miércoles, 19 de octubre de 2011

El mundo será de los grises


"La virtud está en el término medio, entre el extremo por exceso y el extremo por defecto". Esta cita de Aristóteles me viene frecuentemente a la cabeza sin un motivo claro, ya que no tengo ni leves conocimientos de filosofía. Pero me resulta curioso que sea así y más en días en los que escribo sobre temas como el de hoy.

¿Qué es la virtud? Básicamente, es una cualidad estable de una persona, natural o adquirida y positiva, formada por la capacidad de aprendizaje, diálogo y reflexión de cara a obtener un conocimiento verdadero. Una definición algo barroca, así que pondremos en negrita lo que tiene que ser rescatado.

Uno despierta por la mañana, no sin cierta pereza; se toma un café soluble con dos cucharadas de azúcar y lo calienta en su microondas. Se sienta y comienza a leer los periódicos y absorber actualidad con la esperanza de que el mundo se recupere, se arregle. Con el deseo de que se evaporen la crispación, los malos entendimientos y los radicalismos. Pero es imposible. Ya ni siquiera digo difícil.

Me considero un tipo objetivo. O al menos mi intención es esa; no la de parecerlo, sino la de serlo. No busco la verdad universal, pero sí la que más se le acerque. No soy blanco ni negro, ni quiero serlo. Soy un grisáceo de mucho cuidado. Y esta es la causa por la que me altero cada día al leer los periódicos, ver los informativos o simplemente vivir mi vida como lo hacemos todos. Estoy cansado de contemplar y sufrir el “conmigo o contra mí” en la mayor parte de facetas que rodean mi día a día. Podría llamarlo el síndrome de la clase media. Nunca soy de unos ni de otros; cuando analizo un problema veo pros y contras, pero jamás me posiciono radicalmente en uno de los lados porque comprendo los argumentos del contrario (con excepciones, claro).

Entiendo y apoyo la militancia en una causa determinada pero sin ignorar el deber de avanzar en el conocimiento. A veces apoyamos ciertos movimientos o tendencias sin pararnos a pensar en su origen y modus operandi y simplemente fijándonos en las metas que persiguen. A lo mejor esto se resume en la dualidad que lleva persiguiendo al ser humano desde que yo lo conozco (veintinueve años de concienzudo análisis). El qué frente al cómo. El objetivo frente a los medios. El resultado frente a las formas. En cualquier caso, hablemos de una asociación, un colectivo o una simple actitud personal en nuestra vida, me parece esencial tener autocrítica para avanzar. Y quizá éste sea el verbo clave; el que debería ser más deseado y se convierte, sin embargo, en el más abandonado.

Estoy harto de estar continuamente envuelto en una guerra ideológica, una batalla constante donde el ser diferente va asociado a ser excluido, donde la discordancia se interpreta como una ofensa que debe pagarse. Todos los grupos están formados por individualidades diferentes, por muy homogéneos que sean. Y si tendemos a represaliar cualquier pensamiento o forma de ser ó actuar diferente de la mayoría que nos rodea, nos cargamos el sentido crítico que es el que nos hace avanzar y configurar nuestra personalidad.

En España nos encantan las etiquetas. Estamos en una sociedad formada por grandes o pequeños grupos, que dedican casi la totalidad de su tiempo a definir su exclusividad y marcar sus límites, olvidándose del verdadero fin o, lo que es mejor, de los medios ó formas que les han hecho juntarse. Claro, aquí nos gusta discutir. Pero, ¿qué es discutir? No es lo que vemos (o no) en Telecinco. Estamos olvidando que la discusión no tiene por qué tener un matiz peyorativo. Existe una incapacidad española manifiesta para divergir sin insultar, va en el carácter. Aquí gana el más cabezón, el más pesado, el que más insiste. En base a echarle dos cojones se mantuvo por ejemplo la selección española de fútbol durante 90 años. Eso sí, los triunfos de verdad se consiguieron con otro recetario.

Resumen de un pleno del Congreso de los Diputados. Intervenciones del PSOE, intervenciones del PP…se hace el silencio. En los medios de comunicación, el bipartidismo y ligeras menciones a los que más gritan y a los que más callan. Nada más. ¿Es que no hay más tendencias? Sí, pero no reciben atención mediática. Imposible encontrar autocrítica, aprendizaje, diálogo y reflexión en el foro en el que se descubre nuestro futuro. Y lo que es peor, no hay ni intención interna ni externa de salir de este círculo vicioso. Me pregunto si a los círculos de poder que rodean la política les interesan la diversidad de opiniones, la coherencia ó la pluralidad. Me respondo yo solo.

Todo esto siempre me ha descolocado y me he sentido profundamente dividido y entre dos tierras a lo largo de mi vida. Empecé con la EGB, continúe con la ESO y acabé en una universidad de segunda. Los libros me costaban un pico pero era “demasiado rico” para que me dieran una puñetera beca. De ayudas del estado, mejor no hablamos. No pertenezco a ninguna minoría, afortunada o desafortunada. Así es como triunfan los extremos. Sales de marcha y tienes amigos que quieren oír a Pitbull (“escuchar” es una utopía) y otros que prefieren malasañear. No es mi caso, pero a todos os resultará familiar esta discrepancia. Y la música que se escucha de fiesta nocturna es uno de los mayores puntos de discusión mal entendida. Vas al Bernabéu y te llaman “pseudomadridista” porque no apoyas a un entrenador maleducado, irrespetuoso y que incita a la violencia. Hace siglos, por ser heterodoxo te quemaban en la hoguera. Hemos mejorado; hoy en día, te excluyen, te ignoran con atención y te tratan como un bicho raro.

En general, la cuerda de la educación y el respeto ha hecho que me mantenga en un tira y afloja constante entre lo que he debido hacer y lo que me hubiera resultado más ventajoso. Y eso, en términos de sociedad, es una cagada. Aceptada y refrendada con coletillas tan gastadas como “ya, pero es así” o “¿y qué vas a hacer?”. Pero no por aceptada deja de ser cagada.

Yo abogo por pensar. En el qué, el cómo y el por qué. Y preguntarse a uno mismo. No pretendo imponer unos valores, pero sí me gustaría que cada uno actuara en base a unos, por muy diferentes que sean de los míos. Y ya si entre ellos están todos aquellos términos destacados en negrita en este texto, me redimiré de lo aquí escrito. Viviremos mejor, más tranquilos, más conscientes y aprovechando un mayor potencial. No vamos a cambiar el mundo pero sí vamos a mejorar nuestra vida. Y observando el esperpento en que se ha transformado esta especie de sociedad con la que no me identifico en absoluto, a mí me vale con eso. Si soy un GRIS, lo seré hasta el fin de mis días…


martes, 11 de octubre de 2011

Las barreras de Rafa


Es recurrente plantearse si uno ha tenido suerte en la vida o no. A veces solemos pensar que los futbolistas de élite son gente afortunada. Amor por el trabajo, dinero fácil, reconocimiento social, etc. Quizá la pregunta interesante que podríamos hacernos es: ¿piensa un futbolista que es afortunado?, ¿qué considera un jugador de élite como suerte? Y si estas preguntas se las hiciéramos a Rafael Van der Vaart sus respuestas darían para un análisis sosegado, teniendo en cuenta su trayectoria deportiva desde sus orígenes. Una carrera con luces y sombras en la que se han alternado grandes momentos con puntos negros, generalmente relacionados con la personalidad futbolística de Rafa. El holandés ha tenido que lidiar durante toda su vida deportiva con una serie de barreras que, a este nivel competitivo, no todos consiguen superar. Numerosas lesiones, traspasos muy trabados, problemas en sus cambios de equipo, falta de confianza de entrenadores…echando la vista atrás, ¿pensará Rafa que es un afortunado por encontrarse hoy en día en la plantilla del Tottenham?

Holandés, zurdo, criado en la cantera del Ajax, bajito (1,75 m.) y mediapunta. Con estas características era muy difícil que se le negara la cualidad del talento. Un jugador muy mental, un creador de fácil asociación, técnica exquisita y magnífica estética (su golpeo de balón con el exterior es de los más finos que se han visto en los últimos tiempos). Notable disparo, discutible velocidad, gran carisma y carácter peculiar dentro del mundo del fútbol. Ese es Rafael Van der Vaart.

Premiado cuatro años seguidos como el Talento del año en Amsterdam, Van der Vaart era una promesa de las que se ve venir de lejos. A los 18 años ya era titular indiscutible en la zona de tres cuartos del Ajax. En 2001, debutó con Holanda durante la fase de clasificación para la Copa del Mundo de Corea y Japón y ayudó al Ajax con 14 goles a lograr la Eredivisie. Sin embargo, una grave lesión de rodilla le dejaba fuera de la cita mundialista. Un palo muy grande para un chico callado que representaba la nueva esperanza holandesa. Tras recuperarse, Van der Vaart fue nombrado capitán del Ajax con tan solo 19 años. Pasaría tres temporadas más en Amsterdam, repitiendo título de liga y ganándose un hueco entre los posibles traspasos más cotizados a nivel europeo.

En 2005, Rafa fichaba sorprendentemente por el Hamburgo; tras un comienzo discreto y con dificultades de adaptación, el holandés comenzó a carburar su juego y poco a poco recuperó su gran nivel potencial y consiguió reducir su lesionabilidad a niveles mínimos. En 2006 se estrenaba en un mundial pero Holanda caía en octavos ante Portugal y su participación no resultó ser más que discreta. A partir de 2007 los rumores de una posible marcha a España se intensificaron, incluyendo un desagradable episodio con la afición del Hamburgo causado por una foto de Van der Vaart con la camiseta del Valencia. El traspaso se frustró y seguiría un año más en el Hamburgo hasta que el Real Madrid se hizo con sus servicios. Rafa se iba de Alemania habiendo mostrado su fútbol pero sin títulos; llegaba al gigante español en la mejor edad y con la mayor de las ilusiones.

Su primer año en Madrid fue complicado; su fichaje se aceleró por la lesión de su amigo Sneijder y, en el fondo, Rafa siempre estuvo un tanto a la sombra de Wesley; apenas coincidieron un año en el equipo y ninguno rindió a buen nivel durante aquella temporada 2008/2009, pero el madridista de a pie esperaba de Van der Vaart un comienzo tan brillante como el de Sneijder en su llegada a Concha Espina y no fue así. En 2009 la nueva barrera para el holandés tenía nombre propio, Kaká. El nuevo proyecto faraónico de Florentino parecía no guardar un sitio para un jugador que fue recibido como la nueva musa técnica del madridismo y que al año de llegar ya había sido tachado de lento, frágil e inadaptado. Además, Van der Vaart sufría por entonces la delicada situación personal de su mujer, a la que se le había detectado un cáncer de mama aquella primavera. Durante el mes de agosto, el holandés llegó a estar más fuera que dentro del equipo. El brillo de las nuevas estrellas y la efímera memoria intrínseca al fútbol le alejaban de los focos. La directiva, amparada en los grandes gastos del club en fichajes, le presionó para marcharse del Madrid.

Pero Rafa confió en el destino y en las oportunidades. Su mujer había comenzado el tratamiento para su enfermedad y lo recomendable para ella era quedarse aquí, un lugar a su gusto, con buen tiempo, plena adaptación y atención médica de garantías. Y Rafa confió en sí mismo. Pensó que podía ganarse el puesto. Y nunca sabremos si tuvo suerte o fue una conjunción de factores; las lesiones y bajo rendimiento de Kaká, la disciplina de Van der Vaart en los entrenamientos, la confianza de Pellegrini…con el paso de los meses Rafa se ganó un hueco en el corazón de la hinchada madridista y en el once del chileno. Jugó menos partidos que el año anterior pero su participación resultó mucho más activa y vital. A pesar de ello, el Real acabó la temporada en blanco.

2010. Van der Vaart se proclamó subcampeón del mundo en Sudáfrica. Su mujer se había recuperado. El holandés respiraba de un modo relajado tras un año intenso de emociones. Y aunque estaba a gusto en Madrid, sabía que probablemente se estaba terminando un ciclo. La llegada del “método Mourinho” al club, más Özil, Canales, la recuperación de Kaká…la confianza de Rafa en sí mismo seguía siendo la misma pero el club apretó más que nunca y él pensó que estaba preparado para una nueva aventura. El Tottenham pagó unos 11 millones por él y Van der Vaart completó un notable primer año con los Spurs. Aportó su experiencia en la Champions League, marcó 15 goles durante la temporada y jugó donde a él siempre le ha gustado. En la segunda mitad de la temporada, las lesiones comenzaron a mermar su rendimiento. A pesar de ello fue un buen año en lo personal, pero los problemas respecto a la forma de jugar del equipo comenzaban a respirarse en la atmósfera de White Hart Lane.

Los Spurs llegaron a cuartos de final de la UCL. Se descubrieron ante la aristocracia europea y dejaron para el recuerdo un fútbol alegre, intenso y, sobre todo, un partido en Milan, donde Gareth Bale dejó su tarjeta de presentación al mundo entero. Sin embargo, en la Premier League todo era distinto. El equipo goleador, intenso y alegre de la 2009/2010 se había convertido en un bloque al que le resultaba muy difícil marcar gol (un dato devastador es que no ganó ningún partido por más de un tanto). Redknapp sacrificó un delantero para colocar a Rafa, el equipo estaba adaptándose al nuevo fichaje que Harry había recibido como un regalo divino. Y aunque la grada recibió bien al holandés, era plenamente consciente del cambio en la idiosincrasia del Tottenham.

Llegamos a la actualidad. Van der Vaart no ha comenzado bien la temporada. Un desgarro en los isquios de su pierna buena le mantiene fuera de la competición desde principios de septiembre. Debido a ello, no fue inscrito para la Uefa Europa League, medida que obviamente no fue bien acogida por el jugador, que lo expresó públicamente.

Harry Redknapp está optando por la dupla Modric-Parker en el mediocampo, con Bale en la banda izquierda. Hasta su lesión, Rafa estaba jugando por el carril derecho, fuera de su sitio preferido y con unas obligaciones defensivas a las que el holandés no está acostumbrado. La llegada de Adebayor y el buen rendimiento de Giovani dos Santos la han impuesto al “viejo Harry” jugar con dos puntas. Y eso desplaza a Van der Vaart de su posición ideal y le amenaza con el retorno inmediato de Lennon a los terrenos de juego.

¿Qué ocurrirá con Rafa cuando vuelva? Hasta la fecha ha luchado contra lesiones, falta de continuidad, irregularidad física y táctica, presiones de club, problemas personales…y siempre lo ha hecho con su habitual forma de ser. Sin gritar pero sin callarse. La humildad y el carácter silencioso de Van der Vaart le han ayudado a llegar donde está. ¿Ha tenido fortuna? Es posible que él piense que sí porque tiene la oportunidad de demostrar su valía; y, hasta ahora, ha demostrado aprovechar las oportunidades que la vida y el destino le han ido dando. El holandés es una persona con una gran determinación y de fácil trato; dialoga dentro y fuera del campo, aceptando las condiciones siempre y cuando le dejen mostrar su genio en el terreno de juego.

Y ahora le viene el reto más difícil de su carrera. Puede que su próxima barrera no entienda de rivales ni de problemas físicos. Quizá la valla a saltar esta temporada sea su propio equipo. Su comodidad frente a un mejor rendimiento grupal. Su adaptación salvando su talento. ¿Lo logrará? La respuesta la disfrutaremos en White Hart Lane. Desde aquí, suerte a Rafa.


martes, 23 de agosto de 2011

La teoría del árbol


Hay una visión de la vida sobre la que me he pasado reflexionando buena parte de ella. Algo así como la teoría del árbol, la llamo yo. En lo que no gasté demasiado tiempo es en ponerle un nombre, resulta una explicación bastante gráfica al conocer el fundamento de esta absurdez.Pienso en ello estos días como consecuencia de los ciento treinta y seis minutos que empleé hace unas tardes viendo Mr. Nobody. Y digo “empleé” porque realmente es una película que te propone un intercambio de ideas, colores, imágenes e historias, en mi opinión, bastante agradecido. Es complicado imaginarse este largometraje sin la aportación personal de cada uno de los espectadores del cine. ¿Sobre qué trata Mr. Nobody? No es fácil definirlo, pero podría decirse que es una historia de historias. Un mundo de posibilidades descubiertas gracias a la paradójica magia de la ciencia ficción.

Seguro que alguna vez has pensado en lo que habría ocurrido si hubieras cambiado de signo una de las grandes decisiones que has tomado en tu vida. O una decisión no tan importante en su momento, pero totalmente condicionante con lo que ahora sabes. Yo suelo imaginármelo con un momento recurrente y no demasiado original, una (a)típica elección de carrera y de rumbo profesional. Recuerdo aquella semana de verano del 99. Una de las peores de mi vida; me encontraba corroído por las dudas tras un examen de selectividad y un bachillerato cuanto menos irregular. No era demasiado normal doblar mis notas en asignaturas de letras respecto a las de ciencias cuando yo deambulaba por el itinerario de éstas. En cuanto supe mi nota final, hice una gira de visitas a facultades, universidades y centros de orientación para tener más claro que iba a hacer con mi vida. Muchas posibilidades pasaron por mi cabeza, todas ellas descartadas de un modo gradual, a saber…biología, forestales, psicología, geografía, periodismo (en universidad privada, hubo conversaciones al respecto)…hasta que llegó el día.

Un caluroso lunes, Felipe y yo nos presentamos en la cola de admisión de la Carlos III para entregar nuestro papel-sábana en el que habíamos escrito nuestras elecciones definitivas. Hasta diez carreras con sus respectivas facultades. Casi dos horas de espera para llegar a la oficina y de repente…me detuve en la entrada. Cuan película americana de los noventa, miré con cámara superlenta mi sábana de papeles y me di la vuelta. Me faltó sonreír, una slow motion profesional y el Bittersweet Symphony de fondo para optar al Emmy. Felipe me preguntó qué hacía y le dije que no estaba seguro de lo que ponía en mi solicitud. Esbozó una media sonrisa de desaprobación y entró en la secretaría. Yo no.

Llegué a mi casa y rompí la sábana. A tomar por culo la ingeniería técnica informática de sistemas como primera opción y la farmacia como segunda. Dos días después, decidí ascender del bronce al oro a la nueva opción de Ciencias Ambientales en una universidad nueva. Nota de corte desconocida, campus inédito. Quizás tenía tanto miedo a elegir mal entre lo que había visto que preferí escoger la alternativa anónima de palabras e imágenes. Era una probabilidad baja, ya que mi nota de corte era bastante inferior a la de esa misma carrera en otras universidades. Sin embargo me cogieron. Con tan sólo dos centésimas de margen, pero me cogieron.

Es un tanto pretencioso intentar imaginar cómo sería mi vida actual si no me hubiera dado la vuelta en la entrada de la secretaría de la Carlos III. Ciertamente a veces me resulta inevitable, aunque es más un juego que otra cosa. Pero prueba a hacerlo con cualquier otro insignificante fragmento de tu vida:

...una mañana en la que sales de casa pero te das la vuelta por haberte dejado las llaves. Vuelves a salir y te cruzas con un antiguo amigo que, a la larga, te ofrece jugar al tenis el próximo fin de semana; el sábado subes al autobús, coges con retazo perezoso el periódico gratuito del día anterior (al conductor se le ha pasado limpiar el asiento) y observas una sorprendente oferta de becas en tu campo laboral, donde te aceptarán y te servirán de trampolín para acabar en una importante empresa...

...un domingo en el que no te apetece salir haces zapping en casa; de entre las decenas de canales que inundan tu televisión, de repente coincide la pulsación de tu dedo en el mando con la del trabajador de un canal minoritario que decide emitir, justo en ese momento, el tráiler de una peli que te llama mucho la atención. Llamas a un amigo para ir a verla esa misma tarde y él, de forma espontánea, se trae a un colega suyo que tú no conoces. Resultáis muy afines y estáis solteros, así que comenzáis a salir como bros de ligue con buenas intenciones en cuanto a juego pero apenas plasmadas en resultados. Como sois inconformistas con las sensaciones y buscáis algo que os llene más que una adolescente coctelera del Crash, tu nuevo colega nocturno decide presentarte a una amiga suya con la que piensa que congeniarás. Zas. Novia al canto. Gracias al trabajador anónimo de Localia...

La teoría del árbol.

Todo se inicia en un tronco. Ancho, lleno de sabiduría y posibilidades. En cierto momento de tu vida, empiezas a tomar decisiones; cada una de ellas es una rama que, día a día y opción a opción, se va dividiendo a su vez en pequeñas ramitas. Puedes pensar que la jodienda mayor es que sólo se ve un camino iluminado entre los cientos de líneas irregulares que uno vislumbra en la silueta del vegetal. Es tu trayectoria, el camino que has seguido. Influido por tus decisiones y también por factores ambientales, familiares y coyunturales, probablemente comunes a cualquiera de las ramas del árbol.

¿Vale la pena rebuscar en la variedad de caminos que no has elegido? Probablemente no. No los conoces ni en su fondo ni en su forma; es de listillos pensar que puedes girar la cabeza y suponer qué hay al otro lado de la alambrada. Yo creo que no tienes ni idea. Y así es mejor. Dice una regla antropológica algo así como

´…you must immerse yourself in an unfamiliar world in order to truly understand your own…`

Si encontraras un pequeño agujero por el que asomarte al resto de ramas del árbol, seguro que echarías un largo vistazo. Ejercer la curiosidad es humano, pero perderla te condiciona. Quizá tus posibilidades recien conocidas te darían más información. Pero no te harían más sabio. A lo mejor te resultaría confuso saber realmente quién eres y qué quieres. Y no te engañes, ESO es lo que buscas, la información básica que quieres y debes poseer. Y si has seguido una rama determinada, será por algo. Así que levanta tu cabeza con orgullo y mira hacia delante. Deja de buscar agujeros, todos los caminos son correctos y tú ya tienes el tuyo.


La teoría del árbol.

PD: El episodio 22 de la 4ª temporada de Cómo conocí a vuestra madre ilustra este conjunto de ideas (que yo embarullo con palabras) de forma más gráfica y desenfadada, lo recomiendo completamente.




lunes, 11 de julio de 2011

España, no te reconozco


Años 80. Cualquier colegio público de cualquier pueblo ó ciudad en terreno español. Es la hora del recreo y un chico blanquecino y de aspecto tímido hace malabares con una pelota de papel albal mostrando su habilidad con los pies. A escasos metros de él, se organiza un partidillo alrededor de los verdaderos protagonistas del colegio, los malotes. Son los niños bravucones, respondones, generalmente los que se han desarrollado antes en altura. Empieza el partido y los maleducados imponen su ley entre los pelotas, los subordinados, los aspirantes y los tímidos que, con tan pronta edad, comienzan a darse cuenta de que jugar al fútbol es la mejor manera, y a veces la única, de socializar con el resto.

Mientras tanto, el niño blanquecino les mira de vez en cuando con una paradójica mezcla en su mirada de tranquilidad y obsesión. No se fija en el resto de los niños, sino que mira fijamente el balón. La pelota. Y al mismo tiempo mueve los pies desde su asiento en el bordillo de la puerta del colegio. El jefecillo del partido utiliza sus galones para focalizar en él las burlas oportunistas tan típicas de los niños. “Empanao” le grita…sólo son chavales pero se empiezan a marcar las personalidades.

España es un país de extremos y creo que eso no está del todo mal; generalmente es mejor pasarse que quedarse corto y aquí sabemos perfectamente cómo funciona esa regla porque la asumimos en todos los ámbitos de la vida. El problema es que los defectos de una sociedad se iluminan de tal modo que pueden llegar a hacerte odiar a todo aquel individuo con el que te cruzas una tarde de jueves en la Gran Vía. Siempre he pensado que vivimos en un país con sentido del humor, pero que a mí no siempre me hace gracia. Un colectivo en el que siempre destaca el individuo más que el grupo, un ecosistema donde necesitas ser diferente y utilizar métodos anormales para llegar a la cima de la montaña social. Y para eso viene bien ser impaciente y hablar de lo que uno no conoce. Y en España somos maestros en ejemplarizar ambas actitudes.

El fútbol lleva mucho tiempo alejándose de los prejuicios que tanto lo mancharon hace ya unos años. Ya no es un accesorio de lo cañí ni un divertimento puramente masculino. Es un deporte, un negocio, una tradición social, un espectáculo que, sin saber cómo, refleja la unión y división social en cualquier lugar del mundo que se practique. Los futbolistas son los nuevos grandes “star-system” del siglo XXI. Ricos, jóvenes, guapos, idolatrados…es un billete directo al divismo. Y, nos guste o no, son un ejemplo para bien y para mal.

Siempre me ha resultado triste que el espacio estelar de las actividades comunes a todos nosotros suelan ocuparlo esos chicos fuertes del colegio, los respondones que llegan a ser considerados la referencia en sus campos de trabajo utilizando la bandera del individualismo, la falta de respeto, la nula capacidad autocrítica y la lealtad a su ego. Políticos, jueces, medios de comunicación, artistas…el mundo del fútbol no se libra del mordisco de frikismo que sufrimos a día de hoy. Por eso, me alegro tanto de la victoria de España y de la celebración del pueblo.

Si el fútbol se relaciona con los peores valores de una sociedad y resulta que los 23 mejores jugadores de España son los que ya conocemos, hay una cuestión que me provoca enormes dudas. O este deporte es una maravilla o hay millones de personas como ellos, que juegan (o no) al fútbol y que, además, lo hacen de maravilla. No puede ser que los mejores de este país en una profesión como ésta, sean gente tan respetuosa y campechana. Profesionales que conocen su trabajo y lo disfrutan y dignifican mediante unos valores que deberían ser mandamientos en el código ético de los centros de educación y en nuestras casas.

En la selección española, uno más uno siempre suman más de dos. La sinergia de rendimiento debe ser la mayor incógnita por resolver en el mundo laboral español y en eso, la selección es un ejemplo. Un conjunto de catalanes, valencianos, castellanos, asturianos, andaluces, vascos y canarios que consiguen potenciar el resultado del grupo esforzándose al máximo individualmente. Vamos, lo que se dice una empresa sin vagos, chulos, prepotentes ni egoístas. Único. Quizá si fuéramos capaces de identificar la autoridad que nos “controla y supervisa” con nuestros propios intereses nos iría mejor a todos.

En la vida primero conocemos a las personas que nos rodean y después nos conocemos a nosotros mismos; y así funciona este equipo de fútbol. Y es más un equipo que una selección, porque el trabajo de cohesión que llevan encima es más propio de la dinámica de un club humilde de barrio que de una fría lista de jugadores de muy diferente procedencia que sólo miran por sí mismos. Con ilusión, educación, respeto, trabajo y talento han tirado a la basura la bolsa de estigmas que nos persigue a los españoles en cualquier competición de todo tipo de ámbito desde que los ingleses derrotaron a la armada invencible.

Y confío en que en el mundo no se tenga el único poso de que “España sabe competir”, sino que se queden con la forma en la que ha ganado la Copa del Mundo. Con un estilo creativo, alegre, digno y agradecido con el fútbol y sus aficionados. Dando las gracias y pidiendo perdón cuando se tercia. Trabajando sin quejarse más de lo adecuado. Divirtiéndose y divirtiendo. Y recordando que esto, en el fondo, es un juego y hay que saber ganar y perder (desde aquí mi elogio a la selección alemana y mi repudia absoluta y completa al equipo holandés; menos mal que no representaron a su país ni a su gente).

Y todo ello con un pastor para el que mi admiración no deja de crecer. Qué difícil debe ser ocupar el puesto de seleccionador y no reventar, no explotar ante la enorme presión mediática que critica todas y cada una de tus decisiones, sabiendo que tú, más que nadie, conoces a ese grupo y que dispones de toda la información posible para averiguar la forma en que pueden hacernos más felices. Y Del Bosque, con ese aspecto de profesor bonachón de literatura de 8º de EGB, aguantó y ganó. Y ejerció de guía con las tres variables que convierten a un jefe en un auténtico líder: conocimiento, motivación y respeto. Y lo hizo con elegancia, una cualidad que, simplemente, se tiene o no se tiene y que otros entrenadores y ex-seleccionadores jamás podrán conjugar con el rencor que destilan ni el oportunismo del que hacen gala. Bravo Vicente, mi más sincera enhorabuena para usted. La imagen de su hijo recibiéndole y levantando la copa del mundo me ha parecido la más emotiva y reconfortante que he visto en mucho tiempo. A veces la justicia existe con la buena gente. Gracias.

¿La pena? Que esto es sólo fútbol…o no. Yo me pregunto qué cantidad de gente habría salido ayer a la calle si España hubiera ganado la final jugando como lo hizo Holanda. La celebración de ayer en todo el país tiene un halo de contagio y efervescencia, como todas las grandes fiestas; son puntuales por definición. Sin embargo, el ganar como se ganó añade un matiz de satisfacción que difícilmente se aplacará con el tiempo. Nos gusta lo que ha hecho nuestra selección y cómo lo ha hecho. El nivel de identificación con ellos ha aumentado hasta cotas insospechadas gracias a que reconocemos a los jugadores.

Si en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, en una sociedad llena de extravagancias, modas, histrionismos, sobreactuaciones y enfrentamientos, la campeona es la naturalidad. Este mundial es el triunfo de la normalidad. Cómo destacar siendo diferente de una manera bien entendida; para mí, ese es el camino.

Quizá la mayor ganancia de esta copa del mundo es precisamente aquello que no se puede medir, es esa posibilidad de que esta victoria trascienda la parcela futbolística y las reglas con las que la selección ha triunfado en el mundial se apliquen a nuestra vida diaria. Aquello que hizo hace escasas horas que millones de españoles salieran a la calle. A lo mejor esos valores los conocen mejor que nadie aquellos que nunca presumieron de ello. Esas personas que se dedican simplemente a trabajar, sin hacer artificios, provocar enfrentamientos ni considerarse mártires. Y lo hacen con ilusión.

30 años después sigue habiendo clases en el patio del colegio. Pero a lo mejor ahora, los adjuntos y candidatos ya no quieren ser el malote, sino que prefieren jugar al reloj con la pelota de papel albal junto a sus amigos de verdad. La vida hay que disfrutarla con quien quieres y con quien lo merece. Y con los que ya no están.

Hace un año, España ganó la Copa del mundo. Ojalá algo haya cambiado.




sábado, 9 de abril de 2011

Una mujer llamada Madrid


Madrid es una mujer madura. Tiene las manos cuarteadas como una pintura de Velázquez. Mira con sus ojos marrones; los ojos de una madre que observa, y hasta se atreve a juzgar, a sus hijos. El tiempo ha trabajado el cuerpo de Madrid, lo ha empapado de vida (con lo bueno y malo que eso conlleva) con las ideas de profetas como Sabatini ó Arturo Soria y con la brocha fina de Tierno y Galván ó Ruiz Gallardón.

Madrid posee una memoria envidiable. Tan colectiva como individual, como una novela de Pérez Galdós. Un canario que dejó sus recuerdos y su alma en la madera de decenas de tabernas y en las cortes del Estado, un símbolo y pedestal de tantos y tantos niños y adolescentes adoptados que Madrid ha cuidado sin desviar su atención de ellos. Con libertad pero con consciencia, que no necesariamente decencia. Con clasicismo pero con colores. Con el mérito de ser a la vez un pueblo grande y una ciudad enorme. Con la habilidad de Sabina para escribir sobre putas utilizando la lírica de Larra.

Madrid tiene muchas casas porque ella fue la primera que ofreció la suya. Una hospitalidad sincera que le granjea agradecimientos leales. Difícilmente no se vuelve a Madrid. Fácilmente se le recuerda cuando no se está allí. Porque, como todas las madres, su presencia es motivo para obviarla y su ausencia para quererla. Y cuando uno viaja, se lleva algo de ella dentro, ya sean los calamares de la plaza mayor o una foto del Retiro.

El corazón de Madrid es el centro. Bombeos continuos de personas por la vena mayor y la arteria del Carmen hasta llegar a la Cava Baja o la Plaza de España. Parejas de ancianos observando el escaparate de la tienda de espadas en Neptuno. Amistades eternas esperando a reencontrarse en la estación de Atocha. La vida de Madrid es su sangre y ese líquido se compone de toda su gente. Madrid es movimiento, no puedes ni debes parar. Y si lo haces, que sea para observar los cuadros de Goya en el Prado, tomarte una caña en la azotea de Casa Granada o simplemente dejar pasar el tiempo en el Paseo de Recoletos.

A pesar de ello, Madrid respira con la tranquilidad y serenidad que da un milenio de existencia. Tiene pulmones y no sólo verdes. Lugares donde detenerse, girar sobre uno mismo y observar. Madrid está orgullosa de ello, de cómo sus hijos dedican su tiempo a contemplar su trabajo, su vida y sus heridas y, además, cómo aprenden de todo ello, porque Madrid enseña y no se deja nada en el tintero. Es una profesora dedicada, con preparación y con un cierto aire de improvisación que siempre se le agradece.

Madrid es una persona nerviosa. Agradable y agradecida a su pasado pero incómoda con su futuro. Perfeccionista, sabe lo que quiere aunque suele vacilar sobre el modo de cómo lograrlo. Y ante ese proceso, sus neuronas y pensamientos se agitan bajo tierra en el verdadero centro de decisión y sumidero de almas de esta ciudad, el metro. Y es que esta mujer tiene, como todos nosotros, un interior y un exterior.

Y si la vida interior de Madrid es intensa, la exterior no tiene nada que envidiarle. Grandes desplazamientos, ilusiones que se rozan, sueños que ya se tocan…las extremidades de Madrid tienen nombre en forma de letras y números, desde la A-1 hasta la A-6. Esta mujer disfruta con el intercambio de experiencias; tiene mucho que contar y aún más que escuchar. Su leyenda aumenta sumando las desventuras de sus futuros y eternos hijos. Eso, para los que no lo sepan, se llama generosidad. De cuando en cuando, Madrid sale el patio cuando llueve. Las gotas frescas caen en sus brazos como los coches y autobuses inundan el pavimento de la ciudad. Y Madrid sonríe.

Y es ese altruismo el que hace que Madrid viva la vida mediante sus hijos. Esta madre les regaló hace años sus sentidos. En un piso de la calle Santiago el Verde, un madrileño de Aluche ve una película de Almódovar mientras que un madrileño de Huelva degusta unos chopitos, al tiempo que busca por la ventana a su chica de ayer entre el manantial de gente que sube una mañana de domingo al rastro. En Madrid, uno sube ó uno baja. Tiene curvas. Madrid está buena.

Y quizá lo mejor sea eso. Madrid gusta, se gusta y se deja tocar. Un paraíso para dioses como Cibeles o Neptuno, a los que les sobran los ascensores de las cuatro torres que les llevan al cielo porque opinan que su casa ya está aquí. Es un reducto de felicidad en base a pequeños detalles para la mayoría de nuestras familias. Un escenario de película imposible donde Tony Leblanc y Carmen Maura tendrían una niña de ojos saltones llamada Penélope. Madrid es un cómic donde escribimos junto a Forges. Es un vistazo desde el segundo anfiteatro del Bernabéu imaginando un gol de Torres o una parada de Casillas (seamos políticamente correctos). Es un piso de Erasmus con gente de la casa de América, la torre Europa y el barrio de la Latina. Es un tratado de medicina interna de Gregorio Marañón. Es un zoo lleno de gatos y perros, con góngoras y quevedos emborrachándose mientras escriben la historia. Es una consulta de psiquiatría con San Isidro de cliente. Es un párrafo de la Constitución escrito por Mecano. Madrid es un teatro de Lope de Vega, todo eso y más.

domingo, 27 de marzo de 2011

Moderno

Seguramente una ruta en quad por el litoral marroquí nos haga vibrar y tragar arena como nunca hayamos hecho. Estoy convencido de que no nos arrepentiremos si vemos una película húngaro-paquistaní de tres horas de duración en la que no sucede nada que vayamos a recordar el día siguiente. Y habrá pocas y nuevas sensaciones más peculiares que inhalar oxígeno con aroma a lima y lavanda en un bar del barrio de Pahurat en Bangkok. Quizás al probar la tempura de salicomia al azafrán con emulsión de ostra, que se expone en el Bulli, atravesemos la estratosfera gastronómica sintiéndonos como auténticos cibergourmets a poco más de trescientos euros. Y si además salimos de nuestro loft cogidos de la mano de nuestra pareja (o no…de apariencia andrógena, con el peinado de Rihanna y luciendo brillos, joyas y maquillajes gracias al síndrome de árbol de Navidad) estaremos cerca de comenzar a escalar la montaña de la moda, la cordillera del snobismo.

Aquella imposible de descender y en la que el líder de la carrera tiene el mayor problema de todos; hay muchos caminos entre los que elegir pero si se equivoca, quedará atrás definitivamente a juicio del resto de participantes, que ya se encargarán de defenestrarle mediante el arma de destrucción más antigua del mundo, el cotilleo con la vecina del quinto, también moderna. Así que antes de empezar a escalar, toca remangarse los bajos de los pantalones y metérselos por dentro de los calcetines como buen naker.

No considero ni me gustaría que se considerara nada de lo aquí escrito como un ataque virulento a cualquiera de los ejemplos de actividades o actitudes nombradas, basándome en el principio de la autocrítica. Y es que, ciertamente, escribir sobre snobs en un blog es una de las actividades más snobs que se me ocurren. Pero sí que quiero recalcar lo molesto que me siento a veces por el desprecio de estos nuevos y eternos visionarios hacia las costumbres que el ser humano ha adquirido durante la época contemporánea, como ciudadano, trabajador y amante del tiempo libre.

Creo que no es tan difícil diferenciar evolución de indiferencia y también tengo la certeza de que se puede progresar echando la vista hacia atrás de vez en cuando, aunque sea mínimamente. Es más, las bases de cualquier ruta o escalada son más fiables si se fundamentan sobre unos apoyos sólidos. Y en una sociedad que nos hace ver todo como una carrera hacia algún lugar desconocido, toda ventaja es poca para llegar el primero y cuanto antes a la meta. Aunque lamentablemente sea a costa de no disfrutar el camino.

En esta maratón de elitismo, destacan sobremanera aquellos que corren tanto que acaban por evitar el roce con el asfalto y dan la vuelta al sentido en el que marchan, convirtiendo por ejemplo un disco de Marisol en el paradigma de la modernidad. Puedes considerarlos los más inteligentes o los más trastornados, pioneros o perdidos....

Y es que en la vida hay tiempo para todo y deberíamos pensar en ello. Tiempo como para disfrutar de un pincho de tortilla en la terraza más frecuentada por pantalones pitillo en Ibiza. No hay problema. El mundo ha llegado a esta nueva era de intercomunicación e información global sin el iPhone y, a partir de ahora, lo hará más rápido y práctico. Puedes decorar tu casa con la vieja lámpara de tu habitación que tu madre te ha regalado y ordenar los muebles según el Feng Shui. El tirar exclusivamente de los nuevos y modernos recursos no garantiza la autorrealización, que tan saciada se encontraba cuando merendábamos un bocadillo de Nocilla (que no un sandwich de Nutella) con nuestro amigo de la infancia mientras veíamos Jungla de Cristal, aquella cacicada tan desfasada de Bruce Willis. A mí jugar un partido de baloncesto me parece más divertido que hacer una sesión de Pilates, pero al parecer éste es un ejercicio notable...propongo un empate técnico de carácter conciliador.

Y habrá gente satisfecha con su evolución respecto al cuadro de costumbres que nos intenta imponer un pequeño y decidido sector de esta sociedad. Pero los más complacidos son, sin duda, los psicólogos y psiquiatras, cuyas cuentas corrientes aumentan gracias a los grandes depredadores de oficina; aquellos buscadores de sushi a la hora de comer y de abdominales en las dos horas libres que les deja su trabajo cada jornada. Efectivamente, ahora es mucho más rentable ser psicólogo que hace veinte años y estos son datos contrastados, no lo digo yo...en un planeta cada vez más orientado al bienestar, cada vez hay más enfermos mentales incapaces de encontrarse bien en su entorno más cercano.

Recomiendo tranquilidad y salud mental, la más importante que conozco. Los gustos personales son precisamente eso, personales y difícilmente transferibles. Son más un instinto que una racionalidad. Y si lo convertimos en eso, corremos el riesgo de engañarnos a nosotros mismos y llegar a olvidar quiénes somos realmente.

Tras estos intentos de objetividad, me reconozco defensor de las vivencias pasadas de los jóvenes entre veinte y cuarenta años de hoy en día. En resumidas cuentas, me río y respeto a Peter Griffin pero sigo siendo el que se parte la caja con Homer Simpson; porque soy consciente de que Padre de Familia no existiría si Los Simpson no hubieran derribado la puerta dos décadas antes. Por cierto, comenzaron en el año 89, cuando cayó el muro de Berlin. En el siglo XX. Ése que, como afirmó Andrés Calamaro hace unos años, acabó con la muerte de Michael Jackson.

jueves, 17 de marzo de 2011

Jon Santacana

Lanzo varias preguntas de martes por la mañana al aire....

1. ¿es el hombre tan malo como lo pintan otros hombres?

2. ¿somos unos destructores que se aprovechan de su raciocinio para vivir de la forma más egoísta posible con el entorno que les rodea?

3. ¿si la cabra montesa tuviera nuestra cabeza, nos discutiría el liderazgo del planeta?

4. en un rosco final de Pasapalabra entre un chimpancé pigmeo y Belen Esteban...¿por cuántas palabras ganaría el chimpancé?

Digo esto porque anoche pensaba sobre ello, en uno de mis frecuentes estados insomnes. Estaba yo haciendo zapping en mi tele y llegué a teledeporte. Y allí había una competición de esquí, en la que estaban estos señores, a los que aquí vemos entrenando:




No había visto nunca esquiar por parejas. Cuando llegaron a la meta, me di cuenta de dos cosas. Una, eran españoles. Dos, el que compite es el de detrás. Es ciego. El de delante es su guía.

Se llama Jon Santacana y hace un año ganó la medalla de plata en eslalon en los juegos paralímpicos de Vancouver. Apenas ve nada; percibe sensaciones. Sabe si lo que tiene delante es un monte nevado o un bosque...pero poco más. Cuando Jon fue preguntado por su entrentamiento con su guía, respondió esto:

"...El me marca por donde debemos ir, y yo realmente lo único que hago es seguirle. Esto que parece tan fácil no lo es, porque mantener una distancia permanente cuando vamos a 80 o 100 km./H. no es nada fácil, como te puedes imaginar… Hace falta muchísimas horas de entrenamiento para lograr la sincronización que tenemos. El uno tiene que conocer perfectamente la técnica y las posibilidades del otro, sabemos como podemos reaccionar ante un imprevisto y como superarlo. Es sencillo, pero detrás hay mucho trabajo..."

Participaron esquiadores de tres categorías visuales, B1, B2 y B3, en función de su deficiencia. Jon es B2 y anoche vi algunos B1, completamente ciegos. Me entraron escalofríos de ver cómo descendían. Hay que decir que para igualar las condiciones de todos los participantes, a los que no son totalmente invidentes, se les colocan unas gafas especiales para que no vean nada de nada.

Estas cosas me hacen pensar en la capacidad que tenemos (todos) para afrontar retos. ¿De dónde sacan las personas como ellos la fuerza necesaria, de todo tipo, para hacer esto? Puede ser mentalidad, ilusión, trabajo...pero yo creo que la palabra exacta es fé. Esa fé puede tener su reflejo en muchas personas y/o cualidades. Pero ellos tienen algo que tiene muy poca gente, entendido en el buen sentido. Fé en uno mismo y un enorme instinto de supervivencia.

Les ponen una valla tres veces más alta que la nuestra y la saltan con una pierna menos. Eso no es sólo trabajo, es fé. Es imposible saltarla si no estás convencido de que lo harás. Y mientras existan seres humanos capaces de hacer esas cosas, yo me declaro creyente de la Humanidad. De la Humanidad que dedica sus esfuerzos a su superación personal. Más que nunca, la fé mueve montañas, ese es el slogan.

Poco nos diferencia de determinadas especies animales. Siempre he pensado que, en el fondo, disfrutamos de las mismas cosas que ellos durante nuestra vida. Pero si algo nos acerca es el instinto de supervivencia. El miedo a lo desconocido, la capacidad de integración en un entorno hostil...somos animales.

Y ese instinto es el que acerca a estos esquiadores paralímpicos a ser acreedores de una nobleza que suele adjudicarse de forma inmediata al género animal. Y creo que no debería ser una oposición exclusiva. Para mí, Jon Santacana tiene la misma nobleza o más que el perro de mi vecina Pepa. Y además no se caga en la acera como hace el jodío chucho.

Recuerdo un capítulo de Los Simpson en el que los delfines invadían la civilización humana. Alegaban que, en el principio de los tiempos, eran animales terrestres y los hombres les habían mandado al mar, donde llevaban miles de años pasando frío...

¿Cuál es la conclusión de toda esta parrafada? Pues seguramente ninguna. Pero yo creo que, seguramente, habría muchos delfines que no tendrían especial interés en enemistarse con los humanos. Y quizá también haya delfines gilipollas. Un delfin Esperanza Aguirre u otro delfin Karmele Marchante. Si en la humanidad hay gilipollas a patadas, en la Naturaleza también debería haberlos. Al fin y al cabo, todos somos animales.