planeta. Hablamos de borracheras en aeropuertos, divorcios públicos millonarios y ruidosas intervenciones en los medios hablando sobre su vida privada. Sin embargo, hay una marcada diferencia con otros casos. Frank Lampard es un hombre muy inteligente. Su cociente IC es superior a 150. En el césped no se queda atrás.


Al igual que otros jugadores de su generación, como Paul Scholes o Raúl González, Lampard destila sabiduría futbolística por los cuatro costados. Parece haber nacido con un libro de gran futbolista y magnífico llegador. Sólo así puede firmar las impresionantes estadísticas que ha producido durante toda su carrera. Entre todos los galardones que ha acumulado, destacan varios especialmente valorables. Es el centrocampista que más goles ha metido en la historia del fútbol inglés (171). Ha metido cuatro goles hasta en dos ocasiones, logro al que no llegan muchos delanteros de élite. En 2005, recibió el balón de plata de France Football y en 2009 fue nombrado jugador de la década en la Premier League.

Mourinho le definió como “el mejor jugador del mundo”. Para Cruyff era “el mejor centrocampista de Europa”. Scolari dijo de él que había metido uno de los goles más inteligentes que había visto nunca. Para Ferguson, “Lampard es un futbolista excepcional para cualquier equipo”. Detrás de todos estos halagos públicos de entrenadores propios y rivales, queda la sensación de que Frank Lampard ha trascendido enormemente en el fútbol moderno. Le ha puesto cara y gesto al puesto de centrocampista llegador y ha redefinido esa posición. Ha sido portada y páginas centrales de un club que, independientemente de la ventura económica con la que fue relanzado a la élite, ha protagonizado buena parte de los momentos estelares del fútbol europeo durante el nuevo siglo.

Sin negar el respeto por el juego, la constancia, el impuesto genético y el sello británico de Frank Lampard, dignifiquemos al jugador. La sociedad de competición en la que vivimos le ha colocado frente a los grandilocuentes mediapuntas del fútbol brasileño. Las comparaciones con Gerrard han sido constantes. El aire de trabajador atlético periférico le otorgaba al bueno de Steve una empatía que a Frank Jr. se le solía negar por su sangre azul. Pues yo me mojo; si tuviera que elegir a uno, me quedaba con Lampard. Es una versión mejorada del típico crack inglés. Más regular, más presentable ante tu familia, más centrado y no por ello menos brillante. Un futbolista enorme y un líder en el que confiar. La historia lo sabe y le reservó el puesto de sucesor de Hurst en la Copa del Mundo de Sudáfrica, al anotar el gol que Larrionda no quiso ver.

Colores y gustos aparte, Lampard merece levantar una Champions. Posiblemente no lo verán nuestros ojos pero sí que lo imaginarán las mentes blues que acuden semana a semana a Stamford Bridge. Frank Jr. se ha ganado un puesto entre los invisibles de la historia del Chelsea. Y cuidado, el partido no ha acabado…




jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





martes, 3 de abril de 2012

Torres sin etiquetas


Fernando es diferente. No cabe duda. Serán sus orígenes atléticos en un país absorbido por la voracidad de las dos torres del fútbol mundial. O será su melena rubia y piel tímida en una tierra brillantemente bronceada durante trescientos días al año. Incluso habría que considerar que fue el destino el que le hizo distinto. Ese destino que tras endiablarle el control, le dotó de una prodigiosa zancada y un toque divino para conquistar el viejo continente. Aquel día, Fernando se convirtió en patrimonio nacional. Desde entonces, todos tenemos un poco de él y, además, creemos saber cómo administrarlo.

Es el precio a pagar por convertirse en el cartero de la fe nacional. En el entorno de aquella extraordinaria España, Fernando parecía el mejor de los humanos, el instinto rodeado del plasticismo. Sin obviar sus magníficas condiciones, el de Fuenlabrada aportaba, junto a otros, la típica sensación ibérica. La endémica condición terrenal de los españoles frente a los superdotados europeos del siglo XX. Cierta inseguridad mental, una contrastada fragilidad histórica y un complejo fatalmente heredado generación tras generación. Sin embargo, el envoltorio del Niño resultaba de una estética fantástica. Torres, rodeado de escuderos de fantasía y magos del balón, se convertía en la bala más adecuada para el arma más sofisticada del mercado. Y, además, molaba. Y mucho, ¿por qué negarlo?


En realidad, Fernando tan sólo destinaba su talento a la eficacia de su trabajo sin ningún tipo de ataduras más allá del rectángulo de juego, lo cual no es poco. Torres no ha podido hacerlo de un modo continuo durante su carrera. Esa condición de “chico de barrio”, tan traída como odiosa, se cumple en Fernando en la parte positiva de la expresión. Me lo imagino como el típico amiguete del colegio con el que coincides simplemente en el color de las chapas, empatizando así de un modo mutuo hasta límites insospechados. A esa edad, el resultado de estas extrañas asociaciones se llama amistad y una consecuencia de manual es la implicación.

La sangre de Fernando Torres siempre ha sido roja y así lo ha sentido él. Durante los doce años que perteneció al Atlético de Madrid, Fernando pasó de ser del Atleti a ser el Atleti. Tal cual. La circense gestión del club en época de profundidades agudizaba el ansia de búsqueda de símbolos entre la afición. Y Torres, un chico de la casa, joven y sobradamente preparado, estaba allí. El delantero fue asumiendo de un modo gradual un peso que seguramente no le correspondía. La maleta del Niño cargaba con la ineptitud de los dirigentes, el aliento de la afición y su lógica ambición. Y como el fútbol es un deporte de equipo, aquello no podía acabar bien. Como dijo el propio Fernando, no deberían existir capitanes de diecinueve años. La responsabilidad acabó pesando demasiado para Torres, que actúo como cualquiera hubiera hecho varios años antes. Se marchó a un sitio mejor.


El Niño encontró en Liverpool lo que más necesitaba. Espacio. En todos los sentidos. Espacio en el césped para liberar su magnífica punta de velocidad. Y espacio en su vida para disfrutar el fútbol como pocos consiguen hacerlo. Su espalda respiraba ligereza en un lugar donde pronto se le consideraría ídolo. Fijo en España (triunfador en la Eurocopa) y perfectamente adaptado a Liverpool, Anfield asistiría a los mejores momentos de Fernando. Grandes promedios goleadores conjugados con tantos de enorme calidad. Por primera vez, Torres estaba donde sentía que debía estar. Sin embargo, el triángulo Fernando-Liverpool-rendimiento fue apagándose por el vértice imprescindible. Las lesiones, el bajón progresivo del equipo y el desgaste del delantero fueron quemando etapas más rápido de lo normal.



Las lesiones. La verdadera carga moderna de la vida de Fernando. Tobillo, isquiotibiales, rodilla derecha. Condicionada temporada y media en los reds y una Copa del Mundo con España (su convocatoria le hizo campeón del mundo pero le hirió personal y físicamente), el único objetivo del delantero volvía a ser librarse del equipaje que cargaba para poder mostrar su fútbol en estado puro. Sin embargo, el precio era muy alto. Torres cambió la pasión del Pool por la burguesía azul. La familiaridad de Liverpool por la globalidad londinense. Nunca había abandonado el rojo. Nueva vida, nuevas costumbres, nuevas ilusiones. Inconexos amagos de recuperación en las frecuentes vueltas de Torres al campo. Su baja forma, la permanencia de ciertos problemas físicos y la alarmante falta de fútbol del Chelsea lastraban al Niño. La desesperación, la frustración y la mofa hacían acto de presencia en los alrededores de Stamford Bridge, lugar en el que aún siguen conmocionados por la depresión post-Mourinho.


Quince meses se cumplen ya desde su llegada a Londres. Mejor que hacer un resumen es mirar al futuro inmediato. Fernando lleva varios partidos seguidos a un nivel notable. No supremo pero sí muy prometedor. Desde su segunda temporada en Liverpool no había alcanzado este escalón. Puede que sea una falsa esperanza de recuperar al mejor Torres. Se escuchará el “Fernando ha vuelto”. Falso. Nunca se fue. Torres es de los que no abandona el barco ni anclado en el fondo del mar. Las dificultades le han causado problemas de autoestima pero él sabe mejor que nadie que ésta es su liga. Y que él puede hacer del Chelsea su equipo. Confianza, continuidad y fútbol alrededor y volverá a ser considerado uno de los mejores.

Fernando Torres acumula etiquetas en su maleta. El niño del que más se habla. La última esperanza atlética. El ídolo red. El héroe de Viena. El hombre de los 50 millones de libras. El nuevo caso Raúl. Ha tenido que guardar y aguantar apelativos durante toda su vida y soportar entornos incendiarios. Llevamos mucho tiempo regando la actualidad futbolística con la imagen continua de su cabeza agachada. Se acabó. Fernando debe imponerse. El delantero debe fulminar los fantasmas del personaje ahora que vuelve a disponer de continuidad y el Chelsea parece oxigenado. No es el último tren para Torres, pero sí el más conveniente y saludable de todos. Premier, Champions y Eurocopa por delante, la oportunidad para volver a la élite de las élites se antoja irrechazable.

Pronto se cumplen cuatro años desde el gol de Viena. Todos creemos saber lo mejor para Fernando. Él tan solo debe jugar como sabe. Sin traumas. Con la maleta vacía. Corriendo, gritando, asistiendo, marcando…simplemente el delantero centro del Chelsea y de la selección española. Tanto y tan poco.