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jueves, 31 de mayo de 2012

El largo aprendizaje de Peter Shilton



En este fútbol que tanto nos gusta, la gloria se suele repartir utilizando el filtro de los títulos, no siempre justo. Así lo reflejan los libros de historia deportiva o las nuevas wikipedias de la falsa edad moderna, la que estamos viviendo. Sin embargo, esta regla no funciona del mismo modo con el hincha. Él sí que recuerda las sensaciones y las asimila de un modo natural en sentimientos. El aficionado es más de amores que de bodas; más de fogonazos que de relaciones consentidas. En definitiva, más de la fugaz Holanda de Cruyff que de la Alemania de las tres últimas décadas del siglo XX. Pero el envoltorio más protocolario, profesional y, en verdad odioso, de este deporte establece como base y premisa de su ideario una simple palabra. Victoria.

A estas alturas del texto, se hace más necesario que nunca un "pero" para reconciliarme con el fútbol. Mi enfado con él podría resultar tan inconsistente como el de Homer Simpson con su televisión. Y es que este juego aporta de un modo frecuente (y parece que cálculado automáticamente por una fuerza superior) suficientes razones para creer en su dignidad, su justicia y su naturaleza más deportiva que empresarial. Cuando estos motivos aparecen, todos nos ponemos de acuerdo. O deberíamos. Surgen las excepciones que justifican cualquier regla. A veces vienen basadas en el envidiado talento y en otras ocasiones fundamentadas en el trabajo puro y en la determinación, junto a otras cualidades nada brillantes ante el espejo de los palacios futbolísticos. Y entre todas ellas, se desborda una característica que otorga todo tipo de ventajas en la vida a cambio de un concentrado sacrificio. Es difícil asociar la palabra aprendizaje con un futbolista de élite. Tanta artificialidad, discurso vacío, fanatismo irascible y polémica absurda han provocado agujeros negros en la reputación de este deporte. Pero la existencia de personas como Peter Shilton hace ver que quizá se trate de un prejuicio equivocado. 



Peter Leslie Shilton es un portero inglés y esto es lo peor que se puede decir de él. Es un tipo con el que han convivido hasta tres líneas familiares. Un abuelo pudo verle debutar escuchando embobado el Revolver de The Beatles. Un padre, a su vez, disfrutó su rectitud (tan admirada en los porteros de los ochenta) y plenitud deportiva mientras The Jam le hacía vibrar. Y un hijo reconoció su alicaída figura con los himnos de Oasis y la colorida explosión del brit-pop. Sus 30 años en el fútbol son uno de sus datos más conocidos, así como las 125 internacionalidades con Inglaterra y los 1390 partidos jugados durante toda su carrera. Hasta aquí la intervención de los números, que ayuda a mitificar al hombre nacido en Leicester.

Las peculiaridades de Shilton comienzan con su posición en el campo. Sí, es portero. Y sí, es inglés. Olvidémonos por un momento de Calamity James, Robert Seaman, Paul Robinson y demás proscritos. Hace muchos años, existía un nutrido arsenal de buenos porteros en las islas. El histórico Gordon Banks aconsejó al entrenador del Leicester que subiera a Shilton al primer equipo a mediados de los sesenta. Resulta curioso que la meteórica evolución de Peter obligara al club a vender a Banks tres temporadas después. La longevidad del portero hizo que jugara hasta en once clubes hasta su retiro en Leyton en 1997. En Inglaterra y entre los aficionados internacionales con más memoria, Shilton será recordado por ser el portero de aquel mítico Nottingham Forest de finales de los setenta. El dorsal "1" del club que pasó en tres temporadas de militar en la First Division a conquistar dos Copas de Europa. El portero de Brian Clough, que se dice pronto. Sembró muchísimo orgullo Shilton en su estancia en Nottingham.



No sucedió del mismo modo cuando actuó como guardameta de la selección inglesa, donde vivió épocas ciertamente oscuras. El fracaso colectivo sobrevino a Inglaterra durante varios turnos de competición. Las consecuencias personales para Shilton vinieron en sus últimos años como seleccionado. Se convirtió en el damnificado por la mano de Dios y en la víctima del gol del siglo en aquel recordado Mexico´86. Cuatro años más tarde, completó su mejor actuación en una Copa del Mundo y llevó a los pross al cuarto puesto en Italia. La deuda del fútbol de selecciones hacia Shilton quedaba medianamente saldada.

Por un momento, dejemos de lado a Shilton y hablemos de Peter. Decía Séneca que "el joven debe aprender y el viejo aprovechar lo aprendido". Para aquellos puristas de los métodos, resulta una sorpresa grata el comprobar cómo afrontaba Peter su relación con el fútbol, su profesión. Su pensamiento era instruirse continuamente, entrenar más y mejor. Llegar siempre más lejos que el resto. Respetar la ortodoxia del juego y la jerarquía y galones de los superiores. Peter comprendió su carrera deportiva como una licenciatura práctica. Se le conocía como el portero de los brazos largos; con el tiempo se supo que de niño se colgaba todos los días en una barra de gimnasia y quedaba suspendido. Años después, el guardameta confirmó la leyenda, aunque confesó que se había exagerado en parte. Su primer aprobado lo obtuvo ya en el patio del colegio.


Pensándolo bien, el aspecto de Peter Shilton es el de un alumno universitario correcto. Entraría en el cuadro de aquel adolescente encasillado fácilmente en el arquetipo de empollón impopular. Shilton ha mostrado siempre una estética y realizado unas declaraciones propias de un trabajador pero contrarias a un revolucionario. Y es que Peter personifica el respeto a los códigos de este deporte que en Inglaterra se consideran auténticas tablas sagradas. Esa idea del fútbol como cadena industrial la ha explicado el portero en más de una charla (luego hablaremos de su speech). Para él, "el progresivo aumento de la influencia de los futbolistas obliga al entrenador a ganarse su respeto constantemente, porque a menudo es el eslabón más débil. Cuando jugaba en el Nottingham Forest, Brian Clough se duchaba antes que el resto y se secaba sobre mi ropa. Yo tenía que esperar a que terminara y secar todo lo que había mojado. Hacía reír a todo el vestuario menos a mí. Luego me dijo que lo hacía porque me había convertido en la estrella del equipo y debía mantenerme con los pies en el suelo".


El tópico sobre la locura transitoria de los porteros se ha derribado en los últimos años. La cordura y la capacidad de liderazgo se suelen asociar a la posición más dada a la longevidad futbolística. Peter Shilton es un claro ejemplo. Lo destacable de su carácter, más allá de la predisposición al trabajo duro y constante, es su capacidad para ilusionarse durante tanto tiempo. Parece que Shilton buscaba sus motivaciones en aquellos aspectos que enriquecen más la sabiduría y bienestar interiores que la proyección mediática hacia el exterior. Un ejemplo. Peter declara que jamás jugó en un grande porque "para mí lo importante era estar a las órdenes de buenos entrenadores. Bobby Robson era un gran preparador, igual que Alf Ramsey, un excepcional entrenador de jugadores y personas. Brian Clough era ambas cosas". Siguiendo la misma línea, el portero se mostraba orgulloso de la participación de Inglaterra en la Copa del Mundo de Italia´90, pero no especialmente del cuarto puesto: "Volvimos a Inglaterra con el premio al equipo más deportivo en una época marcada por el hooliganismo de los nuestros. Es para sentirse muy satisfecho".


Ese acatamiento honorable al fútbol más básico, esa honestidad tan inofensiva como digna, se plasma en la actitud de Shilton hacia la jugada que marcó su carrera. Sobre la mano de Dios de Diego Maradona, Shilton siente esto:

"Incluso Gary Lineker dijo un día que hubiera hecho lo mismo y en Inglaterra se le considera un santo. Henry lo hizo contra Irlanda. Un portero que saca el balón de dentro de la portería cuando ha cruzado la línea también está haciendo trampa. Lo único que me molestó es que Maradona nunca se disculpara. Al final de los partidos, si se ha hecho algo mal nos pedimos perdón entre los futbolistas. Lo hablamos. Él nunca lo hizo, lo celebró. Su acción fue un acto reflejo, pero su reacción desde ese momento no fue la correcta. Es el mejor jugador contra el que he jugado, pero no le daría la mano si nos encontráramos."


Guste o no, resulta de alabar que el buenismo de Shilton sea el que haya marcado buena parte de las pautas de su carrera en un mundo en el que el dinero y la imagen al resto en forma de posición social sean los estándares habituales. No se libró Peter, que emergió más potente después de importantes devaneos con el mundo del juego tras su retirada. Ya se sabe, aquello de conocer el fondo para llegar mejor al tejado. El caso es que el ciclo didáctico de Peter Shilton se viene completando durante estos últimos años. El alumno se disfraza de profesor y explica ahora su aprendizaje; lo hace dando charlas motivacionales a toda clase de grupos. En su página web, se detalla lo "divertido y fascinante" de los discursos de Peter. Se le define como uno de los "after dinner speakers" más populares de Europa y se emplaza a posibles interesados a requerir sus servicios si buscan "presentaciones personalizadas para maximizar resultados, conseguir objetivos corporativos, entender las presiones del mundo laboral y todo ello aderezado de entusiasmo y del humor inglés más fino".

Parece que el destino laboral ha respetado a Shilton del mismo modo en que él intentó respetar su profesión durante más de treinta años. La vida le ha regalado un aspecto aún más tosco pero su sonrisa hace ver que el portero, al fin, se ha relajado. Incluso participó en la versión inglesa de Mira quien baila en 2010 con controvertidos resultados. Personalmente, me gusta ver profesionales del fútbol ganándose la vida con el verbo tras su retirada, y no me refiero a gritones encerrados en cuatro paredes fantaseando rumores sobre el agente de moda. Aunque la clase haya terminado para él, Peter Shilton nunca dejará de aprender. Solo cabe esperar que la vida le siga premiando por aquello en lo que cree. El fútbol no puede negar la gloria a alguien que lo ama tanto.







martes, 13 de marzo de 2012

Dos equipos y un orgullo


La rivalidad tiene muchas caras. La mayoría de ellas suele asociarse, por definición, con términos muy sangrantes. Peleas, enemistad, violencia…pero no todo el panorama es tan oscuro. También existen enfrentamientos que no provocan consecuencias tan dañinas para una ciudad o para unos colores; aunque nos cueste recordar ejemplos, siempre podremos encontrar muestras de choques que no trascienden lo meramente futbolístico y que, incluso, enriquecen la cultura deportiva y cívica de una comarca. En este caso hablamos del condado de Merseyside y de la existencia de dos clubes tan parecidos como distintos. Dos equipos a los que la historia ha separado en muchas ocasiones pero la población de Liverpool se ha encargado de unir. Everton Football Club y Liverpool Football Club. Una ciudad, dos equipos y Stanley Park entre ambos.


Los orígenes de estas enemistades suelen ser de formaciones muy caprichosas y ésta supone un auténtico paradigma. Cómo imaginar que el Everton comenzó jugando en Anfield en el siglo XIX hasta que el dueño del estadio les subió el alquiler y tuvieron que mudarse…y el señor Houlding, sin equipo pero con campo, creó el Liverpool FC. Cómo pensar que Gerrard, Carragher, McManaman y Owen crecieron siendo aficionados del Everton FC. Y quién podría creer que los reds comenzaran su historia vistiendo de azul…

Entre todas estas curiosidades se impone la verdadera creencia y refutado hecho sobre la salud de este choque. Hoy en día se hace difícil asistir a un partido de fútbol sin connotaciones económicas, sociales o religiosas. No hay derbi sin ricos, pobres, católicos, históricos, modernos, violentos o teatreros. En la ribera del Mersey sólo existen colores. El rojo y el azul. Históricamente se ha conocido esta dualidad como “Friendly derby”. Aunque ocasionalmente se han dado algunos incidentes inevitables, el carácter del partido siempre ha sido y será ese. Fuera del césped, todas las familias scousers tienen colores repartidos entre todos sus miembros. Dentro del campo, puro fútbol inglés. Intensidad al 200%. De hecho es el choque con mayor número de tarjetas rojas en la historia de la competición. No es de extrañar. El carácter del condado de Merseyside es orgulloso, aquel que se define por una entrega total y completa a los comienzos de las historias propias. Los orígenes marcan la definición de una personalidad y la ciudad de Liverpool es el mayor orgullo que un aficionado y habitante pueda tener. Por detrás quedan los colores y las etiquetas, leídas siempre con humor y deportividad.

27 títulos de liga suman entre ambos clubes y suponen el mejor guante en la mano de los toffees y reds y en la cara del Manchester United. “Merseyside, Merseyside” es el cántico preferido de ambas aficiones cuando se enfrentan entre ellas, especialmente si es en el ámbito copero, donde la historia nos ha regalado épicas batallas entre ambos. En Inglaterra se recuerdan especialmente las finales de League Cup y FA Cup (dos) ganadas por el Liverpool a finales de los ochenta ante un histórico Everton. Y especial es la mención para la eliminatoria de FA Cup de 1991, donde un agónico empate a cuatro terminaba por costarle el puesto al entrenador del Pool, un no tan mayor Kenny Dalglish.


No es un engaño decir que el Liverpool Football Club ha ganado más partidos (65 frente a 56), más títulos de liga (18 frente a 9), más Copas de Inglaterra (7 a 5) y más torneos internacionales (5 Copas de Europa y 3 Copas de la Uefa frente a una Recopa de Europa). Tampoco se falta a la verdad si se pone a los reds por delante en prestigio internacional, repercusión mediática y número de aficionados a lo largo del mundo. Sin embargo, la historia intenta repartir la ya de por sí injusta desproporción mediática y guarda también grandes momentos del Everton (cuarto equipo inglés en número de títulos), que ha vivido épocas gloriosas que se recuerdan constantemente en la ciudad. Aquel maravilloso equipo de 1985 que triunfó en Inglaterra y en el continente europeo es la conversación más gratificante para los aficionados toffees de mediana edad. Dos ligas, dos Copas de Inglaterra y una Recopa de Europa en cinco temporadas así lo atestiguan. Del mismo modo, todos recuerdan la nueva irrupción del Everton del nuevo siglo de la mano de Rooney y David Moyes y volviendo a poner al club en el digno escalafón de las competiciones europeas. Además, los azules siempre se guardan en la manga el as en forma de hecho constatado (más por unos que por otros) que afirma que en la ciudad de Liverpool hay más toffees que reds.

Justicias futbolísticas (siempre subjetivas) aparte, Everton y Liverpool comparten una ciudad fuerte y con carácter. Quizá sea éste el derby con la definición más agradecida y didáctica de todos los que podemos encontrar en el mundo del fútbol. Si al fair-play habitual en Inglaterra (exponencialmente multiplicado en este caso peculiar) le sumamos una hirviente intensidad, unos colores que la humanidad ha enemistado desde hace siglos y la historia tan rocambolesca que define a estos clubes, sólo nos queda asistir al Liverpool-Everton del próximo lunes para disfrutar de un gran partido de fútbol.

Porque al final tan solo es eso, football. Tan solo y tanto. Pero siempre a la orilla del Mersey y tomándose una pinta en Hope Street. Esa calle separa la catedral católica de la catedral protestante de Liverpool. Y es que en esta ciudad siempre hay sitio para todos.

martes, 10 de enero de 2012

Denis Law: El goleador apenado


La carrera de un futbolista está llena de picos ocasionalmente coronados y fangos comúnmente pisados. Sabemos que este deporte combina las alegrías y las penas como adopta sin censura a zurdos y diestros; con naturalidad y la ilusión y el miedo enfrentados en la batalla más frecuente que puede librar una persona en el día a día. En el caso de un deportista, el miedo pasa por encontrarse de bruces con el fracaso y, lo que es peor, saber tratarlo, acogerlo y convertirlo en un camino constructivo.

La barrera del éxito de un futbolista es algo intangible de cara al exterior, un sentimiento profundamente personal (como todos). Hoy vamos a hablar en England Calling de un hombre que conoce el cielo y las profundidades de este deporte; un jugador que durante dieciocho años visitó varias ligas, se enamoró de un club y sirvió para varios de ellos. Un balón de oro del que se recuerda, entre grandiosos éxitos colectivos e individuales, una frustración personal de la que sólo se puede culpar al destino. Nos referimos a Denis Law (Aberdeen, 24-2-1940).


Nunca pareció que ese chico estuviera hecho para jugar al fútbol. Sus enormes gafas y su aire desgarbado al correr torcían el gesto de sus primeros técnicos. Sin embargo, en el Huddersfield Town Football Club causó los primeros gestos de admiración; fue allí, en ese modesto club recordado por haberle causado al Liverpool la mayor derrota de su historia (9-0), donde Bill Shankly se fijó en ese jugador sacado de un barrio marginal, mal alimentado y de apariencia más intelectual que atlética, y le vaticinó un futuro marcado por traspasos millonarios. No se equivocaría la leyenda red.


Con dieciocho años debutaba en la selección de Escocia y protagonizaba el mayor traspaso de la historia del fútbol británico, con destino en el Manchester City (55.000 libras). El citizen club le vendería la temporada siguiente al Torino por una cifra doblemente superior. El Calcio se ocuparía de entretenerle durante tan solo un año, abrumado Law por la superprofesionalización que vivía por entonces el fútbol italiano (lujos, mansiones, ostentación) y por el carácter sumamente defensivo de aquella liga. Y como fin del periplo del joven escocés por la Europa futbolística, nuestro protagonista acabaría en 1962 en el Manchester United.


La genialidad de Law, su hambre e irregularidad, sus orígenes y su capacidad de empatizar con el aficionado hicieron que el escocés encajara perfectamente en Old Trafford. Un jugador con ganas de crecer llegaba a un equipo con la necesidad de reconstruirse. Habían pasado cuatro años del fatídico accidente en avión de los Busby Boys; la ciudad y el club vivían aún en una nube melancólica que les impedía competir al máximo nivel que habían alcanzado antes de la tragedia. La decisión de fichar a Denis Law fue uno de los mayores aciertos de su historia.

En su primera temporada, los treinta goles del escocés ayudarían a los Red Devils a ganar Liga y Copa. Comenzaba a fraguarse la leyenda de The King y la Santísima Trinidad (United Trinity) que formaba con George Best y Bobby Charlton; el destino pareció regalarle esa conjunción de talento futbolístico al United con el objetivo de terminar con esa atmósfera de tristeza que embargaba Manchester.

Denis Law vivió todo lo posible en las filas del United. Títulos, goles, peleas, sanciones, trofeos…su elegancia le daría el Balón de Oro en 1964. En el 68, diez años después de la tragedia de Munich, el destino le devolvía al Manchester su Copa de Europa. Era la primera en las vitrinas pero llevaba mucho tiempo en la mente de los aficionados ingleses, conscientes de que la fatalidad les había impedido conquistarla mucho antes.


Law no jugaría la final por dolores en la rodilla. A finales de los 60, el escocés comenzaba ya a dar muestras de cansancio y problemas físicos y su participación en el equipo empezó a reducirse gradualmente. En 1973, el club decide no renovarle el contrato. En un año anterior al mundial, Denis Law se encuentra con un problema. Sólo tiene una oferta y procede del Manchester City, el rival del amor de su vida. Dicen que no se lo pensó pero en declaraciones posteriores, Law dejaba claro que tomó la decisión por una cuestión de supervivencia. No entendía la vida sin jugar al fútbol. Aún se sentía válido para aportar su calidad y además era la mejor opción familiar, asentadas sus hijas en Manchester y él en la cultura de pub de la ciudad y con numerosos amigos.


Completaría Denis Law una buena temporada en el City. Quizá fueron los números menos recordados de su carrera, ya que lo que marcó aquel año fue lo sucedido en la penúltima jornada. El Manchester City visitaba Old Trafford con los locales jugándose el descenso. El partido era pura tensión. Nerviosismo, ocasiones, rivalidad…todo ocurrió en el minuto 80. El City roba el balón en el centro del campo, lo saca aseadamente y traza unas buenas combinaciones cerca del área local, hasta que la pelota le llega a Law, sin marca y de espaldas a la portería.


El escocés pisa prácticamente el área pequeña y su eterno instinto goleador le lleva a rematar de tacón. El balón entra. Gol del City. 0-1. Con ese resultado, el United desciende. Un hecho y varias consecuencias que se pasan por la cabeza de Denis Law en apenas un instante. El justo para darse cuenta de lo sucedido. Su puño se mantiene frágil a la altura del pecho durante un segundo en el que el jugador no termina de asimilar lo acontecido. Comienza a girarse hacia el centro del campo mientras su mente le dibuja la situación. En ese momento, el jugador Law se retira del fútbol y deja solo al hombre, Denis, en su penitencia, tan necesaria como sincera.



Apesadumbrado, triste y cabizbajo, The King estaba totalmente fuera del partido y fue sustituido dos minutos más tarde, en lo que sería la retirada oficial del escocés del fútbol de clubes (aún jugaría la Copa del Mundo con su selección).

Tras dieciocho años de exitosa carrera, con 300 goles a sus espaldas e infinidad de trofeos, Denis Law abandonaba el fútbol con el sabor más amargo que había probado en su vida. Había condenado a su equipo al descenso. Luego se supo que al United ni siquiera le hubiera valido el empate, pero el sentimiento del escocés no variaría por eso. El fútbol, que tanta felicidad le había dado, le obligó a sentirse verdugo por un día y ejecutar aquello con lo que había hecho disfrutar a tanta gente. Y lo hizo de espaldas, sin ver claramente el acto, en lo que pareció ser un ligero arranque de piedad del destino.

Sin embargo, la leyenda de Law es mucho más poderosa que un eventual juego del azar. Sólo a los grandes mitos se les trata como a Denis Law en Manchester. Amado por los reds y querido por los citizens, una estatua suya se levanta majestuosa en los accesos de Old Trafford junto a las de Charlton y Busby. La grandeza del fútbol es la que define estos sentimientos. Su trabajo le dio a Law todo a cambio de marcarle para siempre. Y es que The King era fútbol puro. La ciudad y el club supieron perdonar el acto de servicio de Law, algo que posiblemente el propio Denis no ha logrado.


“...Up there with the all-time greats. Electric. As a bloke and as a pal he´s different class...”George Best, 1974





“...I was inconsolable. I didn´t want it to happen. How long did the feeling last? How long ago was the game? Thirty-odd years. There is your answer...”Denis Law, 2011




domingo, 25 de diciembre de 2011

Boxing day: Esa jornada

Ya está aquí el Boxing Day. 26 de diciembre, San Esteban, familias en los campos, goles...en England Calling os contamos los orígenes, peculiaridades y debates que ha originado esta peculiar acontecimiento de la Premier League, una competición que muchos adoramos precisamente por tradiciones como éstas. Cualquier aficionado medio de la Premier League sabe que el Boxing Day es un día concreto de las fechas navideñas en el que se incrusta una jornada de la liga inglesa, dentro del ya habitual maratón de fútbol en las islas durante esta época. Preguntar sobre el origen, la conveniencia, los beneficiados y perjudicados y el futuro de esta celebración puede resultar más complicado.

No se conoce una causa única y contrastada que diera lugar al comienzo de esta fiesta. Eso sí, queda demostrado que la tradición viene de la Edad Media. Se habla de que los sirvientes habituales de las clases pudientes inglesas no podían celebrar el día de Navidad por estar trabajando y eran sus jefes los que al día siguiente, 26 de diciembre (San Esteban), les llevaban monedas, frutas, objetos inservibles…en definitiva, una ofrenda de caridad entre los más necesitados. Otra teoría supone que eran los sacerdotes los que habían estado recaudando dinero durante las fiestas en cajas de madera (especialmente procedente de exploraciones marítimas) y durante este día las regalaban a los pobres. Incluso existe una tercera vía que sugiere la existencia de una especie de “aguinaldo” voluntario entre empleados, que acudían a su lugar de trabajo con una caja.


En todo caso, estamos hablando de una festividad propia de naciones y lugares de identidad británica, al menos en algún momento de su historia, y ni mucho menos limitada al ámbito futbolístico. La caza, el rugby, los caballos y el principal deporte occidental, las compras en período de rebajas, son prácticas habituales durante el Boxing Day. Es frecuente observar sangrientas guerras entre agencias por ofrecer viajes desde cualquier lugar del mundo a Londres con el propósito de aprovechar los mejores saldos en todo tipo de artículo. Australia y Canadá son partidas y destinos usuales en este frenesí navideño de consumismo.

En lo que nos interesa a nosotros, el Boxing Day supone una jornada diferente dentro de unas fiestas muy homogéneas en cuanto a reparto futbolístico. Se llegan a jugar 40 ó 50 partidos de Premier en apenas 10 días, pero la jornada del 26 de diciembre resulta diferente; tiene identidad y características propias que le confieren un carácter festivo muy deseado por la hinchada inglesa y cada vez más cuestionado por el lado del profesionalismo.

Durante los últimos años, personalidades tan influyentes en el fútbol británico como Alex Ferguson ó Fabio Capello han cuestionado la conveniencia real de seguir celebrando el Boxing Day sobre el césped; incluso han prolongado sus dudas al período navideño completo. Las quejas se amparan principalmente en los malos resultados de la selección inglesa en las fases finales de Copas del Mundo y Eurocopas, entendiéndose el cansancio y la acumulación de partidos entre los internacionales como uno de los principales motivos de los fracasos.


Del mismo modo, utilizan en su beneficio la ya habitual “excepción inglesa” para declarar que, en este caso, los británicos no deberían ir contra corriente europea porque les supone un agravio respecto al resto de selecciones que interrumpen sus torneos nacionales durante la Navidad. No hace falta preguntarse si el provecho al que está enfocado el fútbol inglés es entendido de la misma manera por Ferguson y por un padre que lleva a sus hijos al Britannia Park el 26 de diciembre. La respuesta, obvia, es negativa y los argumentos de ambos en contra y a favor de la celebración del Boxing Day resultarían entendibles.

Desde el punto de vista económico no hay mucho que discutir. La mayoría de aficionados tiene más tiempo y disponibilidad para ver el fútbol; la familia, la tradición y las vacaciones se agrupan para que la Premier League sea observada más que nunca. Ante la carencia de otros acontecimientos deportivos, la atención mediática se centra en el fútbol. Los estadios se llenan y las audiencias se disparan, ¿cómo negarse al Boxing Day?

El matiz sentimental y de identidad resulta importante en esta cuestión. Como aficionado a la Premier League, considero que esta competición muestra una conjunción endémica ideal de tradición y modernidad y tiene grabado en su genética un diferencial de ideales respecto al fútbol en otros países que merece un trato aparte y que así recibe justamente. La Premier League es una tradición social en la que aún es más importante el espectador que el espectáculo. Prima el servicio al que paga sobre el que cobra. Y es esta prioridad la que hace de estos estadios los más poblados de Europa (junto con los alemanes) tanto en el período navideño como durante el resto del torneo. Valga como ejemplo el aplazamiento del Arsenal-Wolverhampton de este Boxing Day debido a la huelga de empleados de metro en Londres. ¿Alguien se imagina algo parecido en España?

Preferiría ver dos equipos menos en la competición. Preferiría que la Premier empezara antes y acabara más tarde. Cualquier cosa antes que terminar con afluencias del 99%, niños y padres disfrazados en la grada y una jornada aleatoria de fútbol cualquier día de la semana navideña. El dinero y los triunfos van y vienen pero la idiosincrasia y personalidad de una competición permanece y le hacen perpetuarse en el tiempo y mostrar una serie de valores sociales importantes a futuras generaciones amantes del deporte rey. Me costaría asimilar una Premier League sin jornadas navideñas. Es tan reconocible en el ADN inglés como imposible de exportar a otros países. Y lo que es peor, la propia Premier League no lo entendería.

Disfruten del Boxing Day antes de que el fútbol se lo robe a la Premier.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Paul Gascoigne: La humanidad del fútbol



A veces uno reflexiona en la buscada soledad de su escritorio sobre, de un modo genérico, el mundo del deporte y, más en concreto, acerca del fútbol, este carrusel de noticias, polémicas, alegrías y frustraciones que nos invade diariamente. Nadie dudaría en calificarlo como motor de la industria de ocio del mundo entero, ni como negocio de marketing, publicidad y sabrosos sangrías secundarias para los mandamases de las gestoras futbolísticas (que no dueños del fútbol)…

…la pregunta real qué cabría hacerse es dónde quedan el hombre y el juego, esa fracción del business en la que las marionetas tienen vida propia. Si realmente importa la humanidad del deporte rey plasmada en sus participantes y testigos. ¿Nos resulta más trascendente la proyección de personalidades sobre un césped que la propagación de personajes a los apocalípticos tablones de publicidad? Como siempre en esta vida, los resultados se reducen a una elección de magnitud de juego.

El fútbol es tan grande (lo es, no dejen que nadie les diga lo contrario) que de vez en cuando surgen personas que superan al personaje. Y personajes que superan a las noticias, dejándolas desactualizadas y carentes de contenido con el tiempo, cuando el atlético mito que reside en la cabeza de cada uno borra por completo al conjunto de huesos, músculos y movimiento que se pasea por alguna parte del planeta.

Hace pocos días, se produjo un encuentro visual entre mi leyenda y la versión presencial. Pensaba en alguien y su imagen apareció al momento en la pequeña pantalla. Yo estaba viendo un Newcastle-Tottenham cuando de repente, tras un gol de las urracas, un hombre se levanta de su asiento y las cámaras de televisión le enfocan; le estaban esperando. Notable delgadez, asombrosas ojeras, traje macarra y joyas ostentosas. Se me hizo un nudo en la garganta cuando Paul Gascoigne comenzó a aplaudir el gol y a sonreír.

Gazza ha tenido en Inglaterra el influjo y repercusión al que sólo acceden los grandes líderes políticos y monárquicos o las eternas estrellas del panorama musical. Todo el mundo ha hablado de él, bien o mal. Ha tenido reductos fanáticos en su defensa y ha llegado a agrupar una opinión colectiva prácticamente completa en su contra. Una vida novelesca, un carácter incendiario y el talento futbolístico más grande surgido en las islas han sido las causas de que todos sepamos quién es Paul Gascoigne.

Para una representativa porción de la masa de seguimiento futbolístico, Gazza es un entrañable freak, un genio al que el personaje devoró; no es más que una fuente periódica de noticias que, a efectos prácticos, nos facilita echarnos unas risas al agitar su recuerdo tomando una caña con nuestros amigos ya treintañeros, entre goles de Spasic y cromos del Tato Abadía. Cuanto más reprochable ha resultado su figura, mayor tamaño ha alcanzado su leyenda urbana.

Cómo no adorar a un hombre que se tomaba todo a risa (nótese, no he dicho con un gran sentido del humor). La identificación es inevitable. ¿Quién no ha soñado con bajarle los pantalones a un colega de equipo en un aeropuerto, entrar en un bar a desayunar en calzoncillos u orinarle encima a tu compañero de habitación para que no ronque? De acuerdo, Paul no saldría en el DVD de humor que mandaríamos como representación de la Tierra a otro planeta, pero… ¿qué me dicen de enseñarle la tarjeta amarilla al árbitro cuando a éste se le cae (Gascoigne fue el pionero) o de saludar uno a uno a los once rivales cuando era expulsado? A mí esas cosas me ganaron.

Estamos en los noventa así que ponemos la cara B de la cinta. Cómo tragar a un tipo que ha constituido un ejemplo tan lamentable para cualquier deportista y persona. Gazza se ha peleado con media humanidad, ha tenido conflictos personales con jugadores, entrenadores y aficionados de todas las plantillas en las que ha estado (a saber, Newcastle, Tottenham, Lazio, Glasgow Rangers, Middlesbrough, Burnley y Gansu Tianma) y ha mandado a la mierda a países enteros (histórico aquel “Fuck off Norway”). Su genio futbolístico se contrarrestaba dentro del campo con su brutal dedicación defensiva; era considerado uno de los jugadores más violentos de la época.

Su dedicación al deporte resultó lamentable durante toda su carrera, produciéndole el alcoholismo que tan bien le ha caracterizado siempre. Llegó a perderse un mundial por ser fotografiado una semana antes de la concentración comiendo kebabs sin parar. Aquellos que hace veinte años le elevaban como la esperanza de una nación derribaron el pedestal cuando se confirmó que, entre vodka y vodka, Gascoigne había maltratado a su mujer y a sus dos hijastros. Aquel diablo ya no tenía disfraz, ese demonio no recibiría ninguna ayuda más.

Sin ánimo de juzgar. Aunque cuesta decir que Paul no tuvo una vida fácil, lo que es seguro es que su infancia fue tremendamente hiriente. Vio morir a su mejor amigo siendo él testigo, comenzó a padecer trastornos obsesivo-compulsivos desde niño y estuvo acompañando durante ocho meses a su padre en el hospital hasta que éste falleció como consecuencia de una hemorragia cerebral. A modo personal, no puedo evitar sentir pena por un niño que sufre esta clase de desgracias, al igual que siento compasión por un hombre que ha visitado hospitales del mundo entero y ha sido obligado y forzado a ingresar en clínicas de desintoxicación.

Gascoigne ha sufrido y disfrutado como nadie la penuria humana; si ésta hubiera sido su época, la Gazzamania sería trending-topic constantemente. Goles, publicidad, dinero, música, videojuegos…la Inglaterra pre-Spice de principios de los noventa gozaba del aire hooliganesco que traía gente como Gazza y Liam Gallagher (inevitablemente enzarzados en una pelea de bar con resultado policial) antes de que David Beckham alegrara a los clásicos y clasistas británicos y contentara a los adolescentes aderezando la habitual elegancia y señorío futbolísticos ingleses con sus tatuajes de la periferia y una planta digna del mejor sir.

En el siglo XXI Paul Gascoigne continúa pagando los platos rotos. Tras dejar el fútbol como se deja a la primera novia (con dolor, resquemor y a tirones) y coquetear con las cabinas de comentarista, el agujero negro de la vida de Gazza fagocitó al inglés. En varios años apenas surgieron un par de noticias sobre él, unas testimoniando una falsa muerte y otras situándole en la calle y fotografiándole con un aspecto lamentable. Hasta este 2011.

Una entrevista a Paul Gascoigne abría la edición del 9 de octubre de The Guardian. El exfutbolista vive en Bournemouth, un pueblo pesquero del sur de la isla, una zona caracterizada por ser el lugar de retiro de muchos jubilados ingleses. Gascoigne convive con un terapeuta. En la entrevista afirma que su único objetivo actualmente es “pasarme los próximos diez minutos de mi vida sin beber”. Tiene una ostensible y crónica cojera de un accidente de coche en el que estuvo a punto de morir.

Dice que, por primera vez en su vida, es consciente de todos los títulos patológicos que ha padecido; desorden obsesivo-compulsivo, trastorno bipolar, alcoholismo, drogadicción, bulimia, depresión, problemas cardíacos e intervenciones de urgencia por úlceras estomacales. Procura no encender la televisión excepto para ver fútbol (se llegó a grabar un reality show acerca de los intentos de su familia por recuperarle, “Surviving Gazza” y su hijastra comenzó a ser una estrella habitual de la farándula inglesa al aparecer en la versión británica de Gran Hermano).

La vida de Paul Gascoigne no es una historia cualquiera pero es algo que podría pasarnos a muchos de nosotros. Con mejores o peores elecciones pero con un camino similar, la trayectoria de Gazza presenta y representa lo más admirable y, a la vez, lo más infame del carácter humano y de su capacidad de reacción ante el entorno. Habrá personas que digan que ha consumido dañinamente su vida, otros preferirán ver lo que podría haber sido y no fue. En todo caso, son patas de una misma mesa. Víctima ó verdugo, todo es excesivo y nada es mentira en el carácter de Paul Gascoigne, ya que no hablamos de historias y noticias sino de una personalidad.

Hace trece años, estrelló completamente borracho el autobús vacío del Middlesbrough. Al bajarse y ante la atenta mirada de los viandantes, preguntó: ¿alguien para Arlington?

Ningún humano es plano, ni tiene dos caras. Somos una especie de seres poliédricos a los que el viento de la vida hace caer cada día por un lado diferente. Seguramente, el Paul Gascoigne que se levantó a aplaudir el gol del Newcastle en St. James Park hace unas semanas no querrá mirar hacia atrás. Sienta orgullo o vergüenza, este Gascoigne quiere reconducir su vida y construir un cimiento nuevo; eso sí, sin olvidar lo sucedido.

Él tiene la responsabilidad de hacerlo. Cualquiera de nosotros que le recuerde tiene y tendrá la elección de imaginarle como le apetezca. Verá al niño sin infancia, al internacional borracho, al maltratador o al enfermo rehabilitándose. Un ramillete de opciones, tan comprensible elegir unas como fácil no controlar la foto suya que guardaremos en nuestro archivo. Errar es tan humano como imaginar.

Y es curioso pensar que la razón por la que he acabado escribiendo sobre él es la menor de las menciones en este artículo y durante buena parte de su vida. Paul Gascoigne era un futbolista maravilloso. Esa es la cara con la que yo me quedo. La mejor de todas.