martes, 28 de agosto de 2012

The Crazy Gang, el fútbol era su recreo

En la blanca década de los ochenta surgió un movimiento deliciosamente incorrecto alrededor de un club de fútbol. Por toda Inglaterra fue sembrando tantas antipatías como empatías, enseñando el valor de la fe en un equipo, en una filosofía y en la cohesión de voluntades humanas. ¿Cómo lo hicieron? Escribieron su victoriosa leyenda con carácter, disciplina y sangre, generalmente del rival. Esta es la historia del Wimbledon más famoso de todos los tiempos. The crazy gang.


La original crazy gang se remonta a la década de los treinta, años inicialmente estables en la pintura del mapa británico pero teñidos de totalitarismos, persecuciones y penurias en el resto del mundo. Mientras Picasso pintaba el Guernica, seis cómicos londinenses amenizaban los tiempos de trincheras a la población rasa en el Victoria Palace Theatre. Se trataba de funciones cómicas aderezadas de irreverencia, moderna entonces y transgresora casi por definición. La familia real británica se contaba entre sus mejores adeptos, llegando la “pandilla de locos” (traducción literal) a actuar exclusivamente para Jorge VI. En tiempos de guerra, la desfachatez sobre el escenario se antojaba necesaria.

El apodo iba a viajar en el tiempo hasta mediados de los ochenta. Pero era otra época. La guerra se había convertido en paz, los hombres ya no se ocultaban bajo la tierra sino que esos agujeros se habían disfrazado de cómodos sofás tapizados floralmente. Esconderse estaba anticuado. Inglaterra se abría a la nueva economía transformando su clásica industria pesada en servicios y turismo. Era difícil encontrar vestigios de belicidad. Incluso la desvergüenza y el impudor propios del mundo de la farándula se entendían como algo experimental, propio de la inmadurez o del espectáculo más inofensivo que podía protagonizar cualquier iluso hijo de minero de Eckington. Sin embargo, algo se movía en el interior de varios hombres que comenzaron a vivir como siempre habían imaginado. Ya dijo el sabio Shankly que “el fútbol no es cuestión de vida o muerte, sino algo mucho, mucho más importante que eso” y la nueva Crazy gang iba a tomar nota de la sentencia. Si el fútbol era el viejo, y a la vez nuevo, entretenimiento social, ellos lo iban a convertir en algo más serio. Eran los ochenta, la vida se entendía como un vehículo agradable, placentero y optimista sobre el viaje. Pero los guerreros del asfalto, ávidos de inquietud vital, querían convertir los intermedios de fin de semana en adrenalina pura. Y es que, no mucho tiempo atrás, la vida no se entendía sin sangre. Eran los ochenta y estaba a punto de nacer la nueva Crazy gang.



El Wimbledon Football Club estaba escribiendo con tinta e ilusión una nueva historia de superación y éxito en el siempre complicado libro de la realidad. En 1982 jugaba en la Fourth Division; cuatro años más tarde ya había conseguido el ascenso a la First Division (actual Premier League). El entrenador era Dave Bassett, un antiguo ídolo para la grada womble al haber formado parte del, hasta entonces, mejor Wimbledon de la historia, el que superó cuatro rondas de la FA Cup en 1975. Desde el banquillo, Bassett vivió cinco temporadas magníficas en las que afición, directiva, cuerpo técnico y jugadores fueron formando una sociedad futbolística y humana cada vez más afianzada. El club y su entorno se comportaban como una comunidad con diferentes clases jerárquicas pero con un discurso común a todas ellas. La heterogeneidad de nombres y hombres se convertía en un ejército de lo más homogéneo, sin resquicios, cuando el árbitro indicaba el comienzo de los partidos. Un ámbar infranqueable de voluntades se estaba construyendo en Plough Lane. Y a ello contribuyeron de un modo fundamental los cuatro jugadores que se iban a convertir en los pilares de la tropa. Llegaron de un modo gradual. En 1984 se incorporó Lawrie Sánchez, un delantero londinense de padre ecuatoriano al que el destino había elegido para marcar los dos goles más importantes de la historia del club (el primero supuso el ascenso a la First, el segundo trajo el primer título). Un año después, llegó al equipo Dennis Wise, un durísimo centrocampista que podía encajar perfectamente en el paradigma de futbolista hooligan inglés, tanto dentro como fuera del campo. Cuando el equipo estaba en plena lucha por subir a la máxima categoría, se fichó a John Fashanu, ariete de sangre africana cuya historia personal tras retirarse del fútbol destrozaría en pedazos el interés y trascendencia de su vida deportiva en un guión cinematográfico.  Como colofón, con el Wimbledon en la First Division llegó Vinnie Jones a la plantilla. Procedente de la segunda división sueca, Jones personalizó la firma del tratado de guerra de The Dons contra el fútbol inglés.

Si podemos vender Newcastle Brown en Japón y el Wimbledon puede llegar a la First Division, entonces no hay seguramente nada fuera de nuestro alcance”,  Margaret Thatcher




La llegada escalonada de la nueva columna vertebral del Wimbledon ayudó a enconar aún más el sentimiento de equipo en torno al rectángulo de juego. No hay mayor enemigo que el que uno mismo se inventa. No hay mejor publicidad que la que nunca decae. No hay forma más eficiente de entender un partido de fútbol que como una batalla de perfil novelesco. A medida que el Wimbledon había ido escalando posiciones en el star system del fútbol británico, fue dejando caer por la ladera aquellas cualidades siempre asociadas a la práctica del deporte rey en las islas. Honorabilidad, lealtad, juego limpio, etc. Los wombles habían extendido, con todo merecimiento, una leyenda basada en un ideario futbolístico tan rudimentario como violento. La linealidad táctica se asociaba con la intimidación física para reírse de aquellos que promovían un juego de toque, movimientos e inteligencia. Tan feo como contundente y más efectivo que efectista, la impronta del fútbol del Wimbledon empezó a adornarse con éxitos reales. El equipo finalizó sexto en su primera campaña en la máxima categoría. Bassett sintió que había aportado su cuota máxima y dejó el banquillo del club. El día de su marcha, a la pregunta sobre si había sentido el apoyo de los hooligans, respondió “en este club, los únicos hooligans son los jugadores”.

Si alguna vez el fútbol fue un juego de caballeros, no sería cuando el Wimbledon saltaba al césped. Fueron acusados de un modo continuo de marrulleros, sucios, poco elegantes, provocativos y deshonestos con el deporte. En aquel lugar y momento precisos, el respeto a la práctica futbolística parecía tener un valor superior al que se suele demostrar en el presente. Además de la indignación en nombre del balón, surgió también un ligero pero dañino movimiento de burla hacia los dons, generalmente procedente de voces que hoy algunos calificarían como “intelectuales del fútbol” (si existen, ¿acaso se necesitan?). Se definía el fútbol del Wimbledon como cercano al nivel amateur y profundamente básico. Gary Lineker dijo que “la mejor forma de ver al Wimbledon es por el teletexto”. Sin embargo, el resultado de la ecuación era un carisma a prueba de bombas. El odio de la ortodoxia futbolística británica hacia el equipo resultaba menos expresivo que las sonrisas esbozadas por los simples simpatizantes de la First Division.

Podía intuirse desde la muralla exterior de Plough Lane que todas esas indisimuladas mofas, esos comentarios con sorna desde las gradas visitantes y los micrófonos nacionales, no hacían más que prender el fuego de la unión en el interior del estadio. Todo aficionado, jugador o directivo del Wimbledon se sentía maltratado e injustamente criticado. Esa sensación tan placentera de ser diferente en la soledad merecía ser compartida, por paradójico que resulte. Y la masa social womble se agrupó más que nunca. El “nosotros contra el mundo” pasó a ser un lema grabado en la mente y voz del supporter, un cartel imaginario en la entrada del estadio. Sin embargo, de puertas hacia dentro la metodología de reclutamiento no resultaba tan solidaria. Con un ideario de bases revolucionarias y de ciertos toques anti sistémicos, el clásico recurso de las novatadas no podía faltar. Llegar a la plantilla de aquel club era como ingresar en el instituto de Mentes Peligrosas pero sin la sonrisa de Michelle Pfeiffer y con las clases magistrales de Vinnie Jones. La supervivencia como medio de trabajo. Los ritos de iniciación no eran especialmente originales. Quema de ropa, relleno de calzado con espuma de afeitar, pinchazo de neumáticos, lanzamiento al canal de agua…y todo ello permitido por las más altas instancias. 



El presidente de aquel Wimbledon era Sam Hammam, un excéntrico ingeniero libanés que invirtió en diversos clubes ingleses durante el siglo pasado. Nunca pareció el más adecuado para poner en vereda a los jugadores; incluso muchos de los damnificados por las novatadas pensaban que él estaba detrás del diseño de algunas. El delantero internacional Dean Holdsworth llegó al club en 1992 y cuenta que tuvo suerte de incorporarse “una semana más tarde de la marcha de Vinnie Jones. Nadie estaba a salvo. Pensábamos que el presidente estaba detrás de varias bromas hasta que uno de los cabecillas de la plantilla cogió el coche de Hammam, lo condujo varias millas a las afueras de la ciudad y lo dejo abandonado. Al día siguiente, fuimos todos a su despacho y el culpable le dio las llaves y le dijo que su coche estaba en un área de diez millas cuadradas alrededor del estadio y que podía ir a buscarlo cuando quisiera. Varias semanas después, el presidente seguía yendo al trabajo caminando”.

El himno del Liverpool es ´nunca caminarás solo`. El del Wimbledon es ´nunca volverás a caminar`”, Tommy Docherty, entrenador del fútbol inglés.

Los méritos propios, los deméritos contrarios, el dichoso destino, la suerte… sea como fuere, el gran día del Wimbledon estaba por llegar. Y sucedió el 14 de mayo de 1988. Con Bobby Gould en el banquillo, los dons se plantaron en la final de la FA Cup a disputar ante el Liverpool. El club de Anfield simbolizaba por entonces la aristocracia del balompié. Había ganado cuatro Copas de Europa durante los once años anteriores. Sumaba dos dobletes locales en las últimas tres temporadas y estaba considerado como uno de los mejores Liverpool vistos sobre el césped. La presentación previa de los contendientes dejaba claro que lo que se iba a vivir era más una discusión ideológica sin parangón que un partido de fútbol. Los reds gozaban del favor popular gracias a su inercia al éxito, su condición de embajadores ingleses, su brillante historia y la presencia de jugadores imposibles de emparentar con la antipatía. John Barnes acababa de llegar y lucía, elegante y veloz, como uno de los mejores extremos del momento. Peter Beardsley estaba en el culmen de su carrera y era el capitán de la selección inglesa. Y por encima de ellos, en el escalón de las leyendas jugaba King Kenny. Dalglish estaba cerca de su retiro y quería agotar la batería con el máximo número posible de títulos. Vinnie Jones sabía de su importancia dentro y fuera del campo, su instinto combativo se lo había susurrado durante los días anteriores al partido. Jones había declarado que iba “a arrancarle la oreja a Dalglish de un mordisco y escupirla a un agujero”. Con rojos y azules en el túnel de vestuarios, el Wimbledon disparó por primera vez. Las palmadas sobre el cemento del túnel de Wembley se acompasaron con el grito “in the hole, in the hole” en referencia al lugar donde teóricamente acabaría el pabellón auricular de Dalglish. Cuentan que Kenny se dirigió a uno de los directivos de la FA allí presentes para expresar su queja. El partido ya había comenzado.

El choque fue intenso, tosco, emocionante y épico. Una final cotidiana dentro del carácter extraordinariamente eléctrico de las mismas. El Liverpool se mostró impreciso e incómodo, especialmente a raíz del gol de Lawrie Sánchez a pase de Wise en la primera parte. El Wimbledon, a base de dureza, solidez y entusiasmo, estaba consiguiendo desquiciar al rico de la urbanización. Esta vez, la violencia no fue más allá. Como si vistiera sus mejores galas en una recepción, los dons dejaron atrás sus malísimos modos, aunque fuera de una manera más aparente que real, y se limitaron a intentar ganar el partido. Con rudeza, eso sí. La historia se mitificó un poco más cuando el portero del Wimbledon, Dave Beasant, caracterizado por la naturaleza como estrella setentera del glam, detuvo a John Aldridge el primer penalti de la historia de las finales de la FA Cup. El asedio posterior de los reds sobre su portería no tuvo premio. El árbitro pitó el final del partido. El Wimbledon había ganado la FA Cup. John Motson, comentarista de la BBC, afirmó emocionado: “The Crazy Gang have beaten the Culture Club!”. Había nacido la nueva Crazy gang.




Sobre Vinnie Jones no hay mucho que contar aparte de lo ya escrito en multitud de medios. El malo por antonomasia del fútbol inglés. El hombre que cruzó la línea de la violencia y la transportó malintencionadamente varios kilómetros. El tipo que más daño ha hecho a la palabra “centrocampista”. Hijo de familia obrera de Watford, cató el menú futbolístico amateur entre categorías inferiores y experiencias en Suecia. Combinaba el balón con el andamio hasta que fichó por el Wimbledon con 21 años. Entró en el vestuario imprimiendo carácter, expresión que en su jerga se traduce como repartir patadas y puñetazos en los entrenamientos como escalera de selección natural. Para la historia callejera quedan sus enfrentamientos con Gascoigne y con Gullit


Del holandés dijo: “si todo falla con Gullit, siempre puedes aprovechar un corner y atar sus trenzas al poste de la portería”. Con Gazza prefirió actuar después de hablar. Al poco de empezar su partido contra el Newcastle, Vinnie le susurró al oido: “Me llamo Vinnie Jones, soy gitano, gano mucho dinero. Te voy a arrancar la oreja con los dientes y luego la voy a escupir en la hierba. ¡Estás solo, gordo, solo conmigo¡”. Poco después vendría la famosa imagen del “agarrón” de Jones a las partes más íntimas de Gascoigne y la sucesión de las catorce faltas que cometería sobre él. Tras el partido, el intercambio de paquetes entre los dos bad boys del escenario futbolístico inglés no se hizo esperar. Un ramo de rosas de Paul a Vinnie, una escobilla de wáter de Vinnie a Paul…todo resultó a la altura de lo esperado. Tras la disolución del gran Wimbledon, Jones acabó en el Leeds. Como era costumbre, Vinnie comenzó partiéndole la cara a uno de sus compañeros, Bobby Davidson, para hacerse valer en el vestuario. Fue una época próspera en la que logró el ascenso a la First Divison y nuevos contratos con Sheffield United y Chelsea, para terminar volviendo al Wimbledon en 1992. Como si oliera su próximo futuro profesional, Jones sacó al mercado su documental Soccer´s Hard Men, un manual visual de instrucciones sobre cómo ejecutar toda forma física de violencia en un campo de fútbol. Ese fue su gol más polémico.




Varias temporadas después, colgaría las botas en el QPR deseoso de iniciar su nueva aventura cinematográfica. Guy Ritchie le visualizó como tipo violento de las mafias ocultas londinenses en Lock and Stock (no ha sido una de tus ideas más originales, Guy) y Vinnie se convirtió en actor, llegando a su punto álgido de crítica interpretando a Bullet Tooth Tony en la gran Snatch: Cerdos y Diamantes. Varias decenas de películas después, Vinnie Jones disfruta de la vida que ha peleado, nunca mejor dicho. En la última década acumula experiencias musicales, colaboraciones políticas, incidentes en aviones y detenciones en bares de estados del medio-oeste estadounidense, destacando las dos primeras circunstancias por novedosas. Vive en una lujosa mansión en Los Ángeles junto a mujer y dos hijas y aún se recrea pensando en la autenticidad de sus actos, en la justicia de sus medios. Y en sus servicios a la comunidad, tan literales en Estados Unidos como metafóricos en Inglaterra. “La federación inglesa me felicitó porque acabé con la violencia en las gradas. Yo la llevé al campo”. El malo sobre el césped es ahora el villano de la película. Cuesta afirmar qué resulta más insultante. La lejana realidad o la ficción actual.

John Fashanu llegó al Wimbledon unos pocos meses antes que Jones. Hijo de un abogado nigeriano, John se crió junto a su  hermano Justin en una casa de acogida tras la separación de sus padres. No se le atribuye una carrera deportiva de trascendencia hasta su llegada al Crystal Palace y, posteriormente, al club de Plough Lane. Sus cuatro goles en los nueve partidos restantes de la temporada 85-86 ayudarían de un modo fundamental al ascenso del Wimbledon a la First Division. 126 goles, 2 internacionalidades y una fractura craneal al, por entonces, capitán del Tottenham (Gary Mabbutt) fueron las principales contribuciones de Fashanu al club a y la reputación de la Crazy Gang, respectivamente. Aunque no se puede negar que se trataba de dos caras, en ciertos momentos, iguales de una misma moneda. Tras ocho años en el Wimbledon, Fashanu se marchó al Aston Villa, donde una tremenda racha de lesiones importantes y un escándalo de partidos amañados empañaron y definieron el final de la carrera del delantero.




La sensación que ha mostrado Fashanu durante su período público es que ha sabido definir su hábitat de rebeldía humana de un modo más efectivo en el campo de fútbol que en la cotidianidad de su vida, que por otro lado ha tenido poco de rutinaria. El exfutbolista ha sido embajador del fútbol nigeriano y ha encabezado la lucha contra la corrupción deportiva en su país. Sin embargo, en la devoradora Europa Fashanu encontró su retiro en un lugar en el que el protagonista nunca decide cuándo se retira. La implacable televisión acogió al ex futbolista como presentador y concursante de programas de hilarante diversidad e indudable mal gusto. A saber: La versión inglesa de Gladiators, un reality futbolístico sobre un equipo amateur (Fash´s football challenge) o una miniserie titulada Man vs Beast que nunca llegó a emitirse por las protestas de los grupos por los derechos de los animales. Caso aparte resultó su participación, casi victoriosa, en el típico programa moderno que reúne celebrities, por supuesto abandonadas en los pozos del anonimato, en un lugar perdido de la jungla que las nuevas bestias colonizan durante varios meses (I´m a celebrity…get me out of here!). Fashanu participó también y triunfó en Wipeout, esa versión occidental de Humor Amarillo que llegó a España. Luego, el bueno de John intentó juntar todo lo mejor de sus experiencias televisivas y lo metió en un bar. Pruebas atléticas y de habilidad entre barras, sillas y mesas de billar. ¿Cómo pensar que no ocurriría? Todo el respeto para alguien que aparece, y con una cantidad notable de trabajos, en IMDb.

Durante los últimos años, las principales menciones a Fashanu han procedido de la prensa rosa, que se ha encargado de exprimir y exhibir los trapos sucios de la familia del delantero, amparados en su más que supuesta homofobia. La historia tiene como base a su hermano Justin, dedicado también al fútbol. A día de hoy, se le continúa considerando el primer jugador profesional en salir del armario en la historia del fútbol, además de ser el primer futbolista negro cuyo traspaso costó un millón de libras. Su estilo de vida y sus presuntos escándalos amorosos con la alta sociedad británica nunca fueron aceptados por su familia. Especialmente duro se mostró su hermano John cuando Justin fue acusado, injustificadamente según se supo luego, de abusar sexualmente de un menor de edad estadounidense. La presión en su profesión sobre su condición sexual y el distanciamiento respecto a sus seres queridos llevaron a Justin a una profunda depresión que acabó con su suicidio en 1998. Las declaraciones de John Fashanu sobre y durante la vida de su hermano no hicieron más que confirmar lo que muchos afirmaban en las islas. La empatía de Fashanu con sus colegas sobre el césped nunca llegó a hacer acto de presencia fuera del verde con su mayor compañero en la vida.

Dennis Frank Wise se vestía del jugador que todo equipo inglés necesita para calmar el instinto y el afán de representación de sus aficionados más radicales. Un centrocampista pegajoso, eléctrico, de altura reducida y amplísima tenacidad. Tan sufridor como sufrido, Wise representó como nadie la mezcla de competitividad, agresividad y provocación que fundamentaba aquel Wimbledon. Sin embargo, fue el único miembro de la Crazy Gang que logró terminar en uno de los grandes de las islas. Los dons fueron su trampolín para llegar en 1990 al Chelsea, donde permanecería once temporadas, alcanzando 21 internacionalidades y convirtiéndose en un símbolo del club. A Wise no le habría hecho falta tener enemigos para imprimir carácter a su carrera (Ferguson dijo de él que sería capaz de provocar una pelea en una casa vacía), pero por si acaso no daba la talla, el mediocentro (ay) se encargó de buscar problemas con los periodistas, a través de agresiones, con taxistas, mismo medio, y con rivales a los que, literalmente, mordió. Así actuó con Marcelino Elena en una semifinal de Recopa de Europa ante el Mallorca y con Savio Bortolini en una Supercopa Europea ante el Real Madrid.




Evidentemente, la compañía de Vinnie Jones había impregnado los conocimientos de Wise hasta límites insospechados. También a la hora de hacer equipo. Tras dejar el Chelsea, marchó al Leicester. En una de sus primeras concentraciones con sus nuevos compañeros, Dennis participó en una partida de cartas en la habitación de Callum Davidson. Al término de la partida, Davidson quiso descansar y cada jugador se fue a su habitación…excepto Wise, aquejado de una pataleta digna del mejor infante de la guardería. Tan mal le sentó el hecho de que le echaran de la habitación que cuando todos dormían, volvió a los aposentos de Davidson y le regaló una doble fractura del pómulo, firmando el final de su carrera en el Leicester. Varios años de apego al fútbol inglés le permitieron debutar como jugador-entrenador en Milwall y retirarse en el Coventry City. Tras su paso intrascendente por los banquillos del Swidon Town y del Leeds United, Wise contribuyó al descenso del Newcastle en 2008, causa por la que es odiado en la ciudad del nordeste de Inglaterra. A sus 45 años, busca un lugar en el que encontrarse a gusto como preparador de sus soldados. Se le podrá acusar de falta de conocimientos, exceso de pasión (ya ha sido sancionado en múltiples ocasiones) y un alejamiento completo de cualquier atisbo estético en el campo. Pero Wise nunca perderá la determinación de la que ha hizo gala en el Wimbledon. Como él mismo afirmó en una ocasión: “Ganar no es lo más importante…siempre que ganes”.

Las letras futbolísticas de oro de Plough Lane se reservaron para Lawrie Sánchez. Beneficiadas ambas partes de su encuentro, de las botas del ariete de padre ecuatoriano y madre de Belfast salieron los goles del ascenso a la First y de la consecución de la FA Cup ante el Liverpool. Sánchez fue el brazo ejecutor del Wimbledon de los grandes éxitos. Supo entender el concepto extendido por la Crazy gang de un modo, por lo general, más discreto aunque cuentan que era el miembro con peor carácter. Tras dejar el fútbol, Sánchez comenzó sin ninguna pausa su carrera en los banquillos, siempre en las islas. Alternando Inglaterra con equipos y selección de Irlanda del Norte (llegó a ganar 3-2 a España en aquella fatídica noche de 2006 en Belfast), Sánchez se ha hecho un nombre de entrenador con carácter que, actualmente, trabaja en el Barnet Football Club en la Football League Two.




Tras ganar la FA Cup, el propio club comenzó a utilizar el apelativo Crazy gang en sus productos oficiales, lo que provocó cierta pérdida de punch en la definición y llegó al extremo de figurar en las camisetas de los jugadores a mediados de la década de los noventa. El Wimbledon había completado varias temporadas tranquilas, rondando puestos europeos pero asentándose definitivamente en la mitad de la tabla. Sin embargo, la competitividad y la cohesión interna iban a desaparecer poco a poco. Un par de generaciones más tarde llegarían los problemas con el viejo Plough Lane, las discrepancias entre los distintos estratos del club y la desaparición en 2004 del Wimbledon Football Club. La conveniencia económica y el impulso de las tripas aficionadas crearon dos nuevos clubes a raíz de aquella escisión, el Milton Keynes Dons Football Club y el AFC Wimbledon. Pero eso es otra historia…

El afán de equipo, la competitividad, la creencia en uno mismo, la violencia y la rebeldía continua fueron las principales características de la Crazy gang, una generación de futbolistas que actuaron como matones de escuela durante su carrera en el Wimbledon. Como si hubieran estado asistiendo al parvulario, algunos de sus componentes aprendieron mejor que otros las lecciones que el fútbol les regaló para el resto de su vida. En el colegio siempre cuentan que lo importante viene después, que las clases son una simple preparación. Para esta pandilla incomprendida e imposible de comprender, el fútbol fue su recreo. Para ellos, el silbato final del árbitro cada fin de semana suponía el retorno a una estéril realidad, aburrida y nostálgica. Eso sí, siempre les quedará la última película de Vinnie como excusa para reunirse en pos de la melancolía, intercambiarse moratones y otras muestras de carácter y volver por un momento a aquella realidad militar y, sobre todo, feliz.








sábado, 18 de agosto de 2012

Imagine: Liverpool



La vida son pequeños detalles. Hay márgenes minúsculos de decisión que hacen que la moneda caiga de un lado o del otro. Y ya sabes cómo es el fútbol. No cuenta el trabajo, sino los resultados. Este club tiene una resistencia endémica que su propia afición y su historia han ido realimentando año a año. Hemos pasado por situaciones difíciles pero hemos aguantado. En la vida hay que saber lo que uno quiere…” – me comenta el míster del Liverpool mientras me invita a una buena pinta en su casa.

Hubo un día en que las hojas españolas estuvieron cerca de caerse del árbol inglés con más solera. Por unos pocos momentos, pensamos que el Spanish Liverpool se vendría abajo; sucedió durante aquel verano de 2009, que a punto estuvo de convertirse en un otoño fatídico, futbolísticamente hablando, para los reds. Xabi Alonso rechazó una oferta insuperable de la liga española. ¿Cómo lo hizo? Con sentido común, serenidad y sabiduría, que es como suele resolver el mediocentro la mayoría de las ecuaciones sobre el césped. Cuenta Xabi que cuando un futbolista juega en Anfield, ya no vuelve a ser el mismo. El centro del campo sin él ni Mascherano hubiera sido algo muy diferente durante aquellas temporadas. Lástima que Masche quisiera probar suerte en Barcelona y se marchara para allá en 2011. Fue una despedida triste pero muy agradecida. El jefecito dio lo mejor durante su estancia en Liverpool y consiguió ganar su principal objetivo. Además, la contraprestación de su traspaso fue la llegada de un chico que apuntaba buenísimas maneras y que consolida así la firma hispana del equipo. Oriol Romeu, se llama. El cuerpo técnico quería jugadores a cambio del argentino, dada la delicada situación económica del club.



En 2010, Tom Hicks y George Gillet estuvieron muy tentados de vender el Liverpool a manos de la firma New England Sports Ventures (NESV). Sin embargo, la operación no salió adelante por esos típicos flecos financieros que, de tan pequeños, acaban por arrasar las intenciones de todas las partes. Ya se sabe que la vida son los pequeños detalles. El club consiguió un acuerdo bancario con diferentes entidades, mediante nuevos e interesados patrocinios, para afrontar la deuda y no perder competitividad a nivel deportivo. Tras cambiar el nombre del estadio (“lo importante está en el interior”, afirmó Hicks tras la puñalada al corazón red), el club vio solventada su deuda y pudo comenzar con la reclamada renovación gradual de la plantilla. De aquel equipo que alcanzó dos finales de la Champions en apenas tres temporadas, continuaban en el plantel varias piezas indiscutibles, entre las que se encontraban los españoles Torres, Reina, Arbeloa, Riera, Mikel San José y el propio Alonso. Todos ellos junto a Gerrard, Agger, Skrtel, Carragher y Glen Johnson formaron un bloque sólido que completó la temporada con buen fútbol y clasificándose para la Champions League, aunque sin el premio de los títulos.

El verano pasado, un grupo de hombres trajeados ejercieron una cualidad difícilmente atribuible a su condición. La generosidad. Apoyaron sin reparos un ambicioso proyecto futbolístico mientras se tomaban una taza de té a la orilla del Merseyside. La mayoría de las peticiones del entrenador fueron aceptadas y el plantel pasó así a cumplir con la polivalencia que quería el cuerpo técnico. José Enrique llegaba para cubrir el lateral izquierdo y Raúl Albiol quiso probar la experiencia inglesa a falta de minutos en Madrid. Además de los españoles y de los canteranos ya consolidados en la plantilla (Spearing, Kelly y Stearling), llegaron al club varios jugadores de postín con los que el Liverpool quería aspirar a lo más alto. Luis Suárez, Charlie Adam, Stewart Downing y Ashley Young complementaban una plantilla a la altura de las exigencias del club.


El año no ha sido fácil. El acoplamiento de las piezas nuevas, las lesiones de futbolistas importantes y un fútbol algo más práctico y menos estético que la temporada pasada ha marcado buena parte del curso. Tanto la afición como el cuerpo técnico tenían claro el objetivo desde el comienzo. El Liverpool fue eliminado ante el United en la FA Cup y ante el Aston Villa en la Carling Cup. La ilusión de la Champions League duró hasta que el Chelsea se cruzó en el camino en una eliminatoria tan inexplicable como injusta. Los caminos de Drogba, tituló la prensa. Sin embargo, el verdadero sueño se jugaba en el último mes de competición. La lucha con el Manchester City por el liderato de la Premier se estrechaba cada vez más, llegando al límite cardíaco del empate de puntos a falta de una jornada. El Liverpool visitaba Gales para ganar al Swansea y llevarse la competición. En el minuto ochenta y cinco, el partido marchaba empatado a dos. El City ganaba fácilmente al QPR y los reds necesitaban un gol. El míster decidió hacer su último cambio para buscar el tanto a la desesperada. Miró al banquillo y, entre las miradas nerviosas y los lenguajes corporales dudosos, le sorprendió la determinación del 26. Era además lo que buscaba. Un chico alto para cazar balones por arriba. Tres minutos después, Xabi Alonso sacaba un córner y el recién incorporado, Miki Roqué, remataba a las mallas del Swansea. El Liverpool iba a ganar la Premier League 2011-2012.

“…hemos trabajado mucho para llegar hasta aquí. Y, por qué no decirlo, hemos tenido suerte; al igual que hemos tomado una serie de decisiones que, con el tiempo, hemos considerado acertadas. El mundo del fútbol, como la vida en general, resulta muy cambiante. Y a veces muy efímera. Hay que intentar dar lo máximo en cada momento y en el lugar donde creas que debes estar. Yo, personalmente, creo que éste es mi lugar” – finaliza nuestra charla el míster mientras ultima la preparación de su segunda pinta. Lo hace de un modo exhaustivo. Con cuidado pero con destreza y seguridad en sí mismo, en su método. Está de vacaciones, la jovialidad del momento le permite repetir. Cuesta decirle “no” a este hombre record. Más de cuatrocientos partidos como entrenador del Liverpool. Una FA Cup, una Community Shield, una Supercopa de Europa, una Liga de Campeones…y la vuelta a casa de la liga inglesa. Nada excita más a un red que empatar a títulos con el Manchester United. Y Rafa Benítez ya es un red. Porque siempre lo fue. Porque éste es su sitio.



Artículo extraído del número 1 de Lineker Magazine:

martes, 10 de julio de 2012

El circo del verano



El mercado veraniego de fichajes es el juego de nombres y de colores al que se prestan prensa y aficionados cada vez que el mes de julio asoma por la ventana dilatada por el calor. Los sueños, sueños son y, como tal, su fuerza e ilusión adjunta suelen atropellar cualquier atisbo de rigurosidad y necesidad, esas cualidades imprescindibles en las obligaciones pero dejadas de lado en los pequeños y grandes placeres de la vida, como el seguimiento deportivo para un gran porcentaje de la población mundial.

Entre nombres, reuniones, verdades sesgadas, mentiras a medias y fogosos debates sobre castillos de naipes, transcurre la época estival. Aunque la verdadera competición comienza a mediados de agosto, el juego de cromos se activa mucho antes y tiene múltiples escenarios. Cada uno tiene el suyo en su mente de entrenador campeón de Europa y los comunes resultan unirnos a todos los míster frustrados, antiguamente en las columnas del papel madrugador, hoy en día en el insomne e implacable timeline de Twitter. La Premier League no es una excepción y las principales peleas entre los ingleses amantes del fútbol (es decir, entre todos los ingleses) se fundamentan en torno al entusiasmo o apatía mostrados por los principales clubes del país a la hora de incorporar nueva mercancía.

La sensación personal es que el dominio de la ciudad de Manchester en la última edición de la Premier está marcando la iniciativa a seguir en el actual mercado de fichajes. El Manchester City espera relajadamente con su trofeo bajo el brazo a la espera de explotar el globo de transacciones con algún alfiler tan llamativo y espectacular como futbolísticamente injustificable. El crédito del título y, por qué no decirlo, del intangible aporte económico de Al Fahim al club, trasciende las causas deportivas y alza la bandera de la anarquía en la tierra de la toma de las decisiones, amparada en un romanticismo discutible, aquel que vota por reunir eun mismo vestuario la mayor cantidad posible de jugadores extraordinarios, independientemente del coste y de su rol en el equipo. ¿Apostamos por una posible bomba? La más sorprendente cayó ayer mismo. Mancini ha renovado como manager hasta 2017, como lo oyen. En el fútbol de élite suena a broma. En el Manchester City, lo inverosímil se vuelve tan frecuente que hasta puede salir bien.

Foto: telegraph.co.uk

En la acera contraria de la ciudad, Ferguson espera. Seguro de sí mismo y de su entorno, ese club llamado Manchester United. Espera como quien fuma pausadamente un cigarro en la parada de autobús, decidiendo qué línea será la más apropiada para subirse. Los nombres pululan por las corrientes aéreas de las cercanías. Atractivos y falsos según quién los mire y quién los pronuncie. Van Persie, Cole, Demba Ba, Gaitán...de momento, Sir Alex ha decidido dar un relevo oriental al existoso merchandising de los red devils, marchándose Park y llegando Kagawa. Y seguirá esperando, se mueve perfectamente en este terreno.

Foto: soccer-magazine.com

Londres toma la iniciativa y la palabra, saca el ideario, la chequera y pone encima de la mesa sus intenciones, como queriendo parecer honesto ante la llegada de los Juegos Olímpicos a la ciudad. ¿Cambiará el Arsenal de rumbo? Parece difícil si uno considera que el propio Arsenal, tal y como lo entendemos, es el mismo rumbo en sí. De momento, los capitanes elegidos para subir al barco son más expertos de lo habitual, dentro de la juventud que mandan las tablas de Arsène. Podolski, Giroud, quién sabe si M´Vila....se marcha Almunia, se espera a Wilshere...lo normal dentro de la anormalidad, que es el anuncio de Robin Van Persie sobre la no renovación de su contrato. De su marcha o su estancia dependerá la identidad del ataque del Arsenal.


Foto: nuevofutbol.com

El Chelsea se ha liberado de sus fantasmas y parece querer empezar a divertirse. El club no puede personalizarse más en Drogba, exiliado voluntariamente a China donde ahogará su desahogo deportivo entre colchones rellenos de yenes. Hasta ahora, el nombre del verano es Eden Hazard. La expectativa hecha regate, descaro y velocidad. El belga lebronizó su marcha hasta límites insospechados. Su capacidad para triunfar parece asociada a su cualidad de no dejar indiferente a nadie. Juntar en la línea ofensiva a Torres, Mata, Hazard y Marin provoca profundos y placenteros sueños a los supporters blues, que empiezan a gustarse con eso de imaginar su nuevo papel de hedonistas de la Premier, amantes del balón y sorprendentes receptores de la diáspora de futbolistas belgas en Inglaterra.


Foto: independent.co.uk

En White Hart Lane, intentan razonar y buscar las causas de un éxito que se resiste, un último escalón que el Tottenham aún no ha podido subir. La cabeza manda en la dirección técnica de un club habitualmente llevado con corazón sobre el césped. Vertonghen, un central de jerarquía, simboliza la seguridad y fiabilidad que buscan los spurs en su inexplorado camino a la gloria de los títulos. La competición regala a André Vilas-Boas una segunda oportunidad que, sin ningún tipo de referencia y basado en una simple e ignorante corazonada, pinta más favorable que su fracaso inicial en el barrio azul de la ciudad. Al igual que sucede con los vecinos del norte, el Tottenham se debate entre las diferencias de contar o no con uno de sus mejores activos. Parece que Modric quiere irse. Veremos de qué lado cae la moneda.


Foto: nuevofutbol.com

¿Y el Liverpool? Cuesta analizar las decisiones de un club en el que no siempre reina la lógica ni la concordia. Llega Brendan Rodgers...se marcha Dirk Kuyt...you´ll never walk alone...vamos, lo de siempre. A mí los veranos del Liverpool me suelen aburrir, ojalá en este me retracte de mis palabras. En cualquier caso, ya ha comenzado el juego. Siéntense, apuesten y disfruten. Lo mejor es que cuanto todo esto haya terminado, comenzará lo bueno. O al revés, lo que ustedes quieran.








lunes, 2 de julio de 2012

Mi generación




Nací en 1981. Pocos meses después del  infarto de una nación, mis padres decidieron felizmente traerme a este convulso país. Viví la alegría de los ochenta sin entenderla en su mayor parte, pero impulsado por el entusiasmo infantil. La vida era la luz del sol en el descampado de mi casa, era la protección de mis padres, eran la alegría de la navidad y el coche fantástico. Crecí en los noventa limitándome a disfrutar mi ciclo de adolescencia, sin pensar demasiado a donde iba este mundo y dónde podría acabar yo mismo. Las primeras copas, los primeros malentendidos buscados con chicas, las decisiones a primera vista intrascendentes...todo ello regado con la confusa banda sonora de la década. Con el nuevo milenio, empecé a formularme preguntas más complicadas y no por ello encontré respuestas más simples. Me resulta de una pereza sideral el resumir lo pasado y sentido durante los últimos doce años y seguramente a la mayoría de los lectores les suceda lo mismo; y es que la era de los nuevos dígitos milenarios ha traído una nueva disposición infinitamente menos entrópica que el anterior. Se define con un extraordinario desorden, entre otras cosas porque no tenemos tiempo para hacer las cosas como nos gustaría.

Comparto generación con la actual selección española de fútbol. En el primer bienio de la década de la movida madrileña, aterrizaron en este país Iker Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso y David Villa. Ellos y todos los que nacieron posteriormente lo hicieron regados por la educación inicial de la democracia, aquella corriente blanca y sin alcohol que abogaba por el trabajo más correcto para llegar el mejor fin posible. Se trataba de una sociedad curiosa, recién iniciada en la élite de la civilización supuestamente avanzada, que tan pronto descubría la música dance como el achique de espacios. Y aunque lo hacía siempre con un poso de sorpresa, quedaba en al aire esa parte de ingenuidad española, ese momento de querer subirse al carro como modo de supervivencia. Sin embargo, algo estaba cambiando. Entre injusticias arconadiles, penaltis de Eloy, errores de Cardeñosa y golpes francos de Stojkovic, el giro del núcleo giraba poco a poco en contra de la tendencia fatalista. Aunque lo manteníamos al margen del conocimiento general, todos los miembros de la generación lo compartíamos. Queríamos dominar el mundo en sus múltiples vertientes y confiábamos en que algún día nuestros conocimientos e iniciativa nos permitirían hacerlo. 

Sabíamos que sería una guerra. Somos gente que se ha sentido desprotegida en muchos momentos de su vida, por las circunstancias, por el sistema y, por qué no decirlo, por nuestras dudas, por nosotros mismos. Tenemos la sensación de haber llegado tarde a todos los sitios. Somos los contenedores de basura inservible de nuestros hermanos mayores y los conejillos de indias de nuestros hermanos pequeños. ¿Conocen la expresión "eran otros tiempos"? Nosotros nacimos en esos tiempos; resulta paradójico el hecho de que solamos ser los principales damnificados por el uso de esta frase hecha. Somos una generación a la que nos falta descaro y nos sobra educación. No sabemos lo que es el talante, pero conocemos de sobra lo que significa el respeto, algo que procesamos y repartimos en la misma manera que exigimos. Representamos la impaciencia bien entendida, esa que se asienta en las bases de la confianza en uno mismo y en el gusto por hacer algo en la vida. Aceptamos las bases por las que nos regimos, pero buscamos el significado verdadero de las normas, sin mancharnos en demasía de esa practicidad que contagia las prisas modernas. Somos hijos de la ESO y, aún así, queremos e intentamos hacer las cosas bien. Y lo hemos llevado a la práctica durante nuestra existencia. La interrogante nos acompañará siempre, pero nunca dejaremos de añadirle una respuesta que, acertada o no, nos diga el camino por el que marchar.

Tenemos bastantes más de veinte; en algunos casos (como el mío), más de treinta. Mi generación es convergente, prefiere la unión a la división. Serán los mundos de Yupi aquellos que me hacen preguntarme si la generación de la España futbolística ha compartido inquietudes conmigo y con mi grupo de amigos. El último romanticismo que nos dio el siglo XX me hace pensar que sí, que así fue. Que la clarividencia que muestra Xavi con la pelota me recuerda a la determinación de Rodrigo, mi amigo enfermero que conoce mejor que nadie el destino a seguir en su trabajo para llegar a buen puerto. La madurez, cualidad de la que vamos sobrados pero no presumimos porque no consideramos una virtud, me dice que la bonanza de mi amigo Andrés se define en la afabilidad de Reina, un tipo tan necesario que se hace imprescindible allá donde va. Consideramos la lealtad a una misión uno de los mayores dones que se pueden tener, tan representada por Puyol sobre el césped como por Javi y Felipe en sus múltiples papeles de emigrantes, buscando la prosperidad y tranquilidad personal e intentando vivir en paz con ellos mismos, algo tan fácil de decir como laborioso de obtener. Casillas comparte con Juan el ángel que siempre sobresale, la estrella que brilla por encima en cualquier situación. Y qué decir de la resistencia metálica de los ochenteros, aquella que lleva a saltar con éxito cualquier valla que te ponga el destino. Lo saben Fernando Torres, objetivo de los  láseres críticos, y mi amigo Miguel, un hombre cuya sonrisa y afán de superación derriba cualquier mal espíritu.

Todos son de mi generación. Unos cuantos privilegiados han invadido hoy Europa, vía Kiev, y han regalado unos momentos de gran alegría a este país. No nos están arreglando la vida pero nos están dulcificando el camino que irremediablemente hemos de caminar. ¿Cómo me siento yo? Pues escribiendo estas líneas no puedo evitar conciliarme con el carácter bonachón de Del Bosque, un tipo tan modesto en su forma como hermético en sus quehaceres. Interioriza una definición muy clara del bien, de un modo tan inflexible que hasta el mal le respeta. Admiro cómo domina ese pequeño espacio entre el placer de la corrección y el de la rebeldía y cómo, además, se convierte en un ejemplo para personas, jefes y trabajadores de cualquier edad. La moralina bien entendida, la Biblia sin Iglesia, la vivienda sin hipoteca. Los valores sin precio, ése es Vicente del Bosque. 

A todos los protagonistas de este 1 de julio y de las anteriores citas en Johannesburgo y Viena, solo me queda agradecerles esos ligeros y breves momentos de alegría que me han otorgado cada cierto tiempo. La felicidad es un término excesivo planteado de un modo continuo, pero yo fui feliz el día en que vi a España ganar la Eurocopa de 2008 junto a mi madre pocos meses antes de que ella se marchara para siempre. La vida no será solo fútbol, ni siquiera es una gran parte. Pero el fútbol es vida, siempre lo será y mantendré un duelo a muerte con quien me lo niegue, aunque sea en la parte más intrascendente y minúscula del discurso.

Muchos son desconocidos, pero todos los aquí nombrados tienen parte de mí. Pertenecen a mi promoción natal y no paran de preguntarse por qué. Por qué no pudieron haber nacido en otra época más fácil. Pero lo hacen con naturalidad. Respetan el destino, conscientes de la estupidez del debate (hoy en día se crean tantos...) y de la más que probable injusticia de la respuesta. Y es que saben que, tarde o temprano, la historia te acaba situando en el lugar que mereces. Y aunque no lo haga, da lo mismo, estaremos preparados. Mi generación es tan romántica como capaz. Entendemos nuestras presencias por el sacrifico de las ausencias. Y además, damos las gracias. Somos cojonudos.






jueves, 28 de junio de 2012

El grito de Italia



Y llegó el día en que Italia gritó. Con la genialidad de Cassano, el discurso de Pirlo y la escritura de Prandelli, los representantes del Calcio enseñaron a Europa su nuevo ideario. Y lo hicieron en plenitud de condiciones, ante el mejor rival posible y a la hora indicada. La potencia alemana se convirtió en frustración ante los goles de Super Mario y el resto de la orquesta azzurra. Italia abraza al fútbol y espera una generosidad mutua el próximo domingo ante España

Cuando más susurros emitió Italia, más fuerte resultó su nueva entrada en el olimpo futbolístico europeo. La delicadeza de su juego contrasta con la claridad de sus ideas, con el brusco y agradecido viraje de sus objetivos. La maquinaria y la humanidad intercambiaron orillas, pero la condición de implacable se tiñó más de azul que nunca.

En los onces iniciales pareció verse parte del temor de Löw, que luego se confirmaría. La presencia de Kroos para compensar una posible pérdida del balón no sería suficiente ante la interfaz italiana de la primera parte. La determinación y pasión de los azzurri durante el himno se vería continuada con un comienzo casi perfecto. La paradoja que provocaron Khedira rematando un corner y Pirlo sacando el balón bajo palos no resultaría más que una ligera piedra en el camino, más senda romana que nunca. Tras un comienzo de lógico tanteo, Alemania cogió el mando por obligación y convicción; sin embargo, pronto comprobó que se encontraba ante el primer gran rival de esta Eurocopa. Y aún sabiendo que se presentaría disfrazado a la fiesta, los germanos comenzaban a pecar de falta de alternativas para superar el planteamiento italiano. 

Il fratelli d´Italia bajó al campo para desnaturalizar los preámbulos, para cambiar el rumbo previsto. El genius interruptus de Cassano surgió cuando más se le requería, completando una primera parte casi primososa. Con una maniobra tan simple de estética como complicada de ejecución, Antonio dejaba atrás al central revelación del torneo y ponía un balón que Balotelli cabecearía ante las limitaciones de Badstuber. Italia comenzaba a girar su mundo. Tenía el balón y se lo daba a su máximo añadido. Pirlo lo manejaba como un niño su juguete, con soltura, divirtiéndose y descubriendo cada nuevo detalle que aparece. Seguramente, en no muchas ocasiones habría querido Andrea imaginar lo que sería una selección amante del toque, gustosa de la caricia. Una Italia con Pirlo en el índice.


El gol dañó a Alemania, lo normal en estas circunstancias. En una semifinal de Eurocopa, un gol es oro. Lo peor para los teutones es que fueron muriendo poco a poco en plena consciencia de sus facultades y, sobre todo, de las del contrario. Las réplicas alemanas estaban encabezadas por Khedira y Özil, como hermanos mayores de responsabilidad del once inicial, con Boateng entrando por la banda derecha ante la incomparecencia ofensiva de Lahm. Pero el problema seguía siendo el mismo. Italia defendía como le apelaba su historia y atacaba como le estimula su nueva droga, la asociación. Una mezcla tremendamente competitiva que acabaría en su segundo gol. El magnífico balón largo de contragolpe de Montolivo se continuaría del fallo de movimiento de Lahm y del golpeo misilesco de Balotelli.


El gol de Mario fue el golpe encima de la mesa de Italia. Su grito al fútbol europeo, el primero que asustaba a Alemania en mucho tiempo. La figura hercúlea del italiano simbolizaba la fuerza de esta Italia. Su sempiterna potencia con una nueva inteligencia, más allá de los aspectos picarescos del juego. El cambio de destino futbolístico de Italia estaba resultando imparable para la Mannschaft, frustrada y sintiéndose incomprendida. El descanso llegó en pleno lamento herido de Alemania, intentando llegar al área italiana sin más resultado que el propio anhelo de voluntad.

El ajedrez italiano contuvo sin problemas el previsto ciclón alemán en el comienzo de la segunda parte, movimiento que no fue más allá de una simple ventisca veraniega. El trasiego de cambios en ambos equipos no influyó en demasía en la pérdida de intensidad, ya que Alemania se vio siempre en el abismo e Italia jamás cayó en la relajación. Los germanos empujaron, con la actividad decreciente de Özil y la vitalidad de los nuevos, Reus, Klose y Müller. Sin embargo, la azzurra nunca pareció fuera de sitio. El balón era germano pero el control de fondo era italiano. A pesar de que los mediterráneos recularon en la última media hora, Alemania no pudo más que insistir en las mismas acciones inoperantes de la primera parte. Mientras tanto, continuaba la clase magistral de Pirlo, el auténtico conductor del partido. Mejorando a Marchisio, colocando a Motta, complementando a De Rossi y asombrando al planeta entero. En un mundo justo, jugar con el talento de Pirlo debería estar prohibido o ser expuesto públicamente.


Alemania iba a morir con el partido. Sin terminar de definir las armas a utilizar, el combate era propiedad de Italia, que perdonaba el K.O consciente de su gran superioridad a los puntos. Hasta tres contragolpes clarísimos tuvo la azzurra para matar a su rival, pero no pudo. O no quiso, en ese compadreo histórico que evita la humillación entre las dos grandes depredadoras del clásico fútbol europeo. La caída resultó superlativamente cruel para Alemania, cuyos méritos de formación y estructuración antes y durante la Eurocopa han quedado en nada ante la nueva vitalidad italiana. El destino preparó una receta de dos minutos de emoción ante el penalti claro por mano de Balzaretti y posterior gol de Özil.

Italia reposó en los estudios preparados durante un siglo para no pasar problemas en los últimos instantes del partido. Había ganado con justicia ante una Alemania impotente, ante un Löw que se sentirá maldito por compartir generación con una selección superlativa que ha tomado como espejo y un equipo emergente que le impide asaltar el trono. El problema para el entrenador germano es que la respuesta es la misma que la pregunta, el fútbol, tan intencionadamente buscado como cruelmente encontrado. En tiempos de división europea, asistiremos a una justa final mediterránea. 2-1 en Varsovia.





miércoles, 27 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (II): Italia vs Alemania




Italia juega en el patio del triunfo. Disfruta atrapada entre los barrotes de la competitividad y orgullosamente alojada en la cárcel de la defenestración histórica por convertirse en el mayor exponente de esa definición ante la que, incluso, los más profanos al fútbol tuercen el gesto. Catenaccio. La simple pronunciación de la palabra avecina muescas de desagrado y debates incendiarios sobre la moralidad de un juego, una auténtica paradoja. Italia no se arrepiente de nada y realmente no tiene motivo, sus cuatro estrellas así lo atestiguan. Supo jugarle a la brillante España y, por momentos, lució más. Compitió contra Croacia y superó a Inglaterra. La concesión de Prandelli al talento futbolístico no esconde sus cartas reales. Italia lanza su póquer sobre el tablero de juego pero apunta con una pistola por debajo de la mesa. ¿Legal? Todo. ¿Lícito? Lo que diga el árbitro. No es trampear, es jugar a ganar. Y tienen al mayor mago de la competición, al menos el que ha realizado el mejor truco. El simple gesto de Pirlo al lanzar su penalti debería convalidarse como cátedra futbolística completa. Sólo al ver su lanzamiento entiendes por qué en Italia lo llaman fare il cucchiaio (hacer la cuchara). La historia popular define a Italia como un equipo rudo mientras que el toque de Pirlo es lo más parecido a una caricia vista en un campo de fútbol. Las leyendas hablan de antideportividad y falta de honorabilidad italiana, cuando resulta que la decisión de Pirlo vino motivada por las frivolidades de Hart, que además no tuvo que aguantar ni un mínimo gesto de il metronomo al encajar el gol. Llegados a este punto, la niebla ambiental prejuiciosa sobre Italia y la probada personalidad de Andrea se enfrentan en ángulos totalmente opuestos. ¿Alguien se atreve a llevarle la contraria a Pirlo?


Al principio fue Alemania. Eternamente pionera y convencida. Siempre les gustó a los germanos el rol de liderazgo, del chauvinismo bien entendido (al menos por ellos), del orgullo por la idiosincrasia que les produce frutos en las primaveras futbolísticas. La impresión es que Alemania fue gestada en una cadena de montaje, con una enorme capacidad para autogestionar sus sacrificios y de una perfección tal que incluso esos mismos impulsos mecánicos son los que en esta competición le indican la conveniencia de tener hambre, factor en ocasiones depauperado y esencial en un deporte de élite. Cuesta asociar el apetito con la productividad. Löw es el constructor responsable del ejército, el albañil reciclado a ingeniero. Lo que le ha hecho diferente en su entorno es su acercamiento al otro lado de los muros de la oficina alemana, su querencia por la literatura futbolística, movimiento de actualidad mediterránea y originario del imaginario carioca, en todo caso a miles de kilómetros de la cuenca del Rhur. El bueno de Joachim extendió su fe de monaguillo infantil hasta creer en un ideario que los germanos habrían calificado en otro tiempo de improvisado y propio de una dejadez casi pre-industrial. ¿Qué quieren los alemanes? Su lógica vanidad deportiva y el esfuerzo estructural que les ha hecho redefinir su altivez futbolística les dice que solo les vale conquistar el campeonato. Si pudieran ilustrar su escenario preferido, imaginarían la victoria más hostil dibujada con el más fino de los trazos; aquel triunfo en  terreno enemigo que más que suponer un trofeo temporal, significaría de cara al mundo, y a ellos mismos, que Alemania tenía razón. Que en ese preciso momento, concreto lugar y calculada rotación de la Tierra, la forma correcta de actuar era la suya. El ingrediente aditivo es el que pone en duda precisamente su condición biónica y les refrenda como simples y sangrantes humanos. Alemania quiere venganza.






martes, 26 de junio de 2012

Mentes de semifinalista (I): España vs Portugal

España es la nueva rica de la urbanización. Suena frívolo, demagógico, extremo, oportunista y hasta ilógicamente envidioso. Sí. Bienvenidos a España, les presento a su debate nacional preferido. El salto de calidad y de aspiraciones de España se torna evidente. La furia española era como aquel alumno que estudia lo que puede y suspende por ejercicios que no habíamos visto en clase, manía del profesor o cualquier problema ajeno a mi responsabilidad. La selección española ha merecido llegar en alguna ocasión más lejos de lo que lo ha hecho en ciertas fases finales, pero no hasta el punto de crearse la leyenda victimista que su entorno más autocomplaciente ha querido escribir en los libros de historia. Solo en este momento de la sucesión de sucesos podría quejarse España de no llegar a las semifinales; sería como reunir en una sala a Dalí, Velázquez, Picasso o Goya y que no se atisbara ningún vestigio de locura transitoria, de genialidad artística. El problema viene cuando Dalí tiene su propio museo en Cataluña y Goya y muchas de sus pinturas descansan eternamente en Madrid. La conciliación y la consecución del simple respeto de los múltiples entornos de este país se antoja tan improbable como, algunos dicen, innecesaria. No nos gusta la tranquilidad ni el conformismo y en una época como ésta, en la que nos toca renunciar a múltiples muestras de bienestar, no queremos perder ni un ápice de aquello que, por una vez, nos hizo salir a la calle sin prejuicios. Quizá perseguir ese objetivo sea tan inocuo como triste la situación, según los ojos que la observen. Ya lo dijo la estanquera de Vallecas: "España solo hay una porque si hubiera dos, nos iríamos todos a la otra".

El caso es que España ha recibido un bonus en la barra de vidas de la máquina de fútbol internacional. Es mucho más fuerte. Es una España lista, que se anticipa a los movimientos, que maneja a los rivales como peonzas y los desplaza como canicas. Suple sus carencias corporales y de desgaste físico como lo haría Muhammad Ali. "Float like a butterfly, sting like a bee" (flota como una mariposa, pica como una abeja). Aunque late la opinión de que falta apuntalar el aguijón, otros tribunales sabios dictan que la picadura comienza desde el posicionamiento, el movimiento y la seguridad. Iker Casillas suma más de trece horas de fútbol en fases finales de Eurocopa y Copa del Mundo sin encajar un solo gol. Él más que nadie simboliza la nueva cara de ganadores de España. La mirada siempre al frente, el cambio de la excusa por la autocrítica y el nuevo cuadro de los artistas españoles. El más admirado por el mundo entero (menos por nosotros mismos).


Portugal suele mirar al cielo cuando sale de la cueva, como si ese irregular y bellísimo trapecio de la Península Ibérica fuera el agujero, negro para ellos y amable para sus vecinos, donde diez millones de personas buscan sobrevivir al capitalismo más feroz mientras unos cuantos elegidos mantienen alto el pabellón en las batallas homéricas de la pelotita. Quizá sea defecto de fábrica española o simplemente una ilusión mía, pero la sensación es que los lusos están, dentro y fuera del campo, agradecidos con la vida que les rodea, complacientes con los momentos que justifican que todos estemos aquí y tratables con el deporte rey. La soga social se rompe cuando el portugués corre hacia el balón. Lo mima, lo quiere, lo cuida como un regalo. Se trata del semifinalista más festivo, en comparación con la tensión competitiva y presión de victoria que arrastran los grandes favoritos (excepto Italia, que vive las grandes competiciones como su eterno Jardín del Edén). Sin embargo, la ambición tiene un precio y lustro tras lustro, Portugal sufre la necesidad y obligación de examinarse, iluminada del todo en su figura superdotada, en su patrimonio personal, en la calidad colonial y macaronésica de Cristiano Ronaldo. Los aires subtropicales y relajados de la región debieron dejar de rodear al bueno de Ronaldo cuando pisó la concentración de Opalenica y se empapó del sudor competitivo que tanto le pone. Los lusos quieren, más que un partido, un lanzamiento de misiles. Desean una partida de turnos, despreocupados de la posesión y confiados en la efectividad y pegada de su embajador. Creen suficientemente curtidos a sus peones pródigos, los Pepe, Meireles, Moutinho...experimentados en mil y una noches y con la demostración de orgullo nacional por saciar. Portugal ansía la gloria como inyección de desahogo. Quiere el triunfo como altavoz de la esperanza. Cristiano jugará como ninguno y gritará por todos. 






viernes, 15 de junio de 2012

Xabi siempre tiene la respuesta correcta


Ante el debate, aporta trabajo. En la duda, aparece su clarividencia. Con el agobio, regala espacios. Para la relajación, siempre guarda intensidad. Xabi Alonso es, probablemente, el futbolista de este país que mejor lee las necesidades de sus equipos. La tran traída definición "extensión del entrenador" cobra su mayor crédito en el caso de Xabi. Sí, me considero un enamorado de su juego y creo firmemente que cualquier amante de este deporte debería valorar sus cualidades como merece el de Tolosa. Su aparición ilusionó a San Sebastián, formó un mediocentro irrepetible con Mascherano en Anfield y se ha convertido en uno de los españoles con más internacionalidades de su generación, así como en el jugador fundamental de la plantilla del Real Madrid desde su llegada hace ya tres temporadas.

Foto: 4bp.blogspot.com
Lo de Xabi Alonso es una aportación de CALIDAD, en mayúsculas. Lo hace prácticamente todo bien. Su sentido del juego es extraordinario. Su primer toque se alía con la conveniencia; los posteriores vienen marcados por su solvencia. Alonso hace respirar al equipo como nadie. Es el padre del mediocampo español. Quince metros por detrás de la pandilla de medianos deslumbrantes (me resisto a llamarles "bajitos"), Xabi les regala confianza en el bloque. El 14 español es la red  de seguridad de las piezas ofensivas, tan artistas como  trapecistas. Cuando se trata de sacar el balón jugado, es él el que elige moverse en la cuerda del ancho del campo. Sin esconderse jamás, Piqué y Ramos tienen en Alonso el aliado dentro de sus filas. Ese primer y último apoyo que asea la jugada desde el principio. Ese amigo del que te copias en un examen porque dudas entre la B y la C. Y es que cuando hay un balón por medio, Xabi siempre tiene la respuesta correcta.

Ante las acusaciones de rigidez (algo que él mismo reconoce y con lo que suele bromear), Alonso oposita con su posicionamiento. Siempre está donde debe. Allá donde el balón quiera aparcar, habrá llegado Xabi antes. Ni tiene un imán, ni el césped inclinado a su favor. Se trata del policía que mejor regula el tráfico, del base que más se ofrece a sus aleros. Es la contribución más inteligente a la continuidad del estilo de España. La fluidez del caudal ibérico no se desbordará mientras Alonso aporte su filtro de sensatez y perspicacia futbolística. Además, el puesto de Xabi sobre el césped exige un liderazgo que él acepta y potencia con enorme tenacidad. Casillas sabe que su voz nunca sonará sola en el rectángulo de juego mientras Xabi sea su compañero.

Foto: Marca.comComo buen centrocampista puro y pivote a la antigua usanza, Alonso tiene un archivo táctico-histórico tremendo. No hay nadie que conozca los movimientos de Arbeloa mejor que él, ayudado por sus andanzas juntos en Liverpool. El lateral ha gozado del toque del donostiarra en muchas ocasiones, la mayor parte de sus contribuciones ofensivas tienen su firma. Al igual que el inicio de los fabulosos contragolpes del Real Madrid o los numerosos hachazos de Fernando Torres en la ciudad de The Beatles. Cuando le explique a mis hijos quién era este hombre, el inventario audiovisual de youtube me ayudará con su legado mainstream. Aquel que suele definirse con su gol  al Newcastle y similares logros de distancias versallescas. Sin embargo, el verdadero catálogo de Xabi Alonso es otro más exquisito. Uno que comprende giros, pisadas de balón, cambios de orientación, ayudas, exquisitos golpeos y todo ello aderezado de la inteligencia, clase y elegancia que el pivote lleva demostrando durante toda su carrera. Hablamos, además, del tipo que mejor ha representado y escenificado fuera de Inglaterra el tackling bien entendido. Su nobleza vasca de nacimiento y la ortodoxia adquirida en el fútbol británico le han permitido moverse en el fútbol de élite con tanta dignidad y honorabilidad como rendimiento ha ofrecido. Entiende mejor que nadie la grandeza de los clubes en los que juega y así la manifiesta. Siempre ha mostrado una militancia cargada de respeto, sin perder en su mirada ni un ápice del carácter desafiante y westerniano que le caracteriza.

Fuera del campo, Xabi Alonso continúa dando clases magistrales de buenas decisiones y cargadas de un gusto exquisito. En tiempos de tatuajes trasnochados, declaraciones malsonantes y escándalos mediáticos, la profesionalidad, la cordura y la elegancia marcan los andares de este treintañero cuya inquietud cultural no se puede disociar de su amor por la profesión que entiende y practica de un modo sublime. El donostiarra está jugando uno de los mejores torneos de selecciones de su vida.

Xabi Alonso, un señor futbolista. Un futbolista señor.

Foto: suitsandshirts.blogspot.com





martes, 12 de junio de 2012

Roles cambiados




Alemania trabaja y optimiza su improvisación mientras Holanda imagina la disciplina deseada sobre su lienzo impresionista. Se enfrentan dos selecciones históricas embarcadas en el proceso de hacer evolucionar su fútbol hacia objetivos antes establecidos pero nunca logrados. La practicidad y el preciosismo intercambian orillas en el Mar del Norte.

Holanda y Alemania sobre un mismo césped. Mucho más que un partido. Es la batalla centroeuropea por el cetro de un deporte cuya ejecución suele definirse bipolarmente, entre la calidez de latitudes mediterráneas y la niebla propia de las islas británicas. Es la mayor de las menores rivalidades futbolísticas a nivel de naciones. Es una pelea vecinal entre aspirantes a liderar el asalto al trono español. Estamos en 2012 y lo que distingue este duelo de los dirimidos en otras épocas no está en el chasis de los aspirantes, sino en el motor que utilizan y en la disposición de las piezas. Nuestros perseguidores en la carrera  futbolística europea (y padres condicionantes en la económica) se han intercambiado el librillo de estilo. Y, seamos sinceros, no les va mal...¿o sí?

Alemania ha modernizado su ideario. La disciplina sigue siendo básica, pero ahora añade el aditivo decisorio de la calidad. El fútbol germano cambió su rumbo con la oportunidad a Klinsmann y lo ha asentado del todo con el protagonismo de Joachim Löw. Un tipo con las ideas claras y con las bases asentadas. Conoce su país y su fútbol; ha sido el principal responsable de las modificaciones en la estructura de la cantera alemana, consciente de que ése ha sido el punto clave en el triunfo de la actual generación española. Alemania sigue jugando como un bloque pero ha focalizado la velocidad de sus jugadores hacia un ataque más estético y con más efectivos. La flecha se ha convertido en un acordeón. La habitual determinación germana se ve ahora acompañada por la libertad para obtener resultados. Si la jugada se piensa en la cabeza del futbolista, hay más posibilidades de éxito que si simplemente se automatiza. Por fin la improvisación recibe su premio.


Pero Löw sabe que esto es posible gracias al talento futbolístico del que dispone en este siglo. Özil, Reus, Götze o Kroos simbolizan la nueva Alemania. Aquella que no conoció el Muro de Berlin pero que trabaja para que no vuelva a repetirse. Por fin esta selección gusta fuera de su país. El alma y orgullo germana están saciados de triunfos. Lo que ahora ansían es el reconocimiento, la sonrisa, el abrazo del neutral. En definitiva, representan como nadie las necesidades humanas de la buena posición futbolística. Y parece que están en disposición de encontrar su tesoro. A falta de un gran torneo, la rutina clasificatoria lo ha dejado claro. Alemania gana como siempre y juega como nunca.

Con Holanda se abre el ancestral debate sobre el juego y el resultado. Jamás hubiera pensado que el país de las jóvenes figuras preparadas durante años en la verde y lisa llanura amable acabaría cuestionando, precisamente sobre el césped, las ideas que cimentaron su personalidad durante décadas. Me dirán que Holanda suele jugar bien. Tocando el balón, presionando arriba, achicando espacios, abriendo a bandas...les responderé que hay idearios que, en ciertos contextos, resultan sagrados. Y no pueden traicionarse ni para ir al baño. Aunque sea durante 120 minutos en los que se está jugando una Copa del Mundo. Nadie conoce una Holanda alejada de esos argumentos. Van Marwijk fue el sacrílego responsable de que la selección naranja se olvidara de jugar al fútbol durante aquella final.


Ni todos los títulos del planeta harían olvidar aquella maravilla dinámica que fue la Holanda de Cruyff. Si se acepta la inscripción eterna de los campeones en la historia, también se ha de considerar la fidelidad y veracidad a un discurso que es el que realmente creó el producto. Un producto sin fecha de caducidad y reutilizable si nos atenemos a futbolistas de la talla de Gullit, Van Basten, Rijkaard, Bergkamp, Overmars, Seedorf ó Kluivert, todos ellos dignos sucesores del sentido hiperestético de la Naranja Mecánica.  A lo mejor me equivoco y plantear un ajedrez con una selección con Van Persie, Robben, Sneijder o Van der Vaart es poco práctico y conviene más pasar a los términos de batalla táctica, donde la oscura y sobrevalorada posición del mediocentro defensivo ponga a todos en su sitio y acabe siendo considerado la figura más decisiva del partido. Si así es, déjenme soñar hasta que la realidad me despierte.

Alemania goza de desordenar velozmente su talento, mientras que Holanda se entrega a la búsqueda del orden que jamás le hizo falta. Es una charla entre viejos enemigos cuya vida ha cambiado, aunque sigan entregados a los mismos objetivos. Mucho más que un partido.





miércoles, 6 de junio de 2012

La hora de Iniesta

Iniesta en el amistoso ante China (Foto: Eduardo Abad, EFE)

Es el momento de Andrés. Todos los futbolistas tienen su hora. A todos, sin excepción, les llega su instante pero sin incluir un matiz funesto en la expresión. Suelen ser recuerdos intensos, rápidos, que la memoria tiende a acortar en breves e indefinidos fotogramas. Imágenes sueltas que evocan olores pero no sonidos, sensaciones pero no hechos. Son las escenas que un profesional acaba teniendo como álbum cerebral de imágenes, lo que viene significando su mayor legado a la gloria colectiva de un club o selección.

El reloj se para en función de una serie de factores que creemos estimables pero que acaban siendo impredecibles. Sin trampear la inclusión de la tan traída suerte, el hambre de victoria termina siendo determinante en los milímetros, centésimas de segundo, que separan el triunfo absoluto del odiado rol de secundario. O como dirían algunos, del primer perdedor. Solo a la mínima distancia de la última meta, únicamente en esos momentos, las dudas entran en la cabeza de los supervivientes. Es ahí cuando se puede establecer un diferencial entre los muy grandes y los grandísimos. La reacción humana entre los superdotados y los inalcanzables termina siendo más grande de lo que parece.

La edad es esa pregunta ambigua del examen que todos hemos sufrido. Dependiendo del enfoque que uno le dé a la respuesta, el resultado variará de un modo determinante. Si creemos en el destino, tenderemos a pensar que la carrera de un futbolista da más oportunidades a aquellos que acaban de empezar. Sin embargo, este factor es susceptible de transformarse en una especie de hermano mayor, más coherente, razonable y mejor entendido. La madurez del jugador se antoja clave en la consecución del mayor potencial posible en el momento buscado. Es un tipo de carga que se convierte en ventaja competitiva cuando uno deja de sostenerla. Llega un día en el que uno abandona la sospecha, deja de jugar con las hipótesis y adquiere la certeza. Y lo hace con la mayor de las seguridades, ¿qué es la madurez sino confianza en los actos propios? Conjugar los primeros momentos en que aparece esa experiencia, comprobada desde fuera y sentida desde el interior, con un período de bonanza y plenitud física asegura estar cerca del triunfo. La inscripción a la carrera histórica queda más próxima.

Pero en algún momento tiene que parar el razonamiento. En el lugar exacto en que florece el instinto, la determinación y, por qué no decirlo, la suerte. Como decía al principio, hay factores intangibles; se trata de cualidades que aparecen cuando no se les llama, rescatando al afortunado del océano de la mediocridad. Por ejemplo, el talento. Continuando con el ángel con el que algunos nacen. Y en plena demagogia sentimental, cito al destino.

Y es que son pocos los afortunados y muy escasos los señalados públicamente. Aquellos cuyo resultado en la ecuación resulta positivo en los momentos más importantes. Esos futbolistas con una valoración superlativa por parte de todos los aficionados y expertos. Son casi únicos los que hacen sonreír y exclamar con sus slalom al mismo tiempo que siembran frustraciones en el verde. Sus pies reparten ilusión en la grada y a través de las pantallas. Su cuerpo se mueve sobre el césped como si viviera allí. Como si hubiera estado esperando al resto para empezar a jugar. Conoce el rectángulo de juego como si fuera su hogar e imparte clases como alumno, profesor y catedrático aventajado.

Si consideran esta humilde divagación como válida y tienen en cuenta los factores de la ecuación, el resultado que obtendrán será parecido al mío. Cambien el orden, el producto no se altera. Fuera del rectángulo de juego, se tiene una sospecha. En Barcelona, Madrid, Sevilla, Bilbao…y también fuera de España, aunque en ese caso la definición se acerca a temor. Comienza la Eurocopa y él tiene la certeza absoluta de que ha llegado su momento. Es la hora de Andrés Iniesta.