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martes, 3 de septiembre de 2013

Más que un futbolista



Se crió en la calle y creció adoctrinado por el terror nazi. Sirvió a su país persiguiendo refugiados y acabó como prisionero de guerra. Supo reconvertir su vida, se dedicó al fútbol y convirtió un bando enemigo en un hogar. Tras múltiples gestas y cientos de reconocimientos, ha muerto como un símbolo de vida, paz y concordia. Esta es la historia de Bert Trautmann.


No muchos futbolistas logran conservar la capa de trascendencia con la que se les rodea mientras pisan el césped. La historia que figura en los libros, la de fuera de los estadios, les despoja de su nombre, etiquetándoles en la estantería de Épica deportiva, una categoría de cierto aire superficial pero no muy falta de razón. Sin embargo, no siempre es así. Algunos hombres deciden convertirse a la fuerza en personajes de ficción, atraídos por los retos que han superado y animados por la determinación y el carácter que pueden demostrar. Estos héroes clásicos se agarran fuertemente a su leyenda y la impregnan de interés y de justicia retrospectiva, como el polvo se acumula en las enciclopedias del salón familiar. Las grandes biografías se tiñen con el color de la superación; Edmund Hillary dijo que “no conquistamos montañas, sino a nosotros mismos”. Como si siguiera la reflexión del explorador neozelandés, Bernard Carl Trautmann ha vivido durante ochenta y nueve años conociéndose a sí mismo y escrutando los caminos que el destino le ha ofrecido. Y, lo que es más importante, sabiéndose capaz de elegir.

Trautmann fue mucho más que un futbolista. Asusta la diversidad de situaciones a las que se tuvo que enfrentar. Soldado y prisionero durante el mismo conflicto. Odiado y querido en las dos naciones con más presencia bélica del siglo XX. Criado y educado en Alemania, maduró en zona de guerra y encontró trabajo, esposa y nombre nuevos en Inglaterra (allí le rebautizaron como Bert). Dentro del césped, pasó del centro del campo a la portería, de sufrir los silbidos de miles de judíos a recibir la admiración de un estadio entero. Una vez retirado, se colgó la etiqueta de viajero del fútbol al entrenar a diferentes naciones africanas hasta que a finales de los ochenta decidió quedarse a descansar en un pequeño pueblo de Castellón.

El sinfín de cuentos de Bernard Trautmann comenzó a finales de los años veinte, cuando los ecos de la crisis económica resonaban fuertemente en su núcleo familiar. Un joven atlético y en plena búsqueda de personalidad se veía obligado a pedir en la calle e ir de comedor en comedor comunitario en Gröpelingen, a las afueras de Bremen. Su padre sobrevivía con un trabajo precario en el puerto mientras que su madre cuidaba de Karl, su hermano pequeño. Siendo adolescente, Bernard optó por la vía militar y se alistó en la Luftwaffe (fuerza aérea alemana en la época nazi). “Te alistas en honor de tus padres, para defender su tierra. No para matar gente”.

Quiso entrar como intérprete de morse, pero finalmente fue destinado como paracaidista en la II Guerra Mundial. Durante el tiempo que pasó en el frente de Polonia, vivió un servicio relativamente tranquilo y con mucho tiempo libre para practicar deporte. Sin embargo, protagonizó un incidente que terminó con los brazos de un sargento quemados y con Trautmann encerrado en el calabozo durante tres meses. La primera parte de su cautiverio la pasó en el hospital militar debido a una apendicitis aguda.

Paracaidista, suboficial y sargento alemán, acabó huyendo
de todo rastro de guerra, incluido su propio ejercito

En 1941 fue trasladado a la franja este de combate; en Ucrania se encontraría con sus primeras semanas en el frente donde comprobaría la dureza real de vivir una guerra. Los rusos le capturaron pero pudo escapar. Tras ser nombrado suboficial y ganar la Cruz de Hierro del ejército alemán, fue destinado a Francia. Una vez allí, participó en el sufrimiento alemán por los bombardeos en Kleve (1944), aunque fue uno de los pocos supervivientes. Se quedó solo y decidió emprender su marcha sin rumbo fijo, intentando escapar de los aliados y de los propios alemanes, que le fusilarían al considerarle un desertor. Sin embargo, dos soldados estadounidenses le encontraron en un granero; Trautmann escapó saltando una valla pero al otro lado le esperaba un sargento inglés, encañonándole mientras le expendía irónicamente una invitación a una taza de té.

Tras pasar varios meses en un campo de prisioneros en Ostende bajo diferentes categorías de cautiverio (su condición nazi no le ayudaba), el alemán terminaría en Ashton-in-Makerfield, en Chesire (Inglaterra). Allí comenzaría a jugar de mediocentro en las pachangas que eran comunes entre los prisioneros hasta que un día se lesionó y cambió su posición con el portero. No se movería de los tres palos. Bert (Bernd resultaba difícil de pronunciar para los ingleses) había dado, sin saberlo, uno de los pasos más importantes de su vida.


Una vez libre, Trautmann rechazó una oferta de repatriación. Según contó posteriormente, las mujeres fueron una de las razones por las que permaneció en las islas. Alternó diferentes trabajos, desde las labores de una granja hasta emplearse como conductor o en una empresa de ladrillos. Comenzó a jugar al fútbol amateur y precisamente en su primer club (St. Helen´s Town) conoció a la que sería su mujer, la hija de la secretaria por aquel entonces. La estabilidad le trajo un gran reconocimiento a su nivel futbolístico y una nueva vida profesional. Tras un año en el St. Helen´s, el Manchester City le ofreció su primer contrato.

Bert llegó a Manchester en 1949 con muchas barreras que saltar. Y en este caso, tras el muro no le esperaba ningún sargento inglés, sino los murmullos, la desconfianza e incluso la indignación de miles de aficionados judíos. A pesar del buen recibimiento que le otorgaron públicamente el rabino de la ciudad y el capitán del equipo, las circunstancias hicieron muy incómodo el comienzo de la estancia de Trautmann en Manchester. Pitos, cartas de protesta al club, amagos de boicot…además, al alemán le tocaba reemplazar al símbolo local bajo los palos y antiguo combatiente inglés en la misma guerra que él, Frank Swift, que se retiraba tras más de 500 partidos con el City. Aquella temporada, los citizens descendieron de categoría.

En este vestuario no existe la guerra”, Eric Westwood, 
capitán del Manchester City al recibir 
a Bert Trautmann en su club

Sin embargo, hubo un día a destacar en aquel curso. La primera visita de Trautmann a Londres terminó con los focos de la prensa sobre el portero alemán. El City jugaba en Craven Cottage ante el Fulham. Bert comenzó el partido reprendido por el público, sabedor de las noticias que llegaban de Manchester. Noventa minutos después, tras varias paradas imposibles y una actuación portentosa, los veinte mil aficionados londinenses y los jugadores de ambos equipos despidieron a Trautmann con una ovación cerrada. El Fulham había sido muy superior, pero el marcador reflejaba un pírrico 1-0. El futuro mostraba un poco de luz a Bert.

Los de Manchester subieron de nuevo a la First división y se hicieron un hueco entre los mejores equipos de Inglaterra. En 1955 perderían la final de la FA Cup ante el Newcastle. Pero el gran día de Bert Trautmann se retardaría una temporada más, de nuevo esa misma final pero ante el Birmingham City. En un partido marcado por los nervios, los citizens se imponían 3 a 1 en el marcador cuando en el minuto setenta y tres se produjo una importante incidencia.



Trautmann salió a tapar un balón del extremo izquierdo del Birmingham, Peter Murphy, con tan mala suerte que la rodilla derecha de Murphy impactó en el cuello del alemán. El golpe fue terrible. Bert resultó fuertemente mareado, aturdido y muy dolorido. Por entonces, no se permitían los cambios, así que aguantó hasta el final del partido sin poder ni siquiera girar el cuello. En esos diecisiete minutos restantes, el alemán realizó varias paradas de mérito que engrandecieron su leyenda, además de sufrir otro choque con un compañero de equipo y tener que ser reanimado para continuar jugando. Tras el partido confesó que aquello fue como “jugar con niebla, no veía el balón”. Trautmann estrenó su palmarés y celebró el banquete nocturno en el desconocimiento de lo que sabría días después. Tenía el cuello roto, se había dislocado cinco vértebras de la columna, rompiéndose la segunda y salvando su vida por escasos milímetros. La lesión requirió de muchos meses de recuperación y no le dejó volver al grandísimo nivel que había mostrado hasta entonces. Además, poco tiempo después de la final, Trautmann perdió a su hijo John, de cinco años, en un accidente de coche. Esta trágica circunstancia acabaría desembocando en el divorcio con su mujer.

Un simple bache en el autobús 
de camino al banquete de celebración
podía haber terminado con la vida de Trautmann

Los años venideros, Bert asistió entre premios y reconocimientos a su declive futbolístico. Fue el primer extranjero en recibir el premio al mejor futbolista del año. Su Manchester City fue reduciendo su rendimiento hasta descender de categoría en 1963. Un año después, Trautmann dejó el City con un emotivo partido homenaje contra el United con Charlton, Law y Best presentes. Tras un paso testimonial por Wellington y Hereford (dos partidos y fue expulsado por mala conducta), el alemán decidió iniciar su carrera en los banquillos. Stockport County fue su primera parada hasta que, en 1967, volvió a Alemania, al PreuBen Münster. En los setenta trabajaría para la federación alemana en países pobres sin infraestructuras futbolísticas (Tanzania, Yemen, Liberia, etc.) llegando a ser el entrenador de Burma. Su periplo terminó con su retiro profesional en 1988, cuando se asentó en España.




En una coqueta casa en la playa de Almenara (Castellón), Bert Trautmann vivió los últimos años de su vida junto a su tercera esposa. Desde allí, pudo trabajar en la Fundación Trautmann para mejorar las relaciones entre Inglaterra y Alemania a través del fútbol, llegando a recibir por ello la OBE del Imperio Británico. Él siempre estuvo muy agradecido a los ingleses, por acogerle y ver en él un ser humano antes que un prisionero de guerra, reconociendo sentirse “en casa” cada vez que volvía a Gran Bretaña. Sin embargo, conservaba ese tópico orgullo alemán cuando recordaba, en sus últimas entrevistas a El País y Panenka, las 27.000 personas que fueron a ver su debut en el filial del Manchester City. “He seguido viendo los partidos del City. Es mi equipo”.

La tranquilidad de la zona, la compañía de amigos alemanes (jamás aprendió español) y el buen clima le ayudaron a tomar la decisión de quedarse en España. Se hizo propietario de un viñedo y se dedicó a ver fútbol, dar paseos en bici –aún con dolor de su lesión- y disfrutar de sus recuerdos. Como aquel concierto de la Filarmónica de Berlín en el que se encontró con la Reina de Inglaterra y ella le preguntó por su cuello. O como aquellas palabras en las que Lev Yashin le equiparaba a él mismo.


El pasado 19 de julio, Bert Trautmann falleció en su casa de Almenara a la edad de ochenta y nueve años. En los últimos meses ya había padecido dos infartos, tras los cuales había insistido en continuar con su rutina diaria. Y lo había hecho sin mirar atrás, al igual que escapó de los dos bandos enfrentados en una guerra mundial. Y lo había hecho sin complejos, como cuando se presentó bajo silbidos e insultos en el césped de Maine Road para comenzar una nueva vida. Murió Trautmann entre condecoraciones y satisfacción personal a pesar de haber recibido los peores golpes que uno puede sufrir en vida. Y murió sin darnos la receta de cómo desterrar el odio y convertirlo en orgullo y paz. Quizás la respuesta se la dio la portería. Quizás siempre hay que mirar hacia adelante.











Artículo extraído del nº12 de Lineker Magazine:



lunes, 11 de marzo de 2013

Imagine: Un solo trago


IMAGINO QUE SERÁ ASÍ SIEMPRE. Que el pub esté absolutamente lleno para ver al City jugar en Peterborough una ronda de la FA Cup debe ser lo normal. Llevo un mes en Manchester y estoy en los preámbulos de incorporar la acepción de la normalidad a mi diccionario de vida. Normal es rascar el posavasos mientras esperas que sirvan la cerveza, como normal es comparar, mientras, los adornos y atrezos de las tabernas irlandesas de Inglaterra con las tabernas irlandesas de España. Hasta me empieza a parecer normal la tipología de parroquiano que se destila (y destilan) aquí; más altos, con más pelo y más sociables que en la península. Muestran una sonrisa natural, parece que agradecida con los trescientos días anuales de lluvia en esta ciudad. Y es que dicen que mientras que en España se huye de los problemas en el bar, en Inglaterra se acude al pub a arreglarlos.

Con la cerveza en la mano y cuatro libras menos en el bolsillo, me giro. Apoyo mi espalda en la barra, rematada con esa especie de ola de madera cuyo objetivo, deduzco en ese momento, es incomodar a todo aquel que quiera despreciar la vista del padre alcohol. Curvo la espalda muy despacio para amoldarme y mientras, CIERRO LOS OJOS. Doy un buen trago e intento recordar lo bien que sabe una pinta en los momentos dulces. Siento lo fresco del verano, lo acogedor del invierno. Trato de esforzarme para compatibilizar esas agradables inyecciones con la autonegación del alcoholismo. Intento disfrutar el exceso como si me pareciera a mí mismo un anuncio de Coca Cola. No resulta fácil, pero el ambiente invita a fantasear. Día duro, sudor en la frente… y sigo con los ojos cerrados. El segundo trago de cerveza es el pistoletazo de la carrera mental. Elevo ligeramente la cabeza e inspiro. Lo único que oigo es mi propia respiración, lidiando con el constipado que arrastro. De repente, y como si todos tuviéramos un indicador de volumen, comienzo a oír un murmullo. Alguien está girando mi botón, como si la cámara se acercara lentamente a su dedo y algo fuera a suceder. Se hace tan patente que no me queda más remedio que escucharlo. Son gritos, cada vez más y más fuertes. Parecen reclamos, incluso ánimos. Denotan nervios y emociones. Abro los ojos.

El pub está lleno de bufandas y camisetas celestes. Los ciudadanos han salido de la ciudad y han entrado en el pub, separados por la frontera de la ilusión. Respetan mi espacio vital pero se agolpan entre ellos, buscando el contacto, como si el sudor conjunto les ayudara a pasar un mal trago. Las miradas se concentran en la pantalla gigante, el lugar donde algunos buscan minutos y TODOS BUSCAN HÉROES. Mi respiración se entrecorta notablemente. No sé bien qué es lo que ha pasado. Esto no me parece nada normal. Pero me dejo llevar. Apenas noto la ola de madera en mi espalda y la cerveza parece haber hecho su efecto. Intento buscar un ápice de reflexión interna, algo complicado con la atmósfera de angustia que condensa el pub. Agacho ligeramente la cabeza y pruebo a pensar. Dos segundos de silencio interno hasta que un tsunami humano me engulle literalmente. Un trueno formado por mil gritos acaba con el respeto por mi espacio y, también, con mi preocupación por la más que segura conmoción que acabo de sufrir. No puedo sentirme mal entre tanta algarabía. Esbozo una media sonrisa un tanto nerviosa y me limpio la cara de la cerveza ajena mientras enfoco la mirada a la pantalla. Entre los cuerpos saltando, los hombres besándose y los pisotones de fiesta como si fuera su Nochevieja, apenas acierto a ver un chico moreno corriendo como un loco por la banda mientras parece querer utilizar su camiseta celeste como una honda moderna.

SILENCIO ABSOLUTO. Noto la ola de la barra en mi espalda. Noto la normalidad. He vuelto al miércoles. Al febrero húmedo que estoy más que sufriendo en Manchester. Mi vaso está casi lleno. Noto que los parroquianos me observan y comparten complicidad con sus miradas y con su inglés cuaternario. Y es que tengo la cara impregnada de cerveza, que gotea y gotea sin parar hasta un suelo que parece incluso más limpio que mi rostro. Levanto la vista y me fijo en la televisión. Va a empezar el partido del City y Agüero es titular. Lo normal, vamos. No sé qué ha pasado. No sé si vengo del pasado, del futuro o del viaje más evocador que ofrece la villa de la fermentación. Suelen decir que son fallos cerebrales. Me cuesta creer que algo tan jodidamente especial sea definido como un “fallo”. Pero seamos sinceros. Cuando el Kun te parece normal, es que algo no va bien.





Artículo extraído del nºVII de Lineker Magazine:
http://www.linekermagazine.es/lineker-magazine-7/

Twitter: @JosePortas

domingo, 13 de mayo de 2012

Premier League, vida y revancha




El fútbol inglés. Ese manantial de profundas emociones y folclore deportivo arraigado en lo más hondo del corazón de cualquier aficionado al fútbol. La Premier League es vida. La Premier League es intensidad elevada exponencialmente sobre cualquier otro tipo de demostración deportiva. La Premier League es el concepto de deporte colectivo y social expresado con la mayor claridad audiovisual posible. Y otro año más, la Premier League es la competición futbolística más agradecida del planeta. Y con sucesos como el de hoy, continúa aumentando su número de amantes.

Ha ganado el Manchester City. No hablaremos de justicia, inútil es hacerlo cuando el trofeo ya se ha otorgado y los títulos honorables y honoríficos se han grabado ya a fuego en el disco duro de vencedores y vencidos. Pero siempre hay personas y personajes sobre los que reflexionar. El reparto del espectáculo es grande y heterogéneo.

Alguien dijo que Balotelli es el niño malo de la Premier League. No sé si lo comparto, pero sí que opino que Silva podría cumplir en el personaje de aquel veintañero talentoso recién incorporado a la jauría colectiva, al mundo de verdad, y que empieza a ver cumplidos sus sueños. Merecido el triunfo individual y social para el canario. Igual de jubiloso que resulta para el bueno de Yaya Touré, un obrero tan brillante como el mejor de los arquitectos. El jugador que saca la basura con traje se congratula a estas horas de compartir plantilla con el hombre que ha decidido la dirección de la gloria. El Kun.


Debates aparte sobre su rendimiento global, Sergio Agüero le ha dado la alegría del siglo a los miles de citizens que andaban deprimidos por el eterno y punzante carácter de perdedores que la historia mancuniana les había dado. El Kun es una debilidad personal; el mayor talento futbolístico del mundo (tras Messi y Ronaldo) en el país más idóneo futbolísticamente para él. La Premier League es su biotopo general, que no particular, ya que esta competición, como la vida, tiene personajes huraños. Desagradecidos, incomprendidos y amados a partes iguales. Discutidos por sus súbditos y elevados por sus superiores. Roberto Mancini es la cabeza visible de este movimiento.

Mancini no ha sabido exprimir a este equipo. O no con la suficiencia que le merece esta plantilla y la situación histórica de la competición. Repasemos ciclos. Un United anclado en la nostalgia de Scholes y Giggs, cobarde ante las nuevas generaciones y debatiente sobre un mando y un personaje indiscutibles durante décadas. Un Arsenal sumido en la mediocridad que le ancla camino de la élite, empeñado en fagocitarse a sí mismo antes que criticar un modelo que le llena a corto plazo pero le impide soñar a años vista. El histórico Liverpool buscando una base de nombres y un ejército de hombres para reconquistar su terreno. El Chelsea anda en fase de reconstrucción y con la lotería europea a punto de arreglarle la década entera y el Tottenham tiene tantas posibilidades de ganar una Premier como convencimiento tengan sus jugadores de tocar el cielo. Prácticamente ninguna. En la carrera vital de estas naciones propias del fútbol inglés, el Manchester City goza del turno para crear un imperio. Y lo está comenzando a disfrutar a pesar de Mancini.



El italiano está muy lejos de ser el entrenador ideal para este equipo. Nadie le discutirá sus títulos pero sí su forma de gestionar los recursos de la plantilla. Este club no debería llegar a los últimos cinco minutos de la Premier con la obligación de meter dos goles para conquistarla. La experiencia, fantasía y FÚTBOL de sus jugadores se han visto limitadas por los ataques de entrenador del italiano, tan agobiado por su propia personalidad como lanzado por su endémica cobardía. Con Mancini cuesta hablar de justicia, da la impresión de que algo debió hacer bien antes de llegar a este banquillo para ocupar un puesto tan privilegiado. Sin duda, ha sabido aprovechar las oportunidades y esta es la afirmación más elogiosa para el entrenador que podrán leer en este escrito.


Poco antes de que acabara la jornada, leía en múltiples redes sociales que el triunfo liguero del Manchester United podría resultar injusto. Me niego a considerar ilícitos los triunfos del equipo de Ryan Giggs y Paul Scholes, por una cuestión de afinidad moral y justicia divina. Ferguson es como ese vecino que todos hemos tenido. Un señor (por no decir viejo) cascarrabias que no acepta consejos de nadie ya que considera que sus triunfos se deben a su trabajo y sus circunstancias. Razón no le falta al sir, que sabe lo dura que puede llegar a ser la vida; y ésta, como la Premier, te trae difíciles sinsabores con la misma frecuencia que te alegra la existencia. Ferguson acepta lo sucedido en esta Premier como aceptó aquella Champions League que le cayó del mediterráneo cielo de Barcelona en 1999, cuando su equipo le marcó dos goles en el descuento al Bayern de Munich. Te gustará más o menos, pero el entrenador del United acepta las reglas del juego gane o pierda. Lo suyo es fatiga gestual. Y es que nos cansa ver la cara de un tío que no para de ganar, mezcla de envidia asociada al deporte y bombardeo mediático.

Otros personajes de esta vida del rectángulo verde son Robin Van Persie, el muchacho que atina más y mejor que nadie, Wayne Rooney, el hijo malcriado y ya maduro del anciano, y Gareth Bale, representante de la hornada spur aún por medir en sus ambiciones reales. Por el campo pululan también héroes por recolocar (Torres), símbolos contrastados buscando  una dignidad final (Gerrard) y aspirantes a tronos de altura espacial (Luis Suárez). Todos junto a trabajadores recompensados (Roberto Martínez) y nuevos arietes que prometen crear alcurnia (Jelavic, Papis Cissé o Demba Ba).

Esto es la Premier League, esta es la vida. Básicamente, viene a ser lo mismo. Un período de tiempo en el que, en base a unos valores y unos recursos, utilizas toda tu fuerza, moral y conocimientos para llegar allí donde puedas o donde quieras. Siempre junto a compañeros de mayor o menor afinidad y valorando más el camino que la llegada a meta. La vida y el fútbol inglés son una revancha continua. La suerte es que, si el destino nos lo permite, podremos asistir a muchas Premier más en una misma vida. Aunque si el desenlace es como el de hoy, quizá sea el corazón el que no nos deje.






jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





martes, 10 de enero de 2012

Denis Law: El goleador apenado


La carrera de un futbolista está llena de picos ocasionalmente coronados y fangos comúnmente pisados. Sabemos que este deporte combina las alegrías y las penas como adopta sin censura a zurdos y diestros; con naturalidad y la ilusión y el miedo enfrentados en la batalla más frecuente que puede librar una persona en el día a día. En el caso de un deportista, el miedo pasa por encontrarse de bruces con el fracaso y, lo que es peor, saber tratarlo, acogerlo y convertirlo en un camino constructivo.

La barrera del éxito de un futbolista es algo intangible de cara al exterior, un sentimiento profundamente personal (como todos). Hoy vamos a hablar en England Calling de un hombre que conoce el cielo y las profundidades de este deporte; un jugador que durante dieciocho años visitó varias ligas, se enamoró de un club y sirvió para varios de ellos. Un balón de oro del que se recuerda, entre grandiosos éxitos colectivos e individuales, una frustración personal de la que sólo se puede culpar al destino. Nos referimos a Denis Law (Aberdeen, 24-2-1940).


Nunca pareció que ese chico estuviera hecho para jugar al fútbol. Sus enormes gafas y su aire desgarbado al correr torcían el gesto de sus primeros técnicos. Sin embargo, en el Huddersfield Town Football Club causó los primeros gestos de admiración; fue allí, en ese modesto club recordado por haberle causado al Liverpool la mayor derrota de su historia (9-0), donde Bill Shankly se fijó en ese jugador sacado de un barrio marginal, mal alimentado y de apariencia más intelectual que atlética, y le vaticinó un futuro marcado por traspasos millonarios. No se equivocaría la leyenda red.


Con dieciocho años debutaba en la selección de Escocia y protagonizaba el mayor traspaso de la historia del fútbol británico, con destino en el Manchester City (55.000 libras). El citizen club le vendería la temporada siguiente al Torino por una cifra doblemente superior. El Calcio se ocuparía de entretenerle durante tan solo un año, abrumado Law por la superprofesionalización que vivía por entonces el fútbol italiano (lujos, mansiones, ostentación) y por el carácter sumamente defensivo de aquella liga. Y como fin del periplo del joven escocés por la Europa futbolística, nuestro protagonista acabaría en 1962 en el Manchester United.


La genialidad de Law, su hambre e irregularidad, sus orígenes y su capacidad de empatizar con el aficionado hicieron que el escocés encajara perfectamente en Old Trafford. Un jugador con ganas de crecer llegaba a un equipo con la necesidad de reconstruirse. Habían pasado cuatro años del fatídico accidente en avión de los Busby Boys; la ciudad y el club vivían aún en una nube melancólica que les impedía competir al máximo nivel que habían alcanzado antes de la tragedia. La decisión de fichar a Denis Law fue uno de los mayores aciertos de su historia.

En su primera temporada, los treinta goles del escocés ayudarían a los Red Devils a ganar Liga y Copa. Comenzaba a fraguarse la leyenda de The King y la Santísima Trinidad (United Trinity) que formaba con George Best y Bobby Charlton; el destino pareció regalarle esa conjunción de talento futbolístico al United con el objetivo de terminar con esa atmósfera de tristeza que embargaba Manchester.

Denis Law vivió todo lo posible en las filas del United. Títulos, goles, peleas, sanciones, trofeos…su elegancia le daría el Balón de Oro en 1964. En el 68, diez años después de la tragedia de Munich, el destino le devolvía al Manchester su Copa de Europa. Era la primera en las vitrinas pero llevaba mucho tiempo en la mente de los aficionados ingleses, conscientes de que la fatalidad les había impedido conquistarla mucho antes.


Law no jugaría la final por dolores en la rodilla. A finales de los 60, el escocés comenzaba ya a dar muestras de cansancio y problemas físicos y su participación en el equipo empezó a reducirse gradualmente. En 1973, el club decide no renovarle el contrato. En un año anterior al mundial, Denis Law se encuentra con un problema. Sólo tiene una oferta y procede del Manchester City, el rival del amor de su vida. Dicen que no se lo pensó pero en declaraciones posteriores, Law dejaba claro que tomó la decisión por una cuestión de supervivencia. No entendía la vida sin jugar al fútbol. Aún se sentía válido para aportar su calidad y además era la mejor opción familiar, asentadas sus hijas en Manchester y él en la cultura de pub de la ciudad y con numerosos amigos.


Completaría Denis Law una buena temporada en el City. Quizá fueron los números menos recordados de su carrera, ya que lo que marcó aquel año fue lo sucedido en la penúltima jornada. El Manchester City visitaba Old Trafford con los locales jugándose el descenso. El partido era pura tensión. Nerviosismo, ocasiones, rivalidad…todo ocurrió en el minuto 80. El City roba el balón en el centro del campo, lo saca aseadamente y traza unas buenas combinaciones cerca del área local, hasta que la pelota le llega a Law, sin marca y de espaldas a la portería.


El escocés pisa prácticamente el área pequeña y su eterno instinto goleador le lleva a rematar de tacón. El balón entra. Gol del City. 0-1. Con ese resultado, el United desciende. Un hecho y varias consecuencias que se pasan por la cabeza de Denis Law en apenas un instante. El justo para darse cuenta de lo sucedido. Su puño se mantiene frágil a la altura del pecho durante un segundo en el que el jugador no termina de asimilar lo acontecido. Comienza a girarse hacia el centro del campo mientras su mente le dibuja la situación. En ese momento, el jugador Law se retira del fútbol y deja solo al hombre, Denis, en su penitencia, tan necesaria como sincera.



Apesadumbrado, triste y cabizbajo, The King estaba totalmente fuera del partido y fue sustituido dos minutos más tarde, en lo que sería la retirada oficial del escocés del fútbol de clubes (aún jugaría la Copa del Mundo con su selección).

Tras dieciocho años de exitosa carrera, con 300 goles a sus espaldas e infinidad de trofeos, Denis Law abandonaba el fútbol con el sabor más amargo que había probado en su vida. Había condenado a su equipo al descenso. Luego se supo que al United ni siquiera le hubiera valido el empate, pero el sentimiento del escocés no variaría por eso. El fútbol, que tanta felicidad le había dado, le obligó a sentirse verdugo por un día y ejecutar aquello con lo que había hecho disfrutar a tanta gente. Y lo hizo de espaldas, sin ver claramente el acto, en lo que pareció ser un ligero arranque de piedad del destino.

Sin embargo, la leyenda de Law es mucho más poderosa que un eventual juego del azar. Sólo a los grandes mitos se les trata como a Denis Law en Manchester. Amado por los reds y querido por los citizens, una estatua suya se levanta majestuosa en los accesos de Old Trafford junto a las de Charlton y Busby. La grandeza del fútbol es la que define estos sentimientos. Su trabajo le dio a Law todo a cambio de marcarle para siempre. Y es que The King era fútbol puro. La ciudad y el club supieron perdonar el acto de servicio de Law, algo que posiblemente el propio Denis no ha logrado.


“...Up there with the all-time greats. Electric. As a bloke and as a pal he´s different class...”George Best, 1974





“...I was inconsolable. I didn´t want it to happen. How long did the feeling last? How long ago was the game? Thirty-odd years. There is your answer...”Denis Law, 2011