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martes, 20 de agosto de 2013

Buscando la llave




Tuerzo ligeramente el gesto al pensar en el dilema. De acuerdo en que estamos en la Premier League, aquel lugar donde el fútbol llega al fondo y no se queda en la forma. Aquel verde, en césped dentro y fuera del terreno de juego, donde el fin no suele justificar los medios. Aquel intenso y precioso microcosmos donde asimilan que todo lo que comienza, tiene por definición una terminación. Football is life. Nadie es eterno y siempre hay un sucesor. Más que una historia, es la saga de nunca acabar. Ahora bien, pasemos de la melancolía al pesimismo

Si obviamos la tranquilidad y mesura habituales en Inglaterra respecto a la naturaleza de los proyectos y sus objetivos, podríamos pensar en el enorme vacío que hay al otro lado de la ventana por la que miraba Alex Ferguson. Y es que un habitual de Old Trafford puede creer, con todo fundamento, que si resultará complicado cubrir el hueco del escocés como guiñol mediático de la competición, podría ser trabajo imposible de pintores y delineantes futbolísticos dibujar y colorear un nuevo United tras el agujero negro que deja Ferguson. Veintiséis años de minería de sabiduría.

¿Quién manda ahora?, ¿quién ficha? ¿Presionará Moyes al cuarto árbitro como hacia el Sir? Sin ánimo de infravalorar, ¿manejará adecuadamente los tiempos en el trato de la plantilla que mejor mezcla aceite y agua? Lo importante no es saber que Ferguson mandaba (y mucho), lo cual es de orden público. Se me antoja que la clave estará en conocer dónde y cómo lo hacía; resolver el modo en que un señor visceral y aparentemente inexorable era capaz de tocar el acordeón diablo, a veces más y a veces menos virtuoso, pero casi siempre infalible en sus notas. No tendrá más remedio Moyes que acelerar el estudio del hábitat. Las relaciones con todos los niveles de empleados, los ritmos del club, los protocolos acorde al puesto que ostentará. Mientras lo haga, con muchos tictac de reloj y sin darse cuenta, quizá encuentre -sin buscar- la clave que le acerque al triunfo absoluto, aquella vieja lámpara con la que iluminar el rumbo del barco.

Lo complicado para Moyes es que la llave que abre todas las puertas es la misma que cierra el laberinto. Se preguntará el bueno de David cómo mostrar un nuevo y brillante trazado copiando las formas del anterior, grabado además a fuego en la mente del aficionado mundial. Un tipo con pinta de buen muchacho y de muchacho bien, de alumno avanzado, de padre enrollado y cuñado consejero (de los de verdad, escasos) seguramente sabrá dar los pasos en la dirección correcta y con la fuerza adecuada, aunque es más fácil admirar la sombra del Sir que escapar de ella. El peso del tiempo y de la gloria alcanzada por Alex Ferguson recaerá en la espalda de Moyes, guste o no. 

Lo que no sabemos es si le causará dolor. Al fin y al cabo, es simplemente un entrenador. Un hombre que manda correr, reparte petos y goza de una profesión en la que el mayor triunfo es la ausencia de fracasos. Un tipo generalmente odiado y, a veces, respetado cuya misión consiste en ir saltando de apoyo en apoyo para no caer ahogado entre insultos y presiones, como hacían aquellos supervitaminados orientales en cierto programa televisivo de los noventa. Como ha hecho Sir Alex Ferguson. Recuerdo los noventa. Vuelvo a torcer el gesto. Suerte, David.

@joseportas

Artículo extraído del suplemento especial sobre Sir Alex Ferguson de Lineker Magazine:


domingo, 14 de octubre de 2012

El caballero eterno


Mil partidos después, Alex Ferguson continúa estando donde quiere estar y haciendo las cosas a su manera. El entrenador más laureado de la historia del fútbol inglés se ha granjeado un currículum de prestigio, recolectando enemistades y mostrando continuos flashes de carácter. Sobre su figura, se admite el recuerdo, el debate o la divagación, pero nunca el juicio. El tiempo pone a cada uno en su sitio y ha demostrado sobradamente que el lugar de Sir Alex es el banquillo de Old Trafford. Tras veintiséis años en el cargo, sus detractores empiezan a claudicar y a reconocer que sí. Que, por lo general, Fergie sabe lo que hace.

Alex Ferguson se ha convertido en la constante de la Premier League. Como Penny fue la de Desmond Hume. Constantes como son Ana Blanco en los telediarios públicos, Ryanair en los mostradores de reclamaciones de Barajas, la melancolía en Los Secretos o la crispación en nuestra sentida España. El fútbol inglés no se entiende sin Ferguson. Solo aquellos con hijos talluditos recuerdan un Manchester United sin él. Y solo los red devils valientes de espíritu pueden imaginárselo sin él. Esto no quiere decir que no haya supporters que quieran ver un cambio en el banquillo y en el mando real del club. Es el peaje a pagar por ocupar un puesto de máxima responsabilidad gestora y deportiva durante veintiséis años y, además, hacerlo de cara. Sin chulería, pero con orgullo. Con la autoridad por bandera y la evolución como mástil, Sir Alex ha publicado sin florituras su propuesta sobre cómo gestionar un club deprimido en los ochenta y convertirlo en el gran dictador del fútbol inglés en la época de las nuevas tecnologías. Es seguro que a los puristas de la metodología contemporánea les cuesta reconocer los méritos de Ferguson. No están de moda los jefes con tintes ocasionalmente dictatoriales, con arrebatos de porqueyolovalgo como contraposición a verdades comúnmente aceptadas.  Y son sus máximos exponentes deportivos, como Sir Alex, los que sufren las críticas en momentos de fracaso y reflexión, como el final de la pasada temporada. Asumiendo tanto la lógica como el oportunismo de los ataques a su figura, el desgaste resulta tan cortés que no quita lo valiente y queda claro que algo debe haber hecho bien este escocés de 71 años nacido en Govan, Glasgow, para poseer tan cortante palmarés.




Es difícil resumir los logros de Alex Ferguson sin provocar el bostezo entre cifras y nombres de títulos. Vamos a intentarlo de un modo fugaz. Con el United ha sumado 37 títulos, entre ellos 12 ligas nacionales, 10 Community Shield y 4 copas de la liga, además de sus dos Champions League y su Copa Intercontinental. El reconocimiento estadístico se plasma en su nombramiento como mejor entrenador de la historia por parte del IFFHS. El ego clasista del escocés quedó alimentado en 1999 con su denominación de Caballero del Imperio Británico. ¿Cómo vive un escocés ese momento, para algunos, un tanto peliagudo? Pues como siempre hace Ferguson, con una aplastante naturalidad dibujada en sus ojos, vivos y observadores, pero profundamente estáticos. Sus comienzos en Escocia estuvieron marcados por las dificultades para compatibilizar su carrera futbolística con su frenética actividad en el movimiento sindical. Una vez decidido a profesionalizarse, el chico Alex mantuvo unas grandes cifras goleadoras en sus equipos hasta llegar a la élite escocesa en el Dumfermline. Un error de marcaje en una final de Copa, un equipo protestante y una mujer católica sembraron la discordia sobre las verdaderas causas por las que Ferguson sería relegado al filial tras la derrota en aquel partido. Comenzaban los tumultuosos setenta y el jugador ya miraba hacia el banquillo. Tras convertirse en jugador-entrenador en Farkik y pasar por varios clubes, Alex comenzó a ser Ferguson en el Saint Mirren. Cogió a un equipo de media tabla de la Second Division y en tres años le hizo campeón de la First. En 1978, Fergie sufrió el único despido de su carrera debido a varias supuestas violaciones de contrato, adjudicación de primas no autorizadas, intento de obtener ventajas fiscales, etc. Queda claro, que desde sus comienzos como manager, Ferguson nunca se ha independizado de su aureola polémica.

Tras la historia conocida en Aberdeen (ocho títulos en seis años), el escocés llegó a Manchester. Los comienzos fueron, como él mismo ha declarado, “la época más oscura de mi carrera”. La majestuosa resaca del mejor Liverpool de la historia y el auge de sus vecinos toffees hicieron que Ferguson no ganara ningún título hasta 1990. En su primera temporada, el United solo ganó un partido fuera de casa. En Anfield. ¿Una premonición de la remontada de palmarés que se avecinaba? Imposible preveerla, desde luego, pero el dato resulta cuanto menos misterioso. ¿Que vendría después? Resumiendo de un modo demasiado crudo, llegaron el Leeds y Cantona. Tras ellos, vino la Premier League. Y como si Cantona conociera el romance entre la nueva mujer y el viejo amante, fichó por el United. El resto es un guión sumamente conocido.



¿El secreto de Ferguson es no tener secretos o acaso es parecer que no los tiene? Queda claro que uno de sus principios de trabajo viene marcado por la demostración de la autoridad. La disciplina jerárquica como creencia para obtener lo mejor de un grupo; claro, que ese tipo de mando lo ejerce alguien que confía ciegamente en sus posibilidades, además de alguien que siente ese tipo de confianza de aquellos que podrían renegar de él. Fergie desprende seguridad, en él mismo y en sus métodos y así se lo hace ver a sus jugadores. Es, lo que se dice, un tipo serio en el trabajo que, además, sabe y quiere rodearse de los mejores profesionales posibles. No duda en actuar cuando piensa que la pirámide de responsabilidades se ve alterada. En el Aberdeen protagonizó varios capítulos de este estilo, como cuando multó a uno de sus jugadores por haberle adelantado en la carretera. También tuvo problemas con Joe Harper, un delantero que dio una opinión demasiado sincera (mala) de la táctica empleada durante un partido al ser preguntado por el propio Ferguson en el vestuario. La historia acabaría con multitud de gritos en una reunión privada. Años después, Harper se convirtió en locutor de una radio de Aberdeen. Fue despedido cuando los jugadores del equipo dejaron de hacer cualquier tipo de declaración a la cadena. Ferguson se lo había prohibido en uno de esos actos que hoy en día se tildarían de mourinhistas.

Pero, como decía Sir Francis Bacon, la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. Fergie no es solo mando. Su estricto acento y sus rudas formas esconden un alineador y un gestor de plantillas que es plenamente consciente de la importancia de la evolución en el fútbol moderno. Sin llegar a las variantes tácticas de Guardiola ni a los pinganillos de Luxemburgo, él se vanagloria de conocer las bases fundamentales que se necesitan para regenerar un equipo año tras año. En 1995, en plena época cantoniana y con los títulos como castigo, Ferguson decidió vender a varios de sus mejores jugadores ante la incomprensión de la afición. Ince, Kanchelskis y Hughes se marchaban a grandes equipos europeos. La jugada tenía motivos para el mister. “Hay que adaptarse, organizar los egos y las personalidades y motivar a quienes lo tienen todo. Esta parte del trabajo es esencial”. El manager del United detectó relajación en varios de sus puntales y no dudó en sacarles de la plantilla. Eso sí, las cartas estaban marcadas. Ferguson tenía pensado darle paso a la mejor y más talentosa hornada de jugadores canteranos desde los Busby Babes. A saber…David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, los hermanos Neville…el fútbol acabaría dándole la razón al entrenador y otorgándole el nuevo mando del fútbol europeo a ese Manchester United que tantas simpatías despertaba. Aquel equipo era desparpajo, creatividad, personalidad y mucho fútbol en una Inglaterra ávida de clubes realmente competitivos en Europa. Cinco ligas más hasta el nuevo siglo, destacando el triplete en 1999, con aquella asombrosa final de Champions League ante el Bayern de Munich. La suerte sonreía al, ya por entonces, Caballero del Imperio Británico.



Ferguson considera una gran y verdadera sentencia aquella que antepone la dificultad de mantenerse a la dificultad de llegar. “No hay que dejar pasar demasiado tiempo sin fichar. Esto crea un exceso de comodidad”; es esta una declaración que parece lógica pero que no muchos entrenadores llegan a asimilar internamente y a llevar a cabo después. Otra virtud contrastada de Sir Alex es su capacidad para moverse en diferentes ecosistemas, tanto en los lodos de la satisfacción no deseada como en el hipnótico y gustoso éxito. Llevó al cielo a St. Mirren, Aberdeen y Manchester United y lo hizo escalando con astucia desde el infierno (o, al menos, desde una realidad insustancial). Ya en Old Trafford, ha sabido salir adelante con continuos cambios en la plantilla, buscando la mejora pero respetando los símbolos del equipo, siempre y cuando ellos no se antepusieran al buen funcionamiento del club. O eso decía Ferguson. Sus encontronazos con la prensa, con la BBC (a raíz de un documental sobre los intereses de su hijo en el United), con compañeros de profesión y con árbitros han sido frecuentes temas de comentario en Inglaterra. Los jugadores no se han librado. Ince, Stam, Yorke, Van Nistelrooy, Heinze y, sobre todo, Beckham abandonaron el club con diferentes problemas con el manager. El caso de David fue paradigmático de todos los ejemplos. Éxito, choque de caracteres (incluyendo anécdota bizarra con la bota estrellada contra la frente de Becks) y salida tormentosa del equipo era la sucesión de actos de la representación de salida del teatro de los sueños. Conviene añadir un epitafio al drama. Con el paso de los años, nadie ha hablado ni habla mal de Alex Ferguson. Esa regla sacada de la manga, “el club siempre queda por encima”, se entiende como justificación para todos aquellos protagonistas que mantuvieron unas palabras con el escocés. Al final, los hijos siempre vuelven a casa de los padres.

En varias ocasiones ha amenazado con retirarse. Incluso llegó a relacionarse la marcha deportiva del equipo con los rumores sobre un posible anuncio. Sin embargo, parece que Ferguson ha terminado por aceptarse a sí mismo con el paso de los años. El hombre Alex ha claudicado al personaje Sir, aquel tipo arisco, laborista, adicto al fútbol y tan hincha del United que su mayor pasatiempo era enzarzarse con Benítez o hablar sobre Wenger con cierta superioridad moral. Si Ferguson viera un resumen de su actuación durante los últimos veintiséis años, se sacaría defectos y pensaría en lo que dejó de conseguir. Sin embargo, al acabar la película no podría hacer más que aplaudir. El fin no siempre justifica los medios, pero Fergie está orgulloso de sus logros. Se considera afortunado, se sabe querido y reconocido y disfruta con su vida y con su trabajo. Dicen los que le conocen que su reto es estar al frente de la próxima regeneración del United, que confía en el Financial Fair Play y en la producción de la cantera diabla para encabezar el fútbol europeo en un lustro; cuando los demás estén con el agua al cuello, Sir Alex apelará al trabajo, al orgullo, a la fidelidad a unos colores. Llegarán sus últimos trucos y, aunque todos tengamos la mirada en la chistera, seguiremos sin ver de donde sale el conejo. Y es que, a veces, los secretos son eternos.





Artículo incluido en el nº2 de Lineker Magazine:
http://es.calameo.com/read/001709736099a93c1ff55




domingo, 13 de mayo de 2012

Premier League, vida y revancha




El fútbol inglés. Ese manantial de profundas emociones y folclore deportivo arraigado en lo más hondo del corazón de cualquier aficionado al fútbol. La Premier League es vida. La Premier League es intensidad elevada exponencialmente sobre cualquier otro tipo de demostración deportiva. La Premier League es el concepto de deporte colectivo y social expresado con la mayor claridad audiovisual posible. Y otro año más, la Premier League es la competición futbolística más agradecida del planeta. Y con sucesos como el de hoy, continúa aumentando su número de amantes.

Ha ganado el Manchester City. No hablaremos de justicia, inútil es hacerlo cuando el trofeo ya se ha otorgado y los títulos honorables y honoríficos se han grabado ya a fuego en el disco duro de vencedores y vencidos. Pero siempre hay personas y personajes sobre los que reflexionar. El reparto del espectáculo es grande y heterogéneo.

Alguien dijo que Balotelli es el niño malo de la Premier League. No sé si lo comparto, pero sí que opino que Silva podría cumplir en el personaje de aquel veintañero talentoso recién incorporado a la jauría colectiva, al mundo de verdad, y que empieza a ver cumplidos sus sueños. Merecido el triunfo individual y social para el canario. Igual de jubiloso que resulta para el bueno de Yaya Touré, un obrero tan brillante como el mejor de los arquitectos. El jugador que saca la basura con traje se congratula a estas horas de compartir plantilla con el hombre que ha decidido la dirección de la gloria. El Kun.


Debates aparte sobre su rendimiento global, Sergio Agüero le ha dado la alegría del siglo a los miles de citizens que andaban deprimidos por el eterno y punzante carácter de perdedores que la historia mancuniana les había dado. El Kun es una debilidad personal; el mayor talento futbolístico del mundo (tras Messi y Ronaldo) en el país más idóneo futbolísticamente para él. La Premier League es su biotopo general, que no particular, ya que esta competición, como la vida, tiene personajes huraños. Desagradecidos, incomprendidos y amados a partes iguales. Discutidos por sus súbditos y elevados por sus superiores. Roberto Mancini es la cabeza visible de este movimiento.

Mancini no ha sabido exprimir a este equipo. O no con la suficiencia que le merece esta plantilla y la situación histórica de la competición. Repasemos ciclos. Un United anclado en la nostalgia de Scholes y Giggs, cobarde ante las nuevas generaciones y debatiente sobre un mando y un personaje indiscutibles durante décadas. Un Arsenal sumido en la mediocridad que le ancla camino de la élite, empeñado en fagocitarse a sí mismo antes que criticar un modelo que le llena a corto plazo pero le impide soñar a años vista. El histórico Liverpool buscando una base de nombres y un ejército de hombres para reconquistar su terreno. El Chelsea anda en fase de reconstrucción y con la lotería europea a punto de arreglarle la década entera y el Tottenham tiene tantas posibilidades de ganar una Premier como convencimiento tengan sus jugadores de tocar el cielo. Prácticamente ninguna. En la carrera vital de estas naciones propias del fútbol inglés, el Manchester City goza del turno para crear un imperio. Y lo está comenzando a disfrutar a pesar de Mancini.



El italiano está muy lejos de ser el entrenador ideal para este equipo. Nadie le discutirá sus títulos pero sí su forma de gestionar los recursos de la plantilla. Este club no debería llegar a los últimos cinco minutos de la Premier con la obligación de meter dos goles para conquistarla. La experiencia, fantasía y FÚTBOL de sus jugadores se han visto limitadas por los ataques de entrenador del italiano, tan agobiado por su propia personalidad como lanzado por su endémica cobardía. Con Mancini cuesta hablar de justicia, da la impresión de que algo debió hacer bien antes de llegar a este banquillo para ocupar un puesto tan privilegiado. Sin duda, ha sabido aprovechar las oportunidades y esta es la afirmación más elogiosa para el entrenador que podrán leer en este escrito.


Poco antes de que acabara la jornada, leía en múltiples redes sociales que el triunfo liguero del Manchester United podría resultar injusto. Me niego a considerar ilícitos los triunfos del equipo de Ryan Giggs y Paul Scholes, por una cuestión de afinidad moral y justicia divina. Ferguson es como ese vecino que todos hemos tenido. Un señor (por no decir viejo) cascarrabias que no acepta consejos de nadie ya que considera que sus triunfos se deben a su trabajo y sus circunstancias. Razón no le falta al sir, que sabe lo dura que puede llegar a ser la vida; y ésta, como la Premier, te trae difíciles sinsabores con la misma frecuencia que te alegra la existencia. Ferguson acepta lo sucedido en esta Premier como aceptó aquella Champions League que le cayó del mediterráneo cielo de Barcelona en 1999, cuando su equipo le marcó dos goles en el descuento al Bayern de Munich. Te gustará más o menos, pero el entrenador del United acepta las reglas del juego gane o pierda. Lo suyo es fatiga gestual. Y es que nos cansa ver la cara de un tío que no para de ganar, mezcla de envidia asociada al deporte y bombardeo mediático.

Otros personajes de esta vida del rectángulo verde son Robin Van Persie, el muchacho que atina más y mejor que nadie, Wayne Rooney, el hijo malcriado y ya maduro del anciano, y Gareth Bale, representante de la hornada spur aún por medir en sus ambiciones reales. Por el campo pululan también héroes por recolocar (Torres), símbolos contrastados buscando  una dignidad final (Gerrard) y aspirantes a tronos de altura espacial (Luis Suárez). Todos junto a trabajadores recompensados (Roberto Martínez) y nuevos arietes que prometen crear alcurnia (Jelavic, Papis Cissé o Demba Ba).

Esto es la Premier League, esta es la vida. Básicamente, viene a ser lo mismo. Un período de tiempo en el que, en base a unos valores y unos recursos, utilizas toda tu fuerza, moral y conocimientos para llegar allí donde puedas o donde quieras. Siempre junto a compañeros de mayor o menor afinidad y valorando más el camino que la llegada a meta. La vida y el fútbol inglés son una revancha continua. La suerte es que, si el destino nos lo permite, podremos asistir a muchas Premier más en una misma vida. Aunque si el desenlace es como el de hoy, quizá sea el corazón el que no nos deje.






jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.