sábado, 14 de abril de 2012

Triunfa la ambición red


Liverpool 2-1 Everton


El Everton fue un dignísimo rival ante un Liverpool que pecó de falta de fútbol durante buena parte del partido. La solidez toffee les puso por delante e hizo rozar la gloria al Everton, hasta que un fallo de Distin permitió el empate y el cambio de rumbo del partido. Un Carroll fallón pero ávido de gol acabó dándole el pase a la final al Liverpool. 2-1 en Wembley.

La mitología de Liverpool unida en una semifinal y expresada en un día importante para esta ciudad. Mañana domingo se conmemora el 23 aniversario de la tragedia de Hillsborough y el destino ha querido unir a los dos clubes scousers en una fiesta futbolística típica de Inglaterra, la FA Cup. Y todo ello en el mejor marco posible, el mítico Wembley. El friendly derby se trasladaba en este ocasión a Londres pero no perdía ni un ápice de emoción, intensidad ni fair play en estado puro.


Los reds empezaron con buenas intenciones, buscando al mejor Carroll potencial, jugando de espaldas y controlando el balón como hacen pocos en el actual fútbol británico. Sin embargo, la solidez de este Everton le permitió afrontar con tranquilidad los primeros minutos y no pasar demasiados apuros ante el empuje histórico del rival. Poco a poco, Cahill, Osman y Fellaini se fueron haciendo con el control del balón y el dominio adquiría tonos azules. Eso sí, los pilares ofensivos del Pool dejaban claro que harían acto de presencia cuando fuera preciso; Gerrard mostraba la chispa adecuada y sobrantes ganas y Suárez pretendía asentar su calidad individual en beneficio de un equipo con la mejor de las actitudes.

El primero que presentó su candidatura a hombre del partido fue Nikica Jelavic. Y lo hizo antes y después de la jugada que definiría la primera parte. Un balón absurdo en la frontal, una falta total de entendimiento entre Carragher y Agger y un mal despeje del primero. La pillería de Jelavic vendría después para posibilitar el gol del Everton. El croata estaba siendo un dolor de cabeza continuo para la defensa del Liverpool; sus movimientos sin balón, sus desmarques profundos y su facilidad para conseguir faltas dejaban en evidencia la falta de cabeza y cintura de la zaga red. Y además, marcaba.


La historia obligaba al Liverpool a responder, pero su atormentado presente le dejó hacer únicamente lo que pudo y no lo que debería. Con una falta notable de precisión y determinación en el juego, los reds intentaron tomar las riendas del partido, pero el Everton tenía las ideas mucho más claras y actuaba más correctamente con la responsabilidad del balón. La pesadilla croata seguía incomodando a la defensa del Pool y el juego ofensivo de los reds se comenzaba a trabar, a falta de alternativas nítidas de profundidad. El Liverpool carecía de capacidad para dañar al Everton y esta es una frase muy dura para los aficionados reds. La escasez de colectividad, la confusión de ideas y la lentitud de la circulación eran los males exactos que el Everton había convertido en cualidades propias. Llegaba el descanso con la mayor de las esperanzas para los toffees.


La mitología de Anfield y el You´ll never walk alone marcaban el inicio de la segunda parte, en la que el corazón del Liverpool buscó incisivamente el empate durante los primeros minutos. Carroll falló un cabezazo claro en lo que suponía un aviso médico para el Everton. Tensión baja en el comienzo del segundo período. Hasta el momento no importaba. Lo de los reds pareció un amago más propio de la frustración que de sus posibilidades reales. El centro del campo estaba siendo completamente de Fellaini. El belga controlaba los movimientos de su equipo, ocultaba lo que quería, mostraba lo inalcanzable, defendía los espacios y distribuía el juego de un modo soberano. Un gran centrocampista en el sentido más amplio de la acepción.

Wembley iba a asistir al segundo regalo del día. El siempre cuestionable Distin regalaba un uno contra uno a Luis Suárez, que no iba a perdonar. El partido cambiaba de rumbo. El Everton iba a perder parte de su competitividad a partir del empate; su capa de solidez no era tan dura como se antojaba, aunque seguía dando una sensación de más empaque que el Liverpool. Pero los reds se mostraban más vitales, veían el objetivo más cerca y eso les daba esperanza.



Los toffees parecieron perder determinación en el centro del campo, a la vez que el Pool mostraba su cara más ambiciosa. Maxi y Bellamy entrarían al campo buscando Dalglish la experiencia en este tipo de partidos y la rapidez por banda. El Everton parecía adormecido e incluso hecho a la idea de una posible prórroga, sabedor además de la falta de consistencia de la zaga del Liverpool y del período de esplendor de Jelavic. Pero los reds asestarían el golpe definitivo.


Gerrard I de Liverpool buscaría la falta de Coleman en la esquina del área y la encontraría. Primer servicio al club. Antes de sacar Bellamy, el ocho le susurraría algo al oido. Tras ello, el galés pone el balón cercano al punto de penalty y Carroll, ese delantero, remata de espaldas y marca el segundo del Liverpool. Andy Carroll, el hombre cuyo partido definió al futbolista moderno; comenzó con buen juego e ilusión, siguió con su descenso forzado de los altares tras varios fallos de culminación y terminó con su no tan nuevo nombramiento como ídolo red al lograr el gol de la victoria. No fue su mejor día pero sí uno de los más productivos. Sin duda, el gol de Carroll en el Liverpool hasta ahora. Gracias a su insistencia.

No daría tiempo para más. Andy había matado el partido. Al Everton le faltaron revoluciones durante toda la segunda parte. Mostró una gran capacidad como equipo y estructura pero el error de Distin le condenó anímicamente; como si le recordara el habitual complejo de inferioridad que le recuerdan sus vecinos constantemente por la calle. A partir de ahí, el Liverpool buscó la victoria, y sólo entonces la encontró. Decidieron los detalles en un partido definido por la dignidad y solidez del Everton y la grandeza final del Liverpool, incluso cuando no ofrece su mejor fútbol. 2-1 para los reds (a pesar de Jelavic) y el pase a la final de la FA Cup el próximo 5 de mayo.


FICHA TÉCNICA
LIVERPOOL: Jones, Carragher, Johnson, Skrtel, Agger, Downing, Henderson, Spearing, Gerrard, Suarez y Carroll Vorn, Rangel, Caulker, Williams, Taylor, Sinclair (McEachran 72´), Britton, Allen, Sigurdsson, Routledge (Lita 71´), Graham (Moore 71´)
Banquillo: Gulacsi, José Enrique, Kelly, Shelvey y Kuyt.
EVERTON: Howard, Heitinga, Neville, Distin, Baines, Gibson, Osman, Gueye, Cahill, Fellaini y Jelavic
Banquillo: Hahnemann, Jagielka, Hibbert, McFadden, Stracqualursi
ÁRBITRO: El colegiado Howard Webb amonestó a Suárez (36´) y Henderson (73´) por el Liverpool y a Jelavic (59´) y Coleman (79´) por el Everton
Goles: 0-1 Jelavic (24´), 1-1 Suárez (62´), 2-1 Carroll (86´)






Liverpool 2-1 Everton por goalsarena2012-3

jueves, 12 de abril de 2012

¿Satisfechos?

¿Lucha disputada y disfrutada al máximo por la Premier League? Los datos transmiten emoción, pero las sensaciones no sugieren lo mismo. Dejando los colores a un lado, la idea sobre el nivel y calidad potencial de la Premier League 2011/2012 no me resulta tan nítida como en temporadas pasadas. Y hay algo que resalta de un modo curioso entre la orquesta de intereses de los clubes ingleses; nadie está realmente contento con sus resultados. Al menos, pocos lo parecen.

El líder, Manchester United, es el único club que, antes de comenzar la competición, asegura luchar por el título año tras año. Los red devils estarán satisfechos por su posición… ¿y por algo más? Siendo sinceros, el United no ha jugado bien este año. Ferguson no se ha sacado de la manga ninguno de sus arabescos surgidos de la más categórica autoridad. Rooney ha tenido un año irregular afrontando sus lesiones y su nuevo peinado. Las bajas continuas de Chicharito y Vidic no han causado el efecto deseado entre jugadores a los que aún se espera, como Anderson, Nani o Smalling. Valores de cantera como Cleverley o Welbeck aún no han dado la patada en la puerta (algunos se plantean si llegarán siquiera a levantar la pierna). ¿Buenas noticias? La consolidación de De Gea tras una dura travesía por el lluvioso desierto británico, sangrante para los novatos. Si el jugador aumenta su confianza y Sir Alex le mantiene en el puesto, el romance del madrileño con Old Trafford será de larga duración. Este es el universo United. Por encima de él, flotan dos estrellas que quedan fuera de toda valoración global. Su estatus y carta de méritos les permite entrar, salir, marcharse y volver cuando quieran. Clases magistrales de movimientos sobre el campo y aplausos. Ryan Giggs y Paul Scholes pululan por la actualidad mancuniana y siempre suman, tanto fuera como dentro del césped. Quizá la mejor razón de sonrisa para un diablo rojo, que por otro lado piensa que su equipo está donde se merece pero que él, como aficionado, podría merecer más. El teatro de los sueños es muy exigente, su equipo no ha bajado del segundo puesto durante toda la temporada.



El Manchester City. Lo admito, es un problema mío. Veo a ese equipo y me parece un homicidio deportivo en primer grado que no jueguen regularmente al fútbol como los ángeles. Los problemas de este tipo de equipos-pirámide construidos a base de talonario suelen estar relacionados bien con las expectativas en torno a ellos, bien con la elección de los arquitectos de la construcción. No voy a intentar convencer a nadie de que Mancini es el adecuado para llevar esta plantilla. Para mí, no lo es. Le ha quitado puntos a su equipo. Dudo que haya mucha gente contenta con él en la parte celeste de Manchester. Puedo admitir ciertos problemas de ajuste en una defensa de babel que, a pesar de su gran poder ofensivo, puede pecar de gelatinosa (Clichy, Touré, Savic, Richards). Podría pasar, ya con reparos, por malas construcciones ofensivas desde un mediocampo falto de experiencia conjunta y perfiles sólidos (Yayá, De Jong, Nasri, Adam Johnson, Barry). Delanteros de carácter explosivo como Balotelli ó Tévez siempre pueden provocarte un dolor de cabeza. Pero hay jugadores en este equipo con la suficiente magia para ganar al menos un título por temporada. Silva y Agüero justifican la mayor de las inversiones. Los citizens marchan segundo, puesto que no acredita ningún tipo de mérito directivo y menos cuando el máximo rival es el primero. El equipo hizo un lamentable papel en Europa y el entrenador no continuará la próxima temporada. Que nadie me diga que está siendo un año ni siquiera correcto para el Manchester City.


El Arsenal va tercero. Es un buen lugar, acorde a los méritos que ha exhibido durante la temporada. Como cada año, los gunners exhiben fútbol de campeones y lo acompasan con empanadas propias de Championship. ¿Existe sentimiento de satisfacción en el Emirates? Pues quizá se adjunte en las pequeñas dosis de seratonina que segregan los aficionados a la salida del Emirates en cada partido del Arsenal. Ahora bien, la frustración a final de temporada y el cabreo en no pocas ocasiones a lo largo del año son inevitables. Lo del Arsenal es el casi llegar, el poder pero no querer, el potencial inexplotado. Así ha sucedido desde que tengo uso de razón y creo que este año la sensación del hincha gunner se ha acrecentado.



Tottenham Hotspurs. Una receta de fútbol de muchos quilates, rapidez, irregularidad, atrevimiento, goles y falta de madurez. Un equipo intrépido al que sólo le ha faltado arrojo para creerse que este era su año. Sufre ciertos síntomas de arsenalización con matices que, de momento, no acierta a reparar. ¿Podría Bale correr con más sentido?, ¿sería Modric capaz de jugar bien tres partidos seguidos?, ¿se envalentonará Harry algún día ante un grande? Preguntas sin respuesta. Los spurs marchan empatados a puntos en la cuarta plaza con el Newcastle y el Chelsea. Mi sensación es que en Stamford Bridge no están contentos desde que se marchó Mourinho, tal cual. Fue el último que provocó verdaderas exclamaciones en la grada, el último que desarboló a equipos grandes. Ancelotti también ganó una liga, pero él era sólo el títere del amante desquiciado. Al Chelsea le empiezan a sobrar años y necesita nuevos ídolos y estandartes. Este año le ha dado para un notable papel en Champions; sabedores de la gran dificultad de pasar de semis, si dan la sorpresa la calificación de la temporada del Chelsea variará enormemente. Pero yo muy contentos no les veo, la verdad. En cuanto al Newcastle, es la gran sorpresa de la Premier, sin duda. Muchos dudábamos sobre el tiempo que aguantaría en la parte alta y nos está dejando en mal lugar. De acuerdo, en St. James Park son felices; la modestia les coloca en un lugar por debajo del sobre-rendimiento que están ofreciendo. Acaben como acaben, enhorabuena para ellos.



Se adivina un aura feliz alrededor de equipos como Swansea, Everton, Norwich City o Sunderland, además de los que se salven del volcán del descenso. Hay un club al que no he nombrado, lo habrán adivinado. El Liverpool atraviesa una fase embarrada, buscando una nueva identidad en esta época sin roles distribuidos. En un club de magnitud mundial e historia superlativa, la exigencia es tal que no se permite la felicidad. El problema es que la panorámica de futuro no es mejor. Al menos la Carling Cup supuso un desahogo.



Miremos hacia arriba. Aburrimiento y síntomas de insatisfacción en Old Trafford. Insuficiencia y cierta indignación en el Etihad. Eterna y dulce frustración al norte de Londres y falta de orientación en el adinerado suroeste. ¿Eran las exigencias demasiado altas o no está siendo la mejor temporada de nadie? Aún quedan semanas para comprobarlo.





lunes, 9 de abril de 2012

El fútbol de antes


Recuerdo un día en el que todo era concordia. O casi todo. Aquella época en la que los árbitros apenas eran noticia. Nadie sabía sus nombres ni conocía su currículum, ni solicitaba su inmersión en la nevera (horrible expresión moderna). Hubo un tiempo en que los futbolistas parecían más humanos que extraterrestres, jugaban a una velocidad terrenal. Por entonces, había miércoles libres. Sí, créanme. Cinco o seis por temporada. El aficionado respiraba y servía para recibir con más ganas la visita a la familia futbolística.

Las tácticas eran cosa de entrenadores. Al aficionado le bastaba leer la alineación en el marcador del estadio o escucharla por la radio. El dibujo del equipo era algo propio de entendidos o neófitos a la causa futbolística, algo bastante más selecto que ahora (por interés y por difusión). Era bonito escuchar ruedas de prensa en las que un entrenador admitía la superioridad del equipo contrario sin ningún tipo de justificación. Debe ser que no existían los agarrones en los saques de esquina, los céspedes altos, los lloros injustificados, los jocosos altavoces mediáticos, los amiguismos presidenciales o las comparaciones presupuestarias.

Un fútbol más lento, menos profesional y más espontáneo. Aún era un juego por encima de un negocio, actualmente tecnificado hasta en el número de estrías de las botas del mediocentro. Un fútbol en el que eran noticia los piscinazos, por ocasionales. Más duro, sin dudarlo. Más agresivo; en ocasiones violento. Pero infinitamente más noble. “Denme un leñero, que les vendo un teatrero”, decían los entrenadores de los ochenta. Por entonces, el técnico trabajaba cinco días a la semana con cierta tranquilidad. No debía dar explicaciones de sus alineaciones al resto de estratos del núcleo del equipo. A saber, jugadores, segundo entrenador, directivos, presidente, afición…ni siquiera el hijo del entrenador quería saber por qué no había jugado la estrella ese domingo. El respeto por ciertas decisiones de estado era primordial.


Aún había bombas periodísticas. Nadie iba por la calle con un teléfono, una cámara y un medio de comunicación propio. Ahora sí. ¿Qué es noticia en el fútbol actual y quién genera el interés? La nostalgia se apodera de aquellos rumores con telarañas sobre el hipotético traspaso de Míchel al Milan, la personalidad de Cruyff en el Barcelona o las concentraciones de la selección española en Sevilla. El entorno mediático tenía más que callar de lo que hablaba. Era una actitud y situación totalmente contraria a la que vivimos en nuestros días, cuando, por no tener nada que esconder, se cuenta todo y se finge guardar las cartas en la manga.

Faroles mediáticos aparte, la mirada meticulosa y escéptica del español medio a Europa aumentaba exponencialmente en temas futbolísticos; todo lo venido de fuera era lo mejor. Claro, que antes había un cupo de extranjeros, sin distinguir entre comunitarios, no comunitarios o veintañeros con pasaporte italiano gracias a un bisabuelo emigrante casado con una siciliana de los años treinta. Españoles o no españoles. Una selección con dos cojones y las medias negras.

Resumiendo. Hemos ganado miles de cámaras y un seguimiento mediático casi universal. El fútbol sale y llega de todas las partes del mundo. Tenemos una rigurosa profesionalización en el césped y una ampliación de 30-40 partidos más al año, con el estrés y las prisas que esto conlleva. Se ha producido un aumento del elitismo económico y social alrededor de las profesiones que viven del fútbol, consecuencia también del auge de la importancia de la imagen en el que estamos actualmente inmersos.

Hemos perdido buena parte del sabor de la comida. Falta honestidad, humor, ingenuidad y autocrítica. No se entiende que en un negocio tan serio como éste, los protagonistas (dentro y fuera del campo) se comporten como niños de colegio. Si nos ponemos serios, vamos a hacerlo bien. El fútbol ha perdido protagonismo, redireccionado a su vez a entrenadores, jugadores y árbitros con alma de actor principal y ego oscarizado. Quizá hemos perdido las ganas al aceptar de mal grado el “todo vale”. Algunos equipos han tocado techo y succionado fondo en menos de cinco años. Las emociones se concentran y eso hace que pierdan valor. Más de todo, generalmente, quiere decir menos intenso siempre. Sobran guiones y falta autenticidad.

Aquellos que buscan un significado más allá de las polémicas pueden ser tildados de cursis, frustrados o snobs. Resulta pedante entender el fútbol más lejos de los goles o de las tertulias trasnochadas de bar. El antes elogiable “experto” ha pasado a ser el ahora freak “parabólico”, el más moderno en lo despectivo de la acepción. La democratización del fútbol en las nuevas redes y comunicaciones amplía el número de voces pero exige una mayor y mejor selección de contenidos. Y es que no todo en esta vida son números y audiencias. Ni siquiera goles. En el deporte también hay una vida oculta tras las portadas.

El fútbol actual es una mala digestión, reconozcámoslo. Antes te quedabas con ganas de más, ahora te aturde en el sofá del salón tras cinco días seguidos de televisión, polémicas, dimes y diretes y trending topics que no valen una mierda. Todo ello envuelto en un calendario de locos dictado por los presuntos cuerdos. Este es el fútbol de hoy en día. Ahora actúa Messi. Antes jugaba Maradona. Y sobre todo, había hueco para gente como el Tato Abadía. Un centrocampista respetado por empatía y admirado por su pundonor. Agustín llegó a jugar durante setenta minutos de partido con el astrágalo roto, marcando el gol de la victoria para su equipo. El fútbol de antes. ¿Más vulgar?, ¿mejor? Diferente.

martes, 3 de abril de 2012

Torres sin etiquetas


Fernando es diferente. No cabe duda. Serán sus orígenes atléticos en un país absorbido por la voracidad de las dos torres del fútbol mundial. O será su melena rubia y piel tímida en una tierra brillantemente bronceada durante trescientos días al año. Incluso habría que considerar que fue el destino el que le hizo distinto. Ese destino que tras endiablarle el control, le dotó de una prodigiosa zancada y un toque divino para conquistar el viejo continente. Aquel día, Fernando se convirtió en patrimonio nacional. Desde entonces, todos tenemos un poco de él y, además, creemos saber cómo administrarlo.

Es el precio a pagar por convertirse en el cartero de la fe nacional. En el entorno de aquella extraordinaria España, Fernando parecía el mejor de los humanos, el instinto rodeado del plasticismo. Sin obviar sus magníficas condiciones, el de Fuenlabrada aportaba, junto a otros, la típica sensación ibérica. La endémica condición terrenal de los españoles frente a los superdotados europeos del siglo XX. Cierta inseguridad mental, una contrastada fragilidad histórica y un complejo fatalmente heredado generación tras generación. Sin embargo, el envoltorio del Niño resultaba de una estética fantástica. Torres, rodeado de escuderos de fantasía y magos del balón, se convertía en la bala más adecuada para el arma más sofisticada del mercado. Y, además, molaba. Y mucho, ¿por qué negarlo?


En realidad, Fernando tan sólo destinaba su talento a la eficacia de su trabajo sin ningún tipo de ataduras más allá del rectángulo de juego, lo cual no es poco. Torres no ha podido hacerlo de un modo continuo durante su carrera. Esa condición de “chico de barrio”, tan traída como odiosa, se cumple en Fernando en la parte positiva de la expresión. Me lo imagino como el típico amiguete del colegio con el que coincides simplemente en el color de las chapas, empatizando así de un modo mutuo hasta límites insospechados. A esa edad, el resultado de estas extrañas asociaciones se llama amistad y una consecuencia de manual es la implicación.

La sangre de Fernando Torres siempre ha sido roja y así lo ha sentido él. Durante los doce años que perteneció al Atlético de Madrid, Fernando pasó de ser del Atleti a ser el Atleti. Tal cual. La circense gestión del club en época de profundidades agudizaba el ansia de búsqueda de símbolos entre la afición. Y Torres, un chico de la casa, joven y sobradamente preparado, estaba allí. El delantero fue asumiendo de un modo gradual un peso que seguramente no le correspondía. La maleta del Niño cargaba con la ineptitud de los dirigentes, el aliento de la afición y su lógica ambición. Y como el fútbol es un deporte de equipo, aquello no podía acabar bien. Como dijo el propio Fernando, no deberían existir capitanes de diecinueve años. La responsabilidad acabó pesando demasiado para Torres, que actúo como cualquiera hubiera hecho varios años antes. Se marchó a un sitio mejor.


El Niño encontró en Liverpool lo que más necesitaba. Espacio. En todos los sentidos. Espacio en el césped para liberar su magnífica punta de velocidad. Y espacio en su vida para disfrutar el fútbol como pocos consiguen hacerlo. Su espalda respiraba ligereza en un lugar donde pronto se le consideraría ídolo. Fijo en España (triunfador en la Eurocopa) y perfectamente adaptado a Liverpool, Anfield asistiría a los mejores momentos de Fernando. Grandes promedios goleadores conjugados con tantos de enorme calidad. Por primera vez, Torres estaba donde sentía que debía estar. Sin embargo, el triángulo Fernando-Liverpool-rendimiento fue apagándose por el vértice imprescindible. Las lesiones, el bajón progresivo del equipo y el desgaste del delantero fueron quemando etapas más rápido de lo normal.



Las lesiones. La verdadera carga moderna de la vida de Fernando. Tobillo, isquiotibiales, rodilla derecha. Condicionada temporada y media en los reds y una Copa del Mundo con España (su convocatoria le hizo campeón del mundo pero le hirió personal y físicamente), el único objetivo del delantero volvía a ser librarse del equipaje que cargaba para poder mostrar su fútbol en estado puro. Sin embargo, el precio era muy alto. Torres cambió la pasión del Pool por la burguesía azul. La familiaridad de Liverpool por la globalidad londinense. Nunca había abandonado el rojo. Nueva vida, nuevas costumbres, nuevas ilusiones. Inconexos amagos de recuperación en las frecuentes vueltas de Torres al campo. Su baja forma, la permanencia de ciertos problemas físicos y la alarmante falta de fútbol del Chelsea lastraban al Niño. La desesperación, la frustración y la mofa hacían acto de presencia en los alrededores de Stamford Bridge, lugar en el que aún siguen conmocionados por la depresión post-Mourinho.


Quince meses se cumplen ya desde su llegada a Londres. Mejor que hacer un resumen es mirar al futuro inmediato. Fernando lleva varios partidos seguidos a un nivel notable. No supremo pero sí muy prometedor. Desde su segunda temporada en Liverpool no había alcanzado este escalón. Puede que sea una falsa esperanza de recuperar al mejor Torres. Se escuchará el “Fernando ha vuelto”. Falso. Nunca se fue. Torres es de los que no abandona el barco ni anclado en el fondo del mar. Las dificultades le han causado problemas de autoestima pero él sabe mejor que nadie que ésta es su liga. Y que él puede hacer del Chelsea su equipo. Confianza, continuidad y fútbol alrededor y volverá a ser considerado uno de los mejores.

Fernando Torres acumula etiquetas en su maleta. El niño del que más se habla. La última esperanza atlética. El ídolo red. El héroe de Viena. El hombre de los 50 millones de libras. El nuevo caso Raúl. Ha tenido que guardar y aguantar apelativos durante toda su vida y soportar entornos incendiarios. Llevamos mucho tiempo regando la actualidad futbolística con la imagen continua de su cabeza agachada. Se acabó. Fernando debe imponerse. El delantero debe fulminar los fantasmas del personaje ahora que vuelve a disponer de continuidad y el Chelsea parece oxigenado. No es el último tren para Torres, pero sí el más conveniente y saludable de todos. Premier, Champions y Eurocopa por delante, la oportunidad para volver a la élite de las élites se antoja irrechazable.

Pronto se cumplen cuatro años desde el gol de Viena. Todos creemos saber lo mejor para Fernando. Él tan solo debe jugar como sabe. Sin traumas. Con la maleta vacía. Corriendo, gritando, asistiendo, marcando…simplemente el delantero centro del Chelsea y de la selección española. Tanto y tan poco.



lunes, 26 de marzo de 2012

Las pasiones del Arsenal




Arsenal Football Club. Tan histórico como moderno. Una biblia de talentos, un revuelto de prestigio e innovación, un equipo al que se le buscan soluciones cuando no siempre existen problemas. Pocos conjuntos despiertan los amores y las iras que provoca el Arsenal. El club gunner es una adolescente del fútbol europeo (cada lector que elija el género que prefiera). Guapa, inteligente, divertida...la más atractiva del continente; sin embargo, su endémica juventud y explosiva personalidad pueden resultar desquiciantes. Metáforas aparte, es precisamente la actual idiosincrasia del club, y por ende del equipo, la que provoca mayores debates.

Los que estrenamos treintena entendemos el Arsenal como juventud, descaro, propuestas (a veces sin respuestas) y frecuentes aterrizajes sobre la pista de las realidades. En los tiempos que corren, la apuesta por la educación, la formación y, futbolísticamente hablando, la creación de generaciones es fuertemente elogiable. Al estilo del F. C. Barcelona, la confianza en primerizos despierta simpatías allá por donde se exhibe. Obviamente, la exhibición no existe si no surge el talento y si no ha habido un trabajo vigilado y perfeccionado durante años. Al fin y al cabo, el Arsenal aporta una opción clara en el debate perpetuo entre el cómo y el cuánto. Las formas contra el resultado. Los principios para la victoria frente a la victoria como principio. En el antiguo Highbury o en el nuevo Emirates han comprendido perfectamente la idea en numerosas ocasiones. Por ejemplo, cuando el Arsenal ganó con The invincibles su 13º título de liga sin perder ningún partido y jugando al fútbol como los ángeles. El buen juego minimiza los riesgos.



Otra buena parte del sentimiento alrededor del Arsenal lo originan los personajes que han pasado o que permanecen en el club. Herbert Chapman y su innovador carácter. Los goles reaccionarios del irlandés Liam Brady. El bigote hecho portero en David Seaman. El capitán alcohólico rehabilitado, Tony Adams. El genial y aerofóbico Dennis Bergkamp. Thierry Henry o el mejor delantero de una generación. Cómo permanecer impasible ante semejantes cuadros humanos en un club en el que importan tanto las personas que serán leyendas como los títulos. Y olvidándonos de tantos, surge el nombre por excelencia de la historia reciente del Arsenal. Arsène Wenger.


El profesor. El francés chiflado, para algunos. El mejor investigador futbolístico del planeta, para otros. El míster enrollado que ha creado tantas polémicas como curtido numerosas carreras de jugadores de élite. Uno no puede parecer indiferente ante Wenger. Ante su propuesta, ante su actitud, ante sus declaraciones o ante sus logros. Es probablemente el entrenador tildado de perdedor en más ocasiones por los medios de comunicación. Injustamente, añade mi opinión. Tres Premier League, cuatro Community Shield y cuatro FA Cup en su haber. El lado oscuro resultadista dice que sólo ha ganado tres ligas en trece años. La cara constructiva piensa que únicamente Ferguson ha ganado más en este período y que Wenger ha creado un estilo colectivo, una forma de entender el deporte y una personalidad de club que asegura la estabilidad y continuidad del género Arsenal. Hoy en día, muchos le cuestionan en su puesto. Indiscutible en su aportación, debatible sobre la compatibilidad de su método con el resultadismo imprescindible de la élite. Juzguen ustedes mismos.

Dentro de la forma de ser del club gunner hay una tendencia que no muchos aficionados conocen. Estamos hablando del equipo más visionario del mundo en numerosos aspectos no necesariamente futbolísticos. La realización de este deporte y su disfrute social y económico han salido delante de un modo tan próspero gracias de un modo especial al empuje del club del norte de Londres. A finales de los años veinte, el Arsenal promovió la primera radiodifusión de un partido gracias al periodista que tenía contratado para cubrir su boletín semanal.


Apenas unos meses después, el ya nombrado Herbert Chapman, por entonces manager del equipo, comenzaba a revolucionar el fútbol de la época al promover “el sistema” (también conocido como WM). Para colaborar a la confusión del equipo contrario sobre las posiciones de los jugadores del Arsenal, Chapman decidió poner números en las camisetas. Fue el primero. Como fue el primer club en poner su nombre a una estación de tren, el primero en televisar un entrenamiento o el primero en aparecer en una novela como protagonista (“The Arsenal Stadium Mistery” de Leonard Gribble). Hace ochenta años, comenzaba a trazarse la enorme autopista que uniría el fútbol con la repercusión social, informativa y cultural y el Arsenal fue el principal promotor.

Escribir sobre sentimientos no deja de ser un quiero y no puedo, ya que no hay mayor emoción que la que no puede expresarse con palabras. A pesar de ello, la lista de argumentos históricos y características corporativas que definen al Arsenal en este artículo tiene un simple objetivo. El respeto. La actual época futbolística transcurre entre polémicas superfluas y bajo la dictadura mediática de los grandes nombres, enormes costes y frágil memoria. Hoy en día, la pureza es oro en el deporte. No todos los clubes pueden permitirse enorgullecerse de sus aportaciones al fútbol. Y además haberlo hecho de un modo coherente y constructivo, acorde a unos valores personales que merecen ser destacados.

Está claro que las manifestaciones deportivas pecan cada vez más de falta de ejemplaridad y de un forofismo desagradable para el público y desagradecido para los aficionados inocentes. Es común sentir vergüenza de jugadores, entrenadores o aficiones propias. Las etiquetas despectivas están a la orden del día. Llegados a este punto, he de expulsar dos confesiones. La primera es que no soy gunner. La segunda es que si hay un club del que jamás podría llegar a avergonzarme, ese es el Arsenal.




jueves, 15 de marzo de 2012

Puro fútbol

Pocas veces el destino ofrece regresiones de este tipo. Dos ciudades de naturaleza industrial y pureza futbolística enfrentadas 55 años después. El respeto al deporte y a sus liturgias fue el afortunado en el sorteo de la Uefa Europa League. El origen británico del Athletic es la respuesta más sentimental a la eterna intensidad que se vive en San Mamés. El partido de ida respondió a las expectativas. Tras la extraordinaria victoria del Athletic en Old Trafford, los bilbaínos reciben al United cargados de ilusión y, sobre todo, confiados en expresar brillantemente el discurso futbolístico de Bielsa.

Este obseso de su profesión propone el toque como armadura, la velocidad como arma y la juventud como característica definitoria del bloque. La presión del Athletic simboliza la respiración del chileno sobre el Manchester United y así lo entendió el bueno de Ferguson tras el partido. Los vascos son un equipo honesto sobre el césped, con un ideario totalmente diáfano para el contrario pero no por ello más abordable. El Athletic abrumó al rival en el Teatro de los Sueños. Aceptó de buen grado el balón y tuvo la actitud más constructiva posible con él. No le faltó paciencia para no desistir, determinación para remontar y personalidad para agotar los más de noventa minutos de partido.

La historia actual del Athletic de Bilbao tiene un excelente guión y los actores más fieles de las últimas décadas. La escena que conjuga talento, juventud, iniciativa y trabajo tiene una secuencia clara. No es otra que la celebración del gol de Muniaín en Old Trafford. Pase lo que pase hoy, los gestores y la afición del club deben ser conscientes de las posibilidades que se disponen en San Mamés en esta era moderna. El Athletic Club de Bilbao vuelve a tener un gran equipo de fútbol, mejor de lo que se le suponía hace meses y de límites indefinidos aún.

Con cualquier resultado hoy en la Catedral, no dejen de felicitarse. Este grupo muestra los resultados más saludables del análisis deportivo. Aquellos a los que nos gusta el fútbol y mentalidad ingleses, soñamos con que nuestro equipo tenga el corazón del Athletic. Puro fútbol en San Mamés.

martes, 13 de marzo de 2012

Dos equipos y un orgullo


La rivalidad tiene muchas caras. La mayoría de ellas suele asociarse, por definición, con términos muy sangrantes. Peleas, enemistad, violencia…pero no todo el panorama es tan oscuro. También existen enfrentamientos que no provocan consecuencias tan dañinas para una ciudad o para unos colores; aunque nos cueste recordar ejemplos, siempre podremos encontrar muestras de choques que no trascienden lo meramente futbolístico y que, incluso, enriquecen la cultura deportiva y cívica de una comarca. En este caso hablamos del condado de Merseyside y de la existencia de dos clubes tan parecidos como distintos. Dos equipos a los que la historia ha separado en muchas ocasiones pero la población de Liverpool se ha encargado de unir. Everton Football Club y Liverpool Football Club. Una ciudad, dos equipos y Stanley Park entre ambos.


Los orígenes de estas enemistades suelen ser de formaciones muy caprichosas y ésta supone un auténtico paradigma. Cómo imaginar que el Everton comenzó jugando en Anfield en el siglo XIX hasta que el dueño del estadio les subió el alquiler y tuvieron que mudarse…y el señor Houlding, sin equipo pero con campo, creó el Liverpool FC. Cómo pensar que Gerrard, Carragher, McManaman y Owen crecieron siendo aficionados del Everton FC. Y quién podría creer que los reds comenzaran su historia vistiendo de azul…

Entre todas estas curiosidades se impone la verdadera creencia y refutado hecho sobre la salud de este choque. Hoy en día se hace difícil asistir a un partido de fútbol sin connotaciones económicas, sociales o religiosas. No hay derbi sin ricos, pobres, católicos, históricos, modernos, violentos o teatreros. En la ribera del Mersey sólo existen colores. El rojo y el azul. Históricamente se ha conocido esta dualidad como “Friendly derby”. Aunque ocasionalmente se han dado algunos incidentes inevitables, el carácter del partido siempre ha sido y será ese. Fuera del césped, todas las familias scousers tienen colores repartidos entre todos sus miembros. Dentro del campo, puro fútbol inglés. Intensidad al 200%. De hecho es el choque con mayor número de tarjetas rojas en la historia de la competición. No es de extrañar. El carácter del condado de Merseyside es orgulloso, aquel que se define por una entrega total y completa a los comienzos de las historias propias. Los orígenes marcan la definición de una personalidad y la ciudad de Liverpool es el mayor orgullo que un aficionado y habitante pueda tener. Por detrás quedan los colores y las etiquetas, leídas siempre con humor y deportividad.

27 títulos de liga suman entre ambos clubes y suponen el mejor guante en la mano de los toffees y reds y en la cara del Manchester United. “Merseyside, Merseyside” es el cántico preferido de ambas aficiones cuando se enfrentan entre ellas, especialmente si es en el ámbito copero, donde la historia nos ha regalado épicas batallas entre ambos. En Inglaterra se recuerdan especialmente las finales de League Cup y FA Cup (dos) ganadas por el Liverpool a finales de los ochenta ante un histórico Everton. Y especial es la mención para la eliminatoria de FA Cup de 1991, donde un agónico empate a cuatro terminaba por costarle el puesto al entrenador del Pool, un no tan mayor Kenny Dalglish.


No es un engaño decir que el Liverpool Football Club ha ganado más partidos (65 frente a 56), más títulos de liga (18 frente a 9), más Copas de Inglaterra (7 a 5) y más torneos internacionales (5 Copas de Europa y 3 Copas de la Uefa frente a una Recopa de Europa). Tampoco se falta a la verdad si se pone a los reds por delante en prestigio internacional, repercusión mediática y número de aficionados a lo largo del mundo. Sin embargo, la historia intenta repartir la ya de por sí injusta desproporción mediática y guarda también grandes momentos del Everton (cuarto equipo inglés en número de títulos), que ha vivido épocas gloriosas que se recuerdan constantemente en la ciudad. Aquel maravilloso equipo de 1985 que triunfó en Inglaterra y en el continente europeo es la conversación más gratificante para los aficionados toffees de mediana edad. Dos ligas, dos Copas de Inglaterra y una Recopa de Europa en cinco temporadas así lo atestiguan. Del mismo modo, todos recuerdan la nueva irrupción del Everton del nuevo siglo de la mano de Rooney y David Moyes y volviendo a poner al club en el digno escalafón de las competiciones europeas. Además, los azules siempre se guardan en la manga el as en forma de hecho constatado (más por unos que por otros) que afirma que en la ciudad de Liverpool hay más toffees que reds.

Justicias futbolísticas (siempre subjetivas) aparte, Everton y Liverpool comparten una ciudad fuerte y con carácter. Quizá sea éste el derby con la definición más agradecida y didáctica de todos los que podemos encontrar en el mundo del fútbol. Si al fair-play habitual en Inglaterra (exponencialmente multiplicado en este caso peculiar) le sumamos una hirviente intensidad, unos colores que la humanidad ha enemistado desde hace siglos y la historia tan rocambolesca que define a estos clubes, sólo nos queda asistir al Liverpool-Everton del próximo lunes para disfrutar de un gran partido de fútbol.

Porque al final tan solo es eso, football. Tan solo y tanto. Pero siempre a la orilla del Mersey y tomándose una pinta en Hope Street. Esa calle separa la catedral católica de la catedral protestante de Liverpool. Y es que en esta ciudad siempre hay sitio para todos.

jueves, 8 de marzo de 2012

La hora de Alemania


¿Qué le falta a los alemanes para imponerse en el fútbol mundial en esta época bien entrada del siglo XXI? Ésta nunca ha sido una pregunta necesaria para un combinado que ha ganado tres Copas del Mundo y tres Eurocopas. Los germanos han llegado siete veces a la final del mundial, más que nadie. Han ganado más trofeos continentales que ninguna selección y se han convertido con total justicia en uno de los ogros del fútbol de selecciones. Fuerza física, potencia, trabajo a destajo y férrea disciplina alemana han sido sus señas a lo largo de la historia.

Sin embargo, los alemanes han venido mirándose en otros espejos desde hace ya varios años. Su fútbol anterior, eficiente pero algo oxidado, se ha reinventado dando lugar a un juego mucho más moderno. Juventud, desparpajo, rapidez y brillantez. A la clásica máquina alemana le apetece ponerse guapa y gustar al resto del mundo. El cambio pasa de buscar la victoria para la propia nación a enseñar al planeta sus cartas para ganar la competición de turno. El fútbol alemán se abre al panorama internacional y lo hace con caras reconocibles y, gracias a ello, reconocidas. Los teutones aportan personajes con carisma, personalidad y determinación.

Joachim Löw es uno de los entrenadores más cotizados y prestigiosos del fútbol europeo. La continuidad en resultados tras la etapa de Klinsmann y el juego atractivo que caracteriza a Alemania le han hecho brillar con luz propia en el siempre complicado escaparate de técnicos. Ya ha saltado su nombre como posible candidato a grandes banquillos de clubes. Su hambre de títulos y su estética moderna le hacen ganar adeptos dentro y fuera de Alemania. Es, sin duda, una de las caras de esta selección.

El aporte de madurez germana lo introducen clásicos, que no mayores, como Lahm, Jansen, Schweinsteiger, Mario Gómez, Podolski o Klose. Competitivos siempre en sus puestos y expertos en batallas anuales en clubes. Tan solo Miroslav Klose, ese eterno y oportunista ariete actualmente en el Lazio, sobrevive de aquella Copa del Mundo en Corea y Japón hace ya diez años. Nadie puede asegurar que no vaya a permanecer diez años más, la involución futbolística parece pasar de largo para futbolistas como él. Mario Gómez siempre ha sido el hombre de los números en Alemania y un pequeño desconocido en el resto de Europa. Parece que esa barrera se romperá esta temporada en la que lleva 34 goles en 39 partidos. Podolski siempre ofrece una mejor versión en la selección que en la rutina de clubes y está cuajando una gran temporada en Colonia. Y entre todos estos nombres, destaca el más complicado de pronunciar y más fácil de recordar. Bastian Schweinsteiger, ese hombre de banda reconvertido a mediocentro. Ese potente guerrero que ha descubierto su capacidad como capitán general. Llega a la Euro 2012 en plena madurez como centrocampista completo que es. Un portento físico con uno de los mejores disparos del mundo. Bastian quiere un mayor reconocimiento internacional, en Alemania ya le adoran. Hace poco Heynckes le colocó en el pedestal de Xavi e Iniesta. El fútbol de selecciones le debe un pedazo de gloria a este chico de Baviera.

La parte de la película que no hemos visto es aquella en la que salen Neuer, Götze, Reus, Muller, Özil, Marin o Toni Kroos. Jóvenes y ligeros. Preparados y con carácter. La nueva hornada de Alemania se caracteriza por su pequeño tamaño y sus grandes cualidades futbolísticas. Por un lado, hablamos de Manuel Neuer. Quizá el portero con mejores cualidades y mayor potencial de Europa; sus reflejos son increíbles. Sólo le lastra una reputación algo polémica en su país (a los aficionados del Schalke no les sentó bien su marcha) y ciertos fallos de juventud cuya repercusión mediática se multiplica exponencialmente al tratarse de la portería. Es el menos alemán de los porteros alemanes, pero al mismo tiempo es, sin duda, el mejor.

Por otro lado, los teutones importan el perfil de centrocampista móvil, hábil y con una inteligencia suprema para entender el juego. Reus y Kroos responden a la definición con algo más de altura y potencia pero un manejo envidiable del balón. Marko Marin, a pesar de su estancamiento, es siempre una figura a seguir por las sorpresas que puede ofrecer con el balón en sus pies. Mario Götze es la última gran aparición del fútbol alemán. Esta pieza de fábrica del Dortmund aporta calidad a raudales, rapidez y una magnífica técnica. Uno de los más destacados, y ya contrastados, jugadores alemanes es Thomas Müller; un todocampista capaz de ocupar varias posiciones atacantes y con magníficas cualidades ofensivas. Su imponente físico y su enorme clase fueron claves para que el fútbol internacional le guardara un lugar en Sudáfrica en el 2010. Es un joven veterano y con mucha hambre.


Y comandándolos a todos está el más experimentado a nivel internacional con tan solo 22 años. El madridista Mesut Özil ha sido uno de los fichajes más alabados en la última década del fútbol español. Tras su magnífica Copa del Mundo en 2010, Florentino Pérez adornó la armadura de Mourinho con la espada más fina del mercado y a un precio casi de saldo, viéndolo con perspectiva. El alemán lleva una temporada y media en Madrid mostrando su genio y luchando contra esa irregularidad que parecía endémica en su juego. Parece que poco a poco lo va logrando. La sensibilidad que muestra Özil con el balón es única; su visión y conducción son privilegiadas y su elegancia es sólo comparable a la de Iniesta. Siempre apetece ver un partido en el que juega Mesut.


Tras reconocer estas caras, uno se vuelve a preguntar qué le falta a Alemania. Quizá habría que invertir la pregunta y darnos cuenta así de que lo que les ha sobrado a los germanos en los últimos años ha sido la presencia de España, una alumna aventajada en el mismo tipo de juego que ha aprovechado una magnífica generación. Una final sin color y un cruce de semifinales letal dejaron a Alemania sin opciones de triunfo en los dos últimos torneos internacionales. En 2006, jugando en casa, los teutones se vieron apeados de su Copa del Mundo por la Italia sobremotivada y sin límites del Calciopoli (caso Moggi).

Alemania cree que éste es su momento. Su liga es la competición más emergente de Europa, sus jóvenes promesas encabezan más portadas que nunca y sus líderes llegan en el mejor estado físico, mental y con un apetito insaciable. Este cruce de generaciones se considera desafortunado por las últimas competiciones. Piensan que el fútbol les debe algo y que ellos son muy capaces. ¿Cómo no serlo? Si hablamos de fútbol y Alemania, la moneda siempre cae de cara.

domingo, 5 de febrero de 2012

Reacción de campeones


Cómo afrontar un aniversario como éste. La solemnidad y el miedo credencial humano hacia la muerte marcan cualquier tipo de referencia. No hay consecuencias positivas en esta clase de hechos. Lo único constructivo que se puede hacer es reflexionar. Y no sobre el qué, el cuándo o el dónde, sino acerca de qué pasó después y por qué sucedió aquello que pasó después.

Cincuenta y cuatro años han llovido ya desde la tragedia de Múnich. Habrán leído mil y una veces los macabros detalles sobre el accidente de aviación que sufrió la expedición del Manchester United que les costó la vida a 23 personas y que sobrecogió la memoria de la ciudad mancuniana durante muchos inviernos. Francamente, no puedo aportar nada nuevo sobre aquella información. Nadie puede. Donde hubo lágrimas y dolor, ahora y por siempre permanecerán las cenizas del orgullo y del respeto por las leyendas que surgieron aquel 6 de febrero de 1958 en perjuicio de las personas que perdieron la vida en tierras alemanas. Aquel equipo venía de empatar a tres tantos ante el Estrella Roja de Belgrado y pasar así una eliminatoria de la antigua Copa de Europa con un global de 5-4 a su favor. Los chicos estaban alegres, ya eran semifinalistas de la competición y máximos aspirantes a plantar cara al rey de Europa, el viejo Real Madrid.




Asociamos el deporte con salud y vitalidad. La buena vida entendida semántica y católicamente. Por eso, cuando suceden este tipo de tragedias, la sociedad reacciona como una madre protectora; la sensación es que estos chicos estaban más lejos del final que la media ciudadana. Inglaterra se ofuscó pensando que alguien que mueve millones de ilusiones no podía irse tan bruscamente, sin haber disfrutado ni haber hecho disfrutar. El escenario ya estaba montado y el público preparado, pero los actores no pudieron acudir.

Esa especial sensibilidad social con los deportistas y en especial con los futbolistas, tan en boga para todo, facilitó la complicada fase de tránsito tras el accidente. El hombre tiende a unirse en el drama y a olvidar desigualdades; todos somos idénticamente diminutos ante lo inevitable. El pensamiento moderno y la pasión de clases tiende a sacar al espejo público lo peor del futbolista; suele ponerse como el ejemplo de injusticia social, despilfarro económico y meritocracia mal entendida y malintencionadamente aplicada. Sin embargo, en Inglaterra el respeto a los ídolos es tan grande como la consideración de los clubs con sus aficionados. En las islas no se buscan las estrellas en el cielo, se construyen estatuas para que compartan la tierra con los supporters. Los colores. Esa es la clave.


No sólo fallecieron ocho futbolistas veinteañeros, sino que también murieron ocho periodistas de distintos medios, tres miembros del cuerpo técnico, dos integrantes de la tripulación, un agente de viajes y un aficionado del Manchester United. Entre los supervivientes, nueve futbolistas, cuatro miembros de la tripulación (incluido el piloto), tres periodistas, un diplomático, la esposa del agente de viajes fallecido, el entrenador y segundo entrenador del equipo y Vera Lukic, una señora embarazada que viajaba con su hija y que fueron salvadas por el futbolista Harry Gregg, que también sobrevivió.

Si la vida es una enorme biblioteca con todos los géneros e historias disponibles, el fútbol tendría una estantería propia de pequeñas y grandes gestas. El fútbol es como la vida, dicen. Yo también lo pienso, lo creo y lo suelo repetir en mi mente cada vez que observo un ejemplo claro y nítido en la actualidad que nos rodea. A veces piensas que un centrocampista que utiliza la cabeza para mover al equipo será un hombre razonable en su vida cotidiana, un padre con la cabeza bien amueblada. Esperaríamos de un lateral rápido una persona impulsiva y de decisiones repentinas, un joven ofuscado ante la vida y ante lo que le espera. La valentía y la determinación se tienen fuera del campo y se observan dentro de él cuando se goza de algo esencial para triunfar, la confianza en uno mismo. Los listillos del instituto caen en fuera de juego; fagocitados por la queja continua, aquellos estudiantes aplicados se quedan en el banquillo sometidos a la dignidad interna que les prohíbe protestar. Ellos piensan que, tanto en la vida como en el fútbol, quien trabaja llega donde quiere. Fuera y dentro del campo hay gente que piensa lo contrario: futbolistas sometidos a eternas lesiones ó personas accidentadas que no pueden cumplir sus sueños. Las segundas oportunidades y las revanchas no siempre existen en la vida, es una gran mentira. Como miente el que se tira. No sé ustedes, yo no le compraría un coche de segunda mano a un piscinero. Se vive como se juega.


Pero sigamos. Hablaba de Múnich. Además de la cicatriz colectiva que dejó la tragedia en el siempre resistente cuerpo inglés, surgieron los nombres propios que tan bien (y también) conocemos por aquello. Cuentan que Duncan Edwards fue, con 21 años, uno de los mejores jugados nacidos en Inglaterra. Edwards fue el símbolo de aquella generación de cantera que el United se vio obligado a utilizar, por causas económicas, y que sorprendería por su calidad, polivalencia y talento. Llegó a disputar 175 partidos con la selección inglesa y quedará para siempre en la retina de los que le vieron como un eterno aspirante al podio de los más grandes; abarcaba todo el campo, mandaba como un sargento, se movía como un bailarín y jugaba con la ilusión de un juvenil. Las comparaciones de la época lo colocaban como un Di Stefano inglés. Charlton dijo de él que “…es la única persona a quien realmente me he sentido inferior…me he enfrentado a los catalogados como mejores del mundo y ningún otro es como él…su muerte lo elevó a mito, pero yo lo seguiré definiendo como el mejor que he visto”. Como el titán que era en el campo, Duncan Edwards aguantó quince días más en el hospital tras el accidente. Su tardía y agónica muerte supuso el puñal más doloroso en el entorno del club. Fue como aquella verdad que llega varias jornadas más tarde cuando la nube del trauma aún no deja pensar con certeza ni sentir sin dolor.


Precisamente, Bobby Charlton representó y simbolizó como pocos el espíritu del Manchester United durante la reconstrucción del club. Fue uno de los cuatro titulares supervivientes y gracias a su fuerza, actitud y afán de superación encabezó al nuevo United y a la nueva Inglaterra. El destino le regaló la presencia de George Best y Denis Law varios años después para que marcaran más de 600 goles en cuatro temporadas y alzaran la tan ansiada Copa de Europa en 1968. Dos años antes había ganado el Balón de Oro y la Copa del Mundo como capitán de Inglaterra. Él vivió la paradoja de la vida como nadie; Charlton y Viollet le cambiaron el asiento a Pegg y a Taylor antes de despegar aquel dichoso avión; sólo sobrevivieron los dos primeros. Charlton fue sacado del avión por el héroe ya citado, Harry Gregg, el portero que, tras evitar la eliminación de su equipo en Belgrado, salvó hasta cuatro vidas en Múnich. Y Charlton se sintió en deuda con sus compañeros, con el club y con la ciudad entera. Nunca pensó Bobby que su vida daría tantas vueltas; lo que sí sabía desde el momento en el que intentaba recuperarse en un hospital alemán era que él debía ser uno de los que honrara la memoria de los caídos; debía ser la cabeza visible del grupo y recuperar lo que todo el viejo continente pensaba que en algún momento hubiera sido propiedad de aquellos chicos. La hegemonía del fútbol europeo. El capitán del barco lo fue hasta el final. Bobby se había convertido en Sir Charlton.


Matt Busby era el entrenador del equipo bombardeado por la fatalidad. Un tipo que definía el fútbol como una alegría constante, quitándole trascendencia a pesar de tomarse su labor muy en serio. Peculiar y totalitarista en la ejecución de su trabajo, exigía a sus jugadores en base al talento que poseían. Quizá por el dominio que demostraba en todas y cada una de las situaciones de su vida, el accidente le desmontó las ideas como no lo hizo con ningún superviviente. Busby estuvo más de dos meses en el hospital y llegó a recibir dos extremaunciones. Se replanteó en numerosas ocasiones el abandonar el mundo del fútbol pero su mujer y su instinto le llevaron a seguir adelante. La porción de personalidad que le había robado Múnich fue siendo recuperada con los años y plasmada en aquel equipo ganador de la década de los 60. En 1969, Busby abandonó, como quien da por concluido su trabajo, que para él consistía en devolver a la ilusión colectiva lo que diez años antes el azar les había robado.

Los dos intentos fallidos de despegue del Elizabethan en la pista de Múnich, el chárter fletado por el club de cara a evitar retrasos, el telegrama que Edwards mandó a su familia (“Todos los vuelos cancelados. Volamos mañana. Stop”), el miedo de varios jugadores del United a volar (el delantero irlandes Whelan solía decir “…esto puede ser la muerte, pero estoy preparado…”) y la polémica posterior sobre la responsabilidad y culpabilidad del accidente forman parte del guión que la realidad-ficción fue escribiendo durante aquel febrero de 1958, con más crueldad y amarillismo que afán real de esclarecimiento.

El partido que afrontó el Manchester United tras la tragedia tenía claros contendientes. La fatalidad del destino frente a la voluntad del ser humano y la fe en las personas. Esa fe fue la base sobre la que se construyó un nuevo equipo, un nuevo club y prácticamente, una nueva actitud colectiva en Manchester. El recuerdo de aquellos chicos muertos en 1958, en el momento más ilusionante de sus vidas y carreras, fortaleció al nuevo United surgido años más tarde.

Ídolos como Edwards, Charlton, Busby ó Gregg padecieron un capítulo inolvidablemente penoso en sus biografías y salieron cómo pudieron ó creyeron de aquello. Como la jugada más brillante de Charlton y Edwards, la mejor alineación de Busby o el paradón más importante de Harry Gregg. La comunión soldada dolorosamente entre club y afición, forjada en la amargura, enseñó al mundo que la unión ayuda a salir de casi todo. Parecieron estatuas de bronce, partidos homenaje, jugadores recuperados y nuevos títulos. Sin embargo, lo que lideró aquella reacción fue la voluntad y la creencia mutua. Aquella afición vivió el fútbol como los jugadores y ellos jugaron con el corazón de un hincha. El fútbol y la vida. Eso no ha cambiado. Se juega como se vive.