Mostrando entradas con la etiqueta england calling. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta england calling. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de octubre de 2012

Sobra el silencio



Existen equipos que crean historia. Y existen otros que viven de ella, o lo intentan a duras penas. El bagaje que pagan los clubes con aspiraciones de personalidad propia es la preocupación continua. Por las acciones, por los valores (tan de moda) y, sobre todo, por el futuro. El presente de un gran club consiste en la búsqueda continua de la garantía futura. Si no es así, entonces se trata de equipos que no se comportan como lo que fueron, como lo que quieren ser o como lo que nunca llegarán a ser.

En esos casos, en aquellas escuadras esclavas de lo conquistado y aspirantes a la tiranía bien entendida, los protagonismos se venden en forma de hipoteca moral. Aquellos salvadores de los imperios futbolísticos depauperados pasan a ocupar repentinamente multitud de marquesinas de autobús, fachadas de gigantes grises de cemento y portadas de periódicos abandonados en bancos de madera. El matiz no viene en la palabra ocupar, sino en el verbo liderar. Sin preguntar por la intención del protagonista, el nuevo aupado padece una fuerza casi gravitatoria hacia el centro de la información, de la responsabilidad.

Debe ser el tipo eficaz, el nuevo práctico, pero sin perder un ápice de ejemplaridad. Esto es algo muy extendido en el fútbol inglés y notablemente complicado de conseguir para un futbolista. Pero se pilla antes a un no tan simple futbolista que a un futbolista simple. Juegos de palabras aparte, me han entendido. Hay jugadores de fútbol cuya presencia alumbra ciudades enteras y cuya firma se extiende más allá de un simple contrato de papel. Su nombre se fusiona con un escudo, sus movimientos se accionan con los gritos y sentimientos de la afición. Su simple figura hiperventila un estadio. Este es un claro ejemplo.


Fuente: Zimbio.com


La valía de este tipo de jugadores suele definirse de un modo más crujiente cuando no están. Falta algo. Sobra el silencio, que siempre está antes y después pero al que nadie quiere ahora. Y algo que no se dice habitualmente es que es trabajo y referencia del propio futbolista gestionar adecuadamente sus ausencias. Es responsabilidad del protagonista de la película contribuir al mejor final posible. Porque no nos engañemos, todo tiene un final. Las cenas se acaban, con o sin postre. El sueño espera, con la más fructífera de las compañías o la más arreglada de las soledades. Cuanto mayor ha sido la grandeza del camino, mayor es la premura del líder por testamentar su legado. Analizar, comunicar, delegar. Y, lo que es peor, despedirse.

A lo mejor hay que borrar, rescribir y volver a borrar enrevesadas tácticas de Ipad´s de modernos segundos entrenadores. Quizá haya que llevar al nuevo canterano a una fiesta de iniciación donde las bocas presentes suelten únicamente improperios al tiempo que engullen roast beef y se alimentan de una buena Samuel Smith. Surgirán consejos en estado de ahogamiento a los candidatos sobrados, palmaditas en el trasero para los menos confiados y gritos de tensión para los edulcorados. Métodos válidos todos, pero con cierto tufillo a plástico deportivo, olor a política de entrenador rancio. Y para figuras de esta magnitud no se entienden guiones que podrían tildarse de prefabricados hasta para una calificación B. Se han ganado tanto el derecho como el deber de atender su sucesión del modo en que crean conveniente, cuando y donde quieran. La confianza en un capitán debe ser máxima cuando su rendimiento y su compañía hayan sido constantes durante muchas temporadas. Además, aquellos futbolistas elegidos, eternos, parecen charlar amigablemente con el paso del tiempo, hablándole cara a cara, sin miedo a quedarse solos.

Decía Shakespeare que algunos hombres nacen grandes, otros logran grandeza, a otros les es impuesta y a algunos les queda grande. Steven Gerrard nació grande y morirá grande. Y es esa cualidad la que le habrá avisado internamente para ir preparando el camino. Él no sabe si queda mucho o poco porque el trazado del fútbol es tan irregular que nunca permite ver la llegada. Sin embargo, la nobleza y envergadura de su club y la dignidad de su condición le impiden mirar hacia delante sin pensar en el futuro. Y aunque ni yo ni ustedes veamos el final, no tengan duda de que Gerrard ya lo prepara. Sin dejación, sin perder intensidad, sin evitar derramar sangre. Pero con la responsabilidad del capitán, corazón y arma del Liverpool Football Club.


Fuente: Zimbio.com    


















Artículo publicado en Premier League Spain:
http://premierleaguespain.com/2012/10/sobra-el-silencio/

jueves, 31 de mayo de 2012

El largo aprendizaje de Peter Shilton



En este fútbol que tanto nos gusta, la gloria se suele repartir utilizando el filtro de los títulos, no siempre justo. Así lo reflejan los libros de historia deportiva o las nuevas wikipedias de la falsa edad moderna, la que estamos viviendo. Sin embargo, esta regla no funciona del mismo modo con el hincha. Él sí que recuerda las sensaciones y las asimila de un modo natural en sentimientos. El aficionado es más de amores que de bodas; más de fogonazos que de relaciones consentidas. En definitiva, más de la fugaz Holanda de Cruyff que de la Alemania de las tres últimas décadas del siglo XX. Pero el envoltorio más protocolario, profesional y, en verdad odioso, de este deporte establece como base y premisa de su ideario una simple palabra. Victoria.

A estas alturas del texto, se hace más necesario que nunca un "pero" para reconciliarme con el fútbol. Mi enfado con él podría resultar tan inconsistente como el de Homer Simpson con su televisión. Y es que este juego aporta de un modo frecuente (y parece que cálculado automáticamente por una fuerza superior) suficientes razones para creer en su dignidad, su justicia y su naturaleza más deportiva que empresarial. Cuando estos motivos aparecen, todos nos ponemos de acuerdo. O deberíamos. Surgen las excepciones que justifican cualquier regla. A veces vienen basadas en el envidiado talento y en otras ocasiones fundamentadas en el trabajo puro y en la determinación, junto a otras cualidades nada brillantes ante el espejo de los palacios futbolísticos. Y entre todas ellas, se desborda una característica que otorga todo tipo de ventajas en la vida a cambio de un concentrado sacrificio. Es difícil asociar la palabra aprendizaje con un futbolista de élite. Tanta artificialidad, discurso vacío, fanatismo irascible y polémica absurda han provocado agujeros negros en la reputación de este deporte. Pero la existencia de personas como Peter Shilton hace ver que quizá se trate de un prejuicio equivocado. 



Peter Leslie Shilton es un portero inglés y esto es lo peor que se puede decir de él. Es un tipo con el que han convivido hasta tres líneas familiares. Un abuelo pudo verle debutar escuchando embobado el Revolver de The Beatles. Un padre, a su vez, disfrutó su rectitud (tan admirada en los porteros de los ochenta) y plenitud deportiva mientras The Jam le hacía vibrar. Y un hijo reconoció su alicaída figura con los himnos de Oasis y la colorida explosión del brit-pop. Sus 30 años en el fútbol son uno de sus datos más conocidos, así como las 125 internacionalidades con Inglaterra y los 1390 partidos jugados durante toda su carrera. Hasta aquí la intervención de los números, que ayuda a mitificar al hombre nacido en Leicester.

Las peculiaridades de Shilton comienzan con su posición en el campo. Sí, es portero. Y sí, es inglés. Olvidémonos por un momento de Calamity James, Robert Seaman, Paul Robinson y demás proscritos. Hace muchos años, existía un nutrido arsenal de buenos porteros en las islas. El histórico Gordon Banks aconsejó al entrenador del Leicester que subiera a Shilton al primer equipo a mediados de los sesenta. Resulta curioso que la meteórica evolución de Peter obligara al club a vender a Banks tres temporadas después. La longevidad del portero hizo que jugara hasta en once clubes hasta su retiro en Leyton en 1997. En Inglaterra y entre los aficionados internacionales con más memoria, Shilton será recordado por ser el portero de aquel mítico Nottingham Forest de finales de los setenta. El dorsal "1" del club que pasó en tres temporadas de militar en la First Division a conquistar dos Copas de Europa. El portero de Brian Clough, que se dice pronto. Sembró muchísimo orgullo Shilton en su estancia en Nottingham.



No sucedió del mismo modo cuando actuó como guardameta de la selección inglesa, donde vivió épocas ciertamente oscuras. El fracaso colectivo sobrevino a Inglaterra durante varios turnos de competición. Las consecuencias personales para Shilton vinieron en sus últimos años como seleccionado. Se convirtió en el damnificado por la mano de Dios y en la víctima del gol del siglo en aquel recordado Mexico´86. Cuatro años más tarde, completó su mejor actuación en una Copa del Mundo y llevó a los pross al cuarto puesto en Italia. La deuda del fútbol de selecciones hacia Shilton quedaba medianamente saldada.

Por un momento, dejemos de lado a Shilton y hablemos de Peter. Decía Séneca que "el joven debe aprender y el viejo aprovechar lo aprendido". Para aquellos puristas de los métodos, resulta una sorpresa grata el comprobar cómo afrontaba Peter su relación con el fútbol, su profesión. Su pensamiento era instruirse continuamente, entrenar más y mejor. Llegar siempre más lejos que el resto. Respetar la ortodoxia del juego y la jerarquía y galones de los superiores. Peter comprendió su carrera deportiva como una licenciatura práctica. Se le conocía como el portero de los brazos largos; con el tiempo se supo que de niño se colgaba todos los días en una barra de gimnasia y quedaba suspendido. Años después, el guardameta confirmó la leyenda, aunque confesó que se había exagerado en parte. Su primer aprobado lo obtuvo ya en el patio del colegio.


Pensándolo bien, el aspecto de Peter Shilton es el de un alumno universitario correcto. Entraría en el cuadro de aquel adolescente encasillado fácilmente en el arquetipo de empollón impopular. Shilton ha mostrado siempre una estética y realizado unas declaraciones propias de un trabajador pero contrarias a un revolucionario. Y es que Peter personifica el respeto a los códigos de este deporte que en Inglaterra se consideran auténticas tablas sagradas. Esa idea del fútbol como cadena industrial la ha explicado el portero en más de una charla (luego hablaremos de su speech). Para él, "el progresivo aumento de la influencia de los futbolistas obliga al entrenador a ganarse su respeto constantemente, porque a menudo es el eslabón más débil. Cuando jugaba en el Nottingham Forest, Brian Clough se duchaba antes que el resto y se secaba sobre mi ropa. Yo tenía que esperar a que terminara y secar todo lo que había mojado. Hacía reír a todo el vestuario menos a mí. Luego me dijo que lo hacía porque me había convertido en la estrella del equipo y debía mantenerme con los pies en el suelo".


El tópico sobre la locura transitoria de los porteros se ha derribado en los últimos años. La cordura y la capacidad de liderazgo se suelen asociar a la posición más dada a la longevidad futbolística. Peter Shilton es un claro ejemplo. Lo destacable de su carácter, más allá de la predisposición al trabajo duro y constante, es su capacidad para ilusionarse durante tanto tiempo. Parece que Shilton buscaba sus motivaciones en aquellos aspectos que enriquecen más la sabiduría y bienestar interiores que la proyección mediática hacia el exterior. Un ejemplo. Peter declara que jamás jugó en un grande porque "para mí lo importante era estar a las órdenes de buenos entrenadores. Bobby Robson era un gran preparador, igual que Alf Ramsey, un excepcional entrenador de jugadores y personas. Brian Clough era ambas cosas". Siguiendo la misma línea, el portero se mostraba orgulloso de la participación de Inglaterra en la Copa del Mundo de Italia´90, pero no especialmente del cuarto puesto: "Volvimos a Inglaterra con el premio al equipo más deportivo en una época marcada por el hooliganismo de los nuestros. Es para sentirse muy satisfecho".


Ese acatamiento honorable al fútbol más básico, esa honestidad tan inofensiva como digna, se plasma en la actitud de Shilton hacia la jugada que marcó su carrera. Sobre la mano de Dios de Diego Maradona, Shilton siente esto:

"Incluso Gary Lineker dijo un día que hubiera hecho lo mismo y en Inglaterra se le considera un santo. Henry lo hizo contra Irlanda. Un portero que saca el balón de dentro de la portería cuando ha cruzado la línea también está haciendo trampa. Lo único que me molestó es que Maradona nunca se disculpara. Al final de los partidos, si se ha hecho algo mal nos pedimos perdón entre los futbolistas. Lo hablamos. Él nunca lo hizo, lo celebró. Su acción fue un acto reflejo, pero su reacción desde ese momento no fue la correcta. Es el mejor jugador contra el que he jugado, pero no le daría la mano si nos encontráramos."


Guste o no, resulta de alabar que el buenismo de Shilton sea el que haya marcado buena parte de las pautas de su carrera en un mundo en el que el dinero y la imagen al resto en forma de posición social sean los estándares habituales. No se libró Peter, que emergió más potente después de importantes devaneos con el mundo del juego tras su retirada. Ya se sabe, aquello de conocer el fondo para llegar mejor al tejado. El caso es que el ciclo didáctico de Peter Shilton se viene completando durante estos últimos años. El alumno se disfraza de profesor y explica ahora su aprendizaje; lo hace dando charlas motivacionales a toda clase de grupos. En su página web, se detalla lo "divertido y fascinante" de los discursos de Peter. Se le define como uno de los "after dinner speakers" más populares de Europa y se emplaza a posibles interesados a requerir sus servicios si buscan "presentaciones personalizadas para maximizar resultados, conseguir objetivos corporativos, entender las presiones del mundo laboral y todo ello aderezado de entusiasmo y del humor inglés más fino".

Parece que el destino laboral ha respetado a Shilton del mismo modo en que él intentó respetar su profesión durante más de treinta años. La vida le ha regalado un aspecto aún más tosco pero su sonrisa hace ver que el portero, al fin, se ha relajado. Incluso participó en la versión inglesa de Mira quien baila en 2010 con controvertidos resultados. Personalmente, me gusta ver profesionales del fútbol ganándose la vida con el verbo tras su retirada, y no me refiero a gritones encerrados en cuatro paredes fantaseando rumores sobre el agente de moda. Aunque la clase haya terminado para él, Peter Shilton nunca dejará de aprender. Solo cabe esperar que la vida le siga premiando por aquello en lo que cree. El fútbol no puede negar la gloria a alguien que lo ama tanto.







miércoles, 23 de mayo de 2012

Drogba, el guerrero analógico




A veces, el fútbol pierde la clásica concepción con la que fue creado. Se trata de esa tendencia que nos envuelve hoy en día y que consiste en modernizar las formas, procedimientos y objetivos de cualquier proceso en el que intervenimos de cara a ganar en practicidad y rentabilidad. Generalmente, supone una mayor inmediatez. Además, lo actual, lo recientemente creado, suele ser más ágil y visualmente impactante. Pero reconozcámoslo, tiene menos sabor y prescinde de autocríticas y razonamientos. En el nuevo siglo, las cuestiones que comienzan con “¿por qué…” se dejan para el final por miedo a no tener respuestas durante el camino. Y aunque parezca alejado de ello, el fútbol no se libra de los nuevos enfoques de esta vida.

Se nos olvida frecuentemente que esto es un deporte. Un juego. Sí, llevado al profesionalismo y tecnificación más absoluta. Pero en la base sigue siendo un juego. Solemos pensar en los jugadores como máquinas de comportamiento regular, patrones marcados y rendimientos más asociados a motores diesel que a seres humanos (irregulares por naturaleza). Vemos el campo de juego como una pizarra virtual donde superdotados tácticos mueven sus piezas en una especie de ajedrez robótico en el que no se puede fallar. El aficionado se bloquea, como si fuera Windows Vista, al no entender que su equipo pierda disponiendo de mejores jugadores que el contrario. Quizá me equivoque pero creo que el concepto está equivocado. Del revés. Probemos a darle la vuelta al asunto.

En un deporte digital, la influencia humana puede ser la que aporte ese plus decisivo, mínimo y espontáneo que tantas veces separa la gloria del anonimato. El fútbol se sigue jugando sobre césped, naturaleza histórica pura (o casi…pero aquí la responsabilidad es puramente química). Los participantes no reaccionan a raíz de golpes de teclado, sino ante ánimos, provocaciones o motivaciones. El fútbol siempre será analógico, amigos. Una final de Champions League no es Juegos de Guerra. Un partido de fútbol encaja mejor en Braveheart. Didier Drogba es más Mel Gibson que Matthew Broderick. Un guerrero analógico. Un carácter ancestral que destroza cualquier sistema operativo. Un ganador con un destino labrado por él mismo.


Didier Drogba se nos marcha de la Premier League. Con treinta y cuatro años y tras ocho temporadas en Stamford Bridge, Didier es más que un jugador. Ha cruzado la línea de símbolo de club para asentarse en el estatus de personalidad más influyente de su país, habiendo jugado un papel decisivo para asentar oleadas de paz en una deprimida y sangrienta Costa de Marfil. Ahora, sólo tras ganar la Champions League, Drogba recibe el reconocimiento internacional de grado superlativo que se le había negado durante toda su carrera. Fuera de Inglaterra, no siempre fue colocado de un modo unánime en el escalón de los mejores delanteros de una generación excelsa en talento (Ronaldo, Henry, Eto´o, etc).

El africano está siendo condecorado al final de su película. Como el héroe que se recupera de sus heridas tras múltiples peleas (un codazo, una bofetada y un diente roto, su bagaje contra Vidic) o como el soldado que nunca pareció agotar su cupo de resurrecciones. Un hombre que tardó dos semanas en recuperarse de una fractura de cúbito para debutar con su selección en la Copa del Mundo de Sudáfrica, con protección de yeso incluida. Siempre fue consciente de su enorme capacidad de liderazgo y contagioso triunfalismo y nunca permaneció ajeno al sentimiento de responsabilidad que el fútbol le introdujo. Esto se ha agudizado especialmente en esta última temporada, donde Didier ha sido el arma ejecutora de una generación de futbolistas que veían en él la solución para ajusticiar sus intentos de tomar Europa durante la última década.


Treinta y ocho días antes de finalizar su contrato, Drogba ha confirmado que no continúa en el Chelsea. En mi afán de humanizarlo, hasta diría que me parece más identificable esta situación que aquellas que prorrogan contratos a los que aún falta algún lustro por cumplir; tan absurdo como artificioso. Y no nos engañemos, la relación de Drogba con la competitividad de la élite también parece romperse. Y digo “parece” porque de los héroes siempre puedes esperar heroicidades. Es el humano más firme en un mundo cada vez más mecanizado. La apelación a la mística resulta imprescindible.

“Creo mucho en el destino…cuando eres jugador del Chelsea, nunca hay que darse vencido hasta el final”

En la última batalla sobre el verde, la tenacidad del guerrero ha dejado de lado la mal definida justicia futbolística y ha puesto de manifiesto la importancia de la entereza, la perseverancia y la determinación en la vida. Un ganador siempre cree en el destino porque cree que puede vencerle y escribir su propia historia. Drogba lo ha logrado.

Mis sinceros agradecimientos y sonoros aplausos para uno de los tipos que más he admirado en el mundo del fútbol. Por fin ha encontrado su merecido descanso. Didier Drogba, el guerrero analógico, por fin ha ganado su guerra.





jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





martes, 3 de abril de 2012

Torres sin etiquetas


Fernando es diferente. No cabe duda. Serán sus orígenes atléticos en un país absorbido por la voracidad de las dos torres del fútbol mundial. O será su melena rubia y piel tímida en una tierra brillantemente bronceada durante trescientos días al año. Incluso habría que considerar que fue el destino el que le hizo distinto. Ese destino que tras endiablarle el control, le dotó de una prodigiosa zancada y un toque divino para conquistar el viejo continente. Aquel día, Fernando se convirtió en patrimonio nacional. Desde entonces, todos tenemos un poco de él y, además, creemos saber cómo administrarlo.

Es el precio a pagar por convertirse en el cartero de la fe nacional. En el entorno de aquella extraordinaria España, Fernando parecía el mejor de los humanos, el instinto rodeado del plasticismo. Sin obviar sus magníficas condiciones, el de Fuenlabrada aportaba, junto a otros, la típica sensación ibérica. La endémica condición terrenal de los españoles frente a los superdotados europeos del siglo XX. Cierta inseguridad mental, una contrastada fragilidad histórica y un complejo fatalmente heredado generación tras generación. Sin embargo, el envoltorio del Niño resultaba de una estética fantástica. Torres, rodeado de escuderos de fantasía y magos del balón, se convertía en la bala más adecuada para el arma más sofisticada del mercado. Y, además, molaba. Y mucho, ¿por qué negarlo?


En realidad, Fernando tan sólo destinaba su talento a la eficacia de su trabajo sin ningún tipo de ataduras más allá del rectángulo de juego, lo cual no es poco. Torres no ha podido hacerlo de un modo continuo durante su carrera. Esa condición de “chico de barrio”, tan traída como odiosa, se cumple en Fernando en la parte positiva de la expresión. Me lo imagino como el típico amiguete del colegio con el que coincides simplemente en el color de las chapas, empatizando así de un modo mutuo hasta límites insospechados. A esa edad, el resultado de estas extrañas asociaciones se llama amistad y una consecuencia de manual es la implicación.

La sangre de Fernando Torres siempre ha sido roja y así lo ha sentido él. Durante los doce años que perteneció al Atlético de Madrid, Fernando pasó de ser del Atleti a ser el Atleti. Tal cual. La circense gestión del club en época de profundidades agudizaba el ansia de búsqueda de símbolos entre la afición. Y Torres, un chico de la casa, joven y sobradamente preparado, estaba allí. El delantero fue asumiendo de un modo gradual un peso que seguramente no le correspondía. La maleta del Niño cargaba con la ineptitud de los dirigentes, el aliento de la afición y su lógica ambición. Y como el fútbol es un deporte de equipo, aquello no podía acabar bien. Como dijo el propio Fernando, no deberían existir capitanes de diecinueve años. La responsabilidad acabó pesando demasiado para Torres, que actúo como cualquiera hubiera hecho varios años antes. Se marchó a un sitio mejor.


El Niño encontró en Liverpool lo que más necesitaba. Espacio. En todos los sentidos. Espacio en el césped para liberar su magnífica punta de velocidad. Y espacio en su vida para disfrutar el fútbol como pocos consiguen hacerlo. Su espalda respiraba ligereza en un lugar donde pronto se le consideraría ídolo. Fijo en España (triunfador en la Eurocopa) y perfectamente adaptado a Liverpool, Anfield asistiría a los mejores momentos de Fernando. Grandes promedios goleadores conjugados con tantos de enorme calidad. Por primera vez, Torres estaba donde sentía que debía estar. Sin embargo, el triángulo Fernando-Liverpool-rendimiento fue apagándose por el vértice imprescindible. Las lesiones, el bajón progresivo del equipo y el desgaste del delantero fueron quemando etapas más rápido de lo normal.



Las lesiones. La verdadera carga moderna de la vida de Fernando. Tobillo, isquiotibiales, rodilla derecha. Condicionada temporada y media en los reds y una Copa del Mundo con España (su convocatoria le hizo campeón del mundo pero le hirió personal y físicamente), el único objetivo del delantero volvía a ser librarse del equipaje que cargaba para poder mostrar su fútbol en estado puro. Sin embargo, el precio era muy alto. Torres cambió la pasión del Pool por la burguesía azul. La familiaridad de Liverpool por la globalidad londinense. Nunca había abandonado el rojo. Nueva vida, nuevas costumbres, nuevas ilusiones. Inconexos amagos de recuperación en las frecuentes vueltas de Torres al campo. Su baja forma, la permanencia de ciertos problemas físicos y la alarmante falta de fútbol del Chelsea lastraban al Niño. La desesperación, la frustración y la mofa hacían acto de presencia en los alrededores de Stamford Bridge, lugar en el que aún siguen conmocionados por la depresión post-Mourinho.


Quince meses se cumplen ya desde su llegada a Londres. Mejor que hacer un resumen es mirar al futuro inmediato. Fernando lleva varios partidos seguidos a un nivel notable. No supremo pero sí muy prometedor. Desde su segunda temporada en Liverpool no había alcanzado este escalón. Puede que sea una falsa esperanza de recuperar al mejor Torres. Se escuchará el “Fernando ha vuelto”. Falso. Nunca se fue. Torres es de los que no abandona el barco ni anclado en el fondo del mar. Las dificultades le han causado problemas de autoestima pero él sabe mejor que nadie que ésta es su liga. Y que él puede hacer del Chelsea su equipo. Confianza, continuidad y fútbol alrededor y volverá a ser considerado uno de los mejores.

Fernando Torres acumula etiquetas en su maleta. El niño del que más se habla. La última esperanza atlética. El ídolo red. El héroe de Viena. El hombre de los 50 millones de libras. El nuevo caso Raúl. Ha tenido que guardar y aguantar apelativos durante toda su vida y soportar entornos incendiarios. Llevamos mucho tiempo regando la actualidad futbolística con la imagen continua de su cabeza agachada. Se acabó. Fernando debe imponerse. El delantero debe fulminar los fantasmas del personaje ahora que vuelve a disponer de continuidad y el Chelsea parece oxigenado. No es el último tren para Torres, pero sí el más conveniente y saludable de todos. Premier, Champions y Eurocopa por delante, la oportunidad para volver a la élite de las élites se antoja irrechazable.

Pronto se cumplen cuatro años desde el gol de Viena. Todos creemos saber lo mejor para Fernando. Él tan solo debe jugar como sabe. Sin traumas. Con la maleta vacía. Corriendo, gritando, asistiendo, marcando…simplemente el delantero centro del Chelsea y de la selección española. Tanto y tan poco.



lunes, 26 de marzo de 2012

Las pasiones del Arsenal




Arsenal Football Club. Tan histórico como moderno. Una biblia de talentos, un revuelto de prestigio e innovación, un equipo al que se le buscan soluciones cuando no siempre existen problemas. Pocos conjuntos despiertan los amores y las iras que provoca el Arsenal. El club gunner es una adolescente del fútbol europeo (cada lector que elija el género que prefiera). Guapa, inteligente, divertida...la más atractiva del continente; sin embargo, su endémica juventud y explosiva personalidad pueden resultar desquiciantes. Metáforas aparte, es precisamente la actual idiosincrasia del club, y por ende del equipo, la que provoca mayores debates.

Los que estrenamos treintena entendemos el Arsenal como juventud, descaro, propuestas (a veces sin respuestas) y frecuentes aterrizajes sobre la pista de las realidades. En los tiempos que corren, la apuesta por la educación, la formación y, futbolísticamente hablando, la creación de generaciones es fuertemente elogiable. Al estilo del F. C. Barcelona, la confianza en primerizos despierta simpatías allá por donde se exhibe. Obviamente, la exhibición no existe si no surge el talento y si no ha habido un trabajo vigilado y perfeccionado durante años. Al fin y al cabo, el Arsenal aporta una opción clara en el debate perpetuo entre el cómo y el cuánto. Las formas contra el resultado. Los principios para la victoria frente a la victoria como principio. En el antiguo Highbury o en el nuevo Emirates han comprendido perfectamente la idea en numerosas ocasiones. Por ejemplo, cuando el Arsenal ganó con The invincibles su 13º título de liga sin perder ningún partido y jugando al fútbol como los ángeles. El buen juego minimiza los riesgos.



Otra buena parte del sentimiento alrededor del Arsenal lo originan los personajes que han pasado o que permanecen en el club. Herbert Chapman y su innovador carácter. Los goles reaccionarios del irlandés Liam Brady. El bigote hecho portero en David Seaman. El capitán alcohólico rehabilitado, Tony Adams. El genial y aerofóbico Dennis Bergkamp. Thierry Henry o el mejor delantero de una generación. Cómo permanecer impasible ante semejantes cuadros humanos en un club en el que importan tanto las personas que serán leyendas como los títulos. Y olvidándonos de tantos, surge el nombre por excelencia de la historia reciente del Arsenal. Arsène Wenger.


El profesor. El francés chiflado, para algunos. El mejor investigador futbolístico del planeta, para otros. El míster enrollado que ha creado tantas polémicas como curtido numerosas carreras de jugadores de élite. Uno no puede parecer indiferente ante Wenger. Ante su propuesta, ante su actitud, ante sus declaraciones o ante sus logros. Es probablemente el entrenador tildado de perdedor en más ocasiones por los medios de comunicación. Injustamente, añade mi opinión. Tres Premier League, cuatro Community Shield y cuatro FA Cup en su haber. El lado oscuro resultadista dice que sólo ha ganado tres ligas en trece años. La cara constructiva piensa que únicamente Ferguson ha ganado más en este período y que Wenger ha creado un estilo colectivo, una forma de entender el deporte y una personalidad de club que asegura la estabilidad y continuidad del género Arsenal. Hoy en día, muchos le cuestionan en su puesto. Indiscutible en su aportación, debatible sobre la compatibilidad de su método con el resultadismo imprescindible de la élite. Juzguen ustedes mismos.

Dentro de la forma de ser del club gunner hay una tendencia que no muchos aficionados conocen. Estamos hablando del equipo más visionario del mundo en numerosos aspectos no necesariamente futbolísticos. La realización de este deporte y su disfrute social y económico han salido delante de un modo tan próspero gracias de un modo especial al empuje del club del norte de Londres. A finales de los años veinte, el Arsenal promovió la primera radiodifusión de un partido gracias al periodista que tenía contratado para cubrir su boletín semanal.


Apenas unos meses después, el ya nombrado Herbert Chapman, por entonces manager del equipo, comenzaba a revolucionar el fútbol de la época al promover “el sistema” (también conocido como WM). Para colaborar a la confusión del equipo contrario sobre las posiciones de los jugadores del Arsenal, Chapman decidió poner números en las camisetas. Fue el primero. Como fue el primer club en poner su nombre a una estación de tren, el primero en televisar un entrenamiento o el primero en aparecer en una novela como protagonista (“The Arsenal Stadium Mistery” de Leonard Gribble). Hace ochenta años, comenzaba a trazarse la enorme autopista que uniría el fútbol con la repercusión social, informativa y cultural y el Arsenal fue el principal promotor.

Escribir sobre sentimientos no deja de ser un quiero y no puedo, ya que no hay mayor emoción que la que no puede expresarse con palabras. A pesar de ello, la lista de argumentos históricos y características corporativas que definen al Arsenal en este artículo tiene un simple objetivo. El respeto. La actual época futbolística transcurre entre polémicas superfluas y bajo la dictadura mediática de los grandes nombres, enormes costes y frágil memoria. Hoy en día, la pureza es oro en el deporte. No todos los clubes pueden permitirse enorgullecerse de sus aportaciones al fútbol. Y además haberlo hecho de un modo coherente y constructivo, acorde a unos valores personales que merecen ser destacados.

Está claro que las manifestaciones deportivas pecan cada vez más de falta de ejemplaridad y de un forofismo desagradable para el público y desagradecido para los aficionados inocentes. Es común sentir vergüenza de jugadores, entrenadores o aficiones propias. Las etiquetas despectivas están a la orden del día. Llegados a este punto, he de expulsar dos confesiones. La primera es que no soy gunner. La segunda es que si hay un club del que jamás podría llegar a avergonzarme, ese es el Arsenal.




martes, 13 de marzo de 2012

Dos equipos y un orgullo


La rivalidad tiene muchas caras. La mayoría de ellas suele asociarse, por definición, con términos muy sangrantes. Peleas, enemistad, violencia…pero no todo el panorama es tan oscuro. También existen enfrentamientos que no provocan consecuencias tan dañinas para una ciudad o para unos colores; aunque nos cueste recordar ejemplos, siempre podremos encontrar muestras de choques que no trascienden lo meramente futbolístico y que, incluso, enriquecen la cultura deportiva y cívica de una comarca. En este caso hablamos del condado de Merseyside y de la existencia de dos clubes tan parecidos como distintos. Dos equipos a los que la historia ha separado en muchas ocasiones pero la población de Liverpool se ha encargado de unir. Everton Football Club y Liverpool Football Club. Una ciudad, dos equipos y Stanley Park entre ambos.


Los orígenes de estas enemistades suelen ser de formaciones muy caprichosas y ésta supone un auténtico paradigma. Cómo imaginar que el Everton comenzó jugando en Anfield en el siglo XIX hasta que el dueño del estadio les subió el alquiler y tuvieron que mudarse…y el señor Houlding, sin equipo pero con campo, creó el Liverpool FC. Cómo pensar que Gerrard, Carragher, McManaman y Owen crecieron siendo aficionados del Everton FC. Y quién podría creer que los reds comenzaran su historia vistiendo de azul…

Entre todas estas curiosidades se impone la verdadera creencia y refutado hecho sobre la salud de este choque. Hoy en día se hace difícil asistir a un partido de fútbol sin connotaciones económicas, sociales o religiosas. No hay derbi sin ricos, pobres, católicos, históricos, modernos, violentos o teatreros. En la ribera del Mersey sólo existen colores. El rojo y el azul. Históricamente se ha conocido esta dualidad como “Friendly derby”. Aunque ocasionalmente se han dado algunos incidentes inevitables, el carácter del partido siempre ha sido y será ese. Fuera del césped, todas las familias scousers tienen colores repartidos entre todos sus miembros. Dentro del campo, puro fútbol inglés. Intensidad al 200%. De hecho es el choque con mayor número de tarjetas rojas en la historia de la competición. No es de extrañar. El carácter del condado de Merseyside es orgulloso, aquel que se define por una entrega total y completa a los comienzos de las historias propias. Los orígenes marcan la definición de una personalidad y la ciudad de Liverpool es el mayor orgullo que un aficionado y habitante pueda tener. Por detrás quedan los colores y las etiquetas, leídas siempre con humor y deportividad.

27 títulos de liga suman entre ambos clubes y suponen el mejor guante en la mano de los toffees y reds y en la cara del Manchester United. “Merseyside, Merseyside” es el cántico preferido de ambas aficiones cuando se enfrentan entre ellas, especialmente si es en el ámbito copero, donde la historia nos ha regalado épicas batallas entre ambos. En Inglaterra se recuerdan especialmente las finales de League Cup y FA Cup (dos) ganadas por el Liverpool a finales de los ochenta ante un histórico Everton. Y especial es la mención para la eliminatoria de FA Cup de 1991, donde un agónico empate a cuatro terminaba por costarle el puesto al entrenador del Pool, un no tan mayor Kenny Dalglish.


No es un engaño decir que el Liverpool Football Club ha ganado más partidos (65 frente a 56), más títulos de liga (18 frente a 9), más Copas de Inglaterra (7 a 5) y más torneos internacionales (5 Copas de Europa y 3 Copas de la Uefa frente a una Recopa de Europa). Tampoco se falta a la verdad si se pone a los reds por delante en prestigio internacional, repercusión mediática y número de aficionados a lo largo del mundo. Sin embargo, la historia intenta repartir la ya de por sí injusta desproporción mediática y guarda también grandes momentos del Everton (cuarto equipo inglés en número de títulos), que ha vivido épocas gloriosas que se recuerdan constantemente en la ciudad. Aquel maravilloso equipo de 1985 que triunfó en Inglaterra y en el continente europeo es la conversación más gratificante para los aficionados toffees de mediana edad. Dos ligas, dos Copas de Inglaterra y una Recopa de Europa en cinco temporadas así lo atestiguan. Del mismo modo, todos recuerdan la nueva irrupción del Everton del nuevo siglo de la mano de Rooney y David Moyes y volviendo a poner al club en el digno escalafón de las competiciones europeas. Además, los azules siempre se guardan en la manga el as en forma de hecho constatado (más por unos que por otros) que afirma que en la ciudad de Liverpool hay más toffees que reds.

Justicias futbolísticas (siempre subjetivas) aparte, Everton y Liverpool comparten una ciudad fuerte y con carácter. Quizá sea éste el derby con la definición más agradecida y didáctica de todos los que podemos encontrar en el mundo del fútbol. Si al fair-play habitual en Inglaterra (exponencialmente multiplicado en este caso peculiar) le sumamos una hirviente intensidad, unos colores que la humanidad ha enemistado desde hace siglos y la historia tan rocambolesca que define a estos clubes, sólo nos queda asistir al Liverpool-Everton del próximo lunes para disfrutar de un gran partido de fútbol.

Porque al final tan solo es eso, football. Tan solo y tanto. Pero siempre a la orilla del Mersey y tomándose una pinta en Hope Street. Esa calle separa la catedral católica de la catedral protestante de Liverpool. Y es que en esta ciudad siempre hay sitio para todos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Reacción de campeones


Cómo afrontar un aniversario como éste. La solemnidad y el miedo credencial humano hacia la muerte marcan cualquier tipo de referencia. No hay consecuencias positivas en esta clase de hechos. Lo único constructivo que se puede hacer es reflexionar. Y no sobre el qué, el cuándo o el dónde, sino acerca de qué pasó después y por qué sucedió aquello que pasó después.

Cincuenta y cuatro años han llovido ya desde la tragedia de Múnich. Habrán leído mil y una veces los macabros detalles sobre el accidente de aviación que sufrió la expedición del Manchester United que les costó la vida a 23 personas y que sobrecogió la memoria de la ciudad mancuniana durante muchos inviernos. Francamente, no puedo aportar nada nuevo sobre aquella información. Nadie puede. Donde hubo lágrimas y dolor, ahora y por siempre permanecerán las cenizas del orgullo y del respeto por las leyendas que surgieron aquel 6 de febrero de 1958 en perjuicio de las personas que perdieron la vida en tierras alemanas. Aquel equipo venía de empatar a tres tantos ante el Estrella Roja de Belgrado y pasar así una eliminatoria de la antigua Copa de Europa con un global de 5-4 a su favor. Los chicos estaban alegres, ya eran semifinalistas de la competición y máximos aspirantes a plantar cara al rey de Europa, el viejo Real Madrid.




Asociamos el deporte con salud y vitalidad. La buena vida entendida semántica y católicamente. Por eso, cuando suceden este tipo de tragedias, la sociedad reacciona como una madre protectora; la sensación es que estos chicos estaban más lejos del final que la media ciudadana. Inglaterra se ofuscó pensando que alguien que mueve millones de ilusiones no podía irse tan bruscamente, sin haber disfrutado ni haber hecho disfrutar. El escenario ya estaba montado y el público preparado, pero los actores no pudieron acudir.

Esa especial sensibilidad social con los deportistas y en especial con los futbolistas, tan en boga para todo, facilitó la complicada fase de tránsito tras el accidente. El hombre tiende a unirse en el drama y a olvidar desigualdades; todos somos idénticamente diminutos ante lo inevitable. El pensamiento moderno y la pasión de clases tiende a sacar al espejo público lo peor del futbolista; suele ponerse como el ejemplo de injusticia social, despilfarro económico y meritocracia mal entendida y malintencionadamente aplicada. Sin embargo, en Inglaterra el respeto a los ídolos es tan grande como la consideración de los clubs con sus aficionados. En las islas no se buscan las estrellas en el cielo, se construyen estatuas para que compartan la tierra con los supporters. Los colores. Esa es la clave.


No sólo fallecieron ocho futbolistas veinteañeros, sino que también murieron ocho periodistas de distintos medios, tres miembros del cuerpo técnico, dos integrantes de la tripulación, un agente de viajes y un aficionado del Manchester United. Entre los supervivientes, nueve futbolistas, cuatro miembros de la tripulación (incluido el piloto), tres periodistas, un diplomático, la esposa del agente de viajes fallecido, el entrenador y segundo entrenador del equipo y Vera Lukic, una señora embarazada que viajaba con su hija y que fueron salvadas por el futbolista Harry Gregg, que también sobrevivió.

Si la vida es una enorme biblioteca con todos los géneros e historias disponibles, el fútbol tendría una estantería propia de pequeñas y grandes gestas. El fútbol es como la vida, dicen. Yo también lo pienso, lo creo y lo suelo repetir en mi mente cada vez que observo un ejemplo claro y nítido en la actualidad que nos rodea. A veces piensas que un centrocampista que utiliza la cabeza para mover al equipo será un hombre razonable en su vida cotidiana, un padre con la cabeza bien amueblada. Esperaríamos de un lateral rápido una persona impulsiva y de decisiones repentinas, un joven ofuscado ante la vida y ante lo que le espera. La valentía y la determinación se tienen fuera del campo y se observan dentro de él cuando se goza de algo esencial para triunfar, la confianza en uno mismo. Los listillos del instituto caen en fuera de juego; fagocitados por la queja continua, aquellos estudiantes aplicados se quedan en el banquillo sometidos a la dignidad interna que les prohíbe protestar. Ellos piensan que, tanto en la vida como en el fútbol, quien trabaja llega donde quiere. Fuera y dentro del campo hay gente que piensa lo contrario: futbolistas sometidos a eternas lesiones ó personas accidentadas que no pueden cumplir sus sueños. Las segundas oportunidades y las revanchas no siempre existen en la vida, es una gran mentira. Como miente el que se tira. No sé ustedes, yo no le compraría un coche de segunda mano a un piscinero. Se vive como se juega.


Pero sigamos. Hablaba de Múnich. Además de la cicatriz colectiva que dejó la tragedia en el siempre resistente cuerpo inglés, surgieron los nombres propios que tan bien (y también) conocemos por aquello. Cuentan que Duncan Edwards fue, con 21 años, uno de los mejores jugados nacidos en Inglaterra. Edwards fue el símbolo de aquella generación de cantera que el United se vio obligado a utilizar, por causas económicas, y que sorprendería por su calidad, polivalencia y talento. Llegó a disputar 175 partidos con la selección inglesa y quedará para siempre en la retina de los que le vieron como un eterno aspirante al podio de los más grandes; abarcaba todo el campo, mandaba como un sargento, se movía como un bailarín y jugaba con la ilusión de un juvenil. Las comparaciones de la época lo colocaban como un Di Stefano inglés. Charlton dijo de él que “…es la única persona a quien realmente me he sentido inferior…me he enfrentado a los catalogados como mejores del mundo y ningún otro es como él…su muerte lo elevó a mito, pero yo lo seguiré definiendo como el mejor que he visto”. Como el titán que era en el campo, Duncan Edwards aguantó quince días más en el hospital tras el accidente. Su tardía y agónica muerte supuso el puñal más doloroso en el entorno del club. Fue como aquella verdad que llega varias jornadas más tarde cuando la nube del trauma aún no deja pensar con certeza ni sentir sin dolor.


Precisamente, Bobby Charlton representó y simbolizó como pocos el espíritu del Manchester United durante la reconstrucción del club. Fue uno de los cuatro titulares supervivientes y gracias a su fuerza, actitud y afán de superación encabezó al nuevo United y a la nueva Inglaterra. El destino le regaló la presencia de George Best y Denis Law varios años después para que marcaran más de 600 goles en cuatro temporadas y alzaran la tan ansiada Copa de Europa en 1968. Dos años antes había ganado el Balón de Oro y la Copa del Mundo como capitán de Inglaterra. Él vivió la paradoja de la vida como nadie; Charlton y Viollet le cambiaron el asiento a Pegg y a Taylor antes de despegar aquel dichoso avión; sólo sobrevivieron los dos primeros. Charlton fue sacado del avión por el héroe ya citado, Harry Gregg, el portero que, tras evitar la eliminación de su equipo en Belgrado, salvó hasta cuatro vidas en Múnich. Y Charlton se sintió en deuda con sus compañeros, con el club y con la ciudad entera. Nunca pensó Bobby que su vida daría tantas vueltas; lo que sí sabía desde el momento en el que intentaba recuperarse en un hospital alemán era que él debía ser uno de los que honrara la memoria de los caídos; debía ser la cabeza visible del grupo y recuperar lo que todo el viejo continente pensaba que en algún momento hubiera sido propiedad de aquellos chicos. La hegemonía del fútbol europeo. El capitán del barco lo fue hasta el final. Bobby se había convertido en Sir Charlton.


Matt Busby era el entrenador del equipo bombardeado por la fatalidad. Un tipo que definía el fútbol como una alegría constante, quitándole trascendencia a pesar de tomarse su labor muy en serio. Peculiar y totalitarista en la ejecución de su trabajo, exigía a sus jugadores en base al talento que poseían. Quizá por el dominio que demostraba en todas y cada una de las situaciones de su vida, el accidente le desmontó las ideas como no lo hizo con ningún superviviente. Busby estuvo más de dos meses en el hospital y llegó a recibir dos extremaunciones. Se replanteó en numerosas ocasiones el abandonar el mundo del fútbol pero su mujer y su instinto le llevaron a seguir adelante. La porción de personalidad que le había robado Múnich fue siendo recuperada con los años y plasmada en aquel equipo ganador de la década de los 60. En 1969, Busby abandonó, como quien da por concluido su trabajo, que para él consistía en devolver a la ilusión colectiva lo que diez años antes el azar les había robado.

Los dos intentos fallidos de despegue del Elizabethan en la pista de Múnich, el chárter fletado por el club de cara a evitar retrasos, el telegrama que Edwards mandó a su familia (“Todos los vuelos cancelados. Volamos mañana. Stop”), el miedo de varios jugadores del United a volar (el delantero irlandes Whelan solía decir “…esto puede ser la muerte, pero estoy preparado…”) y la polémica posterior sobre la responsabilidad y culpabilidad del accidente forman parte del guión que la realidad-ficción fue escribiendo durante aquel febrero de 1958, con más crueldad y amarillismo que afán real de esclarecimiento.

El partido que afrontó el Manchester United tras la tragedia tenía claros contendientes. La fatalidad del destino frente a la voluntad del ser humano y la fe en las personas. Esa fe fue la base sobre la que se construyó un nuevo equipo, un nuevo club y prácticamente, una nueva actitud colectiva en Manchester. El recuerdo de aquellos chicos muertos en 1958, en el momento más ilusionante de sus vidas y carreras, fortaleció al nuevo United surgido años más tarde.

Ídolos como Edwards, Charlton, Busby ó Gregg padecieron un capítulo inolvidablemente penoso en sus biografías y salieron cómo pudieron ó creyeron de aquello. Como la jugada más brillante de Charlton y Edwards, la mejor alineación de Busby o el paradón más importante de Harry Gregg. La comunión soldada dolorosamente entre club y afición, forjada en la amargura, enseñó al mundo que la unión ayuda a salir de casi todo. Parecieron estatuas de bronce, partidos homenaje, jugadores recuperados y nuevos títulos. Sin embargo, lo que lideró aquella reacción fue la voluntad y la creencia mutua. Aquella afición vivió el fútbol como los jugadores y ellos jugaron con el corazón de un hincha. El fútbol y la vida. Eso no ha cambiado. Se juega como se vive.