martes, 20 de agosto de 2013

Buscando la llave




Tuerzo ligeramente el gesto al pensar en el dilema. De acuerdo en que estamos en la Premier League, aquel lugar donde el fútbol llega al fondo y no se queda en la forma. Aquel verde, en césped dentro y fuera del terreno de juego, donde el fin no suele justificar los medios. Aquel intenso y precioso microcosmos donde asimilan que todo lo que comienza, tiene por definición una terminación. Football is life. Nadie es eterno y siempre hay un sucesor. Más que una historia, es la saga de nunca acabar. Ahora bien, pasemos de la melancolía al pesimismo

Si obviamos la tranquilidad y mesura habituales en Inglaterra respecto a la naturaleza de los proyectos y sus objetivos, podríamos pensar en el enorme vacío que hay al otro lado de la ventana por la que miraba Alex Ferguson. Y es que un habitual de Old Trafford puede creer, con todo fundamento, que si resultará complicado cubrir el hueco del escocés como guiñol mediático de la competición, podría ser trabajo imposible de pintores y delineantes futbolísticos dibujar y colorear un nuevo United tras el agujero negro que deja Ferguson. Veintiséis años de minería de sabiduría.

¿Quién manda ahora?, ¿quién ficha? ¿Presionará Moyes al cuarto árbitro como hacia el Sir? Sin ánimo de infravalorar, ¿manejará adecuadamente los tiempos en el trato de la plantilla que mejor mezcla aceite y agua? Lo importante no es saber que Ferguson mandaba (y mucho), lo cual es de orden público. Se me antoja que la clave estará en conocer dónde y cómo lo hacía; resolver el modo en que un señor visceral y aparentemente inexorable era capaz de tocar el acordeón diablo, a veces más y a veces menos virtuoso, pero casi siempre infalible en sus notas. No tendrá más remedio Moyes que acelerar el estudio del hábitat. Las relaciones con todos los niveles de empleados, los ritmos del club, los protocolos acorde al puesto que ostentará. Mientras lo haga, con muchos tictac de reloj y sin darse cuenta, quizá encuentre -sin buscar- la clave que le acerque al triunfo absoluto, aquella vieja lámpara con la que iluminar el rumbo del barco.

Lo complicado para Moyes es que la llave que abre todas las puertas es la misma que cierra el laberinto. Se preguntará el bueno de David cómo mostrar un nuevo y brillante trazado copiando las formas del anterior, grabado además a fuego en la mente del aficionado mundial. Un tipo con pinta de buen muchacho y de muchacho bien, de alumno avanzado, de padre enrollado y cuñado consejero (de los de verdad, escasos) seguramente sabrá dar los pasos en la dirección correcta y con la fuerza adecuada, aunque es más fácil admirar la sombra del Sir que escapar de ella. El peso del tiempo y de la gloria alcanzada por Alex Ferguson recaerá en la espalda de Moyes, guste o no. 

Lo que no sabemos es si le causará dolor. Al fin y al cabo, es simplemente un entrenador. Un hombre que manda correr, reparte petos y goza de una profesión en la que el mayor triunfo es la ausencia de fracasos. Un tipo generalmente odiado y, a veces, respetado cuya misión consiste en ir saltando de apoyo en apoyo para no caer ahogado entre insultos y presiones, como hacían aquellos supervitaminados orientales en cierto programa televisivo de los noventa. Como ha hecho Sir Alex Ferguson. Recuerdo los noventa. Vuelvo a torcer el gesto. Suerte, David.

@joseportas

Artículo extraído del suplemento especial sobre Sir Alex Ferguson de Lineker Magazine:


viernes, 26 de julio de 2013

Hablar sobre el silencio


El silencio es un amigo. Es ese fiel compañero al que se le recuerdan cagadas inoportunas, pero que resulta difícilmente perturbable. Siempre ofrece lo mejor de sí mismo para darle a uno la tranquilidad necesaria, el reposo adecuado, como una máscara que todos necesitaríamos para dormir durante un día eterno. El silencio es un favor que no solemos agradecer.

Nos acostumbramos a definir reacciones, a sobreactuarlas o, de un modo casi obsceno, a etiquetarlas. Y todo ello en la celebración pública del ruido, en la tozudez mediterránea de la expresión, lo que muchos definen como "la alegría de la vida". Hablo de gritos, de llantos solidarios, de acusaciones y de respuestas kleenex purgadas entre toneladas de decibelios en terrazas anónimas y virtuales.

Sin querer parecer intolerante ni cambiar la realidad cultural que nos rodea, servidor se pregunta lo qué pasaría si estudiáramos el silencio. Si fuéramos capaces de compartirlo, de entendernos sin palabras, en ese terreno áspero y baldío donde los españoles nos movemos como hipopótamos en el desierto, donde cualquier inocuo monosílabo es una gota de agua bendita. No sería competencia, sino aditivo. 

Podría ser un silencio diario o uno circunstancial, uno personal o eventual. Podríamos hablar sobre el silencio, como quien amuebla una casa sin perder los cimientos. Estaría bien pasar de considerarnos buitres territoriales, aislados en roquedos y rodeados de nuestra individualidad, a vernos como gaviotas sobrevolando el mar, como compañeros de viaje de la película más real.

Invita a pensar sobre ello. Y a hacerlo en silencio, lo que es una gran compañía. Es agradecido, como la brisa que refresca un funeral en julio. Y es necesario, un repostaje de sensaciones que resulta fundamental aquellos días en los que la vida escupe hacia arriba. Creo en el silencio como el mejor apretón de manos, como el contrato más legal o como la ayuda más efectiva. Incluso como placebo de las palabras que sobran (que en ciertas situaciones, son todas).

Resulta paradójico reivindicar un silencio aporreando groseramente un teclado. Pero como dije al principio, el silencio es un amigo, no me lo echará en cara. Recomiendo tratar con él.


Y es que podéis creerme. En ocasiones, lo mejor es callarse.


lunes, 8 de julio de 2013

Imagine: Salto de fe



Imagino que se lo explicaron en algún momento de su vida. La educación, el respeto, el trabajo y la actitud adecuada. Conceptos utilizados para construir un edificio pero generalmente insuficientes para amueblarlo. La proteína del hombre no asegura el triunfo. Lo que antiguamente se conocían como valores se ha extinguido con el paso de los años, engullidos por la falta de barreras, la educación sin tiempo y la información sin comunicación. Lo que se conoce como los efectos menos beneficiosos de la democracia menos hiriente. Tantos “menos” y “sin” no pueden ser buenos.

A pesar de presentarse aquella noche con el aval de su ideario perfectamente claro, le iba a costar al míster contener sus instintos y no envenenarse a sí mismo. Era uno de esos momentos en los que todos nos preguntamos el motivo de que nos sucedan ciertas desgracias, el porqué de padecer decisiones discutibles y giros caprichosos de suerte. Hay gente que piensa que el azar es duro con aquellos que pecan de buenos. De silenciosos o de complacientes, incluso de tibios. En el fútbol también pasa. Los mártires se crean solos.

El entrenador caminaba parcialmente deshecho por el túnel de vestuarios. Se intuía cierta endeblez en su movimiento, un desaire a su formalidad y a la injusticia que, en opinión de la afición, había sufrido su equipo. Retenía sus impulsos, escondía sus puños, mostraba su sonrisa de un modo constante y nervioso, como quien acaba de subir por primera vez a la montaña rusa más peligrosa.

Apoyó su cuerpo en el pasillo antes de hacer acto de presencia en la rueda de prensa. Daba la sensación de que el cuerpo respiraba porque su dueño le dejaba, forzado e insurrecto a dejarse llevar por la maquinaria. Decenas de piernas recorrían sin parar aquel doloroso pasillo como un torrente sanguíneo alterado. Pero, para el entrenador, el tiempo se había detenido. Buscaba respuestas pero no tenía claro qué preguntas formular, así que se dio un minuto para pensar en sí mismo. Para recordar su carrera y preguntarse el porqué de sus cimientos. Intentó recordar por qué había antepuesto siempre la palabra al grito, por qué prefería esconderse tras el humo de las bombas ajenas a lanzar las suyas propias.

En esos segundos, concluyó el entrenador que lo suyo era un cuento de hadas entre redes, una especie de utopía clásica que sobrevive en la sociedad de las conspiraciones por whatsapp. Le pareció bonito y digno de mención. Le pareció tan ingenuo como elegante. La pareció un camino tan precioso que siempre existirían tramposos, vagos y prácticos que le pondrían barreras. Pero para eso estaban los caballeros como él, para saltarlas y abrumar con su fe. Replanteándose si había elegido la profesión correcta, el míster entró en la sala de prensa, se sentó, aclaró su garganta y ante la primera pregunta respondió:


-     Han sido mejores, no tengo nada que objetar.


Artículo extraído de Lineker Magazine 11:

lunes, 3 de junio de 2013

Imagine: Beckham, el humano





Imagino que no hay cansancio sin esfuerzo, como no existe la riqueza sin la pobreza. La presencia del término medio no se entiende sin el egoísmo de los extremos, reflejos de miserias y de pecados y espejos de la condición humana. La percepción de altitud que tiene un piloto no puede ser la misma que la concebida por alguien que jamás ha volado. Y precisamente de alturas vamos a hablar, con la diferencia de identificar el objeto volador y, ya que estamos, el responsable de elevarlo a la soledad más bella. Aquello ocurrió una tarde de septiembre en el sur de Europa. Lo llamaré “aquello” pecando de simplista, me disculparán. Fue un golpeo, una idea. No fue necesariamente lo mejor que exhibió a lo largo de su carrera, pero con el tiempo se ha convertido en la postal de recuerdos que tengo de este ya exfutbolista.

Se movía siempre como una gacela, ansiando libertad. Y aquella tarde no fue una excepción. Corrían ríos de tinta alimentados por los debates externos sobre la posición más adecuada para realizar su trabajo. Él, ajeno a ello (por desinterés o por causas idiomáticas, vaya usted a saber), iba a mostrar lo que siempre supo hacer mejor que nadie. En pleno ataque y entre trote y trote por la banda, recibió un balón suave del tipo con el que compartía demarcación, sueldo, padrino y -apuesto que- crema de afeitar. En ese preciso momento, comenzó.

En apenas una décima de segundo, la mirada encontró su objetivo. Sin dejar de avanzar, ejecutó el movimiento de golpeo más maravilloso visto en este siglo. La perfección hecha armonía. Más sutil que rápido, más preciso que veloz. Y sin embargo, sucedió en apenas un instante. El 23 mandó el balón a unos cuarenta metros de distancia, con una trayectoria diagonal al rectángulo de juego y con la caída planeada (y ejecutada) en la paralela al punto de penalti, ligeramente escorada al lado izquierdo. Tras menos de dos segundos en el aire, el objeto volador caía “casualmente” a los pies del maestro francés, agradecidos ambos de encontrarse en el lugar y momento adecuados. Lo que pasó después es otra historia dominical de final feliz.

La característica que más destaca en aquellas personas que alcanzan la élite profesional es, sin duda, la naturalidad. A veces nos asombra comprobar la apariencia de normalidad con la que algunos firman tratados de paz, descubren vacunas, actúan en estadios repletos o marcan goles en finales. Bendita llaneza con la que nos damos cuenta de que los detalles completan la vida, la nuestra y la suya. Bendita imaginación con la que me convenzo de que estrellas, como el aquí recordado, hacían del trabajo diario su gasolina; tiraban de orígenes para recordar el sudor, base y componente de su estatus. Luego, durante, y alrededor, vino todo lo demás. Pero abandonen la superficialidad para echar un vistazo al fondo. Aquel que nos dice que en el libro de instrucción de vuelo, el primer capítulo nos ayuda a fijar los pies en el suelo.

Todos somos iguales ante un balón. Pero a la hora de golpearlo, dentro de los superdotados, hay un hombre que ha hecho del proceso la mejor película, de la fotografía la pintura más admirada. Todo muy manual, sumamente artístico, demasiado elegante para emparentarlo con silogismos industriales.

Ya no habrá más carreras del 23. Ha decidido disfrutar de la libertad sin fin, golpear cuando le plazca, vivir de su don sin explotarlo como hasta ahora. De lo más natural, como las lagrimas en el cielo. Imagino que los balones lloran porque no volverán a volar como antes.


Artículo extraído del nºX de Lineker Magazine:

miércoles, 22 de mayo de 2013

Leighton




Leighton fue un niño cortado. Le encantaba el fútbol, era su válvula de escape para esa burbuja que todo chico se crea; sin embargo, su timidez le provocaba problemas para pedir jugar en el recreo y llegó incluso a retardar su entrada en el equipo del colegio. Aún así, acabó cogiendo ese tren. Y es que a Leighton le gusta viajar y, sobre todo, mirar, observar desde su peculiar idea de este deporte. Para él, el fútbol no lo es todo.

Y ahora, Leighton se considera un tipo afortunado. Con su mirada desprendiendo desconfianza, sus pensamientos resultan más afables. Sabe que ha tenido suerte y por eso expresa continuamente su agradecimiento a Sid Benson, el ojeador que le llevó al Wigan, y al propio club y afición latic. Leighton sabe que ahí comenzó el viaje y que los cinco años que pasó en la ciudad norteña le ayudaron a ponerle perspectiva a todo lo que vive hoy en día.

Nació en Liverpool y se siente scouser como pocos. Se toma a risa los problemas de filosofía deportiva que provocó en su hogar al fichar por el Everton. La familia entera de Leighton era aficionada del Liverpool y continúa siéndolo…excepto su padre. John Baines, albañil de profesión, decidió enfundarse la bufanda del Everton en cada partido que juega su hijo. El resto no muestra compasión alguna por el futbolista de la familia. Leighton afirma que “cuando eres de Liverpool, eres de un equipo o de otro. No de ambos. Eliges un equipo y continúas con él hasta el final. Eso es así”.

Como si su melena estacional le hubiera, paradójicamente, abierto los ojos, Leighton tiene como principal hobby la música. Bob Dylan, The Beatles, Pink Floyd o Paul Weller resuenan continuamente en su cabeza y en el blog oficial del Everton en el que escribe. Su mujer confiesa que subir en el coche de Leighton es como viajar en el tiempo. Y es que es de conocimiento público su apariencia de Doctor Who, como si nos mostrara que viene de otro lugar donde las prioridades son otras. Un sitio donde el fútbol es sólo un medio de disfrute y nunca el fin.

Como decíamos al principio, Leighton sabe que no todo es fútbol. Y aunque, en ocasiones, se le ha tachado de poco ambicioso, su mirada aviesa reconoce un horizonte lejano, marcado por cierto carácter juguetón. Munich, Manchester…sea como fuere, Leighton lo afrontará con la naturalidad que le caracteriza, como cuando reconoce que se encerraba en el cuarto de su hermana a escuchar a las Spice Girls. ”Nunca sabes cómo de cerca está el punto en que debes bajarte del tren. En realidad, nadie lo sabe”.


lunes, 13 de mayo de 2013

Imagine: El carraspeo


Imagino que el cuerpo entiende más de lo que sucede ahí fuera. Y no miente. Es caprichoso y hasta ególatra; se lesiona cuando más lo necesitas y se vuelve hiperactivo cuando debes descansar, como una mascota a la que hay que alimentar a su antojo. Una locura incontrolable, vamos. Cuando las cosas van mal, tienes ese carraspeo. Cuando las cosas van mal (que es un aforismo de ir muy por debajo en el marcador) el cuerpo se destensa, se cabrea más que tu mente por difícil que parezca. Y cuando llega el silbido final, el carraspeo de los días de resfriado se agudiza, por veraniego que luzca, por húmedo que fluya. Ese carraspeo que intenta ortodoxa y fracasadamente evitar el paso del enfado muscular a la patología mental; pero al fin y al cabo, el cuerpo no tira piedras contra su propio tejado y, como el ejército mejor armado, requiere de la mayor uniformidad para tomar decisiones. En el minuto que va desde el pitido final del árbitro hasta el primer halo de sombra del túnel de vestuarios, se concreta la ósmosis de malestar en tu interior. Te sientes hecho una mierda y, además, quieres estarlo. No hay engaños.


Siempre fuiste un tipo constructivo. Para ti nunca se pasan momentos críticos, sino que se preparan los preludios de los buenos. Es por eso por lo que no dramatizas. No lloras, no tuerces el gesto y ni se te pasa por la cabeza teatralizar una derrota, por mucha fuerza con la que angustie a tu sistema digestivo completo. Siempre pensaste que gritar es una pérdida de energía y que saber perder es más práctico que llorar. Así que por el camino al túnel, das la mano a todo aquel que te la ofrece. Incluso acabas estrechándosela a algunos miembros del cuerpo técnico contrario. Gente de la que no conoces la más mínima de sus labores sobre el campo de fútbol. Y, aunque parece darte igual, comienzas a hipocondriar la derrota. Pasan tres crecientes segundos en los que crees de un modo ferviente que te falta carácter. Esa sensación de verdad que sólo has sentido cuando tu padre te habla en serio o cuando estás dominado profundamente por el alcohol. ¿Por qué les das la mano? Asimilas tanto este nuevo viejo mandamiento que sientes hormigueos en las manos, como el que ha recibido una mala noticia. Eres un blando.

A cinco metros del túnel, la nueva fe se muestra invisible y dominadora como la bruma del desierto. Levantas la vista y buscas un apoyo en la grada, una palmada en el hombro, un minuto en el tiempo. Pero la ayuda no llega. El cuerpo te convence de que te cuesta respirar y te roba las respuestas a las preguntas que no quieres hacerte. El carraspeo se acentúa y cementa tu respiración. Y como la marioneta peor maquillada, giras la cabeza a la derecha sin conocer el motivo. Te recibe el entrevistador a pie de campo. Para algunos es la claqueta inicial. Para otros, simplemente el periodista más cercano. Para ti ahora mismo es peor que todo eso. La avispa de la piscina, el metrobús imantado, el trozo de carne con hueso. El cuerpo lo sabe y cuando te dispones a responder amargamente a las estupideces de turno, te impide hablar. El dique que ha montado en tu traquea no te deja conectar palabra. Cuatro segundos después, te disculpas con el entrevistador y enfilas el túnel, agradecido a tu cuerpo, al fiel compañero que te salva sin perder valor, que te permite una salida de total integridad. Sin lágrimas, sin artificialidad. Sin mentiras.

@joseportas

Artículo extraído del nºIX de Lineker Magazine:


martes, 16 de abril de 2013

Tratado de un pesimista




La palabra de hoy es mal. Y es que algo va mal. Puestos a repetirnos, el mal siempre ha estado ahí. Presenció, presencia y presenciará. “El mal está ahí fuera, acechando”, te decían de pequeño. Bueno, en realidad no con esas palabras, pero eso te daban a entender con la protección que ejercían sobre ti. En los ochenta, uno crecía con el mal como figura lejana; estaba, pero no lo veías, existía pero no lo notabas. La blancura de Disney y la, por entonces, agradecida deferencia con la inocencia infantil te hacían imaginártelo más que presenciarlo.

Los primeros pensamientos razonados visualizan el mal como un demonio ajeno, algo oscuro, una cualidad que no es de nadie y susurra hablando consigo mismo bajo un árbol y escondiéndose de los demás, como un indígena que escapa convencido de su extinción forzada y de su marginalidad. Pero al final, inevitablemente uno crece y empieza a toparse de bruces con él. En el bosque hay muchos defenestrados y pocos árboles tras los que esconderse. Y cuando dejas atrás la infancia, llega la curiosidad, el riesgo o el placer, que te venden como algo a evitar porque son malos, pero tú, como por entonces eres idiota, te confundes.

Tu cerebro lo modela en forma de brazos levantados o injusticias sociales, lo imagina durante clases de tono unánime, lo presencia en forma de metástasis acelerada. Entonces, empiezas a creer que el mal es un tipo de capa gelatinosa que recubre el mundo entero a imagen y semejanza de su némesis (no me queda claro que podamos llamarlo bien); son dos caras del mismo objeto, un par de versiones distintas, enfadadas entre sí, pero ambas pertenecientes a una realidad siempre ambigua.

Al fin y al cabo, vivimos en un mundo turbio lleno de paradojas y contradicciones, algunas curiosas y otras simplemente hirientes. Nos ha tocado presenciar y protagonizar la era de las comunicaciones y apenas hablamos. Estamos en la época de la información y no se informa. Hoy en día, tenemos la formación, educación y comprensión necesarias para avanzar todos en la dirección correcta. Sin embargo, las flechas de movimiento y mentalidad suelen enfrentarnos los unos a los otros. Reclamamos individualmente sensibilidad frente a sucesos desgraciados a través de impuestos de cifras. Te piden empatía a partir de un determinado número o nacionalidad de muertos y lo llaman justicia. Un mundo que establece y busca prioridades de sangre es un mundo enfermo.

Nos hemos embarcado en una carrera económica, elitista y sin sentido, con las manos llenas de necesidades y comodidades que vamos perdiendo como gotas de sudor sin diferenciar unas de otras y creemos tener la autoridad moral para denunciar que algunos se han quedado atrás en esa carrera y señalar a los culpables. Resultan ser los hijos de los fundadores de la competición cuyas reglas aceptamos la enorme mayoría. No dejamos de confundir practicidad con utilidad, avaricia con progreso, egocentrismo con desarrollo personal y trabajo con dedicación. Los inútiles destrabajan, los preparados desocupan. Este mundo lleva tiempo siendo un mundo de mierda porque ya nadie hace algo porque sí. Convertimos la queja en nuestro modo de vida y nos olvidamos de que nuestro discurso es nuestra tarjeta de presentación con todos aquellos que pasan un solo segundo en nuestra compañía. Se habla de lo profundo de la crisis económica y no de lo hondo que hay que excavar para llegar a vislumbrar los valores que nos hacen dignos y que la agresividad de nuestra sociedad ha enterrado gradualmente.

Celebramos lo más dantesco de nuestra condición. Alzamientos en guerras, cabezas cortadas, victorias de posesión…ya uno no sabe ni cuándo es fiesta ni el porqué de cada una. La personalidad humana ha llegado a tal umbral de miseria que convertimos la tristeza en nuestro motor de crecimiento e inspiración. Las mejores películas deben ser, por definición, dramáticas. Las críticas musicales más benevolentes se dirigen a aquellos que arrastran su sentimiento en letras embarradas que te hacen sentir como un pedazo de mierda. Duele ver cómo las imágenes destacadas de cada año se basan en el dolor en los países en guerra, en la proyección del sufrimiento familiar como foco de repartición de sentimientos. A todos nos debe parecer la mejor, la que más nos conmueve. Y poco a poco, lo extraordinario se convierte en normal.

Anoche una imagen me perturbó el sueño. Unas bombas provocaron el caos en Boston, una ciudad que siempre me ha gustado. Tiene alma, color y carácter. El foco de aquel suceso fue la llegada del maratón internacional. Uno, que sigue siendo el mismo ingenuo de los ochenta, continúa pensando en el deporte como la faceta más alejada de cualquier trazado bélico de nuestra vida. Dejando de lado los instintos competitivos de unos pocos locos que llegan a convertirlo en su profesión y los fanatismos estúpidos de aquellos incompletos, el deporte es bien.

Es superación sana y adicional, es conciliación y diversión, es el significado endémico de la palabra deportividad. La maratón se fundó como una alegoría de la superación humana y no ha perdido ni una pizca de peculiaridad en la época moderna. Se trata de una fiesta que acepta hombres, mujeres, niños, adultos, profesionales, aficionados, católicos, musulmanes, banqueros, desahuciados, etc. Y lo hace sin pedir identidad y exhibiendo alegría y colorido en un día colectivamente reconfortante, en una especie de celebración eurovisiva-deportiva pero de mucho mejor gusto.

Y de repente aparece el mal. Ayer en Boston y todos los días en otros muchos lugares. Y recuerdas que te escondían de él, que te hacían imaginártelo. Te alejaban de la parte podrida del mundo porque te decían que el mundo es injusto. Pero tú, ahora, enarbolas la bandera de la rendición. Con el nihilismo como principio y la hartura como mecha, dices basta. El mal gana, como en las pelis buenas. Y ya no tienes la sospecha, sino la certeza de que el mal no está ahí fuera, acechando. El mal está dentro. De todo y de todos. De ajeno no tiene nada. Y como buen tapado, revienta constantemente a los pobres bienintencionados. Dejemos en paz al mundo, que ofrece lugares y momentos maravillosos y no tiene la culpa de que una especie avariciosa, arrogante y profundamente contradictoria lo haya adulterado.

La imagen que ayer me peleaba el sueño era la de una niña de ocho años fallecida en el momento de la explosión en la meta de la carrera de Boston. La fotografía no era del día de ayer, sino de una carrera anterior, la típica que se incluye adjunta a la noticia de cientos de medios y que prefiero no reproducir aquí para no amargar el día o el café de nadie. Es tan fácil ver, oír o sentir lo que marcha mal en el día a día que apenas recuerda uno lo bueno que tenemos. Y esa cara comienza a desertar. Empieza a ser, ya es, algo ajeno, suplantada por la dura realidad, escondida detrás de un árbol junto a la ingenuidad del que sueña o la inocencia del que comienza a vivir. ¿El mundo es difícil? No, lo somos nosotros.


lunes, 15 de abril de 2013

Imagine: El mármol de Rooney




Imagino que en una noche de Champions League se intenta mantener la misma concentración, los mismos procedimientos, tan tribales como profesionalizados, algo paradójico. Y todo ello con la idea de normalizar la tensión, un absurdo como concepto y un peligro muscular y vascularmente si se acepta como realidad. Imagino que, en una noche así, todos estamos destemplados. En un vestuario, los nervios fluyen como los conatos de memorizar los deberes que tocará hacer sobre el césped, de aprenderse la lección. Y acaban siendo sólo intentos porque los futbolistas somos instinto y no razón. Incluso los más académicos conocen las respuestas sin tener que repasar el recuerdo. Las tripas les dicen cuando soltar el balón.

En un vestuario, los pechos y las manos chocan, como las miradas se unen fugazmente como gesto inequívoco de confianza. Se agradece esa seguridad en citas como éstas, en las que alguien afortunado como un futbolista puede llegar a sentir miedo. El miedo debería ser un fugitivo en esta profesión.

Me gustan los rituales. Me gusta hacer algo que me lleve a ser alguien. En los instantes previos a los grandes partidos, sólo hay un momento que me haga sentir la grandeza de lo que voy a vivir. Sólo uno. Me siento en el banco helado del vestuario local de Old Trafford, respiro y pienso en lo que vendrá después del partido. En la estrella del equipo contrario con la que intercambiaré mi camiseta, la cantidad de periodistas que me harán las típicas tópicas preguntas, los aficionados con los que me cruzaré a la salida del estadio y la expectación con la que me recibirá mi mujer en casa. Es el último momento de calidez

…que me permite el frío mármol del vestuario, el mismo que me recuerda lo eterno del club y del fútbol y lo efímero de mí mismo. Y ese tacto helado, esa sutil divergencia de texturas y colores entre mi pantalón y el impersonal mármol, es lo que me recuerda lo frío de este deporte. El fútbol es tan duro que el larguísimo y consistente camino que te lleva a la élite se convierte en el barranco más vertical en noches así. La recompensa es tan inabordable como el fracaso. Y eso es lo que me recuerda el mármol y su contagiosa refrigeración.

Entra el míster en el vestuario y da la alineación. Su gesto de nerviosismo se resume en la velocidad de centrifugado del chicle en su boca. Los que le conocemos bien, le calamos en segundos. Cuando llega a la delantera, no pronuncia mi nombre. Pero me mira. Supongo que es un gesto de esos que no deberían doler, pero lo hace. Imagino que busca mi confianza en esa decisión, pero me resulta imposible dársela. Imagino que ese es su ritual, ese es su momento de calidez emocional y es la última concesión que se da antes de su trabajo. No me queda más remedio que aumentar mi temperatura, meterme en el césped sin jugar y rezumar confianza. El mármol me recuerda que es noche de Champions League.


Artículo extraído del nº8 de Lineker Magazine:


lunes, 11 de marzo de 2013

Imagine: Un solo trago


IMAGINO QUE SERÁ ASÍ SIEMPRE. Que el pub esté absolutamente lleno para ver al City jugar en Peterborough una ronda de la FA Cup debe ser lo normal. Llevo un mes en Manchester y estoy en los preámbulos de incorporar la acepción de la normalidad a mi diccionario de vida. Normal es rascar el posavasos mientras esperas que sirvan la cerveza, como normal es comparar, mientras, los adornos y atrezos de las tabernas irlandesas de Inglaterra con las tabernas irlandesas de España. Hasta me empieza a parecer normal la tipología de parroquiano que se destila (y destilan) aquí; más altos, con más pelo y más sociables que en la península. Muestran una sonrisa natural, parece que agradecida con los trescientos días anuales de lluvia en esta ciudad. Y es que dicen que mientras que en España se huye de los problemas en el bar, en Inglaterra se acude al pub a arreglarlos.

Con la cerveza en la mano y cuatro libras menos en el bolsillo, me giro. Apoyo mi espalda en la barra, rematada con esa especie de ola de madera cuyo objetivo, deduzco en ese momento, es incomodar a todo aquel que quiera despreciar la vista del padre alcohol. Curvo la espalda muy despacio para amoldarme y mientras, CIERRO LOS OJOS. Doy un buen trago e intento recordar lo bien que sabe una pinta en los momentos dulces. Siento lo fresco del verano, lo acogedor del invierno. Trato de esforzarme para compatibilizar esas agradables inyecciones con la autonegación del alcoholismo. Intento disfrutar el exceso como si me pareciera a mí mismo un anuncio de Coca Cola. No resulta fácil, pero el ambiente invita a fantasear. Día duro, sudor en la frente… y sigo con los ojos cerrados. El segundo trago de cerveza es el pistoletazo de la carrera mental. Elevo ligeramente la cabeza e inspiro. Lo único que oigo es mi propia respiración, lidiando con el constipado que arrastro. De repente, y como si todos tuviéramos un indicador de volumen, comienzo a oír un murmullo. Alguien está girando mi botón, como si la cámara se acercara lentamente a su dedo y algo fuera a suceder. Se hace tan patente que no me queda más remedio que escucharlo. Son gritos, cada vez más y más fuertes. Parecen reclamos, incluso ánimos. Denotan nervios y emociones. Abro los ojos.

El pub está lleno de bufandas y camisetas celestes. Los ciudadanos han salido de la ciudad y han entrado en el pub, separados por la frontera de la ilusión. Respetan mi espacio vital pero se agolpan entre ellos, buscando el contacto, como si el sudor conjunto les ayudara a pasar un mal trago. Las miradas se concentran en la pantalla gigante, el lugar donde algunos buscan minutos y TODOS BUSCAN HÉROES. Mi respiración se entrecorta notablemente. No sé bien qué es lo que ha pasado. Esto no me parece nada normal. Pero me dejo llevar. Apenas noto la ola de madera en mi espalda y la cerveza parece haber hecho su efecto. Intento buscar un ápice de reflexión interna, algo complicado con la atmósfera de angustia que condensa el pub. Agacho ligeramente la cabeza y pruebo a pensar. Dos segundos de silencio interno hasta que un tsunami humano me engulle literalmente. Un trueno formado por mil gritos acaba con el respeto por mi espacio y, también, con mi preocupación por la más que segura conmoción que acabo de sufrir. No puedo sentirme mal entre tanta algarabía. Esbozo una media sonrisa un tanto nerviosa y me limpio la cara de la cerveza ajena mientras enfoco la mirada a la pantalla. Entre los cuerpos saltando, los hombres besándose y los pisotones de fiesta como si fuera su Nochevieja, apenas acierto a ver un chico moreno corriendo como un loco por la banda mientras parece querer utilizar su camiseta celeste como una honda moderna.

SILENCIO ABSOLUTO. Noto la ola de la barra en mi espalda. Noto la normalidad. He vuelto al miércoles. Al febrero húmedo que estoy más que sufriendo en Manchester. Mi vaso está casi lleno. Noto que los parroquianos me observan y comparten complicidad con sus miradas y con su inglés cuaternario. Y es que tengo la cara impregnada de cerveza, que gotea y gotea sin parar hasta un suelo que parece incluso más limpio que mi rostro. Levanto la vista y me fijo en la televisión. Va a empezar el partido del City y Agüero es titular. Lo normal, vamos. No sé qué ha pasado. No sé si vengo del pasado, del futuro o del viaje más evocador que ofrece la villa de la fermentación. Suelen decir que son fallos cerebrales. Me cuesta creer que algo tan jodidamente especial sea definido como un “fallo”. Pero seamos sinceros. Cuando el Kun te parece normal, es que algo no va bien.





Artículo extraído del nºVII de Lineker Magazine:
http://www.linekermagazine.es/lineker-magazine-7/

Twitter: @JosePortas

martes, 5 de marzo de 2013

¿Qué es un Manchester United - Real Madrid?




Un Manchester United - Real Madrid es un partido de fútbol de los de verdad. De verdad el partido y de verdad el fútbol.

Un Manchester United - Real Madrid es una reverencia a la historia del fútbol moderno, el mejor antídoto para ese odio eterno, muchas veces justificado excepto en noches como ésta. 

Un Manchester United - Real Madrid es un recuerdo dulce para cualquiera, una derrota que regatea lo amargo. Y no solo por el taconazo de Redondo. La invisible presencia de Van Nilsterooy, la perfección de golpeo de Beckham, la confianza en Raúl, la fe de Raúl, los cojones de Keane, el maltratado chicle de Ferguson mientras observa como un profesor en el patio durante el recreo, la clase de Scholes, las piernas de Ronaldo, los aplausos de Old Trafford....y si nos vamos más atrás, son Best, Puskas, Charlton y Di Stefano compitiendo por el trono continental. Casi nada

Un Manchester United - Real Madrid es la exposición pública del poder de una camiseta. Gigantes en los sesenta, volvieron al poder europeo en el primer lustro del nuevo siglo y se convirtieron en la eliminatoria más clásica de la historia de la Champions League para una generación entera. Aquello era un fútbol agradecido, un juego a meter más goles que el contrario. Un combate de ataques.

Un Manchester United - Real Madrid es la intensidad elevada a la enésima potencia. Es el respeto por la grandeza, por la enemistad bien entendida y por el fútbol más puro. Es la noche en la que el escudo de la camiseta parece cosido al cuerpo, bombeando al corazón el esfuerzo más superlativo.

Un Manchester United - Real Madrid es el olor a espectáculo, a historia, a prestigio. Es la sensación de que si nos tomamos el fútbol tan en serio es porque él nos lo agradece con partidos como éste.

Un Manchester United - Real Madrid es el partido que Ryan Giggs merece para salir al campo sintiéndose milenario.

Un Manchester United - Real Madrid es la mejor ocasión para agradecer que el fútbol naciera en Inglaterra.

Un Manchester United - Real Madrid es esa saga cinematográfica que siempre verás sin siquiera fijarte en los actores.

Un Manchester United - Real Madrid es mi mayor razón para sentirme aficionado a este deporte.


Twitter: @JosePortas



jueves, 14 de febrero de 2013

Imagine: Aroma industrial


Recuerdo la humedad. Y recuerdo el olor de la industria cercana de camino al trabajo. Lo recuerdo como si fuera ayer. El primer día en la oficina siempre es especial. Sobre todo si llueve y no tienes techo con el que taparte; al final, ese fino punteo en tu piel resulta agradable y la lluvia se convierte en tu compañera más íntima. Es fácil echar la vista atrás y recordar detalles; y si resulta tan fácil es porque los detalles se grabaron en los sentidos. El susurro del viento, la silenciosa compañía del agua que caía, los crujidos del colchón de hojas en el aparcamiento...todo era muy diferente a lo vivido hasta entonces. No detectaba el blanco de la nieve más allá de las ocasionales concesiones que me regalaba ese cielo gris. El calor del desierto qatarí no existía pero la gente parecía buscarlo en los pubs, según me dijeron desde un principio. Y las columnas gaudinianas parecían guardar filas ante sus generales, rectas, serias, ante la importancia del trabajo.

La ropa no fue problema; si acaso, una pequeña duda con la corbata, los tonos de azules podían llevar a equívoco así que opté por el negro neutral como presentación inicial. Nítido, moderno y elegante. Me sorprendió el cariño con el que me recibieron en las instalaciones e, incluso la propia prensa. Me alegró comprobar que el respeto no se entiende como pasarte la mano por encima del hombro, a lo soprano, sino que realmente comprenden tu condición privada y muestran de un modo casi obsceno su sometimiento, así que me resultó fácil atender con educación y sumo gusto a todo aquel que me requería. El idioma lo tenía un poco oxidado, algo escaso para manifestarme ante los jugadores, al menos como a mí me hubiera gustado. Fue cosa de semanas asentarme en ese sentido, el haber viajado tanto me ayudó inconscientemente.

Todas estas afirmaciones actuales eran vacilaciones en aquellos momentos. Éste del fútbol es un mundo de una duda continua, de una pregunta sin respuesta, de un partido sin fin. Pero al llegar a casa aquella noche, me sentí protegido a la par que preparado. Pensé que había elegido bien, que tenía el apoyo suficiente y que me debía a mí mismo el intentarlo. Todo lo que lograra sería un regalo para un amante del fútbol como yo y como la mayoría de los que me rodeaban por entonces. Así que aquella noche (y todas las que vendrían) dormí como suelo hacer en mis mejores condiciones. Poco y a ratos. Pero tranquilo, muy tranquilo.

Años después, no puedo más que agradecer, precisamente, aquel regalo. El fútbol y la pureza con la que me obsequiaron aquella gente, aquel país y aquella competición. En definitiva, una cultura. No sé si muy diferente, pero desde luego tremendamente reconfortante. Ahora, a escasos kilómetros del mar, disfruto de la humedad como del mejor cava. Hasta el aroma industrial me dulcifica el recuerdo. Y en ocasiones, cuando llueve, me invade la nostalgia por unos minutos. Son aquellos instantes en los que recuerdo a mi fiel compañera en mi agradecida aventura.




Artículo extraído de Lineker Magazine nºVI: 
http://www.linekermagazine.es/?p=1031

twitter: @JosePortas


El atrezo del fútbol


La igualdad anda infravalorada, con una inercia antinatural. Hoy cojean las emociones. En la carrera hacia el fin, el propio tiempo va en muletas, perdido, sin entender nada, sin saber quién le ha hipotecado. Vivimos en una sociedad donde la incompetencia alcanza las cotas más valoradas; donde el ejercer sin precio vale más que el saber sin interés. Esta corriente atañe al fútbol; esa lúdica y popular actividad que parte de la base del once contra once y de la división en edades y categorías, pero que queda desvirtuada, desde tiempos inmemoriales, por la selección depredadoramente natural del capitalismo deportivo.

Los peces gordos supieron ver el negocio desde el principio. Si el aficionado no puede pagar una entrada, le llevaré el partido al salón. Si el dependiente humano no aguanta sin catorce masoquistas repeticiones de un penalti, le ofreceré ojos en el césped. Si la novia se aburre en casa, la llevaré al cine. Hace ya tiempo que la agitación futbolística tiene un precio. Y no lo marca el juego, sino el atrezo que suele acompañarlo semana tras semana. Como una correa de oro para un perro cada día más triste. Sin embargo, hay pocos escenarios mejores que un campo de fútbol para asistir a los no tan metafóricos milagros, cuando la alteración abraza sus orígenes de la forma más auténtica. A veces, este deporte olvida su embalaje y nos muestra su mayor valor. Regala igualdad a los inferiores y les dedica la película más bella de su historia, aquella cuyo guión aumenta el tamaño moral de los pequeños con una inyección de felicidad; dopada y temporal, como la niebla que impide ver la realidad. Pero felicidad, al fin y al cabo.

El Bradford City jugará en Wembley la final de la Capital One Cup. Lo hará corriendo con la verdad de sus piernas y cegado por la niebla de Londres, la que promete el chupito de gloria en una cena inolvidable. Wigan, Arsenal y Aston Villa han cedido ante el elegido del fútbol inglés para el siglo XXI. Y nos gustan. Nos encantan ambos. El Bradford City y el fútbol inglés, ese juego de brutos que ha sabido estudiarse a sí mismo mejor que nadie. Es ese fútbol solidario que sabe cómo vestir el juego sin disfrazarlo. El protagonismo rueda conforme junto al balón y no marca las monedas en busca del rostro más fotogénico. Es el claro ejemplo de cómo acompañar sin desenfocar, de cómo crear una estructura organizativa de cara al césped. Si la novia juega, la dama de honor debe apoyarla desde la grada.

No podemos más que alegrarnos de que la ilusión tire el circo abajo, de que el regalo rompa violentamente el envoltorio con la lucha como bandera. Que nos perdone su rival, pero vamos con el Bradford City. El fútbol inglés no necesita atrezo alguno. Allí saben que el mejor maquillaje para la novia son sus lágrimas de emoción.


Artículo extraído de Lineker Magazine nºVI:
http://www.linekermagazine.es/?p=1031

Twitter: @joseportas

viernes, 4 de enero de 2013

Imagine: Verde Navidad


Me gusta el olor a puro. No fumo, nunca he fumado y nunca fumaré. ¿Y por qué lo agradable? Supongo que por los misterios de nuestra mente, por el regusto de cubrirnos de amargura. Por lo cambiantes que, al final, resultamos todos y por la vida que llevamos. No hay época más extrema que la Navidad. Se colorea por sí misma de momentos. Hay algunos instantes que recuerdo como si hubieran pasado en este siglo. En realidad, se repetían sucesivamente cada diciembre de finales de los ochenta. Las tardes terminales del otoño apenas respiraban entre deberes, entrenamientos y clases de inglés. El tacto de la vida era el de la arena del parque; el sabor lo ponía el guiso de mi madre, infravalorado entonces por la inmediatez que exigen los sentidos de un niño. El recuerdo de aquel guiso ha sido para mí como el mejor de los vinos. Cuanto más lejano ha ido quedando, más cerca lo he querido sentir al llegar cada Navidad. En esa época en la que regateas personas por la calle, sueñas regalos en forma de gol y cada noche es tan especial como las primeras veces, como los mejores fichajes, como las noches que se duermen al calor de la mañana más plácida. ¿Y a qué olían aquella vida? Pues olía a puro.

Tras días de espera y de cuentas atrás, llegaba la mejor tarde de miércoles. No importaba que te mandaran ponerte tus pantalones y zapatos más incómodos; ni siquiera que tu madre te peinara regalándote responsabilidad, ya que aquel día apenas ibas a poder mover tu cabeza con el fin de salvaguardar ese tesoro, de valor incalculable en aquel momento y maltratado por ti mismo cualquier tarde del resto del año. Ese pelo que, con el tiempo, indignado, se ha evaporado. Como lo hacía lentamente el tiempo durante aquel atardecer. Los nervios se agudizaban, compartiendo tensión con el coche de mi padre. No ayudaba que mis piernas colgaran del asiento del Opel Omega.

Dicen que en los recuerdos infantiles los espacios se agrandan en tu mente. Yo tengo sensaciones contradictorias al respecto. De camino, pasamos por una enorme y despoblada avenida a la que el tiempo se ha encargado de quitarle el disfraz en mis ojos, pasando a ser peliaguda, estrecha y dolorosamente transitada. Al acabar la experiencia sobre ruedas, comenzó el período sobre poleas. Recuerdo una rapidísima subida a lo alto de un rascacielos en un ascensor repleto con tres simples presencias (la mente continúa jugando con mi percepción espacial). Una vez arriba, las prisas cogieron el mando entre una luz verdosa, un olor a perfume caro y rancio, una abrumadora densidad de corbatas y un apretón de manos, previa cesión de entradas. Vuelta al ascensor, palabra que, por entonces, no formaba aún parte del argot futbolístico en mi simple y feliz mentalidad. Bajamos.

- Ya casi estamos – decía mi padre mientras agitaba gustosamente mi pelo. Mamá se iba a cabrear…

La siguiente etapa de mi recuerdo se define con movimiento. Estrés, ansiedad, electricidad pura alimentando todas las extremidades de mi pequeño cuerpo y resumidas en mi cabeza. No dejaba de mirar hacia arriba, hacia todos esos gigantes que me rodeaban y cerraban el camino. El pulso se agitaba y no podía ni pensar en los viajes de cada uno de ellos; suficiente tenía con apretar con fuerza la mano de mi padre. La noche nos había encerrado ya, como parecía hacerlo el gigante de cemento al que nos acercábamos.

Y entonces vino el momento que ciertos anuncios de televisión se han encargado de adulterar en mi mente. Intentando ser todo lo subjetivo e imparcial que uno puede ser con un recuerdo, soy capaz de evocar unos escalones grises, que incluso desprendían humedad al pisarlos con mis zapatos de gala. Tras una decena, surgió una fila de luces. Blancas, muy brillantes, las reinas del lugar. Y cuando acabaron los escalones, apareció el verde. El color más bonito que existe. Habíamos llegado a una inmensidad de color verde puro que pude disfrutar entre la firmeza de la mano de mi padre y el nervio de mis extremidades, que parecían querer separarse del resto del cuerpo y bajar a correr por el césped. Mi estado era de total y absoluta percepción. Y entonces, solo entonces, anclado al brazo de mi padre, comenzó el olor a puro. Era intenso y nuevo para mí; fue el perfume de aquel día.

El fútbol guarda una cualidad común con la Navidad. El exceso. Sobre excitaciones y ascensores entre emociones. Sobre alegrías y tristezas envueltas en una celebración tan imprescindible como arriesgada. Imagino que lo más saludable es quedarse con los picos de la montaña, sin restar extremismo a las caídas al valle. Imagino que lo mejor del fútbol es que tiene un secreto. Sabe cómo hacerte sentir el protagonista entre más de noventa mil personas. Sabe amordazar a la multitud para dejarte pensar en silencio. Y se disfraza de formol para guardar los recuerdos más especiales. Imagino el olor a puro. Ya es Navidad.


Ilustración de Bea Crespo
www.beacrespo.es


Artículo extraído de Lineker Magazine nº5:
http://es.calameo.com/read/00170973609218aa12d5f



viernes, 7 de diciembre de 2012

Bale, rápido y brillante





Parece proceder de un mundo imaginario. Con una velocidad similar a la de un rayo animado y un peinado propio de un dibujo japonés, Bale es la personalización del estereotipo al que aspiran adolescentes soñadores: Joven, alto, rápido, sobresaliente y con un brillante futuro por delante. La naturaleza le ha dado las condiciones; ahora, él deberá tomar las decisiones. ¿A dónde va Gareth?

Todos conocemos al lateral del Tottenham Hotspurs. O extremo. O carrilero. Debates aparte, el hombre que abusa frenéticamente de las bandas de White Hart Lane cumple su sexta temporada allí y su octava temporada en la Premier League con tan solo veintitrés años de edad. Impresiona decir que parece un veterano, como aquellos grandes nombres de todas las ligas que acumulan casi una década en el césped y podrían tener la edad de un hermano pequeño. Bale ha ganado premios individuales destacando por su condición de nacionalidad (mejor jugador galés), juventud (mejor jugador joven de la Premier League) y calidad futbolística (mejor jugador de la competición en la temporada 2010/2011). Ahora bien, existe en torno a su figura la sensación de que algo le falta al bueno de Gareth para completar su licenciatura futbolística, para esculpir su nombre en el muro de aspirantes al respeto absoluto, independientemente de los colores de su camiseta.

Los románticos considerarían un bonito accidente para un futbolista de élite el haber nacido en Gales. Simplemente el tener a Ryan Giggs de compañero y espejo supone un honor con olor de orgullo irrechazable y con imagen de autohomenaje a la profesión. Como si jugar a favor del país propio fuera realmente un descanso dentro de la rutina, la onza de chocolate entre reuniones y visitas forzadas. Si Gareth es un romántico, el País de Gales será su Navidad y el Y Ddraig Goch (dragón rojo) de su bandera ocupará el cuadro principal del salón de su casa paterna. Algo tan edulcorado de imaginar que supone un problema para los competidores y realistas del fútbol, lamentablemente cargados de razón pero no de ilusión. Es complicado alcanzar los últimos metros del Himalaya de los triunfadores si el traje protector, y frecuentemente salvador, es de color blanco, no brilla sobre la nieve y no evoca ningún sentimiento, reflejo o recuerdo. Y si lo hace, resulta inocuo.




Desde el punto de vista futbolístico, el País de Gales apenas existe a nivel internacional. Lleva cincuenta y cuatro años sin jugar ninguna fase final a pesar de haber contado con nombres importantes, como Ryan Giggs, Gary Speed, Ian Rush, Mark Hughes o el propio Gareth Bale. Es difícil imaginar un Maradona sin Argentina, un Gerrard sin asociarse a un león. En cotas más cercanas a la cal, Roberto Carlos difícilmente habría sido Balón de Plata sin su sonrisa amarela. Considerando lo arraigado de los diversos nacionalismos en el Reino Unido, cabe preguntarse hacia qué océano nadará Gareth. O quizás dar por hecho que la amargura por no poder destacar en grandes torneos se esconde tímidamente entre las montañas de Gales, orgullosa de su enorme personalidad y resignada a invadir la casa del vecino y a ennoviarse únicamente mediante el anillo olímpico. Como una novia sin su ramo de rosas.

Sinceramente, no parece Gareth Bale un futbolista con problemas de identidad. Al contrario, sus profesores del colegio e instituto destacaban “su determinación y su carácter para conseguir las metas que se proponga”. En la escuela iba tan sobrado que cuando llegaban los partidos, le obligaban a jugar a un solo toque y con su pierna mala. Los analistas señalan que una de las claves para rematar la madurez de Bale podría ser terminar de definir su posición en el campo. La etiqueta inicial de lateral se le queda tan corta como la superficialidad aplicada a algunos extremos del fútbol internacional. Pizarras fuera, lo único que parece claro es que Gareth necesita espacio para respirar y aire para correr. La velocidad y potencia precisan del recorrido más largo posible para alegría de un mayor número de espectadores. El sentimiento más vital del fútbol no quiere vallas ni desea fronteras para un todoterreno como Bale.

Independientemente de las decisiones de sus entrenadores, el carácter de líder y las cualidades que tiene el galés tomarán su propio camino. Gareth es el aire que inhala el Tottenham y que mantiene su desequilibrada personalidad lejos del riesgo de la mediocridad. Como su condición gaseosa podría reflejar, el fútbol de Bale es incontenible y, en ocasiones, breve y efervescente. Resulta tan atractivo para el gran público como manipulable para los trajeados gurús que pueblan los banquillos. Sin él, la canción tendría letra, pero no estribillo. La película en White Hart Lane sería siempre en blanco y negro. Y es que el éxtasis nunca se alcanzó con contención.



Hay otro pensamiento colectivo que aboga por colocar la pieza que falta en el puzle de Bale en otra ciudad o, a lo sumo, en otro equipo de Londres. La centralización de los poderes periodísticos, el lúdico mercado de agentes y la humana bendición de la imaginación le han colocado varias camisetas diferentes. Una blaugrana cuya filosofía podría no dejar atisbar al mejor jugador y una blanca que exprime los talentos por inanición del entorno. Sea como fuere, no parece que Bale necesite un mejor ecosistema para aprovechar sus condiciones. El ambiente incendiario de los clubes españoles podría acabar afectando a sus pulmones más que el smog londinense. Y ni siquiera se mencionan las variables puramente futbolísticas, aquellas que desaconsejan internar a una estrella fugaz en el planetario. Esas que prefieren un cielo abierto para apenas atisbar un reflejo que imaginan ya delicioso.

Gareth Bale es uno de los gestos de la Premier League. Velocidad, intensidad e imagen son tres sustantivos tan aplicables a la competición como al competidor. La mente del aficionado exige generosidad ante un jugador generoso en sus donaciones, en sus esfuerzos por convertir el fútbol en un espectáculo a medio camino entre la teatralidad del West End y la autenticidad del viejo Wembley. Y es que si Bale busca algo, seguramente lo encontrará más pronto que tarde. Lo hará con amargura u orgullo, en Londres o fuera de UK. Desde la banda izquierda o desde la banda izquierda (no hay elección). Pero nunca dejará de ser rápido y brillante, como una verdadera estrella a la que se deja respirar. Lo que uno imagina sobre Gareth Bale es tan extraordinario que la realidad no podrá abarcarlo. Es lo bueno de la imaginación. Al igual que el cielo, deja espacio de sobra para las estrellas.




Artículo extraído del nº 4 de Lineker Magazine:
http://es.calameo.com/read/00170973675da5ef28b6b




lunes, 3 de diciembre de 2012

Imagine: Goles como sonrisas





Imagina que todos los árboles florecen en octubre. Y que nunca pararán de soltar hojas, siempre de color amarillo. Imagina un disco interminable y emocionalmente inteligente, nunca cautivo de los estados de ánimo ni del equipo de sonido disponible. ¿Y si todos los reencuentros fueran dulces, sin recuerdos de marchas amargas?, ¿y si todos los días tuvieran esos instantes por los que merece la pena aguantar semanas, meses o años? ¿Y si los oasis coparán el desierto? 

Imagina un fútbol cuya gloria se decide cualquier día de cualquier mes. ¿Y unos títulos trasladados a un gris miércoles de finales de octubre? No parece serio, claro. Tampoco lo sería un equipo llamado Reading, un estadio de nombre Majedski y un árbitro de apellido Friend. Pero en nuestra imaginación los clubes de fútbol pueden ser reductos ejemplares del conocimiento y del respeto; como los libros, del silencio más edificante. Serían equipos que tratarían a los árbitros como amigos reales que simplemente quieren mejorar su conducta, como padres con la vara del poder moralista y el altavoz contra las quejas siempre preparado. Y toda esta clase magistral se impartiría en un estadio que podría pertenecer a un magnate inglés relacionado con la industria del automóvil…o bien a un millonario ruso que utiliza el fútbol como ajedrez desengrasante del lujo tóxico que rodea su rutina. Seguimos imaginando, ¿no? Toda esta caterva de nombres parece más propia de un juego sin los derechos de copyright de los verdaderos protagonistas. ¿O es que Damián Martínez podría ser un portero creíble para el Arsenal? 

Imagina que los goles fueran gratis, como las sonrisas. Algunas más bonitas que otras, pero siempre bienintencionadas. Que hubiera más o menos goles durante un partido dependería de los aciertos y errores humanos, del talento, de la ingenuidad de los futbolistas, o simplemente de la inestabilidad de un defensa sobre un verde recién regado. Algunos renegarían de un fútbol sin pizarra como de un vehículo sin sistema de navegación. Otros preferimos pensar en un deporte tan grande y poderoso que no necesita que nadie le diga dónde ir, ni mucho menos cómo llegar. Imaginemos un juego tan auténtico como espontáneo, basado en decisiones personales, sin adulterar por millonarios ególatras de laboratorio cuyo afán por buscar enemigos es solo comparable a sus posibilidades de encontrarlos. ¿Y si Chamakh fuera el Marouane más conocido del fútbol mundial?, ¿podría llegar a estar entre los diez mejores delanteros del planeta? Se sentiría tan confiado en sí mismo que cerraría eliminatorias a base de sangre fría al ejecutar vaselinas. Imagina también que Walcott es aquello que, a veces, parece ser. En otro mundo, la constancia de Theo rescataría al geniecillo del lodo de la irregularidad. Metería los goles de par en par y regalaría múltiples asistencias. Sería el Messi de este lado del Atlántico. 



Imaginemos un fútbol con cinco goles en la primera parte y tres en la segunda. Un juego donde, independientemente de la competición, no existieran los empates y siempre se disputaran prórrogas. Los espectadores asistirían a un deporte inquieto, incauto e hiperventilado, donde Laurent Koscielny tendría la misma facilidad para meter gol en su portería que en la contraria. Una auténtica utopía en la que Giroud sería el mejor cabeceador del mundo y Leigertwood jugaría como titular en la selección inglesa. No menos enrevesado es pensar en un fútbol con el termómetro invertido; aquel en el que los músculos mediterráneos de Cazorla y Arteta se congelan en la grada mientras que los hijos del frío Norte, Arshavin y Pogrebnyak, muestran su sangre caliente en forma de fútbol intenso.

Imagina una competición llamada Capital One Cup en la que el fútbol es como siempre quisimos que fuera. Como un océano inundado de goles. Como un escenario con olor a tierra húmeda dentro de un circo sin carpa, con sonrisas y exclamaciones como fotografía y banda sonora. Es 30 de octubre. Comienza el otoño y las hojas se caen de los árboles. Imagina un miércoles con doce goles.

Artículo extraído del nº4 de Lineker Magazine, pág.68:
http://es.calameo.com/books/00170973675da5ef28b6b


jueves, 15 de noviembre de 2012

La mejor unión posible



Cuentan que John Lennon sintió envidia de Paul McCartney al conocerle durante la adolescencia. Le costaba encontrar su propio talento y le imponía el aura de McCartney. Lo que John jamás llegó a visualizar fue la reacción de Paul, veinte años más tarde, cuando se enteró de la muerte de Lennon. Había perdido una parte de sí mismo. Lo que fueron (y firmaron) juntos se convirtió en algo irrepetible, intangible e inalcanzable. Esa maravilla temporal y circunstancial fue fruto de la unión de dos talentos y caracteres que, de algún modo (caprichoso y bienintencionado) intentamos asemejar en este artículo a uno de los dúos más importantes de la historia del fútbol inglés. Brian Clough y Peter Taylor.

El fútbol tiene un componente que eleva el sentimiento de unión y desunión al máximo exponente. Nada provoca más amistades y rivalidades que este viejo y popular deporte. Todo niño en época escolar reconoce como uno de sus mejores amigos al gamberrete que, (solamente) durante los momentos del recreo, olvidaba su estatus superior para celebrar de manera apegada un gol, siempre dudoso, entre chaquetas y piedras. El recuerdo se repite en la adolescencia; ese largo partido entre las hormonas y el alcohol, generalmente expulsado de un modo forzoso durante aquellos córneres del domingo por la mañana, cuando los compañeros de frenesí nocturno se mostraban vomitivamente solidarios. Y qué decir de esa época de la vida en la que la expresión “los pequeños placeres” cobra su sentido total. Las terrazas de cualquier ciudad se llenan de parejas de adultos de mediana edad (expresión que no molesta a nadie) cuya mayor afinidad se disfraza con los colores del equipo local, dejando de lado por unos momentos aquellas convergencias personales que pueden resultar más dolorosas. Convendrán conmigo en que las celebraciones en el patio del colegio, los córneres dominicales y las cañas callejeras serían imposibles sin compañía. Y con demasiada serían algo peores. Y es que, aunque recordemos tridentes, rombos, defensas de cinco, onces y plantillas de veintitrés, el fútbol es un deporte múltiplo de dos.


Será la solidaridad colectiva tornada en seriedad la que nos lleve a buscar ese gran amigo sobre el césped. Ese sentido casi militar del fútbol que ninguna conquista bélica puede igualar en motivación. Ese delantero ratonero que depende del talentoso buscador de espacios; aquel tanque llegador que mantiene una relación de mutualismo con el lateral, siempre voluntarioso. O la simple conveniencia. En el palco de honor y la grada rasa, de la necesidad se hace virtud; se busca respectivamente cerrar negocios y repartir abrazos, con el cinismo como firma en la parte noble y la honestidad como garantía humana en los bajos fondos. Pero las cuestiones y curiosidades más ninguneadas se pegan al muro de división entre el verde y el gris. El dichoso y tan traído banquillo. ¿Cómo encontrar a una media naranja allí? Y, sobre todo, ¿por qué?
Brian Clough y Peter Taylor fueron un perfecto ejemplo de encaje de piezas en la dirección de un equipo de fútbol. Juntos enseñaron lo que puede definirse como la sinergia técnica en la gestión de una plantilla. 

Hablar de humanidad en el deporte moderno puede rayar lo obsceno, pero el trabajo de Clough y Taylor, tecnificado y sin margen de improvisación en sus colegas del siglo XXI, estuvo siempre fundamentado en dos cualidades del todo intocables e inalcanzables por una máquina. Carácter y talento. Eran conscientes de sus dotes y de la necesidad de mantenerlas juntas y en la misma dirección para alcanzar las cotas más altas; a pesar de ello, la propia identidad tiró de significado en el diccionario y agotó los caminos hasta las últimas consecuencias. El carácter de Clough nunca cedió un ápice de su personalidad mientras que el talento de Taylor quiso explorar sus límites fuera del laboratorio casero. Los resultados fueron tan decepcionantes para los protagonistas como lógicos por su naturaleza. Pero comencemos por la época feliz.


Brian Clough y Peter Taylor se conocieron en Middlesbrough en 1956. Clough llevaba una temporada en el Boro, demostrando ser uno de los mejores delanteros del país tras sus trabajos eventuales como mensajero y el servicio militar a su nación. Taylor llegaba ese verano del Coventry City con la intención de convertirse en el portero titular. Clough marcaría 222 goles en 204 partidos en la ciudad del capitán Cook hasta romperse el ligamento cruzado anterior y ver afectada el resto de su carrera. No hubo títulos. El mayor logro de ambos en aquella época fue simplemente encontrarse, congeniar y mantener larguísimas charlas sobre fútbol. Sin embargo, los triunfos no se harían esperar demasiado. Tras comenzar su idilio en el Hartlepool United, Clough & Taylor tomarían las riendas en 1967 del Derby County, que llevaba diez temporadas seguidas atrapado en el fango de la segunda división. Tres años después estaba jugando una competición europea. Y en 1972, el Derby County ganó la liga. Tras divergencias con la directiva, en 1973 marcharon a Brighton, donde los pobres resultados separarían nuestra querida pareja por primera vez en su historia. Taylor quedó al mando del equipo y Clough, tras un pequeño descanso, se dispuso a afrontar su mayor reto individual, entendido con el tiempo como su fracaso superlativo. El Leeds United le contrató para sustituir a Don Revie y Clough duró en el cargo aquellos famosos cuarenta y cuatro días. El choque de estilos y la falta de Taylor fueron las principales causas de una caída perfectamente reflejada en el conocido film “The Damned United” (Tom Hooper, 2009).

The Damned United (2009)

La no tan extraña pareja se reencontraría en Nottingham para firmar la escalada más triunfal de un club en la historia del fútbol moderno. Abanderado de un visionario y exótico, por entonces, juego de toque, Clough comenzó con el Forest en segunda división en 1975. En 1977 subieron a la First Division. En 1978 lograron su primer título de Liga y de Copa tras permanecer un año natural sin perder un partido. En 1979 levantaron su primera Copa de Europa, título que repetirían en 1980. Dos temporadas para subir a la First Division y tres más para ganar nueve competiciones. Tan inédito resultaba por entonces como increíble resultaría ahora. La historia dichosa termina en 1982. No lo hacen los triunfos (más espaciados en el tiempo) ni los titulares en prensa (menos centrados en el juego), pero sí la relación laboral conjunta de Clough y Taylor en el Nottingham Forest. La senda de la felicidad se iba a convertir en un trazado angustioso que marcaría de por vida a ambos protagonistas. Peter Taylor dejó Nottingham para volver a Derby donde protagonizó un par de irregulares temporadas y llegó a derrotar al propio Forest de su amigo. Sin Taylor, Clough tardaría siete años en lograr un nuevo título. Su avanzado alcoholismo, sus crecientes rarezas y el paso del tiempo hicieron mella en el entrenador, que se retiraría definitivamente en 1993.


Brian Clough es considerado, por muchos, el mejor entrenador inglés de la historia del fútbol. No cabe duda de que sus meteóricos resultados han contribuido a tan excesiva definición. Sin embargo, fue su enorme carácter el que le provocó y continúa provocando la menor de las indiferencias. Para Clough el fútbol era, ante todo, un juego creado y compartido entre caballeros. Se erigió con el tiempo como el mayor defensor de este deporte, imponiéndose como su legítimo representante. Siempre creyó personalizar el grito del fútbol ante los entrenadores antideportivos, los directivos entrometidos y los tramposos clubes grandilocuentes de aquella época. Y para ello no dudaba en utilizar métodos realmente curiosos. Clough fichaba constantemente jugadores sin comunicárselo a la directiva y tras una simple charla con ellos. En 1973 acusó a la Juventus de amañar una eliminatoria europea contra el Derby County al ver entrar a un bianconeri en el vestuario arbitral, cabreado por comprobar que los italianos vieron tarjetas a propósito restándole toda importancia al partido de vuelta (la ida en Turin terminó 3-1). Sus roces con la afición y directiva en Derby fueron constantes. Ya en Nottingham su autocomplacencia con sus métodos se vio potenciada por los triunfos. ¿Quién podía discutirle a Clough la decisión de llevar a Peter Shilton a entrenar a una rotonda madrileña porque el césped del Bernabéu no estaba en buenas condiciones antes de la final de su segunda Copa de Europa? Solamente una persona. Peter Taylor.

The Damned United (2009)

El fútbol unió durante mucho tiempo lo que la inercia, el destino y hasta el azar quisieron separar. Solo las diferencias fuera del campo pudieron ensanchar la distancia en una comunión que resultaba perfecta cuando el foco estaba en el césped. La curiosidad y ganas de volar solo de Taylor le llevaron a abandonar la compañía de su amigo en varias ocasiones, con inerte resultado. Sus proyectos resultaban bienintencionados pero faltos de creencia, algo así como equipos probeta. No estaba allí Clough para aportar su carácter incendiario, su magia para involucrar a todos los presentes en el triunfo. No estaba Brian para convencer a Peter de que podían hacerlo. Del mismo modo, en su propio monólogo Brian Clough se revolcó en el fracaso de sus métodos en Leeds y pareció disfrutar de su gradual decadencia laboral y humana en Nottingham. No faltaron piques, encontronazos y peleas, una de ellas causada por la publicación de la biografía de Peter Taylor sin avisar a Clough. El traspaso en 1983 de una de las estrellas del Forest de Clough al Derby de Taylor finiquitó la relación. Clough declaró: “Nos vemos casi todos los días de camino al trabajo por la autopista A52. Pero si su coche se averiase y me pidiera que le llevara, no lo haría. Le atropellaría”.


Los entrenadores no volvieron a trabajar juntos. Los amigos no se dirigirían más la palabra. La sabiduría futbolística se mostró distante con la comprensión más pura de este deporte. A su vez, el triunfalismo pecó de prepotencia creyendo que podía saltar sin red. No caigamos en ser políticamente correctos. La historia ha sido injusta con el papel de Peter Taylor en toda esta fábula. Y es que la humanidad resulta fría e implacable con los segundos. En realidad, el cuento de Brian y Peter es la dicotomía de nuestra vida diaria. Sin tímidos, no habría focos para los populares. Sin la luz de los protagonistas, no se reconocerían las sombras de los secundarios.

En 1990, Taylor escribió un artículo sobre Clough, aconsejándole retirarse de un modo digno. Cuatro años después, Peter murió repentinamente en la costa mallorquina. Brian quedó afectadísimo con la noticia y se dejó llevar en su lamentable y lamentada excentricidad. Fue consciente entonces de que ya no se repetirían aquellos largos viajes en coche para intentar fichar a espaldas de la directiva a un jugador treintañero y gordo. Clough nunca volvió a ser el mismo y falleció en 2003 tras acentuarse gravemente sus problemas con el alcohol.


Brian Clough dejó para la posteridad una enorme colección de frases punzantes, dignas todas de su posición en el Olimpo futbolístico inglés. Pero de todas ellas, destaca sobremanera una. Seguramente la más simple y sincera que salió jamás de su boca. Un pensamiento que expulsó en 1993 al dejar los banquillos, pero que podía haber repetido durante ciertos momentos de su carrera.  Aquel día, Brian Clough definió su relación con Peter con una frase que también podía haber pronunciado su gran amigo:

 “Mi único lamento es que mi compañero no está aquí”.

Seguro que el entrenador podrá encontrarlo en la autopista A52, curiosamente renombrada con el tiempo como Autopista Brian Clough. A través de ella, Brian construyó el equipo más apasionante que ha visto Inglaterra.

Eso sí, conducía Peter.


Artículo extraído de Lineker Magazine nºIII:
http://es.calameo.com/books/001709736ee1beb528bab