domingo, 14 de octubre de 2012

El caballero eterno


Mil partidos después, Alex Ferguson continúa estando donde quiere estar y haciendo las cosas a su manera. El entrenador más laureado de la historia del fútbol inglés se ha granjeado un currículum de prestigio, recolectando enemistades y mostrando continuos flashes de carácter. Sobre su figura, se admite el recuerdo, el debate o la divagación, pero nunca el juicio. El tiempo pone a cada uno en su sitio y ha demostrado sobradamente que el lugar de Sir Alex es el banquillo de Old Trafford. Tras veintiséis años en el cargo, sus detractores empiezan a claudicar y a reconocer que sí. Que, por lo general, Fergie sabe lo que hace.

Alex Ferguson se ha convertido en la constante de la Premier League. Como Penny fue la de Desmond Hume. Constantes como son Ana Blanco en los telediarios públicos, Ryanair en los mostradores de reclamaciones de Barajas, la melancolía en Los Secretos o la crispación en nuestra sentida España. El fútbol inglés no se entiende sin Ferguson. Solo aquellos con hijos talluditos recuerdan un Manchester United sin él. Y solo los red devils valientes de espíritu pueden imaginárselo sin él. Esto no quiere decir que no haya supporters que quieran ver un cambio en el banquillo y en el mando real del club. Es el peaje a pagar por ocupar un puesto de máxima responsabilidad gestora y deportiva durante veintiséis años y, además, hacerlo de cara. Sin chulería, pero con orgullo. Con la autoridad por bandera y la evolución como mástil, Sir Alex ha publicado sin florituras su propuesta sobre cómo gestionar un club deprimido en los ochenta y convertirlo en el gran dictador del fútbol inglés en la época de las nuevas tecnologías. Es seguro que a los puristas de la metodología contemporánea les cuesta reconocer los méritos de Ferguson. No están de moda los jefes con tintes ocasionalmente dictatoriales, con arrebatos de porqueyolovalgo como contraposición a verdades comúnmente aceptadas.  Y son sus máximos exponentes deportivos, como Sir Alex, los que sufren las críticas en momentos de fracaso y reflexión, como el final de la pasada temporada. Asumiendo tanto la lógica como el oportunismo de los ataques a su figura, el desgaste resulta tan cortés que no quita lo valiente y queda claro que algo debe haber hecho bien este escocés de 71 años nacido en Govan, Glasgow, para poseer tan cortante palmarés.




Es difícil resumir los logros de Alex Ferguson sin provocar el bostezo entre cifras y nombres de títulos. Vamos a intentarlo de un modo fugaz. Con el United ha sumado 37 títulos, entre ellos 12 ligas nacionales, 10 Community Shield y 4 copas de la liga, además de sus dos Champions League y su Copa Intercontinental. El reconocimiento estadístico se plasma en su nombramiento como mejor entrenador de la historia por parte del IFFHS. El ego clasista del escocés quedó alimentado en 1999 con su denominación de Caballero del Imperio Británico. ¿Cómo vive un escocés ese momento, para algunos, un tanto peliagudo? Pues como siempre hace Ferguson, con una aplastante naturalidad dibujada en sus ojos, vivos y observadores, pero profundamente estáticos. Sus comienzos en Escocia estuvieron marcados por las dificultades para compatibilizar su carrera futbolística con su frenética actividad en el movimiento sindical. Una vez decidido a profesionalizarse, el chico Alex mantuvo unas grandes cifras goleadoras en sus equipos hasta llegar a la élite escocesa en el Dumfermline. Un error de marcaje en una final de Copa, un equipo protestante y una mujer católica sembraron la discordia sobre las verdaderas causas por las que Ferguson sería relegado al filial tras la derrota en aquel partido. Comenzaban los tumultuosos setenta y el jugador ya miraba hacia el banquillo. Tras convertirse en jugador-entrenador en Farkik y pasar por varios clubes, Alex comenzó a ser Ferguson en el Saint Mirren. Cogió a un equipo de media tabla de la Second Division y en tres años le hizo campeón de la First. En 1978, Fergie sufrió el único despido de su carrera debido a varias supuestas violaciones de contrato, adjudicación de primas no autorizadas, intento de obtener ventajas fiscales, etc. Queda claro, que desde sus comienzos como manager, Ferguson nunca se ha independizado de su aureola polémica.

Tras la historia conocida en Aberdeen (ocho títulos en seis años), el escocés llegó a Manchester. Los comienzos fueron, como él mismo ha declarado, “la época más oscura de mi carrera”. La majestuosa resaca del mejor Liverpool de la historia y el auge de sus vecinos toffees hicieron que Ferguson no ganara ningún título hasta 1990. En su primera temporada, el United solo ganó un partido fuera de casa. En Anfield. ¿Una premonición de la remontada de palmarés que se avecinaba? Imposible preveerla, desde luego, pero el dato resulta cuanto menos misterioso. ¿Que vendría después? Resumiendo de un modo demasiado crudo, llegaron el Leeds y Cantona. Tras ellos, vino la Premier League. Y como si Cantona conociera el romance entre la nueva mujer y el viejo amante, fichó por el United. El resto es un guión sumamente conocido.



¿El secreto de Ferguson es no tener secretos o acaso es parecer que no los tiene? Queda claro que uno de sus principios de trabajo viene marcado por la demostración de la autoridad. La disciplina jerárquica como creencia para obtener lo mejor de un grupo; claro, que ese tipo de mando lo ejerce alguien que confía ciegamente en sus posibilidades, además de alguien que siente ese tipo de confianza de aquellos que podrían renegar de él. Fergie desprende seguridad, en él mismo y en sus métodos y así se lo hace ver a sus jugadores. Es, lo que se dice, un tipo serio en el trabajo que, además, sabe y quiere rodearse de los mejores profesionales posibles. No duda en actuar cuando piensa que la pirámide de responsabilidades se ve alterada. En el Aberdeen protagonizó varios capítulos de este estilo, como cuando multó a uno de sus jugadores por haberle adelantado en la carretera. También tuvo problemas con Joe Harper, un delantero que dio una opinión demasiado sincera (mala) de la táctica empleada durante un partido al ser preguntado por el propio Ferguson en el vestuario. La historia acabaría con multitud de gritos en una reunión privada. Años después, Harper se convirtió en locutor de una radio de Aberdeen. Fue despedido cuando los jugadores del equipo dejaron de hacer cualquier tipo de declaración a la cadena. Ferguson se lo había prohibido en uno de esos actos que hoy en día se tildarían de mourinhistas.

Pero, como decía Sir Francis Bacon, la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. Fergie no es solo mando. Su estricto acento y sus rudas formas esconden un alineador y un gestor de plantillas que es plenamente consciente de la importancia de la evolución en el fútbol moderno. Sin llegar a las variantes tácticas de Guardiola ni a los pinganillos de Luxemburgo, él se vanagloria de conocer las bases fundamentales que se necesitan para regenerar un equipo año tras año. En 1995, en plena época cantoniana y con los títulos como castigo, Ferguson decidió vender a varios de sus mejores jugadores ante la incomprensión de la afición. Ince, Kanchelskis y Hughes se marchaban a grandes equipos europeos. La jugada tenía motivos para el mister. “Hay que adaptarse, organizar los egos y las personalidades y motivar a quienes lo tienen todo. Esta parte del trabajo es esencial”. El manager del United detectó relajación en varios de sus puntales y no dudó en sacarles de la plantilla. Eso sí, las cartas estaban marcadas. Ferguson tenía pensado darle paso a la mejor y más talentosa hornada de jugadores canteranos desde los Busby Babes. A saber…David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, los hermanos Neville…el fútbol acabaría dándole la razón al entrenador y otorgándole el nuevo mando del fútbol europeo a ese Manchester United que tantas simpatías despertaba. Aquel equipo era desparpajo, creatividad, personalidad y mucho fútbol en una Inglaterra ávida de clubes realmente competitivos en Europa. Cinco ligas más hasta el nuevo siglo, destacando el triplete en 1999, con aquella asombrosa final de Champions League ante el Bayern de Munich. La suerte sonreía al, ya por entonces, Caballero del Imperio Británico.



Ferguson considera una gran y verdadera sentencia aquella que antepone la dificultad de mantenerse a la dificultad de llegar. “No hay que dejar pasar demasiado tiempo sin fichar. Esto crea un exceso de comodidad”; es esta una declaración que parece lógica pero que no muchos entrenadores llegan a asimilar internamente y a llevar a cabo después. Otra virtud contrastada de Sir Alex es su capacidad para moverse en diferentes ecosistemas, tanto en los lodos de la satisfacción no deseada como en el hipnótico y gustoso éxito. Llevó al cielo a St. Mirren, Aberdeen y Manchester United y lo hizo escalando con astucia desde el infierno (o, al menos, desde una realidad insustancial). Ya en Old Trafford, ha sabido salir adelante con continuos cambios en la plantilla, buscando la mejora pero respetando los símbolos del equipo, siempre y cuando ellos no se antepusieran al buen funcionamiento del club. O eso decía Ferguson. Sus encontronazos con la prensa, con la BBC (a raíz de un documental sobre los intereses de su hijo en el United), con compañeros de profesión y con árbitros han sido frecuentes temas de comentario en Inglaterra. Los jugadores no se han librado. Ince, Stam, Yorke, Van Nistelrooy, Heinze y, sobre todo, Beckham abandonaron el club con diferentes problemas con el manager. El caso de David fue paradigmático de todos los ejemplos. Éxito, choque de caracteres (incluyendo anécdota bizarra con la bota estrellada contra la frente de Becks) y salida tormentosa del equipo era la sucesión de actos de la representación de salida del teatro de los sueños. Conviene añadir un epitafio al drama. Con el paso de los años, nadie ha hablado ni habla mal de Alex Ferguson. Esa regla sacada de la manga, “el club siempre queda por encima”, se entiende como justificación para todos aquellos protagonistas que mantuvieron unas palabras con el escocés. Al final, los hijos siempre vuelven a casa de los padres.

En varias ocasiones ha amenazado con retirarse. Incluso llegó a relacionarse la marcha deportiva del equipo con los rumores sobre un posible anuncio. Sin embargo, parece que Ferguson ha terminado por aceptarse a sí mismo con el paso de los años. El hombre Alex ha claudicado al personaje Sir, aquel tipo arisco, laborista, adicto al fútbol y tan hincha del United que su mayor pasatiempo era enzarzarse con Benítez o hablar sobre Wenger con cierta superioridad moral. Si Ferguson viera un resumen de su actuación durante los últimos veintiséis años, se sacaría defectos y pensaría en lo que dejó de conseguir. Sin embargo, al acabar la película no podría hacer más que aplaudir. El fin no siempre justifica los medios, pero Fergie está orgulloso de sus logros. Se considera afortunado, se sabe querido y reconocido y disfruta con su vida y con su trabajo. Dicen los que le conocen que su reto es estar al frente de la próxima regeneración del United, que confía en el Financial Fair Play y en la producción de la cantera diabla para encabezar el fútbol europeo en un lustro; cuando los demás estén con el agua al cuello, Sir Alex apelará al trabajo, al orgullo, a la fidelidad a unos colores. Llegarán sus últimos trucos y, aunque todos tengamos la mirada en la chistera, seguiremos sin ver de donde sale el conejo. Y es que, a veces, los secretos son eternos.





Artículo incluido en el nº2 de Lineker Magazine:
http://es.calameo.com/read/001709736099a93c1ff55




miércoles, 26 de septiembre de 2012

Imagine: Owen




Los días soleados no abundan en Inglaterra. Sin embargo, la Premier League se jacta de disfrutar de varias docenas de ellos durante una temporada. Sea casualidad o sea decisión de la madre Tierra, la tarde que recordará Michael Owen podría calificarse como “excelente” para la práctica del fútbol. Era una jornada especial, para él y para el propio fútbol. En Stoke-on-Trent no se hablaba de otra cosa; por si no han visitado la ciudad, allí el juego del Stoke City (habitualmente definido como rural, silvestre o tosco) se conoce como football, tan simple y tan auténtico. La relación con los jugadores resulta más sincera y personal, como la humildad que manifiestan con este deporte. Los futbolistas no van y vienen, sino que viven. Y eso hacía Owen en la ciudad de la región de West Midlands. 

El rival era lo de menos. Imaginemos un equipo de media tabla, quizás vestido de azul. Con juventud en el mediocampo y lealtad al sistema impuesto por su entrenador. Si habláramos en idioma futbolístico, estaríamos dibujando una víctima propicia para la veteranía, un adolescente bienintencionado con el pecado que se presta a beber su primer chupito, con tantas ganas como miedo. La posesión de recursos no impide el temor ya que enfrente hay una imagen y un carisma. La dureza del Stoke City impone hasta la ansiedad. Y las prisas y falta de respeto del mundo actual llevan a descontar aquellos valores a la baja. Y uno de ellos era Owen en aquella temporada 2013/2014. 

Dos años en el Stoke que habían continuado la carrera de The Golden Boy con los mismos factores de la ecuación. Goles y lesiones, lesiones y goles. La autoexigencia de Owen era brutal y, aún tocado de su eternamente lloroso metatarsiano, quiso ayudar a su equipo a clasificarse para Europa. No ayudaba su escaso botín durante la temporada (seis goles, tras los diecisiete de la anterior) ni la falta de resultados con Peter Crouch, más su complemento que su pareja. Pero Tony Pulis le dejó expresarse desde el primer minuto de esa última jornada. El partido marchaba como suele ser el fútbol en esas situaciones. Nervioso hasta la imprecisión, emocionante hasta el nervio e impreciso hasta en sus emociones. Football de verdad, football de mayo, football de Owen. El descaro de los arquitectos rivales hacía que, frecuentemente, olvidaran la presión en el centro del campo, confiados en la querencia del Stoke por las bandas y los balones largos. Sin huecos, no había peligro. O sí. Con 0-0 en el marcador a falta de siete minutos y los locales virtualmente en Championship, las uves (W) del Stoke (Walters, Whitehead y Whelan) empezaron a combinar como las WM de los años 50. Con rapidez, movimiento y guiados por su delantero centro, Crouch. De repente, un agujero en la telaraña azul. Walters se decidió a mandar un balón hacia allá ante la quietud del rival, fajándose en el cuerpo a cuerpo con Peter, EL cuerpo; tremenda ignorancia. El arrastre de los rivales permitió encontrar la hendidura por la que clavar el cuchillo. El arma era Michael Owen, que recibió el balón en carrera a treinta metros del área y sin oposición frontal. Podía ser el último carrusel de sensaciones, la única oportunidad de tener una oportunidad. Tras cientos de ocasiones, la película mental no iba a cambiar.



Un toque. Michael disfruta de la posibilidad; solidario como pocos, se acuerda del asistente, incluso del recuperador del balón que inició la jugada. Es un día especial, así que no puede evitar visualizar los ojos ayudantes de Heskey ni el giro de tobillo de Gerrard que tantos espacios le descubrió. En ese primer toque, vuelve a atender al grito de Hamann, aquel centrocampista con carácter de coronel, conocimientos de sargento y aspecto de vecino de profesión artesana. A Hamann no se le oía, a Hamann se le escuchaba. Y Michael le escucha en el primer golpeo del balón. 

Segundo toque, ya cerca del área. Nunca necesitó confianza Owen, pero cuando su carácter humano le llama y requiere seguridad, piensa en aquella carrera sin fin en el verano del 98. En aquellos sobrepasados Chamot, Ayala y Roa. En ese relámpago de bello final y maravilloso principio. En aquella forma de comerse el mundo con menos de veinte años. En aquel gol nominado por la FIFA como el segundo mejor de la historia de la Copa del Mundo. Michael cruza ya la línea de la frontal. 

Tercer toque. Todo se termina. El fin de los tiempos marcados en una combinación. Owen nunca tardó muchos actos en tomar sus decisiones. Sus traspasos a Madrid y a Birmingham fueron repentinos, así como su marcha a Manchester. No es un tipo que suela equivocarse. La rapidez que imprime a sus acciones siempre ha asustado a estadios enteros, tan amantes de la verticalidad como temerosos del error súbito. Se confirma el secreto a voces. El tercer toque es el último. Empeine puro, arriesgado y difícil de ver. El balón, agradecido por sentirse especial al resto, sale disparado hacia el palo izquierdo del portero de nombre impronunciable y estirada estéril. Gol. 

Siete minutos para el final y siete goles en su última temporada. El último valió por la permanencia de un club en la Premier League. Pulis, tan zorro con los rivales como honesto con sus soldados, sustituyó a Owen inmediatamente. Llegaba su descanso más temido. Lo merecía. Cuarto máximo goleador de la historia de la selección inglesa y participante en siete grandes fases finales. Michael, sabedor del poco trecho que le quedaba como futbolista, disfrutó de cada una de las últimas pisadas sobre el césped, de las abundantes manos que se cruzaron en el camino. Andaba con la cabeza agachada intentando obviar las sensaciones que jamás pensó que volvería a padecer. Apenas tenía veinte segundos para guardar para sí mismo el olor del césped, el tacto rugoso de las espinilleras, la respiración del Britannia. Los cumplidos que se sucedían se perdían simultáneamente por el camino. Ya habrá tiempo para las palabras, reflexionaba la memoria. Michael pensó durante una décima de segundo que los momentos más bellos son aquellos que tienen un final. 



Y entonces, a falta de pocos metros para llegar a la línea, levantó la cabeza y aplaudió a la grada. A pesar de sus lágrimas lo hizo con solvencia, como llevó a cabo su carrera. El Britannia Stadium se levantó y rompió a elogiar a uno de los ídolos históricos del fútbol inglés durante las últimas décadas, además del nuero perfecto para las suegras de la Gran Bretaña. Y es que aquella tarde no se retiraba un Balón de Oro cualquiera. Aquella tarde se retiraba el chico dorado.

Artículo extraído del nº2 de Lineker Magazine:
http://es.calameo.com/read/001709736099a93c1ff55




jueves, 20 de septiembre de 2012

Granero, personaje y escenario


No es fácil destacar entre las cotas más veneradas ni hacerse ver en el patio de protagonistas cuando todas las cabezas son más altas y mejor peinadas que la de uno mismo. A veces, no basta con el orden, el respeto y el interés por la profesión. Dentro de los factores básicos que definen el éxito de un futbolista, como son el talento, el trabajo y la propia suerte, hay una catapulta moral que impulsa la determinación de un jugador para alcanzar su sobresaliente personal. Algo que Esteban Granero nunca ha podido encontrar en Madrid. La confianza en uno mismo.

Quizá a Granero le han faltado prisas. Aquella frase de Valdano sobre derribar la puerta (aplicada por entonces a Raúl) no se ha cumplido con el bueno de Esteban, aún resultando injusta la comparación con el mítico delantero blanco. Tras dos años notables en el Getafe y en plena maduración futbolística, el Real Madrid recuperaba definitivamente al centrocampista en 2009. El club se encontraba entonces en un estado de ansiedad y búsqueda interna de héroes capaces de derrocar al gigante creado por Guardiola, competitivo para todo y amado por todos. Y la sensación es que la definición no ha cambiado demasiado. El Real Madrid es una centrifugadora que absorbe cualquier tipo de planificación en pos de la victoria atropellada. El famoso "entorno" reclama e impone a gritos y los propios protagonistas deben vociferar en el césped cuál será su rol. El nombre del protagonista aparece en el contrato pero la personalidad de los futbolistas solo importa sobre el verde del Bernabeu, exigente como un padre con categoría militar.

Granero no grita. No es su estilo. Ni lo lleva a cabo ni lo ha querido adoptar. Seguramente, no crea en las urgencias ni en los parches. Me atrevería a decir que el de Pozuelo es un hombre de fútbol consciente de que aún debe llegar a encajar de un modo más preciso su relación con este deporte. Es posible que Madrid no fuera el lugar más adecuado para él. No lo es para casi nadie. En un club actualmente gobernado por la inmediatez competitiva, por el vertiginoso ritmo al que sucede el día a día, no se acepta más psicología que la ejercida por su entrenador. En un vestuario donde prima Gladiator, no hay sitio para Annie Hall. Granero ha debido pensar que, en ocasiones, hay que dejar al amor de tu vida para ser feliz. Hay que olvidar esa atracción fatal que uno siente por la chica más perseguida del instituto para volver a ser persona, amante o, en su caso, futbolista. Ante ella, da igual lo que digas, lo que muestres o la forma en la que lleves a cabo el más simple de tus actos. Las condiciones siempre las marcará ella y, además, tendrá un derecho legitimado a pasar de ti, cuando y como quiera y sin tener que da explicaciones. Eso no es vida. Y aunque muchos lo llamen así, eso no es trabajo.


Una vez tomada la decisión, la aparición de las situaciones propias de estos casos suele hacer muy llevaderas las primeras horas en el nuevo estatus, más por la falta de costumbre que por su valor real. Viaje, reconocimiento médico, presentación ante la prensa, primer entrenamiento...las novedades inundan la cotidianidad de la vida del futbolista, secada en este caso por el desagradecimiento inherente a la marca de club grande. Sesgado de la responsabilidad mediática, al menos a magnitud mundial, se espera bastante de Granero en su nueva aventura en el Queens Park Rangers. No diré mucho porque ni siquiera él mismo conoce la mayor contribución potencial que podría aportar a su nuevo equipo. A sus 25 años, Esteban debe definirse como futbolista, extrapolar su tremenda personalidad al campo de juego. Debe mostrar que el carácter puede expresarse sin recurrir a los tópicos propios de un perro de presa o de un "ganador" (escribir sobre el uso que se hace de esta palabra hoy en día en el periodismo deportivo daría para un periódico entero). Debe hacerlo por él y por todos los tímidos que llenan y rodean los campos de fútbol.

Desde luego, ha encontrado un hábitat mucho más adecuado para él que la incendiaria capital de España. Loftus Road y, por ende, la Premier League se antojan como el mejor escenario para que Granero lleve a cabo su interpretación más completa. Su decisión viene amparada por la voluntad de los responsables del QPR de asentarle como uno de los pilares básicos del proyecto del club. El madrileño lee de un modo preciso el fútbol, sin electricidad pero con la calidad como baluarte. Sabe asociarse perfectamente y entiende la agrupación futbolística sin ser un virtuoso técnico. Noble, humilde, respetuoso y trabajador, el centrocampista está en la competición que mejor define y muestra esos atributos. Inglaterra asegura el curtimiento de los mal llamados blandos y la rehabilitación de la creencia en una profesión. Granero llega a Londres, la ciudad de adopción de Shakespeare, debiendo elegir su personaje: la melancolía de Romeo, la magia de Próspero, la locura de Macbeth, etc. Ojalá Esteban Granero se convierta en Hamlet y consiga destilar creencia en sus actos como hace el príncipe danés. En ese momento, se habrá consumado la venganza. Un suplente del Real Madrid se habrá transformado en un importante jugador de la Premier League. El hándicap de Esteban se convertirá en su ventaja. Éste puede ser su escenario.


martes, 28 de agosto de 2012

The Crazy Gang, el fútbol era su recreo

En la blanca década de los ochenta surgió un movimiento deliciosamente incorrecto alrededor de un club de fútbol. Por toda Inglaterra fue sembrando tantas antipatías como empatías, enseñando el valor de la fe en un equipo, en una filosofía y en la cohesión de voluntades humanas. ¿Cómo lo hicieron? Escribieron su victoriosa leyenda con carácter, disciplina y sangre, generalmente del rival. Esta es la historia del Wimbledon más famoso de todos los tiempos. The crazy gang.


La original crazy gang se remonta a la década de los treinta, años inicialmente estables en la pintura del mapa británico pero teñidos de totalitarismos, persecuciones y penurias en el resto del mundo. Mientras Picasso pintaba el Guernica, seis cómicos londinenses amenizaban los tiempos de trincheras a la población rasa en el Victoria Palace Theatre. Se trataba de funciones cómicas aderezadas de irreverencia, moderna entonces y transgresora casi por definición. La familia real británica se contaba entre sus mejores adeptos, llegando la “pandilla de locos” (traducción literal) a actuar exclusivamente para Jorge VI. En tiempos de guerra, la desfachatez sobre el escenario se antojaba necesaria.

El apodo iba a viajar en el tiempo hasta mediados de los ochenta. Pero era otra época. La guerra se había convertido en paz, los hombres ya no se ocultaban bajo la tierra sino que esos agujeros se habían disfrazado de cómodos sofás tapizados floralmente. Esconderse estaba anticuado. Inglaterra se abría a la nueva economía transformando su clásica industria pesada en servicios y turismo. Era difícil encontrar vestigios de belicidad. Incluso la desvergüenza y el impudor propios del mundo de la farándula se entendían como algo experimental, propio de la inmadurez o del espectáculo más inofensivo que podía protagonizar cualquier iluso hijo de minero de Eckington. Sin embargo, algo se movía en el interior de varios hombres que comenzaron a vivir como siempre habían imaginado. Ya dijo el sabio Shankly que “el fútbol no es cuestión de vida o muerte, sino algo mucho, mucho más importante que eso” y la nueva Crazy gang iba a tomar nota de la sentencia. Si el fútbol era el viejo, y a la vez nuevo, entretenimiento social, ellos lo iban a convertir en algo más serio. Eran los ochenta, la vida se entendía como un vehículo agradable, placentero y optimista sobre el viaje. Pero los guerreros del asfalto, ávidos de inquietud vital, querían convertir los intermedios de fin de semana en adrenalina pura. Y es que, no mucho tiempo atrás, la vida no se entendía sin sangre. Eran los ochenta y estaba a punto de nacer la nueva Crazy gang.



El Wimbledon Football Club estaba escribiendo con tinta e ilusión una nueva historia de superación y éxito en el siempre complicado libro de la realidad. En 1982 jugaba en la Fourth Division; cuatro años más tarde ya había conseguido el ascenso a la First Division (actual Premier League). El entrenador era Dave Bassett, un antiguo ídolo para la grada womble al haber formado parte del, hasta entonces, mejor Wimbledon de la historia, el que superó cuatro rondas de la FA Cup en 1975. Desde el banquillo, Bassett vivió cinco temporadas magníficas en las que afición, directiva, cuerpo técnico y jugadores fueron formando una sociedad futbolística y humana cada vez más afianzada. El club y su entorno se comportaban como una comunidad con diferentes clases jerárquicas pero con un discurso común a todas ellas. La heterogeneidad de nombres y hombres se convertía en un ejército de lo más homogéneo, sin resquicios, cuando el árbitro indicaba el comienzo de los partidos. Un ámbar infranqueable de voluntades se estaba construyendo en Plough Lane. Y a ello contribuyeron de un modo fundamental los cuatro jugadores que se iban a convertir en los pilares de la tropa. Llegaron de un modo gradual. En 1984 se incorporó Lawrie Sánchez, un delantero londinense de padre ecuatoriano al que el destino había elegido para marcar los dos goles más importantes de la historia del club (el primero supuso el ascenso a la First, el segundo trajo el primer título). Un año después, llegó al equipo Dennis Wise, un durísimo centrocampista que podía encajar perfectamente en el paradigma de futbolista hooligan inglés, tanto dentro como fuera del campo. Cuando el equipo estaba en plena lucha por subir a la máxima categoría, se fichó a John Fashanu, ariete de sangre africana cuya historia personal tras retirarse del fútbol destrozaría en pedazos el interés y trascendencia de su vida deportiva en un guión cinematográfico.  Como colofón, con el Wimbledon en la First Division llegó Vinnie Jones a la plantilla. Procedente de la segunda división sueca, Jones personalizó la firma del tratado de guerra de The Dons contra el fútbol inglés.

Si podemos vender Newcastle Brown en Japón y el Wimbledon puede llegar a la First Division, entonces no hay seguramente nada fuera de nuestro alcance”,  Margaret Thatcher




La llegada escalonada de la nueva columna vertebral del Wimbledon ayudó a enconar aún más el sentimiento de equipo en torno al rectángulo de juego. No hay mayor enemigo que el que uno mismo se inventa. No hay mejor publicidad que la que nunca decae. No hay forma más eficiente de entender un partido de fútbol que como una batalla de perfil novelesco. A medida que el Wimbledon había ido escalando posiciones en el star system del fútbol británico, fue dejando caer por la ladera aquellas cualidades siempre asociadas a la práctica del deporte rey en las islas. Honorabilidad, lealtad, juego limpio, etc. Los wombles habían extendido, con todo merecimiento, una leyenda basada en un ideario futbolístico tan rudimentario como violento. La linealidad táctica se asociaba con la intimidación física para reírse de aquellos que promovían un juego de toque, movimientos e inteligencia. Tan feo como contundente y más efectivo que efectista, la impronta del fútbol del Wimbledon empezó a adornarse con éxitos reales. El equipo finalizó sexto en su primera campaña en la máxima categoría. Bassett sintió que había aportado su cuota máxima y dejó el banquillo del club. El día de su marcha, a la pregunta sobre si había sentido el apoyo de los hooligans, respondió “en este club, los únicos hooligans son los jugadores”.

Si alguna vez el fútbol fue un juego de caballeros, no sería cuando el Wimbledon saltaba al césped. Fueron acusados de un modo continuo de marrulleros, sucios, poco elegantes, provocativos y deshonestos con el deporte. En aquel lugar y momento precisos, el respeto a la práctica futbolística parecía tener un valor superior al que se suele demostrar en el presente. Además de la indignación en nombre del balón, surgió también un ligero pero dañino movimiento de burla hacia los dons, generalmente procedente de voces que hoy algunos calificarían como “intelectuales del fútbol” (si existen, ¿acaso se necesitan?). Se definía el fútbol del Wimbledon como cercano al nivel amateur y profundamente básico. Gary Lineker dijo que “la mejor forma de ver al Wimbledon es por el teletexto”. Sin embargo, el resultado de la ecuación era un carisma a prueba de bombas. El odio de la ortodoxia futbolística británica hacia el equipo resultaba menos expresivo que las sonrisas esbozadas por los simples simpatizantes de la First Division.

Podía intuirse desde la muralla exterior de Plough Lane que todas esas indisimuladas mofas, esos comentarios con sorna desde las gradas visitantes y los micrófonos nacionales, no hacían más que prender el fuego de la unión en el interior del estadio. Todo aficionado, jugador o directivo del Wimbledon se sentía maltratado e injustamente criticado. Esa sensación tan placentera de ser diferente en la soledad merecía ser compartida, por paradójico que resulte. Y la masa social womble se agrupó más que nunca. El “nosotros contra el mundo” pasó a ser un lema grabado en la mente y voz del supporter, un cartel imaginario en la entrada del estadio. Sin embargo, de puertas hacia dentro la metodología de reclutamiento no resultaba tan solidaria. Con un ideario de bases revolucionarias y de ciertos toques anti sistémicos, el clásico recurso de las novatadas no podía faltar. Llegar a la plantilla de aquel club era como ingresar en el instituto de Mentes Peligrosas pero sin la sonrisa de Michelle Pfeiffer y con las clases magistrales de Vinnie Jones. La supervivencia como medio de trabajo. Los ritos de iniciación no eran especialmente originales. Quema de ropa, relleno de calzado con espuma de afeitar, pinchazo de neumáticos, lanzamiento al canal de agua…y todo ello permitido por las más altas instancias. 



El presidente de aquel Wimbledon era Sam Hammam, un excéntrico ingeniero libanés que invirtió en diversos clubes ingleses durante el siglo pasado. Nunca pareció el más adecuado para poner en vereda a los jugadores; incluso muchos de los damnificados por las novatadas pensaban que él estaba detrás del diseño de algunas. El delantero internacional Dean Holdsworth llegó al club en 1992 y cuenta que tuvo suerte de incorporarse “una semana más tarde de la marcha de Vinnie Jones. Nadie estaba a salvo. Pensábamos que el presidente estaba detrás de varias bromas hasta que uno de los cabecillas de la plantilla cogió el coche de Hammam, lo condujo varias millas a las afueras de la ciudad y lo dejo abandonado. Al día siguiente, fuimos todos a su despacho y el culpable le dio las llaves y le dijo que su coche estaba en un área de diez millas cuadradas alrededor del estadio y que podía ir a buscarlo cuando quisiera. Varias semanas después, el presidente seguía yendo al trabajo caminando”.

El himno del Liverpool es ´nunca caminarás solo`. El del Wimbledon es ´nunca volverás a caminar`”, Tommy Docherty, entrenador del fútbol inglés.

Los méritos propios, los deméritos contrarios, el dichoso destino, la suerte… sea como fuere, el gran día del Wimbledon estaba por llegar. Y sucedió el 14 de mayo de 1988. Con Bobby Gould en el banquillo, los dons se plantaron en la final de la FA Cup a disputar ante el Liverpool. El club de Anfield simbolizaba por entonces la aristocracia del balompié. Había ganado cuatro Copas de Europa durante los once años anteriores. Sumaba dos dobletes locales en las últimas tres temporadas y estaba considerado como uno de los mejores Liverpool vistos sobre el césped. La presentación previa de los contendientes dejaba claro que lo que se iba a vivir era más una discusión ideológica sin parangón que un partido de fútbol. Los reds gozaban del favor popular gracias a su inercia al éxito, su condición de embajadores ingleses, su brillante historia y la presencia de jugadores imposibles de emparentar con la antipatía. John Barnes acababa de llegar y lucía, elegante y veloz, como uno de los mejores extremos del momento. Peter Beardsley estaba en el culmen de su carrera y era el capitán de la selección inglesa. Y por encima de ellos, en el escalón de las leyendas jugaba King Kenny. Dalglish estaba cerca de su retiro y quería agotar la batería con el máximo número posible de títulos. Vinnie Jones sabía de su importancia dentro y fuera del campo, su instinto combativo se lo había susurrado durante los días anteriores al partido. Jones había declarado que iba “a arrancarle la oreja a Dalglish de un mordisco y escupirla a un agujero”. Con rojos y azules en el túnel de vestuarios, el Wimbledon disparó por primera vez. Las palmadas sobre el cemento del túnel de Wembley se acompasaron con el grito “in the hole, in the hole” en referencia al lugar donde teóricamente acabaría el pabellón auricular de Dalglish. Cuentan que Kenny se dirigió a uno de los directivos de la FA allí presentes para expresar su queja. El partido ya había comenzado.

El choque fue intenso, tosco, emocionante y épico. Una final cotidiana dentro del carácter extraordinariamente eléctrico de las mismas. El Liverpool se mostró impreciso e incómodo, especialmente a raíz del gol de Lawrie Sánchez a pase de Wise en la primera parte. El Wimbledon, a base de dureza, solidez y entusiasmo, estaba consiguiendo desquiciar al rico de la urbanización. Esta vez, la violencia no fue más allá. Como si vistiera sus mejores galas en una recepción, los dons dejaron atrás sus malísimos modos, aunque fuera de una manera más aparente que real, y se limitaron a intentar ganar el partido. Con rudeza, eso sí. La historia se mitificó un poco más cuando el portero del Wimbledon, Dave Beasant, caracterizado por la naturaleza como estrella setentera del glam, detuvo a John Aldridge el primer penalti de la historia de las finales de la FA Cup. El asedio posterior de los reds sobre su portería no tuvo premio. El árbitro pitó el final del partido. El Wimbledon había ganado la FA Cup. John Motson, comentarista de la BBC, afirmó emocionado: “The Crazy Gang have beaten the Culture Club!”. Había nacido la nueva Crazy gang.




Sobre Vinnie Jones no hay mucho que contar aparte de lo ya escrito en multitud de medios. El malo por antonomasia del fútbol inglés. El hombre que cruzó la línea de la violencia y la transportó malintencionadamente varios kilómetros. El tipo que más daño ha hecho a la palabra “centrocampista”. Hijo de familia obrera de Watford, cató el menú futbolístico amateur entre categorías inferiores y experiencias en Suecia. Combinaba el balón con el andamio hasta que fichó por el Wimbledon con 21 años. Entró en el vestuario imprimiendo carácter, expresión que en su jerga se traduce como repartir patadas y puñetazos en los entrenamientos como escalera de selección natural. Para la historia callejera quedan sus enfrentamientos con Gascoigne y con Gullit


Del holandés dijo: “si todo falla con Gullit, siempre puedes aprovechar un corner y atar sus trenzas al poste de la portería”. Con Gazza prefirió actuar después de hablar. Al poco de empezar su partido contra el Newcastle, Vinnie le susurró al oido: “Me llamo Vinnie Jones, soy gitano, gano mucho dinero. Te voy a arrancar la oreja con los dientes y luego la voy a escupir en la hierba. ¡Estás solo, gordo, solo conmigo¡”. Poco después vendría la famosa imagen del “agarrón” de Jones a las partes más íntimas de Gascoigne y la sucesión de las catorce faltas que cometería sobre él. Tras el partido, el intercambio de paquetes entre los dos bad boys del escenario futbolístico inglés no se hizo esperar. Un ramo de rosas de Paul a Vinnie, una escobilla de wáter de Vinnie a Paul…todo resultó a la altura de lo esperado. Tras la disolución del gran Wimbledon, Jones acabó en el Leeds. Como era costumbre, Vinnie comenzó partiéndole la cara a uno de sus compañeros, Bobby Davidson, para hacerse valer en el vestuario. Fue una época próspera en la que logró el ascenso a la First Divison y nuevos contratos con Sheffield United y Chelsea, para terminar volviendo al Wimbledon en 1992. Como si oliera su próximo futuro profesional, Jones sacó al mercado su documental Soccer´s Hard Men, un manual visual de instrucciones sobre cómo ejecutar toda forma física de violencia en un campo de fútbol. Ese fue su gol más polémico.




Varias temporadas después, colgaría las botas en el QPR deseoso de iniciar su nueva aventura cinematográfica. Guy Ritchie le visualizó como tipo violento de las mafias ocultas londinenses en Lock and Stock (no ha sido una de tus ideas más originales, Guy) y Vinnie se convirtió en actor, llegando a su punto álgido de crítica interpretando a Bullet Tooth Tony en la gran Snatch: Cerdos y Diamantes. Varias decenas de películas después, Vinnie Jones disfruta de la vida que ha peleado, nunca mejor dicho. En la última década acumula experiencias musicales, colaboraciones políticas, incidentes en aviones y detenciones en bares de estados del medio-oeste estadounidense, destacando las dos primeras circunstancias por novedosas. Vive en una lujosa mansión en Los Ángeles junto a mujer y dos hijas y aún se recrea pensando en la autenticidad de sus actos, en la justicia de sus medios. Y en sus servicios a la comunidad, tan literales en Estados Unidos como metafóricos en Inglaterra. “La federación inglesa me felicitó porque acabé con la violencia en las gradas. Yo la llevé al campo”. El malo sobre el césped es ahora el villano de la película. Cuesta afirmar qué resulta más insultante. La lejana realidad o la ficción actual.

John Fashanu llegó al Wimbledon unos pocos meses antes que Jones. Hijo de un abogado nigeriano, John se crió junto a su  hermano Justin en una casa de acogida tras la separación de sus padres. No se le atribuye una carrera deportiva de trascendencia hasta su llegada al Crystal Palace y, posteriormente, al club de Plough Lane. Sus cuatro goles en los nueve partidos restantes de la temporada 85-86 ayudarían de un modo fundamental al ascenso del Wimbledon a la First Division. 126 goles, 2 internacionalidades y una fractura craneal al, por entonces, capitán del Tottenham (Gary Mabbutt) fueron las principales contribuciones de Fashanu al club a y la reputación de la Crazy Gang, respectivamente. Aunque no se puede negar que se trataba de dos caras, en ciertos momentos, iguales de una misma moneda. Tras ocho años en el Wimbledon, Fashanu se marchó al Aston Villa, donde una tremenda racha de lesiones importantes y un escándalo de partidos amañados empañaron y definieron el final de la carrera del delantero.




La sensación que ha mostrado Fashanu durante su período público es que ha sabido definir su hábitat de rebeldía humana de un modo más efectivo en el campo de fútbol que en la cotidianidad de su vida, que por otro lado ha tenido poco de rutinaria. El exfutbolista ha sido embajador del fútbol nigeriano y ha encabezado la lucha contra la corrupción deportiva en su país. Sin embargo, en la devoradora Europa Fashanu encontró su retiro en un lugar en el que el protagonista nunca decide cuándo se retira. La implacable televisión acogió al ex futbolista como presentador y concursante de programas de hilarante diversidad e indudable mal gusto. A saber: La versión inglesa de Gladiators, un reality futbolístico sobre un equipo amateur (Fash´s football challenge) o una miniserie titulada Man vs Beast que nunca llegó a emitirse por las protestas de los grupos por los derechos de los animales. Caso aparte resultó su participación, casi victoriosa, en el típico programa moderno que reúne celebrities, por supuesto abandonadas en los pozos del anonimato, en un lugar perdido de la jungla que las nuevas bestias colonizan durante varios meses (I´m a celebrity…get me out of here!). Fashanu participó también y triunfó en Wipeout, esa versión occidental de Humor Amarillo que llegó a España. Luego, el bueno de John intentó juntar todo lo mejor de sus experiencias televisivas y lo metió en un bar. Pruebas atléticas y de habilidad entre barras, sillas y mesas de billar. ¿Cómo pensar que no ocurriría? Todo el respeto para alguien que aparece, y con una cantidad notable de trabajos, en IMDb.

Durante los últimos años, las principales menciones a Fashanu han procedido de la prensa rosa, que se ha encargado de exprimir y exhibir los trapos sucios de la familia del delantero, amparados en su más que supuesta homofobia. La historia tiene como base a su hermano Justin, dedicado también al fútbol. A día de hoy, se le continúa considerando el primer jugador profesional en salir del armario en la historia del fútbol, además de ser el primer futbolista negro cuyo traspaso costó un millón de libras. Su estilo de vida y sus presuntos escándalos amorosos con la alta sociedad británica nunca fueron aceptados por su familia. Especialmente duro se mostró su hermano John cuando Justin fue acusado, injustificadamente según se supo luego, de abusar sexualmente de un menor de edad estadounidense. La presión en su profesión sobre su condición sexual y el distanciamiento respecto a sus seres queridos llevaron a Justin a una profunda depresión que acabó con su suicidio en 1998. Las declaraciones de John Fashanu sobre y durante la vida de su hermano no hicieron más que confirmar lo que muchos afirmaban en las islas. La empatía de Fashanu con sus colegas sobre el césped nunca llegó a hacer acto de presencia fuera del verde con su mayor compañero en la vida.

Dennis Frank Wise se vestía del jugador que todo equipo inglés necesita para calmar el instinto y el afán de representación de sus aficionados más radicales. Un centrocampista pegajoso, eléctrico, de altura reducida y amplísima tenacidad. Tan sufridor como sufrido, Wise representó como nadie la mezcla de competitividad, agresividad y provocación que fundamentaba aquel Wimbledon. Sin embargo, fue el único miembro de la Crazy Gang que logró terminar en uno de los grandes de las islas. Los dons fueron su trampolín para llegar en 1990 al Chelsea, donde permanecería once temporadas, alcanzando 21 internacionalidades y convirtiéndose en un símbolo del club. A Wise no le habría hecho falta tener enemigos para imprimir carácter a su carrera (Ferguson dijo de él que sería capaz de provocar una pelea en una casa vacía), pero por si acaso no daba la talla, el mediocentro (ay) se encargó de buscar problemas con los periodistas, a través de agresiones, con taxistas, mismo medio, y con rivales a los que, literalmente, mordió. Así actuó con Marcelino Elena en una semifinal de Recopa de Europa ante el Mallorca y con Savio Bortolini en una Supercopa Europea ante el Real Madrid.




Evidentemente, la compañía de Vinnie Jones había impregnado los conocimientos de Wise hasta límites insospechados. También a la hora de hacer equipo. Tras dejar el Chelsea, marchó al Leicester. En una de sus primeras concentraciones con sus nuevos compañeros, Dennis participó en una partida de cartas en la habitación de Callum Davidson. Al término de la partida, Davidson quiso descansar y cada jugador se fue a su habitación…excepto Wise, aquejado de una pataleta digna del mejor infante de la guardería. Tan mal le sentó el hecho de que le echaran de la habitación que cuando todos dormían, volvió a los aposentos de Davidson y le regaló una doble fractura del pómulo, firmando el final de su carrera en el Leicester. Varios años de apego al fútbol inglés le permitieron debutar como jugador-entrenador en Milwall y retirarse en el Coventry City. Tras su paso intrascendente por los banquillos del Swidon Town y del Leeds United, Wise contribuyó al descenso del Newcastle en 2008, causa por la que es odiado en la ciudad del nordeste de Inglaterra. A sus 45 años, busca un lugar en el que encontrarse a gusto como preparador de sus soldados. Se le podrá acusar de falta de conocimientos, exceso de pasión (ya ha sido sancionado en múltiples ocasiones) y un alejamiento completo de cualquier atisbo estético en el campo. Pero Wise nunca perderá la determinación de la que ha hizo gala en el Wimbledon. Como él mismo afirmó en una ocasión: “Ganar no es lo más importante…siempre que ganes”.

Las letras futbolísticas de oro de Plough Lane se reservaron para Lawrie Sánchez. Beneficiadas ambas partes de su encuentro, de las botas del ariete de padre ecuatoriano y madre de Belfast salieron los goles del ascenso a la First y de la consecución de la FA Cup ante el Liverpool. Sánchez fue el brazo ejecutor del Wimbledon de los grandes éxitos. Supo entender el concepto extendido por la Crazy gang de un modo, por lo general, más discreto aunque cuentan que era el miembro con peor carácter. Tras dejar el fútbol, Sánchez comenzó sin ninguna pausa su carrera en los banquillos, siempre en las islas. Alternando Inglaterra con equipos y selección de Irlanda del Norte (llegó a ganar 3-2 a España en aquella fatídica noche de 2006 en Belfast), Sánchez se ha hecho un nombre de entrenador con carácter que, actualmente, trabaja en el Barnet Football Club en la Football League Two.




Tras ganar la FA Cup, el propio club comenzó a utilizar el apelativo Crazy gang en sus productos oficiales, lo que provocó cierta pérdida de punch en la definición y llegó al extremo de figurar en las camisetas de los jugadores a mediados de la década de los noventa. El Wimbledon había completado varias temporadas tranquilas, rondando puestos europeos pero asentándose definitivamente en la mitad de la tabla. Sin embargo, la competitividad y la cohesión interna iban a desaparecer poco a poco. Un par de generaciones más tarde llegarían los problemas con el viejo Plough Lane, las discrepancias entre los distintos estratos del club y la desaparición en 2004 del Wimbledon Football Club. La conveniencia económica y el impulso de las tripas aficionadas crearon dos nuevos clubes a raíz de aquella escisión, el Milton Keynes Dons Football Club y el AFC Wimbledon. Pero eso es otra historia…

El afán de equipo, la competitividad, la creencia en uno mismo, la violencia y la rebeldía continua fueron las principales características de la Crazy gang, una generación de futbolistas que actuaron como matones de escuela durante su carrera en el Wimbledon. Como si hubieran estado asistiendo al parvulario, algunos de sus componentes aprendieron mejor que otros las lecciones que el fútbol les regaló para el resto de su vida. En el colegio siempre cuentan que lo importante viene después, que las clases son una simple preparación. Para esta pandilla incomprendida e imposible de comprender, el fútbol fue su recreo. Para ellos, el silbato final del árbitro cada fin de semana suponía el retorno a una estéril realidad, aburrida y nostálgica. Eso sí, siempre les quedará la última película de Vinnie como excusa para reunirse en pos de la melancolía, intercambiarse moratones y otras muestras de carácter y volver por un momento a aquella realidad militar y, sobre todo, feliz.








sábado, 18 de agosto de 2012

Imagine: Liverpool



La vida son pequeños detalles. Hay márgenes minúsculos de decisión que hacen que la moneda caiga de un lado o del otro. Y ya sabes cómo es el fútbol. No cuenta el trabajo, sino los resultados. Este club tiene una resistencia endémica que su propia afición y su historia han ido realimentando año a año. Hemos pasado por situaciones difíciles pero hemos aguantado. En la vida hay que saber lo que uno quiere…” – me comenta el míster del Liverpool mientras me invita a una buena pinta en su casa.

Hubo un día en que las hojas españolas estuvieron cerca de caerse del árbol inglés con más solera. Por unos pocos momentos, pensamos que el Spanish Liverpool se vendría abajo; sucedió durante aquel verano de 2009, que a punto estuvo de convertirse en un otoño fatídico, futbolísticamente hablando, para los reds. Xabi Alonso rechazó una oferta insuperable de la liga española. ¿Cómo lo hizo? Con sentido común, serenidad y sabiduría, que es como suele resolver el mediocentro la mayoría de las ecuaciones sobre el césped. Cuenta Xabi que cuando un futbolista juega en Anfield, ya no vuelve a ser el mismo. El centro del campo sin él ni Mascherano hubiera sido algo muy diferente durante aquellas temporadas. Lástima que Masche quisiera probar suerte en Barcelona y se marchara para allá en 2011. Fue una despedida triste pero muy agradecida. El jefecito dio lo mejor durante su estancia en Liverpool y consiguió ganar su principal objetivo. Además, la contraprestación de su traspaso fue la llegada de un chico que apuntaba buenísimas maneras y que consolida así la firma hispana del equipo. Oriol Romeu, se llama. El cuerpo técnico quería jugadores a cambio del argentino, dada la delicada situación económica del club.



En 2010, Tom Hicks y George Gillet estuvieron muy tentados de vender el Liverpool a manos de la firma New England Sports Ventures (NESV). Sin embargo, la operación no salió adelante por esos típicos flecos financieros que, de tan pequeños, acaban por arrasar las intenciones de todas las partes. Ya se sabe que la vida son los pequeños detalles. El club consiguió un acuerdo bancario con diferentes entidades, mediante nuevos e interesados patrocinios, para afrontar la deuda y no perder competitividad a nivel deportivo. Tras cambiar el nombre del estadio (“lo importante está en el interior”, afirmó Hicks tras la puñalada al corazón red), el club vio solventada su deuda y pudo comenzar con la reclamada renovación gradual de la plantilla. De aquel equipo que alcanzó dos finales de la Champions en apenas tres temporadas, continuaban en el plantel varias piezas indiscutibles, entre las que se encontraban los españoles Torres, Reina, Arbeloa, Riera, Mikel San José y el propio Alonso. Todos ellos junto a Gerrard, Agger, Skrtel, Carragher y Glen Johnson formaron un bloque sólido que completó la temporada con buen fútbol y clasificándose para la Champions League, aunque sin el premio de los títulos.

El verano pasado, un grupo de hombres trajeados ejercieron una cualidad difícilmente atribuible a su condición. La generosidad. Apoyaron sin reparos un ambicioso proyecto futbolístico mientras se tomaban una taza de té a la orilla del Merseyside. La mayoría de las peticiones del entrenador fueron aceptadas y el plantel pasó así a cumplir con la polivalencia que quería el cuerpo técnico. José Enrique llegaba para cubrir el lateral izquierdo y Raúl Albiol quiso probar la experiencia inglesa a falta de minutos en Madrid. Además de los españoles y de los canteranos ya consolidados en la plantilla (Spearing, Kelly y Stearling), llegaron al club varios jugadores de postín con los que el Liverpool quería aspirar a lo más alto. Luis Suárez, Charlie Adam, Stewart Downing y Ashley Young complementaban una plantilla a la altura de las exigencias del club.


El año no ha sido fácil. El acoplamiento de las piezas nuevas, las lesiones de futbolistas importantes y un fútbol algo más práctico y menos estético que la temporada pasada ha marcado buena parte del curso. Tanto la afición como el cuerpo técnico tenían claro el objetivo desde el comienzo. El Liverpool fue eliminado ante el United en la FA Cup y ante el Aston Villa en la Carling Cup. La ilusión de la Champions League duró hasta que el Chelsea se cruzó en el camino en una eliminatoria tan inexplicable como injusta. Los caminos de Drogba, tituló la prensa. Sin embargo, el verdadero sueño se jugaba en el último mes de competición. La lucha con el Manchester City por el liderato de la Premier se estrechaba cada vez más, llegando al límite cardíaco del empate de puntos a falta de una jornada. El Liverpool visitaba Gales para ganar al Swansea y llevarse la competición. En el minuto ochenta y cinco, el partido marchaba empatado a dos. El City ganaba fácilmente al QPR y los reds necesitaban un gol. El míster decidió hacer su último cambio para buscar el tanto a la desesperada. Miró al banquillo y, entre las miradas nerviosas y los lenguajes corporales dudosos, le sorprendió la determinación del 26. Era además lo que buscaba. Un chico alto para cazar balones por arriba. Tres minutos después, Xabi Alonso sacaba un córner y el recién incorporado, Miki Roqué, remataba a las mallas del Swansea. El Liverpool iba a ganar la Premier League 2011-2012.

“…hemos trabajado mucho para llegar hasta aquí. Y, por qué no decirlo, hemos tenido suerte; al igual que hemos tomado una serie de decisiones que, con el tiempo, hemos considerado acertadas. El mundo del fútbol, como la vida en general, resulta muy cambiante. Y a veces muy efímera. Hay que intentar dar lo máximo en cada momento y en el lugar donde creas que debes estar. Yo, personalmente, creo que éste es mi lugar” – finaliza nuestra charla el míster mientras ultima la preparación de su segunda pinta. Lo hace de un modo exhaustivo. Con cuidado pero con destreza y seguridad en sí mismo, en su método. Está de vacaciones, la jovialidad del momento le permite repetir. Cuesta decirle “no” a este hombre record. Más de cuatrocientos partidos como entrenador del Liverpool. Una FA Cup, una Community Shield, una Supercopa de Europa, una Liga de Campeones…y la vuelta a casa de la liga inglesa. Nada excita más a un red que empatar a títulos con el Manchester United. Y Rafa Benítez ya es un red. Porque siempre lo fue. Porque éste es su sitio.



Artículo extraído del número 1 de Lineker Magazine:

martes, 10 de julio de 2012

El circo del verano



El mercado veraniego de fichajes es el juego de nombres y de colores al que se prestan prensa y aficionados cada vez que el mes de julio asoma por la ventana dilatada por el calor. Los sueños, sueños son y, como tal, su fuerza e ilusión adjunta suelen atropellar cualquier atisbo de rigurosidad y necesidad, esas cualidades imprescindibles en las obligaciones pero dejadas de lado en los pequeños y grandes placeres de la vida, como el seguimiento deportivo para un gran porcentaje de la población mundial.

Entre nombres, reuniones, verdades sesgadas, mentiras a medias y fogosos debates sobre castillos de naipes, transcurre la época estival. Aunque la verdadera competición comienza a mediados de agosto, el juego de cromos se activa mucho antes y tiene múltiples escenarios. Cada uno tiene el suyo en su mente de entrenador campeón de Europa y los comunes resultan unirnos a todos los míster frustrados, antiguamente en las columnas del papel madrugador, hoy en día en el insomne e implacable timeline de Twitter. La Premier League no es una excepción y las principales peleas entre los ingleses amantes del fútbol (es decir, entre todos los ingleses) se fundamentan en torno al entusiasmo o apatía mostrados por los principales clubes del país a la hora de incorporar nueva mercancía.

La sensación personal es que el dominio de la ciudad de Manchester en la última edición de la Premier está marcando la iniciativa a seguir en el actual mercado de fichajes. El Manchester City espera relajadamente con su trofeo bajo el brazo a la espera de explotar el globo de transacciones con algún alfiler tan llamativo y espectacular como futbolísticamente injustificable. El crédito del título y, por qué no decirlo, del intangible aporte económico de Al Fahim al club, trasciende las causas deportivas y alza la bandera de la anarquía en la tierra de la toma de las decisiones, amparada en un romanticismo discutible, aquel que vota por reunir eun mismo vestuario la mayor cantidad posible de jugadores extraordinarios, independientemente del coste y de su rol en el equipo. ¿Apostamos por una posible bomba? La más sorprendente cayó ayer mismo. Mancini ha renovado como manager hasta 2017, como lo oyen. En el fútbol de élite suena a broma. En el Manchester City, lo inverosímil se vuelve tan frecuente que hasta puede salir bien.

Foto: telegraph.co.uk

En la acera contraria de la ciudad, Ferguson espera. Seguro de sí mismo y de su entorno, ese club llamado Manchester United. Espera como quien fuma pausadamente un cigarro en la parada de autobús, decidiendo qué línea será la más apropiada para subirse. Los nombres pululan por las corrientes aéreas de las cercanías. Atractivos y falsos según quién los mire y quién los pronuncie. Van Persie, Cole, Demba Ba, Gaitán...de momento, Sir Alex ha decidido dar un relevo oriental al existoso merchandising de los red devils, marchándose Park y llegando Kagawa. Y seguirá esperando, se mueve perfectamente en este terreno.

Foto: soccer-magazine.com

Londres toma la iniciativa y la palabra, saca el ideario, la chequera y pone encima de la mesa sus intenciones, como queriendo parecer honesto ante la llegada de los Juegos Olímpicos a la ciudad. ¿Cambiará el Arsenal de rumbo? Parece difícil si uno considera que el propio Arsenal, tal y como lo entendemos, es el mismo rumbo en sí. De momento, los capitanes elegidos para subir al barco son más expertos de lo habitual, dentro de la juventud que mandan las tablas de Arsène. Podolski, Giroud, quién sabe si M´Vila....se marcha Almunia, se espera a Wilshere...lo normal dentro de la anormalidad, que es el anuncio de Robin Van Persie sobre la no renovación de su contrato. De su marcha o su estancia dependerá la identidad del ataque del Arsenal.


Foto: nuevofutbol.com

El Chelsea se ha liberado de sus fantasmas y parece querer empezar a divertirse. El club no puede personalizarse más en Drogba, exiliado voluntariamente a China donde ahogará su desahogo deportivo entre colchones rellenos de yenes. Hasta ahora, el nombre del verano es Eden Hazard. La expectativa hecha regate, descaro y velocidad. El belga lebronizó su marcha hasta límites insospechados. Su capacidad para triunfar parece asociada a su cualidad de no dejar indiferente a nadie. Juntar en la línea ofensiva a Torres, Mata, Hazard y Marin provoca profundos y placenteros sueños a los supporters blues, que empiezan a gustarse con eso de imaginar su nuevo papel de hedonistas de la Premier, amantes del balón y sorprendentes receptores de la diáspora de futbolistas belgas en Inglaterra.


Foto: independent.co.uk

En White Hart Lane, intentan razonar y buscar las causas de un éxito que se resiste, un último escalón que el Tottenham aún no ha podido subir. La cabeza manda en la dirección técnica de un club habitualmente llevado con corazón sobre el césped. Vertonghen, un central de jerarquía, simboliza la seguridad y fiabilidad que buscan los spurs en su inexplorado camino a la gloria de los títulos. La competición regala a André Vilas-Boas una segunda oportunidad que, sin ningún tipo de referencia y basado en una simple e ignorante corazonada, pinta más favorable que su fracaso inicial en el barrio azul de la ciudad. Al igual que sucede con los vecinos del norte, el Tottenham se debate entre las diferencias de contar o no con uno de sus mejores activos. Parece que Modric quiere irse. Veremos de qué lado cae la moneda.


Foto: nuevofutbol.com

¿Y el Liverpool? Cuesta analizar las decisiones de un club en el que no siempre reina la lógica ni la concordia. Llega Brendan Rodgers...se marcha Dirk Kuyt...you´ll never walk alone...vamos, lo de siempre. A mí los veranos del Liverpool me suelen aburrir, ojalá en este me retracte de mis palabras. En cualquier caso, ya ha comenzado el juego. Siéntense, apuesten y disfruten. Lo mejor es que cuanto todo esto haya terminado, comenzará lo bueno. O al revés, lo que ustedes quieran.








lunes, 2 de julio de 2012

Mi generación




Nací en 1981. Pocos meses después del  infarto de una nación, mis padres decidieron felizmente traerme a este convulso país. Viví la alegría de los ochenta sin entenderla en su mayor parte, pero impulsado por el entusiasmo infantil. La vida era la luz del sol en el descampado de mi casa, era la protección de mis padres, eran la alegría de la navidad y el coche fantástico. Crecí en los noventa limitándome a disfrutar mi ciclo de adolescencia, sin pensar demasiado a donde iba este mundo y dónde podría acabar yo mismo. Las primeras copas, los primeros malentendidos buscados con chicas, las decisiones a primera vista intrascendentes...todo ello regado con la confusa banda sonora de la década. Con el nuevo milenio, empecé a formularme preguntas más complicadas y no por ello encontré respuestas más simples. Me resulta de una pereza sideral el resumir lo pasado y sentido durante los últimos doce años y seguramente a la mayoría de los lectores les suceda lo mismo; y es que la era de los nuevos dígitos milenarios ha traído una nueva disposición infinitamente menos entrópica que el anterior. Se define con un extraordinario desorden, entre otras cosas porque no tenemos tiempo para hacer las cosas como nos gustaría.

Comparto generación con la actual selección española de fútbol. En el primer bienio de la década de la movida madrileña, aterrizaron en este país Iker Casillas, Xavi Hernández, Xabi Alonso y David Villa. Ellos y todos los que nacieron posteriormente lo hicieron regados por la educación inicial de la democracia, aquella corriente blanca y sin alcohol que abogaba por el trabajo más correcto para llegar el mejor fin posible. Se trataba de una sociedad curiosa, recién iniciada en la élite de la civilización supuestamente avanzada, que tan pronto descubría la música dance como el achique de espacios. Y aunque lo hacía siempre con un poso de sorpresa, quedaba en al aire esa parte de ingenuidad española, ese momento de querer subirse al carro como modo de supervivencia. Sin embargo, algo estaba cambiando. Entre injusticias arconadiles, penaltis de Eloy, errores de Cardeñosa y golpes francos de Stojkovic, el giro del núcleo giraba poco a poco en contra de la tendencia fatalista. Aunque lo manteníamos al margen del conocimiento general, todos los miembros de la generación lo compartíamos. Queríamos dominar el mundo en sus múltiples vertientes y confiábamos en que algún día nuestros conocimientos e iniciativa nos permitirían hacerlo. 

Sabíamos que sería una guerra. Somos gente que se ha sentido desprotegida en muchos momentos de su vida, por las circunstancias, por el sistema y, por qué no decirlo, por nuestras dudas, por nosotros mismos. Tenemos la sensación de haber llegado tarde a todos los sitios. Somos los contenedores de basura inservible de nuestros hermanos mayores y los conejillos de indias de nuestros hermanos pequeños. ¿Conocen la expresión "eran otros tiempos"? Nosotros nacimos en esos tiempos; resulta paradójico el hecho de que solamos ser los principales damnificados por el uso de esta frase hecha. Somos una generación a la que nos falta descaro y nos sobra educación. No sabemos lo que es el talante, pero conocemos de sobra lo que significa el respeto, algo que procesamos y repartimos en la misma manera que exigimos. Representamos la impaciencia bien entendida, esa que se asienta en las bases de la confianza en uno mismo y en el gusto por hacer algo en la vida. Aceptamos las bases por las que nos regimos, pero buscamos el significado verdadero de las normas, sin mancharnos en demasía de esa practicidad que contagia las prisas modernas. Somos hijos de la ESO y, aún así, queremos e intentamos hacer las cosas bien. Y lo hemos llevado a la práctica durante nuestra existencia. La interrogante nos acompañará siempre, pero nunca dejaremos de añadirle una respuesta que, acertada o no, nos diga el camino por el que marchar.

Tenemos bastantes más de veinte; en algunos casos (como el mío), más de treinta. Mi generación es convergente, prefiere la unión a la división. Serán los mundos de Yupi aquellos que me hacen preguntarme si la generación de la España futbolística ha compartido inquietudes conmigo y con mi grupo de amigos. El último romanticismo que nos dio el siglo XX me hace pensar que sí, que así fue. Que la clarividencia que muestra Xavi con la pelota me recuerda a la determinación de Rodrigo, mi amigo enfermero que conoce mejor que nadie el destino a seguir en su trabajo para llegar a buen puerto. La madurez, cualidad de la que vamos sobrados pero no presumimos porque no consideramos una virtud, me dice que la bonanza de mi amigo Andrés se define en la afabilidad de Reina, un tipo tan necesario que se hace imprescindible allá donde va. Consideramos la lealtad a una misión uno de los mayores dones que se pueden tener, tan representada por Puyol sobre el césped como por Javi y Felipe en sus múltiples papeles de emigrantes, buscando la prosperidad y tranquilidad personal e intentando vivir en paz con ellos mismos, algo tan fácil de decir como laborioso de obtener. Casillas comparte con Juan el ángel que siempre sobresale, la estrella que brilla por encima en cualquier situación. Y qué decir de la resistencia metálica de los ochenteros, aquella que lleva a saltar con éxito cualquier valla que te ponga el destino. Lo saben Fernando Torres, objetivo de los  láseres críticos, y mi amigo Miguel, un hombre cuya sonrisa y afán de superación derriba cualquier mal espíritu.

Todos son de mi generación. Unos cuantos privilegiados han invadido hoy Europa, vía Kiev, y han regalado unos momentos de gran alegría a este país. No nos están arreglando la vida pero nos están dulcificando el camino que irremediablemente hemos de caminar. ¿Cómo me siento yo? Pues escribiendo estas líneas no puedo evitar conciliarme con el carácter bonachón de Del Bosque, un tipo tan modesto en su forma como hermético en sus quehaceres. Interioriza una definición muy clara del bien, de un modo tan inflexible que hasta el mal le respeta. Admiro cómo domina ese pequeño espacio entre el placer de la corrección y el de la rebeldía y cómo, además, se convierte en un ejemplo para personas, jefes y trabajadores de cualquier edad. La moralina bien entendida, la Biblia sin Iglesia, la vivienda sin hipoteca. Los valores sin precio, ése es Vicente del Bosque. 

A todos los protagonistas de este 1 de julio y de las anteriores citas en Johannesburgo y Viena, solo me queda agradecerles esos ligeros y breves momentos de alegría que me han otorgado cada cierto tiempo. La felicidad es un término excesivo planteado de un modo continuo, pero yo fui feliz el día en que vi a España ganar la Eurocopa de 2008 junto a mi madre pocos meses antes de que ella se marchara para siempre. La vida no será solo fútbol, ni siquiera es una gran parte. Pero el fútbol es vida, siempre lo será y mantendré un duelo a muerte con quien me lo niegue, aunque sea en la parte más intrascendente y minúscula del discurso.

Muchos son desconocidos, pero todos los aquí nombrados tienen parte de mí. Pertenecen a mi promoción natal y no paran de preguntarse por qué. Por qué no pudieron haber nacido en otra época más fácil. Pero lo hacen con naturalidad. Respetan el destino, conscientes de la estupidez del debate (hoy en día se crean tantos...) y de la más que probable injusticia de la respuesta. Y es que saben que, tarde o temprano, la historia te acaba situando en el lugar que mereces. Y aunque no lo haga, da lo mismo, estaremos preparados. Mi generación es tan romántica como capaz. Entendemos nuestras presencias por el sacrifico de las ausencias. Y además, damos las gracias. Somos cojonudos.