sábado, 5 de octubre de 2013

Imagine: El chino





Imagino un hombre algo niño. Mejor dicho, un niño que se atascó en el proceso de maduración. Hay individuos que dan la sensación de quedar para siempre cubiertos por la protección materna, simplemente por su aspecto. Despiertan ternura y le crecen las madres por el mundo entero. Y como madre no hay más que una, los aburridos que cumplimos la regla sentimos envidia de esos suertudos, edipos de todo hombre, más pródigos que hijos y que van robando el amor que debería repartirse equitativamente entre todos los mediocentros mundiales nacidos con gesto de gárgola. Pero cuando eres niño no razonas, te limitas a odiar lo que las vísceras te señalan y a engullir lo que toca en el comedor. Aún sin reflexión, ya notabas en el patio del colegio que él era diferente. Por física, por química y por estática. Y es que el chico no paraba.

Unos ojos (casi) orientales en las escuelas de los ochenta eran lo más exótico que habíamos visto muchos hasta que nos llevaron a la gran ciudad. Y descubríamos el metro y lo que entendíamos peligro entre pieles oscuras y personas muy grandes, de hombros continentales, yo diría. Esa estrechez de miras, la física y real, dio lugar al que posiblemente fue el mote de la década. Antes de que los aparatos de dientes fueran brackets, antes de que las gafas de pasta fueran tendencia en lugar de tortura, todos los barrios tenían un chino. O txino (entenderán que jamás tuvimos que escribirlo). Y el chino, yo creo que por genética, tenía el pelo más compacto e indespeinable del patio. Corría y corría e incluso en los días más ventosos del otoño, al chino no se le movía ni un pelo de la cabellera. Y es que eso era lo que hacía constantemente; correr, correr y correr. Lo malo para el resto es que lo hacía con la pelota entre los pies. Empañando el típico tópico, la llevaba pegada, cosida con ese maldito cariño que nos había robado de un modo ilegítimo.

Seamos incorrectos y dejemos justificar la envidia entre niños. Los pequeñitos más humanos no soportaban que el chino pareciera desaparecido en el partido y, de repente, se presentara como un rayo sin el preaviso del trueno. Era una sombra perfecta. Y eso, por entonces, “no valía”. Se mostraba con la fuerza que su delgadez escondía, con un gesto que denotaba esfuerzo pero nunca límites. Nosotros pensábamos que era porque los chinos corrían más. Y punto. Él partía con ventaja. Respecto a los regates con que nos humillaba o los disparos con que decidía los partidos, no teníamos nada que decir. Así que le insultábamos. Cuando comenzaba a llover el Puto chino por el patio, se acababa el partido porque se acababa la fantasía.

Con el tiempo, algunos nos fuimos retirando y asistíamos al partidillo casi mortificados, sentados y apoyados sobre la pared; de repente, aquella fantasía infantil se convirtió en el sueño de ser adulto. Correr detrás de un balón había perdido su encanto, correr detrás del chino era directamente de gilipollas. No hacía falta ser Monchi para darse cuenta de que había evolucionado muchísimo. Disparaba mejor, corría más rápido y no te dejaba ni oler el balón. El cabrón seguía a lo suyo, jugando como dios y hurtando besos y miradas entre los muros de aquella cárcel de lápices. Creo que queríamos crecer para justificar nuestro odio hacia el chino, para razonar que la perfección no mola. Pero, en el fondo, no queríamos su regate ni su peculiaridad física. Lo que envidiábamos era que sabía pisar el freno de su máquina del tiempo. Se sentía como un niño, mientras que nosotros, adultos fumadores de voz flácida, le analizábamos alicaídos. Nunca asumimos que lo mejor hubiera sido devolverle las paredes. Pero nadie quería renunciar a ese oscuro placer maduro que es el odio. Y es que, en la Arguineguín de los ochenta, odiar era compartir.


Twitter: @joseportas

Artículo extraído del nºXIII de Lineker Magazine:


jueves, 12 de septiembre de 2013

Imagine: Los focos sobre Mourinho




Había imaginado ese momento durante muchos años. Sin embargo, no había preparado nada, siguiendo un modelo contrario a su comportamiento habitual, el de no dejar nada descubierto, como posible presa del azar. Pensó que aquella tarde controlaría las circunstancias. Llegado el instante, dio unos cuantos pasos y se plantó firmemente sobre el césped. El entrenador contrario no había salido aún, así que aún no podía acercarse a saludar al banquillo rival. Resopló ligeramente y, con el ceño fruncido, subió la mirada como quien ajusta las luces de su coche. Paró el movimiento en los focos de Stamford Bridge. La repetición no hace la memoria, así que se tomó su tiempo. Varios segundos después, se giró e hizo un gesto de complicidad con su banquillo, compartiendo ese guiño pícaro y ese salto de ojos tan irónico como característico. En ese momento, las sonrisas surgieron en una de las bandas azules de Londres. “Ya estamos aquí”, parecían decir. Fuera o no nerviosismo, la escena daba para portada propia. Más allá de la fotografía, él quiso buscar en su interior y volvió a fijar su mirada en los focos. Se abstrajo y decidió esforzarse para recordar.

Comenzó a resonar en sus oídos el apoyo unánime de un estadio entero. La lluvia de Londres sobre su chaquetón en los gloriosos miércoles de Champions. Se acordó del idilio que estableció con su corbata, más amante que esposa, de las carreras atravesando las áreas técnicas de toda Inglaterra, del amor en los banquillos y del odio en las ruedas de prensa. Rememoró los regalos en forma de resultados que el fútbol le hacía por entonces; la realidad del comienzo de siglo era suya. La verdad competitiva era su amiga mientras que él se había convertido en el enemigo de mirada Disney que otros clásicos necesitaban. Trabajadores y estrellas del fútbol, por lo general de color rojo, fuera por la indumentaria de sus equipos o por la sangre que él les provocó durante varias temporadas. Y recordó también al holandés en la banda izquierda y al irlandés en la derecha. A Didier resolviendo y a Frank templando. Imaginó con media sonrisa el palco. Aquel palco. De repente, giró la cabeza y visualizó el banco dorado de aquel día, no muy diferente del que se alojaba en su recuerdo.


Y entonces, se acabó el abrazo a la nostalgia. Un tipo tan preparado como él, había estado demasiado tiempo sin controlar el futuro, sin sujetar el presente. Lo consideró su regalo de inauguración y comenzó a mirar hacia delante. Se volvió de nuevo al banquillo y, no sin cierto alivio, encontró cercanía y apoyo, le pareció su mejor amigo, la habitación más acogedora del hogar de sus padres. Pensó que su nombre no entendía de indiferencia, ni su presencia de imposibles. El costamarfileño por el español, el brasileño polivalente, el hambre de los jóvenes, la ayuda de las vacas sagradas…todo eran motivos para el optimismo. Así que volvió a enfrentarse al césped del coliseo y, con la mirada levantada, se sintió querido. Había vuelto, estaba en casa. Los focos, testigos sin secretos, le alumbraban a él. ÉL era el protagonista. Como la afición y él mismo deseaban. Como si nada hubiera cambiado.

Artículo extraído del nº12 de Lineker Magazine:

@Joseportas

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La memoria del fútbol


El fútbol sin tópicos no sería lo mismo. Más difícil de explicar, de ingerir. Y aún más propicio para discutir. Son como esos huesos muy mordidos, esos principios y finales, aquellas conclusiones que se extienden sobre la mesa sin paliativos y con el objetivo de callar a los comensales. Uno de esos clichés de taberna, y especialmente de vestuario, establece que el fútbol no tiene memoria. Y a aquellos que nos gusta escribir la prehistoria y reescribir la historia nos jode, nos machaca el inventario de razones con verdadera autoridad y, lo que es peor, con la veracidad como arma. Pocos se atreven a rebatir el mandamiento estrella del deporte del Mikasa. Pero siempre quedamos unos cuantos irreductibles, y no necesariamente en una pequeña aldea gala.

Decir que el fútbol no tiene memoria es suponer que la vida no da segundas oportunidades. Intelectualizamos un juego que se define por meter o no una pelota en un arco, moldeado por mil matices pero con una sola variable en el resultado: dentro o fuera. El fútbol recuerda, efectivamente, si la metiste o no. Y en base a eso, reparte revanchas como exámenes en junio o septiembre.

No me cabe la menor duda de que el fútbol se acordará del Manchester City cuando algún justiciero tenga que marcarle un gol de asombrosa chilena al United. Podréis comprobar en este número como el deporte rey se acordó de un exiliado de guerra para devolverle una vida  plena en terreno enemigo. También ha regalado un talento rebosante a los nuevos hijos de Bélgica, en un intento de devolver a la élite a una selección puntera en los ochenta que ha vagado desde entonces por un desierto de mediocridad. Incluso el deporte rey se pregunta quién fue el original y quién el karaoke en la pareja formada por McGrath y Gascoigne.

En LINEKER MAGAZINE llevamos más de un año intentando evitar que el efecto Delorean del fútbol nos rebañe las ideas. Relatamos un pasado sin predecir ningún futuro, más guiados por el alma del trovador melancólico que por las prisas del corresponsal de guerra. Durante doce meses y con la colaboración imprescindible de más de cincuenta personas, hemos intentado crear una memoria colectiva que sirva de bien común. Estaríamos muy orgullosos de mostrar una biblioteca de debate que provocara sonrisas, lágrimas, derramamientos de cerveza…e incluso gestos de desaprobación. También el teclado ofrece siempre revancha.

Que nadie os engañe. El fútbol y todos nosotros tenemos memoria. Gracias por el pedacito de pensamiento con el que habéis colaborado. Con él, habéis dado forma al primer año de este proyecto. Y es que no olvidar es importante, pero lo más valioso es recordar.


Editorial de Lineker Magazine XII:


martes, 3 de septiembre de 2013

Más que un futbolista



Se crió en la calle y creció adoctrinado por el terror nazi. Sirvió a su país persiguiendo refugiados y acabó como prisionero de guerra. Supo reconvertir su vida, se dedicó al fútbol y convirtió un bando enemigo en un hogar. Tras múltiples gestas y cientos de reconocimientos, ha muerto como un símbolo de vida, paz y concordia. Esta es la historia de Bert Trautmann.


No muchos futbolistas logran conservar la capa de trascendencia con la que se les rodea mientras pisan el césped. La historia que figura en los libros, la de fuera de los estadios, les despoja de su nombre, etiquetándoles en la estantería de Épica deportiva, una categoría de cierto aire superficial pero no muy falta de razón. Sin embargo, no siempre es así. Algunos hombres deciden convertirse a la fuerza en personajes de ficción, atraídos por los retos que han superado y animados por la determinación y el carácter que pueden demostrar. Estos héroes clásicos se agarran fuertemente a su leyenda y la impregnan de interés y de justicia retrospectiva, como el polvo se acumula en las enciclopedias del salón familiar. Las grandes biografías se tiñen con el color de la superación; Edmund Hillary dijo que “no conquistamos montañas, sino a nosotros mismos”. Como si siguiera la reflexión del explorador neozelandés, Bernard Carl Trautmann ha vivido durante ochenta y nueve años conociéndose a sí mismo y escrutando los caminos que el destino le ha ofrecido. Y, lo que es más importante, sabiéndose capaz de elegir.

Trautmann fue mucho más que un futbolista. Asusta la diversidad de situaciones a las que se tuvo que enfrentar. Soldado y prisionero durante el mismo conflicto. Odiado y querido en las dos naciones con más presencia bélica del siglo XX. Criado y educado en Alemania, maduró en zona de guerra y encontró trabajo, esposa y nombre nuevos en Inglaterra (allí le rebautizaron como Bert). Dentro del césped, pasó del centro del campo a la portería, de sufrir los silbidos de miles de judíos a recibir la admiración de un estadio entero. Una vez retirado, se colgó la etiqueta de viajero del fútbol al entrenar a diferentes naciones africanas hasta que a finales de los ochenta decidió quedarse a descansar en un pequeño pueblo de Castellón.

El sinfín de cuentos de Bernard Trautmann comenzó a finales de los años veinte, cuando los ecos de la crisis económica resonaban fuertemente en su núcleo familiar. Un joven atlético y en plena búsqueda de personalidad se veía obligado a pedir en la calle e ir de comedor en comedor comunitario en Gröpelingen, a las afueras de Bremen. Su padre sobrevivía con un trabajo precario en el puerto mientras que su madre cuidaba de Karl, su hermano pequeño. Siendo adolescente, Bernard optó por la vía militar y se alistó en la Luftwaffe (fuerza aérea alemana en la época nazi). “Te alistas en honor de tus padres, para defender su tierra. No para matar gente”.

Quiso entrar como intérprete de morse, pero finalmente fue destinado como paracaidista en la II Guerra Mundial. Durante el tiempo que pasó en el frente de Polonia, vivió un servicio relativamente tranquilo y con mucho tiempo libre para practicar deporte. Sin embargo, protagonizó un incidente que terminó con los brazos de un sargento quemados y con Trautmann encerrado en el calabozo durante tres meses. La primera parte de su cautiverio la pasó en el hospital militar debido a una apendicitis aguda.

Paracaidista, suboficial y sargento alemán, acabó huyendo
de todo rastro de guerra, incluido su propio ejercito

En 1941 fue trasladado a la franja este de combate; en Ucrania se encontraría con sus primeras semanas en el frente donde comprobaría la dureza real de vivir una guerra. Los rusos le capturaron pero pudo escapar. Tras ser nombrado suboficial y ganar la Cruz de Hierro del ejército alemán, fue destinado a Francia. Una vez allí, participó en el sufrimiento alemán por los bombardeos en Kleve (1944), aunque fue uno de los pocos supervivientes. Se quedó solo y decidió emprender su marcha sin rumbo fijo, intentando escapar de los aliados y de los propios alemanes, que le fusilarían al considerarle un desertor. Sin embargo, dos soldados estadounidenses le encontraron en un granero; Trautmann escapó saltando una valla pero al otro lado le esperaba un sargento inglés, encañonándole mientras le expendía irónicamente una invitación a una taza de té.

Tras pasar varios meses en un campo de prisioneros en Ostende bajo diferentes categorías de cautiverio (su condición nazi no le ayudaba), el alemán terminaría en Ashton-in-Makerfield, en Chesire (Inglaterra). Allí comenzaría a jugar de mediocentro en las pachangas que eran comunes entre los prisioneros hasta que un día se lesionó y cambió su posición con el portero. No se movería de los tres palos. Bert (Bernd resultaba difícil de pronunciar para los ingleses) había dado, sin saberlo, uno de los pasos más importantes de su vida.


Una vez libre, Trautmann rechazó una oferta de repatriación. Según contó posteriormente, las mujeres fueron una de las razones por las que permaneció en las islas. Alternó diferentes trabajos, desde las labores de una granja hasta emplearse como conductor o en una empresa de ladrillos. Comenzó a jugar al fútbol amateur y precisamente en su primer club (St. Helen´s Town) conoció a la que sería su mujer, la hija de la secretaria por aquel entonces. La estabilidad le trajo un gran reconocimiento a su nivel futbolístico y una nueva vida profesional. Tras un año en el St. Helen´s, el Manchester City le ofreció su primer contrato.

Bert llegó a Manchester en 1949 con muchas barreras que saltar. Y en este caso, tras el muro no le esperaba ningún sargento inglés, sino los murmullos, la desconfianza e incluso la indignación de miles de aficionados judíos. A pesar del buen recibimiento que le otorgaron públicamente el rabino de la ciudad y el capitán del equipo, las circunstancias hicieron muy incómodo el comienzo de la estancia de Trautmann en Manchester. Pitos, cartas de protesta al club, amagos de boicot…además, al alemán le tocaba reemplazar al símbolo local bajo los palos y antiguo combatiente inglés en la misma guerra que él, Frank Swift, que se retiraba tras más de 500 partidos con el City. Aquella temporada, los citizens descendieron de categoría.

En este vestuario no existe la guerra”, Eric Westwood, 
capitán del Manchester City al recibir 
a Bert Trautmann en su club

Sin embargo, hubo un día a destacar en aquel curso. La primera visita de Trautmann a Londres terminó con los focos de la prensa sobre el portero alemán. El City jugaba en Craven Cottage ante el Fulham. Bert comenzó el partido reprendido por el público, sabedor de las noticias que llegaban de Manchester. Noventa minutos después, tras varias paradas imposibles y una actuación portentosa, los veinte mil aficionados londinenses y los jugadores de ambos equipos despidieron a Trautmann con una ovación cerrada. El Fulham había sido muy superior, pero el marcador reflejaba un pírrico 1-0. El futuro mostraba un poco de luz a Bert.

Los de Manchester subieron de nuevo a la First división y se hicieron un hueco entre los mejores equipos de Inglaterra. En 1955 perderían la final de la FA Cup ante el Newcastle. Pero el gran día de Bert Trautmann se retardaría una temporada más, de nuevo esa misma final pero ante el Birmingham City. En un partido marcado por los nervios, los citizens se imponían 3 a 1 en el marcador cuando en el minuto setenta y tres se produjo una importante incidencia.



Trautmann salió a tapar un balón del extremo izquierdo del Birmingham, Peter Murphy, con tan mala suerte que la rodilla derecha de Murphy impactó en el cuello del alemán. El golpe fue terrible. Bert resultó fuertemente mareado, aturdido y muy dolorido. Por entonces, no se permitían los cambios, así que aguantó hasta el final del partido sin poder ni siquiera girar el cuello. En esos diecisiete minutos restantes, el alemán realizó varias paradas de mérito que engrandecieron su leyenda, además de sufrir otro choque con un compañero de equipo y tener que ser reanimado para continuar jugando. Tras el partido confesó que aquello fue como “jugar con niebla, no veía el balón”. Trautmann estrenó su palmarés y celebró el banquete nocturno en el desconocimiento de lo que sabría días después. Tenía el cuello roto, se había dislocado cinco vértebras de la columna, rompiéndose la segunda y salvando su vida por escasos milímetros. La lesión requirió de muchos meses de recuperación y no le dejó volver al grandísimo nivel que había mostrado hasta entonces. Además, poco tiempo después de la final, Trautmann perdió a su hijo John, de cinco años, en un accidente de coche. Esta trágica circunstancia acabaría desembocando en el divorcio con su mujer.

Un simple bache en el autobús 
de camino al banquete de celebración
podía haber terminado con la vida de Trautmann

Los años venideros, Bert asistió entre premios y reconocimientos a su declive futbolístico. Fue el primer extranjero en recibir el premio al mejor futbolista del año. Su Manchester City fue reduciendo su rendimiento hasta descender de categoría en 1963. Un año después, Trautmann dejó el City con un emotivo partido homenaje contra el United con Charlton, Law y Best presentes. Tras un paso testimonial por Wellington y Hereford (dos partidos y fue expulsado por mala conducta), el alemán decidió iniciar su carrera en los banquillos. Stockport County fue su primera parada hasta que, en 1967, volvió a Alemania, al PreuBen Münster. En los setenta trabajaría para la federación alemana en países pobres sin infraestructuras futbolísticas (Tanzania, Yemen, Liberia, etc.) llegando a ser el entrenador de Burma. Su periplo terminó con su retiro profesional en 1988, cuando se asentó en España.




En una coqueta casa en la playa de Almenara (Castellón), Bert Trautmann vivió los últimos años de su vida junto a su tercera esposa. Desde allí, pudo trabajar en la Fundación Trautmann para mejorar las relaciones entre Inglaterra y Alemania a través del fútbol, llegando a recibir por ello la OBE del Imperio Británico. Él siempre estuvo muy agradecido a los ingleses, por acogerle y ver en él un ser humano antes que un prisionero de guerra, reconociendo sentirse “en casa” cada vez que volvía a Gran Bretaña. Sin embargo, conservaba ese tópico orgullo alemán cuando recordaba, en sus últimas entrevistas a El País y Panenka, las 27.000 personas que fueron a ver su debut en el filial del Manchester City. “He seguido viendo los partidos del City. Es mi equipo”.

La tranquilidad de la zona, la compañía de amigos alemanes (jamás aprendió español) y el buen clima le ayudaron a tomar la decisión de quedarse en España. Se hizo propietario de un viñedo y se dedicó a ver fútbol, dar paseos en bici –aún con dolor de su lesión- y disfrutar de sus recuerdos. Como aquel concierto de la Filarmónica de Berlín en el que se encontró con la Reina de Inglaterra y ella le preguntó por su cuello. O como aquellas palabras en las que Lev Yashin le equiparaba a él mismo.


El pasado 19 de julio, Bert Trautmann falleció en su casa de Almenara a la edad de ochenta y nueve años. En los últimos meses ya había padecido dos infartos, tras los cuales había insistido en continuar con su rutina diaria. Y lo había hecho sin mirar atrás, al igual que escapó de los dos bandos enfrentados en una guerra mundial. Y lo había hecho sin complejos, como cuando se presentó bajo silbidos e insultos en el césped de Maine Road para comenzar una nueva vida. Murió Trautmann entre condecoraciones y satisfacción personal a pesar de haber recibido los peores golpes que uno puede sufrir en vida. Y murió sin darnos la receta de cómo desterrar el odio y convertirlo en orgullo y paz. Quizás la respuesta se la dio la portería. Quizás siempre hay que mirar hacia adelante.











Artículo extraído del nº12 de Lineker Magazine:



martes, 20 de agosto de 2013

Buscando la llave




Tuerzo ligeramente el gesto al pensar en el dilema. De acuerdo en que estamos en la Premier League, aquel lugar donde el fútbol llega al fondo y no se queda en la forma. Aquel verde, en césped dentro y fuera del terreno de juego, donde el fin no suele justificar los medios. Aquel intenso y precioso microcosmos donde asimilan que todo lo que comienza, tiene por definición una terminación. Football is life. Nadie es eterno y siempre hay un sucesor. Más que una historia, es la saga de nunca acabar. Ahora bien, pasemos de la melancolía al pesimismo

Si obviamos la tranquilidad y mesura habituales en Inglaterra respecto a la naturaleza de los proyectos y sus objetivos, podríamos pensar en el enorme vacío que hay al otro lado de la ventana por la que miraba Alex Ferguson. Y es que un habitual de Old Trafford puede creer, con todo fundamento, que si resultará complicado cubrir el hueco del escocés como guiñol mediático de la competición, podría ser trabajo imposible de pintores y delineantes futbolísticos dibujar y colorear un nuevo United tras el agujero negro que deja Ferguson. Veintiséis años de minería de sabiduría.

¿Quién manda ahora?, ¿quién ficha? ¿Presionará Moyes al cuarto árbitro como hacia el Sir? Sin ánimo de infravalorar, ¿manejará adecuadamente los tiempos en el trato de la plantilla que mejor mezcla aceite y agua? Lo importante no es saber que Ferguson mandaba (y mucho), lo cual es de orden público. Se me antoja que la clave estará en conocer dónde y cómo lo hacía; resolver el modo en que un señor visceral y aparentemente inexorable era capaz de tocar el acordeón diablo, a veces más y a veces menos virtuoso, pero casi siempre infalible en sus notas. No tendrá más remedio Moyes que acelerar el estudio del hábitat. Las relaciones con todos los niveles de empleados, los ritmos del club, los protocolos acorde al puesto que ostentará. Mientras lo haga, con muchos tictac de reloj y sin darse cuenta, quizá encuentre -sin buscar- la clave que le acerque al triunfo absoluto, aquella vieja lámpara con la que iluminar el rumbo del barco.

Lo complicado para Moyes es que la llave que abre todas las puertas es la misma que cierra el laberinto. Se preguntará el bueno de David cómo mostrar un nuevo y brillante trazado copiando las formas del anterior, grabado además a fuego en la mente del aficionado mundial. Un tipo con pinta de buen muchacho y de muchacho bien, de alumno avanzado, de padre enrollado y cuñado consejero (de los de verdad, escasos) seguramente sabrá dar los pasos en la dirección correcta y con la fuerza adecuada, aunque es más fácil admirar la sombra del Sir que escapar de ella. El peso del tiempo y de la gloria alcanzada por Alex Ferguson recaerá en la espalda de Moyes, guste o no. 

Lo que no sabemos es si le causará dolor. Al fin y al cabo, es simplemente un entrenador. Un hombre que manda correr, reparte petos y goza de una profesión en la que el mayor triunfo es la ausencia de fracasos. Un tipo generalmente odiado y, a veces, respetado cuya misión consiste en ir saltando de apoyo en apoyo para no caer ahogado entre insultos y presiones, como hacían aquellos supervitaminados orientales en cierto programa televisivo de los noventa. Como ha hecho Sir Alex Ferguson. Recuerdo los noventa. Vuelvo a torcer el gesto. Suerte, David.

@joseportas

Artículo extraído del suplemento especial sobre Sir Alex Ferguson de Lineker Magazine:


viernes, 26 de julio de 2013

Hablar sobre el silencio


El silencio es un amigo. Es ese fiel compañero al que se le recuerdan cagadas inoportunas, pero que resulta difícilmente perturbable. Siempre ofrece lo mejor de sí mismo para darle a uno la tranquilidad necesaria, el reposo adecuado, como una máscara que todos necesitaríamos para dormir durante un día eterno. El silencio es un favor que no solemos agradecer.

Nos acostumbramos a definir reacciones, a sobreactuarlas o, de un modo casi obsceno, a etiquetarlas. Y todo ello en la celebración pública del ruido, en la tozudez mediterránea de la expresión, lo que muchos definen como "la alegría de la vida". Hablo de gritos, de llantos solidarios, de acusaciones y de respuestas kleenex purgadas entre toneladas de decibelios en terrazas anónimas y virtuales.

Sin querer parecer intolerante ni cambiar la realidad cultural que nos rodea, servidor se pregunta lo qué pasaría si estudiáramos el silencio. Si fuéramos capaces de compartirlo, de entendernos sin palabras, en ese terreno áspero y baldío donde los españoles nos movemos como hipopótamos en el desierto, donde cualquier inocuo monosílabo es una gota de agua bendita. No sería competencia, sino aditivo. 

Podría ser un silencio diario o uno circunstancial, uno personal o eventual. Podríamos hablar sobre el silencio, como quien amuebla una casa sin perder los cimientos. Estaría bien pasar de considerarnos buitres territoriales, aislados en roquedos y rodeados de nuestra individualidad, a vernos como gaviotas sobrevolando el mar, como compañeros de viaje de la película más real.

Invita a pensar sobre ello. Y a hacerlo en silencio, lo que es una gran compañía. Es agradecido, como la brisa que refresca un funeral en julio. Y es necesario, un repostaje de sensaciones que resulta fundamental aquellos días en los que la vida escupe hacia arriba. Creo en el silencio como el mejor apretón de manos, como el contrato más legal o como la ayuda más efectiva. Incluso como placebo de las palabras que sobran (que en ciertas situaciones, son todas).

Resulta paradójico reivindicar un silencio aporreando groseramente un teclado. Pero como dije al principio, el silencio es un amigo, no me lo echará en cara. Recomiendo tratar con él.


Y es que podéis creerme. En ocasiones, lo mejor es callarse.


lunes, 8 de julio de 2013

Imagine: Salto de fe



Imagino que se lo explicaron en algún momento de su vida. La educación, el respeto, el trabajo y la actitud adecuada. Conceptos utilizados para construir un edificio pero generalmente insuficientes para amueblarlo. La proteína del hombre no asegura el triunfo. Lo que antiguamente se conocían como valores se ha extinguido con el paso de los años, engullidos por la falta de barreras, la educación sin tiempo y la información sin comunicación. Lo que se conoce como los efectos menos beneficiosos de la democracia menos hiriente. Tantos “menos” y “sin” no pueden ser buenos.

A pesar de presentarse aquella noche con el aval de su ideario perfectamente claro, le iba a costar al míster contener sus instintos y no envenenarse a sí mismo. Era uno de esos momentos en los que todos nos preguntamos el motivo de que nos sucedan ciertas desgracias, el porqué de padecer decisiones discutibles y giros caprichosos de suerte. Hay gente que piensa que el azar es duro con aquellos que pecan de buenos. De silenciosos o de complacientes, incluso de tibios. En el fútbol también pasa. Los mártires se crean solos.

El entrenador caminaba parcialmente deshecho por el túnel de vestuarios. Se intuía cierta endeblez en su movimiento, un desaire a su formalidad y a la injusticia que, en opinión de la afición, había sufrido su equipo. Retenía sus impulsos, escondía sus puños, mostraba su sonrisa de un modo constante y nervioso, como quien acaba de subir por primera vez a la montaña rusa más peligrosa.

Apoyó su cuerpo en el pasillo antes de hacer acto de presencia en la rueda de prensa. Daba la sensación de que el cuerpo respiraba porque su dueño le dejaba, forzado e insurrecto a dejarse llevar por la maquinaria. Decenas de piernas recorrían sin parar aquel doloroso pasillo como un torrente sanguíneo alterado. Pero, para el entrenador, el tiempo se había detenido. Buscaba respuestas pero no tenía claro qué preguntas formular, así que se dio un minuto para pensar en sí mismo. Para recordar su carrera y preguntarse el porqué de sus cimientos. Intentó recordar por qué había antepuesto siempre la palabra al grito, por qué prefería esconderse tras el humo de las bombas ajenas a lanzar las suyas propias.

En esos segundos, concluyó el entrenador que lo suyo era un cuento de hadas entre redes, una especie de utopía clásica que sobrevive en la sociedad de las conspiraciones por whatsapp. Le pareció bonito y digno de mención. Le pareció tan ingenuo como elegante. La pareció un camino tan precioso que siempre existirían tramposos, vagos y prácticos que le pondrían barreras. Pero para eso estaban los caballeros como él, para saltarlas y abrumar con su fe. Replanteándose si había elegido la profesión correcta, el míster entró en la sala de prensa, se sentó, aclaró su garganta y ante la primera pregunta respondió:


-     Han sido mejores, no tengo nada que objetar.


Artículo extraído de Lineker Magazine 11:

lunes, 3 de junio de 2013

Imagine: Beckham, el humano





Imagino que no hay cansancio sin esfuerzo, como no existe la riqueza sin la pobreza. La presencia del término medio no se entiende sin el egoísmo de los extremos, reflejos de miserias y de pecados y espejos de la condición humana. La percepción de altitud que tiene un piloto no puede ser la misma que la concebida por alguien que jamás ha volado. Y precisamente de alturas vamos a hablar, con la diferencia de identificar el objeto volador y, ya que estamos, el responsable de elevarlo a la soledad más bella. Aquello ocurrió una tarde de septiembre en el sur de Europa. Lo llamaré “aquello” pecando de simplista, me disculparán. Fue un golpeo, una idea. No fue necesariamente lo mejor que exhibió a lo largo de su carrera, pero con el tiempo se ha convertido en la postal de recuerdos que tengo de este ya exfutbolista.

Se movía siempre como una gacela, ansiando libertad. Y aquella tarde no fue una excepción. Corrían ríos de tinta alimentados por los debates externos sobre la posición más adecuada para realizar su trabajo. Él, ajeno a ello (por desinterés o por causas idiomáticas, vaya usted a saber), iba a mostrar lo que siempre supo hacer mejor que nadie. En pleno ataque y entre trote y trote por la banda, recibió un balón suave del tipo con el que compartía demarcación, sueldo, padrino y -apuesto que- crema de afeitar. En ese preciso momento, comenzó.

En apenas una décima de segundo, la mirada encontró su objetivo. Sin dejar de avanzar, ejecutó el movimiento de golpeo más maravilloso visto en este siglo. La perfección hecha armonía. Más sutil que rápido, más preciso que veloz. Y sin embargo, sucedió en apenas un instante. El 23 mandó el balón a unos cuarenta metros de distancia, con una trayectoria diagonal al rectángulo de juego y con la caída planeada (y ejecutada) en la paralela al punto de penalti, ligeramente escorada al lado izquierdo. Tras menos de dos segundos en el aire, el objeto volador caía “casualmente” a los pies del maestro francés, agradecidos ambos de encontrarse en el lugar y momento adecuados. Lo que pasó después es otra historia dominical de final feliz.

La característica que más destaca en aquellas personas que alcanzan la élite profesional es, sin duda, la naturalidad. A veces nos asombra comprobar la apariencia de normalidad con la que algunos firman tratados de paz, descubren vacunas, actúan en estadios repletos o marcan goles en finales. Bendita llaneza con la que nos damos cuenta de que los detalles completan la vida, la nuestra y la suya. Bendita imaginación con la que me convenzo de que estrellas, como el aquí recordado, hacían del trabajo diario su gasolina; tiraban de orígenes para recordar el sudor, base y componente de su estatus. Luego, durante, y alrededor, vino todo lo demás. Pero abandonen la superficialidad para echar un vistazo al fondo. Aquel que nos dice que en el libro de instrucción de vuelo, el primer capítulo nos ayuda a fijar los pies en el suelo.

Todos somos iguales ante un balón. Pero a la hora de golpearlo, dentro de los superdotados, hay un hombre que ha hecho del proceso la mejor película, de la fotografía la pintura más admirada. Todo muy manual, sumamente artístico, demasiado elegante para emparentarlo con silogismos industriales.

Ya no habrá más carreras del 23. Ha decidido disfrutar de la libertad sin fin, golpear cuando le plazca, vivir de su don sin explotarlo como hasta ahora. De lo más natural, como las lagrimas en el cielo. Imagino que los balones lloran porque no volverán a volar como antes.


Artículo extraído del nºX de Lineker Magazine:

miércoles, 22 de mayo de 2013

Leighton




Leighton fue un niño cortado. Le encantaba el fútbol, era su válvula de escape para esa burbuja que todo chico se crea; sin embargo, su timidez le provocaba problemas para pedir jugar en el recreo y llegó incluso a retardar su entrada en el equipo del colegio. Aún así, acabó cogiendo ese tren. Y es que a Leighton le gusta viajar y, sobre todo, mirar, observar desde su peculiar idea de este deporte. Para él, el fútbol no lo es todo.

Y ahora, Leighton se considera un tipo afortunado. Con su mirada desprendiendo desconfianza, sus pensamientos resultan más afables. Sabe que ha tenido suerte y por eso expresa continuamente su agradecimiento a Sid Benson, el ojeador que le llevó al Wigan, y al propio club y afición latic. Leighton sabe que ahí comenzó el viaje y que los cinco años que pasó en la ciudad norteña le ayudaron a ponerle perspectiva a todo lo que vive hoy en día.

Nació en Liverpool y se siente scouser como pocos. Se toma a risa los problemas de filosofía deportiva que provocó en su hogar al fichar por el Everton. La familia entera de Leighton era aficionada del Liverpool y continúa siéndolo…excepto su padre. John Baines, albañil de profesión, decidió enfundarse la bufanda del Everton en cada partido que juega su hijo. El resto no muestra compasión alguna por el futbolista de la familia. Leighton afirma que “cuando eres de Liverpool, eres de un equipo o de otro. No de ambos. Eliges un equipo y continúas con él hasta el final. Eso es así”.

Como si su melena estacional le hubiera, paradójicamente, abierto los ojos, Leighton tiene como principal hobby la música. Bob Dylan, The Beatles, Pink Floyd o Paul Weller resuenan continuamente en su cabeza y en el blog oficial del Everton en el que escribe. Su mujer confiesa que subir en el coche de Leighton es como viajar en el tiempo. Y es que es de conocimiento público su apariencia de Doctor Who, como si nos mostrara que viene de otro lugar donde las prioridades son otras. Un sitio donde el fútbol es sólo un medio de disfrute y nunca el fin.

Como decíamos al principio, Leighton sabe que no todo es fútbol. Y aunque, en ocasiones, se le ha tachado de poco ambicioso, su mirada aviesa reconoce un horizonte lejano, marcado por cierto carácter juguetón. Munich, Manchester…sea como fuere, Leighton lo afrontará con la naturalidad que le caracteriza, como cuando reconoce que se encerraba en el cuarto de su hermana a escuchar a las Spice Girls. ”Nunca sabes cómo de cerca está el punto en que debes bajarte del tren. En realidad, nadie lo sabe”.


lunes, 13 de mayo de 2013

Imagine: El carraspeo


Imagino que el cuerpo entiende más de lo que sucede ahí fuera. Y no miente. Es caprichoso y hasta ególatra; se lesiona cuando más lo necesitas y se vuelve hiperactivo cuando debes descansar, como una mascota a la que hay que alimentar a su antojo. Una locura incontrolable, vamos. Cuando las cosas van mal, tienes ese carraspeo. Cuando las cosas van mal (que es un aforismo de ir muy por debajo en el marcador) el cuerpo se destensa, se cabrea más que tu mente por difícil que parezca. Y cuando llega el silbido final, el carraspeo de los días de resfriado se agudiza, por veraniego que luzca, por húmedo que fluya. Ese carraspeo que intenta ortodoxa y fracasadamente evitar el paso del enfado muscular a la patología mental; pero al fin y al cabo, el cuerpo no tira piedras contra su propio tejado y, como el ejército mejor armado, requiere de la mayor uniformidad para tomar decisiones. En el minuto que va desde el pitido final del árbitro hasta el primer halo de sombra del túnel de vestuarios, se concreta la ósmosis de malestar en tu interior. Te sientes hecho una mierda y, además, quieres estarlo. No hay engaños.


Siempre fuiste un tipo constructivo. Para ti nunca se pasan momentos críticos, sino que se preparan los preludios de los buenos. Es por eso por lo que no dramatizas. No lloras, no tuerces el gesto y ni se te pasa por la cabeza teatralizar una derrota, por mucha fuerza con la que angustie a tu sistema digestivo completo. Siempre pensaste que gritar es una pérdida de energía y que saber perder es más práctico que llorar. Así que por el camino al túnel, das la mano a todo aquel que te la ofrece. Incluso acabas estrechándosela a algunos miembros del cuerpo técnico contrario. Gente de la que no conoces la más mínima de sus labores sobre el campo de fútbol. Y, aunque parece darte igual, comienzas a hipocondriar la derrota. Pasan tres crecientes segundos en los que crees de un modo ferviente que te falta carácter. Esa sensación de verdad que sólo has sentido cuando tu padre te habla en serio o cuando estás dominado profundamente por el alcohol. ¿Por qué les das la mano? Asimilas tanto este nuevo viejo mandamiento que sientes hormigueos en las manos, como el que ha recibido una mala noticia. Eres un blando.

A cinco metros del túnel, la nueva fe se muestra invisible y dominadora como la bruma del desierto. Levantas la vista y buscas un apoyo en la grada, una palmada en el hombro, un minuto en el tiempo. Pero la ayuda no llega. El cuerpo te convence de que te cuesta respirar y te roba las respuestas a las preguntas que no quieres hacerte. El carraspeo se acentúa y cementa tu respiración. Y como la marioneta peor maquillada, giras la cabeza a la derecha sin conocer el motivo. Te recibe el entrevistador a pie de campo. Para algunos es la claqueta inicial. Para otros, simplemente el periodista más cercano. Para ti ahora mismo es peor que todo eso. La avispa de la piscina, el metrobús imantado, el trozo de carne con hueso. El cuerpo lo sabe y cuando te dispones a responder amargamente a las estupideces de turno, te impide hablar. El dique que ha montado en tu traquea no te deja conectar palabra. Cuatro segundos después, te disculpas con el entrevistador y enfilas el túnel, agradecido a tu cuerpo, al fiel compañero que te salva sin perder valor, que te permite una salida de total integridad. Sin lágrimas, sin artificialidad. Sin mentiras.

@joseportas

Artículo extraído del nºIX de Lineker Magazine:


martes, 16 de abril de 2013

Tratado de un pesimista




La palabra de hoy es mal. Y es que algo va mal. Puestos a repetirnos, el mal siempre ha estado ahí. Presenció, presencia y presenciará. “El mal está ahí fuera, acechando”, te decían de pequeño. Bueno, en realidad no con esas palabras, pero eso te daban a entender con la protección que ejercían sobre ti. En los ochenta, uno crecía con el mal como figura lejana; estaba, pero no lo veías, existía pero no lo notabas. La blancura de Disney y la, por entonces, agradecida deferencia con la inocencia infantil te hacían imaginártelo más que presenciarlo.

Los primeros pensamientos razonados visualizan el mal como un demonio ajeno, algo oscuro, una cualidad que no es de nadie y susurra hablando consigo mismo bajo un árbol y escondiéndose de los demás, como un indígena que escapa convencido de su extinción forzada y de su marginalidad. Pero al final, inevitablemente uno crece y empieza a toparse de bruces con él. En el bosque hay muchos defenestrados y pocos árboles tras los que esconderse. Y cuando dejas atrás la infancia, llega la curiosidad, el riesgo o el placer, que te venden como algo a evitar porque son malos, pero tú, como por entonces eres idiota, te confundes.

Tu cerebro lo modela en forma de brazos levantados o injusticias sociales, lo imagina durante clases de tono unánime, lo presencia en forma de metástasis acelerada. Entonces, empiezas a creer que el mal es un tipo de capa gelatinosa que recubre el mundo entero a imagen y semejanza de su némesis (no me queda claro que podamos llamarlo bien); son dos caras del mismo objeto, un par de versiones distintas, enfadadas entre sí, pero ambas pertenecientes a una realidad siempre ambigua.

Al fin y al cabo, vivimos en un mundo turbio lleno de paradojas y contradicciones, algunas curiosas y otras simplemente hirientes. Nos ha tocado presenciar y protagonizar la era de las comunicaciones y apenas hablamos. Estamos en la época de la información y no se informa. Hoy en día, tenemos la formación, educación y comprensión necesarias para avanzar todos en la dirección correcta. Sin embargo, las flechas de movimiento y mentalidad suelen enfrentarnos los unos a los otros. Reclamamos individualmente sensibilidad frente a sucesos desgraciados a través de impuestos de cifras. Te piden empatía a partir de un determinado número o nacionalidad de muertos y lo llaman justicia. Un mundo que establece y busca prioridades de sangre es un mundo enfermo.

Nos hemos embarcado en una carrera económica, elitista y sin sentido, con las manos llenas de necesidades y comodidades que vamos perdiendo como gotas de sudor sin diferenciar unas de otras y creemos tener la autoridad moral para denunciar que algunos se han quedado atrás en esa carrera y señalar a los culpables. Resultan ser los hijos de los fundadores de la competición cuyas reglas aceptamos la enorme mayoría. No dejamos de confundir practicidad con utilidad, avaricia con progreso, egocentrismo con desarrollo personal y trabajo con dedicación. Los inútiles destrabajan, los preparados desocupan. Este mundo lleva tiempo siendo un mundo de mierda porque ya nadie hace algo porque sí. Convertimos la queja en nuestro modo de vida y nos olvidamos de que nuestro discurso es nuestra tarjeta de presentación con todos aquellos que pasan un solo segundo en nuestra compañía. Se habla de lo profundo de la crisis económica y no de lo hondo que hay que excavar para llegar a vislumbrar los valores que nos hacen dignos y que la agresividad de nuestra sociedad ha enterrado gradualmente.

Celebramos lo más dantesco de nuestra condición. Alzamientos en guerras, cabezas cortadas, victorias de posesión…ya uno no sabe ni cuándo es fiesta ni el porqué de cada una. La personalidad humana ha llegado a tal umbral de miseria que convertimos la tristeza en nuestro motor de crecimiento e inspiración. Las mejores películas deben ser, por definición, dramáticas. Las críticas musicales más benevolentes se dirigen a aquellos que arrastran su sentimiento en letras embarradas que te hacen sentir como un pedazo de mierda. Duele ver cómo las imágenes destacadas de cada año se basan en el dolor en los países en guerra, en la proyección del sufrimiento familiar como foco de repartición de sentimientos. A todos nos debe parecer la mejor, la que más nos conmueve. Y poco a poco, lo extraordinario se convierte en normal.

Anoche una imagen me perturbó el sueño. Unas bombas provocaron el caos en Boston, una ciudad que siempre me ha gustado. Tiene alma, color y carácter. El foco de aquel suceso fue la llegada del maratón internacional. Uno, que sigue siendo el mismo ingenuo de los ochenta, continúa pensando en el deporte como la faceta más alejada de cualquier trazado bélico de nuestra vida. Dejando de lado los instintos competitivos de unos pocos locos que llegan a convertirlo en su profesión y los fanatismos estúpidos de aquellos incompletos, el deporte es bien.

Es superación sana y adicional, es conciliación y diversión, es el significado endémico de la palabra deportividad. La maratón se fundó como una alegoría de la superación humana y no ha perdido ni una pizca de peculiaridad en la época moderna. Se trata de una fiesta que acepta hombres, mujeres, niños, adultos, profesionales, aficionados, católicos, musulmanes, banqueros, desahuciados, etc. Y lo hace sin pedir identidad y exhibiendo alegría y colorido en un día colectivamente reconfortante, en una especie de celebración eurovisiva-deportiva pero de mucho mejor gusto.

Y de repente aparece el mal. Ayer en Boston y todos los días en otros muchos lugares. Y recuerdas que te escondían de él, que te hacían imaginártelo. Te alejaban de la parte podrida del mundo porque te decían que el mundo es injusto. Pero tú, ahora, enarbolas la bandera de la rendición. Con el nihilismo como principio y la hartura como mecha, dices basta. El mal gana, como en las pelis buenas. Y ya no tienes la sospecha, sino la certeza de que el mal no está ahí fuera, acechando. El mal está dentro. De todo y de todos. De ajeno no tiene nada. Y como buen tapado, revienta constantemente a los pobres bienintencionados. Dejemos en paz al mundo, que ofrece lugares y momentos maravillosos y no tiene la culpa de que una especie avariciosa, arrogante y profundamente contradictoria lo haya adulterado.

La imagen que ayer me peleaba el sueño era la de una niña de ocho años fallecida en el momento de la explosión en la meta de la carrera de Boston. La fotografía no era del día de ayer, sino de una carrera anterior, la típica que se incluye adjunta a la noticia de cientos de medios y que prefiero no reproducir aquí para no amargar el día o el café de nadie. Es tan fácil ver, oír o sentir lo que marcha mal en el día a día que apenas recuerda uno lo bueno que tenemos. Y esa cara comienza a desertar. Empieza a ser, ya es, algo ajeno, suplantada por la dura realidad, escondida detrás de un árbol junto a la ingenuidad del que sueña o la inocencia del que comienza a vivir. ¿El mundo es difícil? No, lo somos nosotros.


lunes, 15 de abril de 2013

Imagine: El mármol de Rooney




Imagino que en una noche de Champions League se intenta mantener la misma concentración, los mismos procedimientos, tan tribales como profesionalizados, algo paradójico. Y todo ello con la idea de normalizar la tensión, un absurdo como concepto y un peligro muscular y vascularmente si se acepta como realidad. Imagino que, en una noche así, todos estamos destemplados. En un vestuario, los nervios fluyen como los conatos de memorizar los deberes que tocará hacer sobre el césped, de aprenderse la lección. Y acaban siendo sólo intentos porque los futbolistas somos instinto y no razón. Incluso los más académicos conocen las respuestas sin tener que repasar el recuerdo. Las tripas les dicen cuando soltar el balón.

En un vestuario, los pechos y las manos chocan, como las miradas se unen fugazmente como gesto inequívoco de confianza. Se agradece esa seguridad en citas como éstas, en las que alguien afortunado como un futbolista puede llegar a sentir miedo. El miedo debería ser un fugitivo en esta profesión.

Me gustan los rituales. Me gusta hacer algo que me lleve a ser alguien. En los instantes previos a los grandes partidos, sólo hay un momento que me haga sentir la grandeza de lo que voy a vivir. Sólo uno. Me siento en el banco helado del vestuario local de Old Trafford, respiro y pienso en lo que vendrá después del partido. En la estrella del equipo contrario con la que intercambiaré mi camiseta, la cantidad de periodistas que me harán las típicas tópicas preguntas, los aficionados con los que me cruzaré a la salida del estadio y la expectación con la que me recibirá mi mujer en casa. Es el último momento de calidez

…que me permite el frío mármol del vestuario, el mismo que me recuerda lo eterno del club y del fútbol y lo efímero de mí mismo. Y ese tacto helado, esa sutil divergencia de texturas y colores entre mi pantalón y el impersonal mármol, es lo que me recuerda lo frío de este deporte. El fútbol es tan duro que el larguísimo y consistente camino que te lleva a la élite se convierte en el barranco más vertical en noches así. La recompensa es tan inabordable como el fracaso. Y eso es lo que me recuerda el mármol y su contagiosa refrigeración.

Entra el míster en el vestuario y da la alineación. Su gesto de nerviosismo se resume en la velocidad de centrifugado del chicle en su boca. Los que le conocemos bien, le calamos en segundos. Cuando llega a la delantera, no pronuncia mi nombre. Pero me mira. Supongo que es un gesto de esos que no deberían doler, pero lo hace. Imagino que busca mi confianza en esa decisión, pero me resulta imposible dársela. Imagino que ese es su ritual, ese es su momento de calidez emocional y es la última concesión que se da antes de su trabajo. No me queda más remedio que aumentar mi temperatura, meterme en el césped sin jugar y rezumar confianza. El mármol me recuerda que es noche de Champions League.


Artículo extraído del nº8 de Lineker Magazine:


lunes, 11 de marzo de 2013

Imagine: Un solo trago


IMAGINO QUE SERÁ ASÍ SIEMPRE. Que el pub esté absolutamente lleno para ver al City jugar en Peterborough una ronda de la FA Cup debe ser lo normal. Llevo un mes en Manchester y estoy en los preámbulos de incorporar la acepción de la normalidad a mi diccionario de vida. Normal es rascar el posavasos mientras esperas que sirvan la cerveza, como normal es comparar, mientras, los adornos y atrezos de las tabernas irlandesas de Inglaterra con las tabernas irlandesas de España. Hasta me empieza a parecer normal la tipología de parroquiano que se destila (y destilan) aquí; más altos, con más pelo y más sociables que en la península. Muestran una sonrisa natural, parece que agradecida con los trescientos días anuales de lluvia en esta ciudad. Y es que dicen que mientras que en España se huye de los problemas en el bar, en Inglaterra se acude al pub a arreglarlos.

Con la cerveza en la mano y cuatro libras menos en el bolsillo, me giro. Apoyo mi espalda en la barra, rematada con esa especie de ola de madera cuyo objetivo, deduzco en ese momento, es incomodar a todo aquel que quiera despreciar la vista del padre alcohol. Curvo la espalda muy despacio para amoldarme y mientras, CIERRO LOS OJOS. Doy un buen trago e intento recordar lo bien que sabe una pinta en los momentos dulces. Siento lo fresco del verano, lo acogedor del invierno. Trato de esforzarme para compatibilizar esas agradables inyecciones con la autonegación del alcoholismo. Intento disfrutar el exceso como si me pareciera a mí mismo un anuncio de Coca Cola. No resulta fácil, pero el ambiente invita a fantasear. Día duro, sudor en la frente… y sigo con los ojos cerrados. El segundo trago de cerveza es el pistoletazo de la carrera mental. Elevo ligeramente la cabeza e inspiro. Lo único que oigo es mi propia respiración, lidiando con el constipado que arrastro. De repente, y como si todos tuviéramos un indicador de volumen, comienzo a oír un murmullo. Alguien está girando mi botón, como si la cámara se acercara lentamente a su dedo y algo fuera a suceder. Se hace tan patente que no me queda más remedio que escucharlo. Son gritos, cada vez más y más fuertes. Parecen reclamos, incluso ánimos. Denotan nervios y emociones. Abro los ojos.

El pub está lleno de bufandas y camisetas celestes. Los ciudadanos han salido de la ciudad y han entrado en el pub, separados por la frontera de la ilusión. Respetan mi espacio vital pero se agolpan entre ellos, buscando el contacto, como si el sudor conjunto les ayudara a pasar un mal trago. Las miradas se concentran en la pantalla gigante, el lugar donde algunos buscan minutos y TODOS BUSCAN HÉROES. Mi respiración se entrecorta notablemente. No sé bien qué es lo que ha pasado. Esto no me parece nada normal. Pero me dejo llevar. Apenas noto la ola de madera en mi espalda y la cerveza parece haber hecho su efecto. Intento buscar un ápice de reflexión interna, algo complicado con la atmósfera de angustia que condensa el pub. Agacho ligeramente la cabeza y pruebo a pensar. Dos segundos de silencio interno hasta que un tsunami humano me engulle literalmente. Un trueno formado por mil gritos acaba con el respeto por mi espacio y, también, con mi preocupación por la más que segura conmoción que acabo de sufrir. No puedo sentirme mal entre tanta algarabía. Esbozo una media sonrisa un tanto nerviosa y me limpio la cara de la cerveza ajena mientras enfoco la mirada a la pantalla. Entre los cuerpos saltando, los hombres besándose y los pisotones de fiesta como si fuera su Nochevieja, apenas acierto a ver un chico moreno corriendo como un loco por la banda mientras parece querer utilizar su camiseta celeste como una honda moderna.

SILENCIO ABSOLUTO. Noto la ola de la barra en mi espalda. Noto la normalidad. He vuelto al miércoles. Al febrero húmedo que estoy más que sufriendo en Manchester. Mi vaso está casi lleno. Noto que los parroquianos me observan y comparten complicidad con sus miradas y con su inglés cuaternario. Y es que tengo la cara impregnada de cerveza, que gotea y gotea sin parar hasta un suelo que parece incluso más limpio que mi rostro. Levanto la vista y me fijo en la televisión. Va a empezar el partido del City y Agüero es titular. Lo normal, vamos. No sé qué ha pasado. No sé si vengo del pasado, del futuro o del viaje más evocador que ofrece la villa de la fermentación. Suelen decir que son fallos cerebrales. Me cuesta creer que algo tan jodidamente especial sea definido como un “fallo”. Pero seamos sinceros. Cuando el Kun te parece normal, es que algo no va bien.





Artículo extraído del nºVII de Lineker Magazine:
http://www.linekermagazine.es/lineker-magazine-7/

Twitter: @JosePortas

martes, 5 de marzo de 2013

¿Qué es un Manchester United - Real Madrid?




Un Manchester United - Real Madrid es un partido de fútbol de los de verdad. De verdad el partido y de verdad el fútbol.

Un Manchester United - Real Madrid es una reverencia a la historia del fútbol moderno, el mejor antídoto para ese odio eterno, muchas veces justificado excepto en noches como ésta. 

Un Manchester United - Real Madrid es un recuerdo dulce para cualquiera, una derrota que regatea lo amargo. Y no solo por el taconazo de Redondo. La invisible presencia de Van Nilsterooy, la perfección de golpeo de Beckham, la confianza en Raúl, la fe de Raúl, los cojones de Keane, el maltratado chicle de Ferguson mientras observa como un profesor en el patio durante el recreo, la clase de Scholes, las piernas de Ronaldo, los aplausos de Old Trafford....y si nos vamos más atrás, son Best, Puskas, Charlton y Di Stefano compitiendo por el trono continental. Casi nada

Un Manchester United - Real Madrid es la exposición pública del poder de una camiseta. Gigantes en los sesenta, volvieron al poder europeo en el primer lustro del nuevo siglo y se convirtieron en la eliminatoria más clásica de la historia de la Champions League para una generación entera. Aquello era un fútbol agradecido, un juego a meter más goles que el contrario. Un combate de ataques.

Un Manchester United - Real Madrid es la intensidad elevada a la enésima potencia. Es el respeto por la grandeza, por la enemistad bien entendida y por el fútbol más puro. Es la noche en la que el escudo de la camiseta parece cosido al cuerpo, bombeando al corazón el esfuerzo más superlativo.

Un Manchester United - Real Madrid es el olor a espectáculo, a historia, a prestigio. Es la sensación de que si nos tomamos el fútbol tan en serio es porque él nos lo agradece con partidos como éste.

Un Manchester United - Real Madrid es el partido que Ryan Giggs merece para salir al campo sintiéndose milenario.

Un Manchester United - Real Madrid es la mejor ocasión para agradecer que el fútbol naciera en Inglaterra.

Un Manchester United - Real Madrid es esa saga cinematográfica que siempre verás sin siquiera fijarte en los actores.

Un Manchester United - Real Madrid es mi mayor razón para sentirme aficionado a este deporte.


Twitter: @JosePortas



jueves, 14 de febrero de 2013

Imagine: Aroma industrial


Recuerdo la humedad. Y recuerdo el olor de la industria cercana de camino al trabajo. Lo recuerdo como si fuera ayer. El primer día en la oficina siempre es especial. Sobre todo si llueve y no tienes techo con el que taparte; al final, ese fino punteo en tu piel resulta agradable y la lluvia se convierte en tu compañera más íntima. Es fácil echar la vista atrás y recordar detalles; y si resulta tan fácil es porque los detalles se grabaron en los sentidos. El susurro del viento, la silenciosa compañía del agua que caía, los crujidos del colchón de hojas en el aparcamiento...todo era muy diferente a lo vivido hasta entonces. No detectaba el blanco de la nieve más allá de las ocasionales concesiones que me regalaba ese cielo gris. El calor del desierto qatarí no existía pero la gente parecía buscarlo en los pubs, según me dijeron desde un principio. Y las columnas gaudinianas parecían guardar filas ante sus generales, rectas, serias, ante la importancia del trabajo.

La ropa no fue problema; si acaso, una pequeña duda con la corbata, los tonos de azules podían llevar a equívoco así que opté por el negro neutral como presentación inicial. Nítido, moderno y elegante. Me sorprendió el cariño con el que me recibieron en las instalaciones e, incluso la propia prensa. Me alegró comprobar que el respeto no se entiende como pasarte la mano por encima del hombro, a lo soprano, sino que realmente comprenden tu condición privada y muestran de un modo casi obsceno su sometimiento, así que me resultó fácil atender con educación y sumo gusto a todo aquel que me requería. El idioma lo tenía un poco oxidado, algo escaso para manifestarme ante los jugadores, al menos como a mí me hubiera gustado. Fue cosa de semanas asentarme en ese sentido, el haber viajado tanto me ayudó inconscientemente.

Todas estas afirmaciones actuales eran vacilaciones en aquellos momentos. Éste del fútbol es un mundo de una duda continua, de una pregunta sin respuesta, de un partido sin fin. Pero al llegar a casa aquella noche, me sentí protegido a la par que preparado. Pensé que había elegido bien, que tenía el apoyo suficiente y que me debía a mí mismo el intentarlo. Todo lo que lograra sería un regalo para un amante del fútbol como yo y como la mayoría de los que me rodeaban por entonces. Así que aquella noche (y todas las que vendrían) dormí como suelo hacer en mis mejores condiciones. Poco y a ratos. Pero tranquilo, muy tranquilo.

Años después, no puedo más que agradecer, precisamente, aquel regalo. El fútbol y la pureza con la que me obsequiaron aquella gente, aquel país y aquella competición. En definitiva, una cultura. No sé si muy diferente, pero desde luego tremendamente reconfortante. Ahora, a escasos kilómetros del mar, disfruto de la humedad como del mejor cava. Hasta el aroma industrial me dulcifica el recuerdo. Y en ocasiones, cuando llueve, me invade la nostalgia por unos minutos. Son aquellos instantes en los que recuerdo a mi fiel compañera en mi agradecida aventura.




Artículo extraído de Lineker Magazine nºVI: 
http://www.linekermagazine.es/?p=1031

twitter: @JosePortas


El atrezo del fútbol


La igualdad anda infravalorada, con una inercia antinatural. Hoy cojean las emociones. En la carrera hacia el fin, el propio tiempo va en muletas, perdido, sin entender nada, sin saber quién le ha hipotecado. Vivimos en una sociedad donde la incompetencia alcanza las cotas más valoradas; donde el ejercer sin precio vale más que el saber sin interés. Esta corriente atañe al fútbol; esa lúdica y popular actividad que parte de la base del once contra once y de la división en edades y categorías, pero que queda desvirtuada, desde tiempos inmemoriales, por la selección depredadoramente natural del capitalismo deportivo.

Los peces gordos supieron ver el negocio desde el principio. Si el aficionado no puede pagar una entrada, le llevaré el partido al salón. Si el dependiente humano no aguanta sin catorce masoquistas repeticiones de un penalti, le ofreceré ojos en el césped. Si la novia se aburre en casa, la llevaré al cine. Hace ya tiempo que la agitación futbolística tiene un precio. Y no lo marca el juego, sino el atrezo que suele acompañarlo semana tras semana. Como una correa de oro para un perro cada día más triste. Sin embargo, hay pocos escenarios mejores que un campo de fútbol para asistir a los no tan metafóricos milagros, cuando la alteración abraza sus orígenes de la forma más auténtica. A veces, este deporte olvida su embalaje y nos muestra su mayor valor. Regala igualdad a los inferiores y les dedica la película más bella de su historia, aquella cuyo guión aumenta el tamaño moral de los pequeños con una inyección de felicidad; dopada y temporal, como la niebla que impide ver la realidad. Pero felicidad, al fin y al cabo.

El Bradford City jugará en Wembley la final de la Capital One Cup. Lo hará corriendo con la verdad de sus piernas y cegado por la niebla de Londres, la que promete el chupito de gloria en una cena inolvidable. Wigan, Arsenal y Aston Villa han cedido ante el elegido del fútbol inglés para el siglo XXI. Y nos gustan. Nos encantan ambos. El Bradford City y el fútbol inglés, ese juego de brutos que ha sabido estudiarse a sí mismo mejor que nadie. Es ese fútbol solidario que sabe cómo vestir el juego sin disfrazarlo. El protagonismo rueda conforme junto al balón y no marca las monedas en busca del rostro más fotogénico. Es el claro ejemplo de cómo acompañar sin desenfocar, de cómo crear una estructura organizativa de cara al césped. Si la novia juega, la dama de honor debe apoyarla desde la grada.

No podemos más que alegrarnos de que la ilusión tire el circo abajo, de que el regalo rompa violentamente el envoltorio con la lucha como bandera. Que nos perdone su rival, pero vamos con el Bradford City. El fútbol inglés no necesita atrezo alguno. Allí saben que el mejor maquillaje para la novia son sus lágrimas de emoción.


Artículo extraído de Lineker Magazine nºVI:
http://www.linekermagazine.es/?p=1031

Twitter: @joseportas

viernes, 4 de enero de 2013

Imagine: Verde Navidad


Me gusta el olor a puro. No fumo, nunca he fumado y nunca fumaré. ¿Y por qué lo agradable? Supongo que por los misterios de nuestra mente, por el regusto de cubrirnos de amargura. Por lo cambiantes que, al final, resultamos todos y por la vida que llevamos. No hay época más extrema que la Navidad. Se colorea por sí misma de momentos. Hay algunos instantes que recuerdo como si hubieran pasado en este siglo. En realidad, se repetían sucesivamente cada diciembre de finales de los ochenta. Las tardes terminales del otoño apenas respiraban entre deberes, entrenamientos y clases de inglés. El tacto de la vida era el de la arena del parque; el sabor lo ponía el guiso de mi madre, infravalorado entonces por la inmediatez que exigen los sentidos de un niño. El recuerdo de aquel guiso ha sido para mí como el mejor de los vinos. Cuanto más lejano ha ido quedando, más cerca lo he querido sentir al llegar cada Navidad. En esa época en la que regateas personas por la calle, sueñas regalos en forma de gol y cada noche es tan especial como las primeras veces, como los mejores fichajes, como las noches que se duermen al calor de la mañana más plácida. ¿Y a qué olían aquella vida? Pues olía a puro.

Tras días de espera y de cuentas atrás, llegaba la mejor tarde de miércoles. No importaba que te mandaran ponerte tus pantalones y zapatos más incómodos; ni siquiera que tu madre te peinara regalándote responsabilidad, ya que aquel día apenas ibas a poder mover tu cabeza con el fin de salvaguardar ese tesoro, de valor incalculable en aquel momento y maltratado por ti mismo cualquier tarde del resto del año. Ese pelo que, con el tiempo, indignado, se ha evaporado. Como lo hacía lentamente el tiempo durante aquel atardecer. Los nervios se agudizaban, compartiendo tensión con el coche de mi padre. No ayudaba que mis piernas colgaran del asiento del Opel Omega.

Dicen que en los recuerdos infantiles los espacios se agrandan en tu mente. Yo tengo sensaciones contradictorias al respecto. De camino, pasamos por una enorme y despoblada avenida a la que el tiempo se ha encargado de quitarle el disfraz en mis ojos, pasando a ser peliaguda, estrecha y dolorosamente transitada. Al acabar la experiencia sobre ruedas, comenzó el período sobre poleas. Recuerdo una rapidísima subida a lo alto de un rascacielos en un ascensor repleto con tres simples presencias (la mente continúa jugando con mi percepción espacial). Una vez arriba, las prisas cogieron el mando entre una luz verdosa, un olor a perfume caro y rancio, una abrumadora densidad de corbatas y un apretón de manos, previa cesión de entradas. Vuelta al ascensor, palabra que, por entonces, no formaba aún parte del argot futbolístico en mi simple y feliz mentalidad. Bajamos.

- Ya casi estamos – decía mi padre mientras agitaba gustosamente mi pelo. Mamá se iba a cabrear…

La siguiente etapa de mi recuerdo se define con movimiento. Estrés, ansiedad, electricidad pura alimentando todas las extremidades de mi pequeño cuerpo y resumidas en mi cabeza. No dejaba de mirar hacia arriba, hacia todos esos gigantes que me rodeaban y cerraban el camino. El pulso se agitaba y no podía ni pensar en los viajes de cada uno de ellos; suficiente tenía con apretar con fuerza la mano de mi padre. La noche nos había encerrado ya, como parecía hacerlo el gigante de cemento al que nos acercábamos.

Y entonces vino el momento que ciertos anuncios de televisión se han encargado de adulterar en mi mente. Intentando ser todo lo subjetivo e imparcial que uno puede ser con un recuerdo, soy capaz de evocar unos escalones grises, que incluso desprendían humedad al pisarlos con mis zapatos de gala. Tras una decena, surgió una fila de luces. Blancas, muy brillantes, las reinas del lugar. Y cuando acabaron los escalones, apareció el verde. El color más bonito que existe. Habíamos llegado a una inmensidad de color verde puro que pude disfrutar entre la firmeza de la mano de mi padre y el nervio de mis extremidades, que parecían querer separarse del resto del cuerpo y bajar a correr por el césped. Mi estado era de total y absoluta percepción. Y entonces, solo entonces, anclado al brazo de mi padre, comenzó el olor a puro. Era intenso y nuevo para mí; fue el perfume de aquel día.

El fútbol guarda una cualidad común con la Navidad. El exceso. Sobre excitaciones y ascensores entre emociones. Sobre alegrías y tristezas envueltas en una celebración tan imprescindible como arriesgada. Imagino que lo más saludable es quedarse con los picos de la montaña, sin restar extremismo a las caídas al valle. Imagino que lo mejor del fútbol es que tiene un secreto. Sabe cómo hacerte sentir el protagonista entre más de noventa mil personas. Sabe amordazar a la multitud para dejarte pensar en silencio. Y se disfraza de formol para guardar los recuerdos más especiales. Imagino el olor a puro. Ya es Navidad.


Ilustración de Bea Crespo
www.beacrespo.es


Artículo extraído de Lineker Magazine nº5:
http://es.calameo.com/read/00170973609218aa12d5f